30 · Ginés
La carta la escribí a las cinco de la mañana en una gasolinera de la nacional, con el camión aparcado bajo la marquesina y la luz de la caja encendida, en el dorso de una hoja de mantenimiento, con el bolígrafo negro de taller, y no tardé treinta segundos.
No tardé ni cinco. Lo que se escribe no tarda: se escribe.
Cuatro líneas, con la fecha, el nombre de la compañía, mi nombre y mi número de empleado, y una frase que decía que renunciaba al traslado y al puesto con efecto del cierre de campaña, y la firma de albarán, y la doblé por la mitad y la metí en la carpeta de la bolsa de la puerta, encima del papel de la provincia, que todavía tenía la raya en blanco.
A la galga no la llevaba. Se había quedado en el cuartelillo el jueves y no había bajado, y a las tres de la mañana un hombre que saca un camión de una plaza no sube a buscar una perra a una casa donde acaban de cerrarle una ventana.
Iba solo. Con el traje azul marino, porque no me lo había quitado, y con la camisa blanca vieja, y con la corbata, que no tengo, así que sin corbata.
Un hombre que va a dos despachos con un traje de fiestas y una camisa de hace tres cenas.
El despacho de Requena está en la capital de la provincia, en un edificio de la administración con un patio y una escalera de piedra, y abre a las ocho.
Llegué a las ocho menos diez. Requena estaba ya, porque Requena está siempre ya, con el chaleco del dispositivo encima de la camisa y un café de máquina en la mano, y me hizo pasar sin preguntar quién era, porque sabía quién era, y sin preguntar por el traje.
Le puse el papel en la mesa. El de la provincia, con la tabla y la raya. Saqué el bolígrafo negro. Y firmé, de pie, en la raya, con la firma de albarán, y le di la vuelta al papel para que lo viera, y Requena lo miró, y lo puso en una bandeja de las de firmar, y me miró a mí.
—¿Lo ha hablado con ella?
—No.
Me miró un segundo más. Con la cara con que ese hombre mira las cosas que le importan, sin levantar la voz, porque no la levanta.
—Pues firme rápido, que tiene tres horas de carretera y una fiesta.
Eso fue todo. Dos frases. Requena no gasta más de las que hacen falta, y las que hacen falta las dice de una vez, y yo salí del despacho con una copia sellada en la mano y la sensación que da salir de un sitio donde una cosa ha quedado hecha.
La compañía está en otra capital, a tres horas por la nacional, en un polígono junto a un aeródromo, en una nave con oficinas arriba y hangares abajo, y el jefe de operaciones tiene un despacho con una ventana a la pista desde la que se ven los aparatos, lo único que mira.
Llegué a las doce y media. Subí por la escalera con la carpeta debajo del brazo y el traje, y la secretaria me miró como se mira a un mecánico con traje, y me hizo pasar.
Él estaba en la ventana. Se giró. Me miró el traje, la carpeta, la cara, y no dijo nada del traje, porque lleva catorce años sin decir nada de mí que no sea del aparato.
Le di la carta. La leyó de pie. Es corta y la leyó dos veces, la segunda más despacio, como se leen las cosas de cuatro líneas que tienen más de cuatro líneas, y la dejó en la mesa, y se sentó, y me señaló la silla, y no me senté.
—Es un error, Almagro.
—Puede. —Lo dije a tiempo, porque «puede» también lo tengo hecho—.
—Un aparato de apoyo en una base de tres. Taller. Plantilla. Doce meses. —Contó con los dedos, como cuenta él—. Y lo que te dan allí es un contrato de la provincia para un aparato de alquiler que no conoces, en un pueblo con una base que hace dos años era una nave y un cortafuegos. ¿Por qué?
Y se hizo el hueco. El de siempre. Y él lo conocía, y esperó, porque me conoce de catorce años y de tres bases y porque un jefe de operaciones que espera a un mecánico está haciendo su trabajo, y yo miré por su ventana la pista, y los tres aparatos, grandes, nuevos, con el logotipo, y ninguno se llamaba de ninguna manera.
—Porque allí hay un archivador con mi apellido —dije.
No lo entendió. No tenía por qué. Se quedó mirándome con la carta en la mesa y las manos juntas, y después dijo que vale, que la decisión era mía, que la plantilla la cuadraba de otra manera, que el aparato se iría en octubre con otro mecánico y que si algún día cambiaba de idea la compañía tenía mi número, y me dio la mano, y me la dio bien, y yo salí de la nave a la una y cuarto con una copia sellada de otra cosa y el traje, y en el aparcamiento del polígono me quedé un momento de pie junto al camión, con las dos copias en la carpeta, y no sentí nada.
Lo digo con exactitud: nada. Dos papeles firmados no son una respuesta.
Son la pieza. La respuesta era llevarlos a un mostrador con las dos manos, y el mostrador estaba a tres horas y una fiesta, y en medio había una nacional con camiones y un sol de agosto que entraba por el parabrisas del lado del conductor desde las tres.
Conduje de vuelta con las ventanillas bajadas y el traje, por la nacional, y en la gasolinera de las cinco de la mañana paré otra vez, a las cuatro de la tarde, a comer un bocadillo de pie junto al surtidor, y a las seis estaba en la carretera de la cabecera, y a las siete y cuarenta, la hora, estaba en la curva de la ermita, y no bajé a la plaza.
No bajé porque un hombre que llega a una plaza a la hora de la multa el sábado de fiestas, con la carpeta en la bolsa de la puerta y un día y medio sin dormir, con la romería a las ocho y la traca a las doce, no encuentra a la guardia civil en el paso de peatones.
La encuentra en la carretera, con el coche cruzado, cerrando el acceso a la ermita para que suban los coches por orden, y con el sargento de la cabecera, que viene a las fiestas de refuerzo, y con Higinio en la báscula, y con ochocientas personas subiendo.
Lo sabía por el año pasado, desde el paso, mirándolo. Así que subí a la era.
El camión entró en la era a las siete y cuarenta y cinco de la tarde, con el sol en el pinar y la ermita llena de banderines y de gente montando mesas, y fui hasta el borde de tierra, mi sitio, donde había dos rodadas en el polvo y una piedra, y aparqué encima de las rodadas, exacto, con el motor apagado y el contacto un segundo más para el ventilador, y bajé, y me agaché a poner la piedra en la rueda, como siempre.
Había dos piedras.
La grande, la del pretil, la mía, con la marca de la rueda. Y encima, una chica, de las del camino, puesta a mano, con el cuidado con que se pone una cosa para que el aire no se lleve lo que hay debajo. Y debajo había un papel.
Lo saqué. Doblado por la mitad, con las Observaciones por dentro, como doblo yo.
Una multa. Del talonario, con la copia azul que se queda y el original que se va, con su número de referencia en la esquina y la matrícula del camión, que se la sabe, y la fecha del viernes, y la hora, las once y treinta y dos de la noche, y el lugar, la era, borde de tierra, y la infracción, escrita a mano con la letra redonda, con un nombre que no está en ninguna lista: ausencia de vehículo en el lugar de estacionamiento habitual.
Y abajo. En Observaciones. Con la letra redonda, sin apretar:
Observaciones: habla tú primero. Yo ya lo he hecho.
La leí con las dos manos. De pie, en la era, con el traje azul marino y la camisa de tres cenas, con ochocientas personas a doscientos metros montando mesas para una romería, con la piedra chica en el suelo donde la había dejado caer, y la leí una vez, y otra, y la tercera solo la línea de abajo, y no me la guardé en el bolsillo del pecho, porque el bolsillo del pecho no tenía taco desde hacía dos semanas y una multa sola ahí dentro se pierde.
Me la metí en el bolsillo interior de la chaqueta del traje, contra la camisa, del lado izquierdo, donde no había llevado nunca nada porque nunca había tenido chaqueta.
Ella había hablado primero. A una piedra, en una era, un viernes a medianoche, con la letra de siempre y el formato de siempre, sin saber dónde estaba yo ni si volvía, y lo había hecho constar, con copia.
Y yo tenía dos papeles sellados en una carpeta y un día entero de fiestas por delante, con una romería y una traca y una madre que se iba el domingo, y lo único que faltaba era la parte que a mí no me sale: decirlo.
A tiempo. Delante de ella y no de una piedra.
El capataz me encontró en la era a las ocho, cuando ya subía el pueblo por el camino viejo con las sillas plegables y las cestas, y se paró delante del camión con la emisora al hombro y me miró el traje, y no dijo nada del traje, y le enseñé la copia de Requena, y la miró, y me la devolvió.
—Ya lo sabía. Requena me ha llamado a las ocho y cinco. —Se colgó la emisora del otro hombro—. ¿Y ella?
—Todavía no. —A tiempo, que «todavía» es corto—.
—Está en la carretera con el sargento hasta que suba el último coche.
Después en el paso de la ermita, donde le toca.
Después en la traca, porque en la traca le toca.
—Miró la ermita, los banderines, la gente—.
No vas a tener un minuto con ella hasta la una de la madrugada, Ginés, y a la una de la madrugada ya se habrá ido su madre a dormir la última noche.
Te lo digo para que lo sepas. Yo tuve un fuego. Tú tienes una traca.
Se fue hacia la ermita con la cuadrilla, que subía en el Milagro para el retén de la romería, porque un pueblo entero en un pinar con una traca a las doce es una cosa que se vigila con la brigada aunque sea fiesta.
Andrés levantó la mano desde el estribo.
Samu me miró el traje y no dijo nada, la tercera vez en un verano, y Leti le dio con el codo por si acaso, y Nico llevaba una cosa en el bolsillo de atrás del pantalón, un papel doblado en cuatro, y se lo tocaba con la mano cada diez pasos como se toca una herramienta que uno no está seguro de saber usar.
Me quedé en la era con el camión y la chaqueta, y la multa contra la camisa. La galga no estaba. Estaría en el cuartelillo, con la madre, o en el paso, con ella, o donde estuviera, con dos apellidos y sin saber dónde estaba yo, y eso también había que arreglarlo, y no se arreglaba con papeles.
Me senté en el estribo con la chaqueta puesta y la multa contra la camisa, y por primera vez desde las tres de la mañana del viernes tuve sueño, un sueño de día y medio, y no me dormí, porque un hombre que se duerme en un estribo con una cosa así en el bolsillo se despierta a las dos de la mañana con la traca ya pasada.
Miré el reloj. Las ocho y diez. La traca era a las doce.
Cuatro horas menos diez, con el pueblo entero de por medio, para decir una cosa a tiempo, y yo llevaba catorce meses tardando treinta segundos.