29 · Marga
El viernes veintiocho de agosto, a las siete y cuarenta de la mañana, el paso de peatones estaba vacío, y a las siete y cuarenta de la tarde también, y entre las dos horas hay doce, y en las doce Valdecierzo decidió una cosa sin que yo lo hiciera constar.
Lo decidió como decide las cosas este pueblo: primero en la panadería, después en la barra de Fina, después en las sillas, y al final en la libreta.
Lo supe por Higinio, a las ocho, cuando entró con el parte y sin la gorra.
—El camión se ha ido a las tres. —Sin sentarse—.
Lo han visto los quintos volver de la peña.
Por la iglesia, con las luces apagadas, y después por la carretera de la cabecera, no por el camino viejo.
—Dejó el parte en la mesa—. A la base no ha bajado.
Samu ha llamado a las siete y media. El aparato está, la piloto está, el capataz está, y el hangar tiene la puerta cerrada por fuera con el candado del mecánico, cosa que ese hombre no hace nunca porque duerme encima del generador.
No pregunté. Higinio no esperaba que preguntara.
Se sentó en su silla, de espaldas a la pared, mirando la puerta, y se quedó así hasta las nueve sin poner la cafetera, y a las nueve la puso, y me sirvió un café en el vaso de Butano, el del primer cajón, y me lo puso delante sin decir nada, y ese café fue lo más largo que me ha dicho Higinio en cuatro años.
Fina cerró la página a las once.
Me lo contó mi madre, que estaba en el bar cuando lo hizo, en la mesa del rincón, con el café con leche y sin el cuaderno, porque aquel viernes mi madre no llevaba el cuaderno.
Fina sacó la libreta del estante de las servilletas, la abrió por la página, la miró un rato con el lápiz en la oreja sin bajarlo, y después bajó el lápiz y escribió una línea debajo de «nadie», y cerró la libreta, y la puso en el estante, y le dijo a mi madre, con el trapo:
—Se ha ido. Lo apunto porque se apunta lo que pasa. Y no cierro la página, Amparo, porque en este bar las páginas no se cierran: se dejan.
Mi madre no me dijo qué línea había escrito Fina.
Me dijo que Fina había escrito con la letra más pequeña de lo normal, y eso en Fina es un dato, y que el bar entero se había quedado callado el tiempo de un lápiz, y que la Encarna, que estaba en la barra, había dicho «ay» sin la hache, un «ay» distinto, y que Higinio, que había subido a por su café de las once, se había ido sin tomárselo.
A las siete y cuarenta bajé a la plaza con el talonario, porque es lo que hago a esa hora, y había dieciséis sillas y un paso de peatones con seis franjas y nada encima, y me quedé de pie en la segunda franja, donde va la rueda, con el talonario en la mano y nada que escribir, y dieciséis personas mirando de frente por primera vez en un año, sin postura, sin abanico, y la Encarna dijo «Marga» y no dijo nada más, y yo dije buenas tardes, Encarna, y subí.
La galga no había salido del cuartelillo en todo el día.
Se había quedado en la puerta de la oficina, del lado de dentro, con el hocico en el marco, y a las siete y cuarenta se había levantado y había ido conmigo hasta el paso, y se había sentado en la segunda franja, contra mi bota, esperando el camión, y cuando subí vino detrás y se tumbó en la alfombra de la oficina mirando la puerta, y no comió.
Mi madre habló a las diez. En la cocina, con la ventana abierta y el paso vacío debajo, con la galga en el pasillo, y con las manos encima de la mesa, una sobre otra, como las pone cuando lo que viene ya está decidido, y esta vez no era un problema de matemáticas.
—Lo supe en la primera cena —dijo, sin gafas—. Que era mentira. Y lo supe en el cine que ya no lo era. Y no he dicho nada en dos meses, y ahora voy a decir lo que tengo que decir, y tú vas a escucharlo entero, porque yo he escuchado dos meses.
Lo escuché entero, sentada, con las manos en el regazo, sin bloc, porque hay cosas que se escuchan sin apuntar para que consten de otra manera. Lo hago constar con las palabras que ella usó, en el orden en que las usó, porque con mi madre el orden es el mensaje.
El piso estaba vendido. No en julio: el catorce de agosto, hacía dos semanas, en la notaría de la capital, con la pareja joven y el niño y la madre de ella, y mi madre había ido en el autobús de las siete y había vuelto en el de las cuatro, un viernes, el del pantano, y me había dicho que había ido a la cabecera a por hilo.
Había firmado. Había cobrado. Tenía el dinero en una cuenta y las llaves en el bolso, con la fecha de entrega el uno de septiembre, y desde el catorce de agosto no tenía casa, y llevaba dos semanas durmiendo en un sofá-cama con una hija que no lo sabía.
—No vine por ti —dijo—. Eso es lo primero que hay que corregir.
Vine porque el piso hacía ruido. Un piso vacío tiene un ruido, Marga, y tú no lo has oído nunca porque no has vivido sola en ochenta y seis metros, y yo llevaba seis años oyéndolo, y en junio decidí que no lo oía más.
—Miró la plaza—. Lo de «si estás sola me vengo» era verdad y era mentira.
Era verdad que me venía. Era mentira lo de si estabas sola. Me venía igual.
—¿Y por qué no lo dijiste? —Lo pregunté sin la voz de la multa, que para mi madre no sirve—.
—Porque tú habrías hecho lo que has hecho. Recoger primero lo que más cuesta. —Me miró—. Eso lo aprendiste de tu padre, y tu padre se equivocó, y te lo dije en la escalera y te lo digo en la mesa: se equivocó. Y ahora te voy a decir en qué.
Se quitó las gafas. No las dejó colgar: las dobló y las puso encima de la mesa, junto a las manos, lo que hace cuando no quiere ver bien lo que va a decir.
—Tu padre me conoció en un destino de seis meses.
Seis. Yo era maestra en un pueblo de la sierra y él era un guardia de veintitrés años que iba a estar hasta marzo, y lo sabía, y lo sabía yo, y se encariñó.
—Dijo «se encariñó» como se dice una palabra que ha estado treinta y un años en un cajón—.
Con lo que no se podía llevar. Y me llevó.
A once casas. Y en las once puso la silla mirando a la puerta y leyó el atestado en la cena y no dijo una palabra que no fuera del atestado, y el día que le dijo a una niña de nueve años que no se encariñara con una perra, esa noche, en la cama, me dijo que había sido lo más difícil que había dicho en su vida, y que lo había dicho porque no sabía decir lo otro.
—¿Qué otro?
—Que se lo había dicho a sí mismo a los veintitrés y no le había hecho ni caso.
—Volvió a ponerse las gafas—. Tu padre se encariñó con todo lo que no se podía llevar, Marga.
Conmigo, con cada pueblo, con cada perro de cada puesto, con Chispa, que sí supo cómo se llamaba, y lo llevó todo dentro sin decirlo, y se murió con ello, y lo único que te dejó fue la frase al revés.
Yo no te voy a dejar eso. Yo te dejo un piso vendido y un sofá-cama, y una cosa que consta: que ese hombre no se ha ido.
Se ha ido a algún sitio, que no es lo mismo.
Un hombre que se va no cierra el hangar con candado. Lo deja abierto, que ya no es suyo.
Se levantó. Le costó, porque llevaba dos meses en un sofá-cama y sesenta y tres años en las rodillas, y se apoyó en la mesa con las dos manos como se apoya en todas las mesas. Fregó la taza, que estaba limpia, y se fue al sofá-cama, y desde el pasillo, sin girarse, dijo lo último.
—Y habla tú primero. Que llevas un año escribiéndole y no le has dicho nada. Eso también lo aprendiste de tu padre, y también se equivocó.
A las once y media bajé a la oficina. La galga se levantó de la alfombra y vino conmigo a la mesa y se sentó al lado, y yo abrí el segundo cajón, saqué el talonario, quité el cargador de la máquina de alrededor, y escribí una multa.
La matrícula del camión, que me la sé. La fecha: veintiocho de agosto.
La hora: las once y treinta y dos. El lugar: la era de la ermita, borde de tierra, donde se aparca un camión que no está.
La infracción, escrita a mano: ausencia de vehículo en el lugar de estacionamiento habitual.
Y en Observaciones, con la letra redonda, sin apretar, lo que había:
Observaciones: habla tú primero. Yo ya lo he hecho.
Firmé. Arranqué el original y dejé la copia, azul, en el talonario.
Me puse el uniforme encima del pijama, cosa que no se hace, y el chaleco con los cinco dedos, y cogí las llaves del coche patrulla y la portátil, y la galga vino detrás sin que la llamara, y salí de la plaza con las luces apagadas hasta la esquina y encendidas después, y subí por el camino viejo hasta la era.
La era a medianoche, la víspera de las fiestas, es un llano con la ermita ya adornada con banderines que los quintos han colgado esa tarde y que se mueven con el aire que baja del pinar, y con la vagoneta hundida en el llano verde, y con un borde de tierra donde hay dos rodadas anchas marcadas en el polvo y nada encima.
Aparqué al lado. Bajé con la multa en la mano.
La galga bajó detrás y fue derecha a las rodadas, las olió, se sentó en medio, y me miró.
Había una piedra. La vi con los faros antes de apagarlos, en el borde, y la conocía de mirarla desde el paso de la ermita cuando el camión no estaba: una piedra plana, de las del pretil, que él usaba para calzar la rueda trasera cuando la era estaba en pendiente, y que estaba en su sitio, en el borde, con la marca de la rueda encima.
Me agaché. Puse la multa encima de la piedra, doblada por la mitad, con las Observaciones por dentro, como la dobla él, y le puse encima otra piedra chica para que el aire del pinar no se la llevara, y me quedé agachada mirando las dos piedras y el papel, y lo que había hecho, que era hablar primero, a una piedra, en una era vacía, a medianoche.
—Ya está —le dije a la galga, que no se lo había preguntado.
La galga no se movió de las rodadas. Se quedó sentada en medio, con la oreja caída del lado de la ermita, mirando el camino viejo por donde no venía nadie, y tuve que cogerla en brazos para meterla en el coche, cosa que no había hecho nunca y que pesa lo que pesa una galga de dos años bien alimentada desde hace dos meses, y se dejó, con las patas colgando, mirando la piedra por encima de mi hombro.
Bajé al pueblo. La traca era al día siguiente, a medianoche, con el pueblo entero en la ermita, y mi madre se iba el domingo con un piso vendido y unas llaves en el bolso, y en una era había una piedra con una multa debajo de otra piedra, y en el bloc del teléfono, cuando subí, escribí, con la letra normal, he hablado primero , y debajo, con la pequeña, a una piedra , y no arranqué la hoja, porque ya no me cabían más en el bolsillo.