Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 28 · Ginés
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28 · Ginés

La peña de Valdecierzo tiene un local en la calle de detrás de la iglesia, un garaje con una persiana metálica, una barra hecha con dos puertas viejas y una cocina de butano al fondo, y el jueves de fiestas cena en él todo el pueblo que cabe, que son ochenta en tres mesas largas de tablones, y el resto en la calle, en sillas.

Yo no había cenado nunca en la peña. Había oído la cena desde el paso de peatones, el año pasado, con el camión aparcado y la plaza vacía y el ruido del garaje llegando por la calle de atrás como llega el ruido de una fiesta a la que uno no va: entero y de lejos.

En catorce meses no me había apuntado nadie, y este año me había apuntado una maestra jubilada que no era de la peña ni del pueblo y a la que nadie le había discutido la lista.

Fui con el traje, que me lo puse en el cuarto de encima del generador con el ralentí de tres tiempos debajo y la galga mirándome desde la puerta como se mira una cosa que ha cambiado de color.

Azul marino, con la camisa blanca, la única, que la nueva llegaba al día siguiente, y con los zapatos que tengo, unos zapatos, y la galga se quedó en el camión, aparcado en el paso a las nueve y media de la noche con la plaza llena de gente yendo hacia la calle de atrás, y nadie me multó porque la guardia civil no estaba en la plaza.

Estaba en la peña. La vi al entrar, de pie junto a la mesa del fondo, con la blusa azul, con el pelo suelto, con la cara de la multa puesta encima de la ropa de paisano como una gorra, y a su lado la madre, sentada, con las gafas y sin cuaderno, y dos sillas vacías, y una de las dos era para mí.

Me senté. Ella se sentó cuando se sentó la madre, y quedamos los tres en el banco de tablones con la madre en medio, no ella, y eso fue lo primero que hice constar aquella noche, si es que yo hago constar: la madre en medio.

La cena de la peña es lo que cocinan los quintos con lo que dan las casas, en cazuelas grandes, y se sirve en platos de plástico duro que se lavan y se guardan de un año a otro, y se bebe vino del que trae el Modesto en garrafas y cerveza del barreño de Fina, que ha subido el barreño desde el bar porque el jueves de fiestas Fina cierra el bar y cena en la peña como una vecina más, sin el lápiz en la oreja, y esa es la única noche del año en que la libreta se queda en el estante sin nadie que la vigile, y nadie la toca, porque en Valdecierzo se puede dejar una libreta de apuestas sola en un bar abierto y eso también dice algo del pueblo.

Comí lo que me pusieron, que era mucho, con un plato de plástico duro que se dobla con la cuchara.

Ella comió. La madre comió y habló con la Encarna, que estaba enfrente, y con el capataz, que estaba dos sitios más allá con la piloto, y con Higinio, que estaba en la punta de la mesa con su cerveza de servicio aunque no estaba de servicio, y con Andrés, que estaba en la otra punta y no hablaba, y a mí me preguntó tres cosas en toda la cena y le contesté las tres tarde, y a ella no le preguntó ninguna.

Ella no me miró. Miró el plato, miró a su madre, miró la puerta de la calle, donde las sillas de fuera hacían su ruido, y a las once, cuando los quintos sacaron las rosquillas y la copita de anís que Fina puso en la mesa como si estuviera en su bar, la madre se levantó.

Se levantó como se levanta ella: con las dos manos en la mesa, empujando, y la espalda recta, y se quedó de pie con la copita en la mano, y las tres mesas la miraron, porque en la peña una mujer de pie con una copita es una mujer que va a decir algo, y la madre esperó a que la mirara la última silla de la calle, y entonces lo dijo.

—Bueno. —A todo el mundo. Con la voz de clase, sin levantarla, porque no le hace falta—.

Yo llevo dos meses en este pueblo y me voy el domingo, y antes de irme quiero saber una cosa que sabe todo el mundo aquí menos yo, porque a mí nadie me la dice.

—Nos miró. A ella y a mí, por encima de las gafas—. ¿Y cuándo lo hacéis oficial?

Se rieron. Las tres mesas, la calle, la Encarna con la mano en la boca, Samu dando una palmada en la mesa, la Puri diciendo «eso, eso», y Higinio en su punta mirando su cerveza con la cara del que tiene dinero en una columna.

Fue una risa buena. De las que se ríen en los pueblos cuando alguien dice en voz alta lo que llevan tres meses diciendo en voz baja, y yo me quedé con las manos en las rodillas, debajo del tablón, y miré a ella.

Estaba de pie. No la había visto levantarse.

Estaba de pie junto al banco, con la blusa azul y el pelo suelto y la cara de la multa, mirando a su madre, y las risas se fueron apagando porque una guardia civil de pie con esa cara apaga las risas aunque vaya de paisano, y en la peña se hizo el silencio que se hace en una cuadrilla cuando pasa una cosa que todos han entendido y nadie va a decir.

—Aquí no hay nada que ver, mamá —dijo.

Lo dijo con la voz plana, exacta, la que no sube. Para su madre. Para las tres mesas. Para la calle.

—Nunca lo ha habido.

Se fue. No corriendo: andando, con el paso de la patrulla, entre los bancos, por la puerta del garaje, hacia la plaza, con ochenta personas mirándola y ninguna diciendo nada, y la madre de pie con la copita en la mano y la cara de quien acaba de leer en voz alta una redacción que no era la que había corregido.

Yo me quedé sentado, con las manos en las rodillas.

Con la respuesta montándose sola, pieza a pieza, porque la tenía, la tenía entera, estaba en una bolsa de camión a cuarenta metros y en un archivador gris a cuarenta y dos y en una visera con una perra que se llamaba Chispa, y fui a por ella como se va a por una cosa que hay que sacar entera, y tardé lo que tardo, y cuando la tuve levanté la vista.

—Sí que lo hay —dije.

A la silla. A una silla de peña vacía con una servilleta de papel encima, y a ochenta personas que me oyeron perfectamente, y a una madre que cerró los ojos un segundo, uno, con la copita en la mano, y los abrió, y dijo, bajito, para mí:

—Treinta y cuatro.

La alcancé en la plaza. Estaba en el paso de peatones, de pie, junto al morro del camión, con la galga que había bajado sola por la ventanilla abierta y estaba sentada a su bota, y la plaza vacía porque el pueblo entero estaba en la peña, y la farola dando en las seis franjas y en la esquina saltada de la segunda.

—Marga.

Se dio la vuelta. Tenía la cara puesta. Tenía la cara de la multa como no se la había visto nunca, con todo detrás sujetándola, y habló como habla ella cuando ha decidido que una cosa conste.

—Te vas en octubre. Con el aparato, a la base grande.

Lo ha dicho el capataz esta mañana en la base y tú has dicho que sí.

Lo ha oído Samu y lo sabe la panadería y lo sabe Fina y lo sabe mi madre, que por eso ha preguntado lo que ha preguntado, y lo sé yo desde las once y diez.

—No levantó la voz. No la levanta—. No te lo reprocho.

Es un ascenso. Es tu aparato. Yo no te he pedido nada que no estuviera en una multa, y en una multa no cabe que te quedes.

—Marga.

—Y yo recojo primero lo que más cuesta. —Miró a la galga.

Miró el camión—. Así se hace en once casas, Ginés.

Se recoge primero, se cierra la caja, y lo demás se hace con las manos libres.

Lo he hecho hoy. Por eso la máquina. Por eso no hay paseo.

Por eso lo de la peña, que no ha sido para ti: ha sido para mi madre, que se va el domingo y no se puede ir pensando que deja aquí una cosa que en octubre no va a estar.

Ahí estaba todo lo que ella tenía que decir, dicho, en la plaza, de frente, con razones, sin una sola cosa que no fuera verdad desde donde ella lo veía, y con un solo error, que era el mío: que no lo había dicho a tiempo.

Tenía el papel de la provincia a tres metros, en la bolsa de la puerta.

Tenía el sí del capataz de esa mañana, a tiempo, en la barandilla.

Tenía la cita con Requena y la carta de la compañía y el domingo con las dos cosas en el mostrador.

Lo tenía todo, y todo estaba montado, y lo que me salió, a tiempo, en el acto, con la palabra ya en la boca antes de que la respuesta llegara, fue lo de siempre.

—Vale.

Lo oí salir. Lo oí como se oye una tuerca que se pasa de rosca: en el mismo instante en que ya no se puede volver atrás. Ella lo oyó también, y no cambió la cara, porque su cara ya estaba donde tenía que estar, y asintió una vez, corto, como se asiente a un dato.

—Vale —dijo.

Se fue hacia la esquina. Con la galga detrás, que esta vez sí fue, y yo me quedé en el paso con la respuesta entera montada y sin nadie delante, y a los treinta segundos, cuando ya había doblado, cuando ya había subido los catorce peldaños haciendo crujir el noveno, cuando ya se había cerrado la ventana de la cocina, que la oí cerrarse, lo dije.

A la plaza. A la farola. A las seis franjas.

—No me voy.

Lo dijo un hombre solo, con un traje azul marino que le había elegido una maestra, en un paso de peatones, a una ventana cerrada, y no lo oyó nadie salvo el gato de la Encarna, que estaba en el poyete y que no consta.

A las tres de la mañana saqué el camión de la plaza.

No lo pensé a los treinta segundos. Lo pensé durante tres horas, sentado en el estribo con la galga y el traje, viendo volver a la gente de la peña por la calle de atrás, viendo apagarse Casa Fina, viendo a la madre cruzar la plaza sola, despacio, con el bolso, y pararse delante del camión, mirarme en el estribo, y no decir nada, y subir.

Viendo a la Encarna cerrar su ventana. Viendo a los quintos irse en la moto.

A las tres, con la plaza vacía y la ventana de la cocina cerrada y la luz apagada, entendí lo único que se puede entender en un estribo a las tres de la mañana: que una cosa que se dice y no se cree no vale, y que lo que yo tenía que darle no era una frase, porque las frases ya se las había dado tarde todas; era un papel firmado y una carta contestada, con las dos manos, y eso no estaba en Valdecierzo.

Estaba en dos despachos de dos capitales, y los despachos abren a las ocho.

Metí a la galga en la cabina. Arranqué. Tres maniobras, que se oyeron en la plaza vacía como se oyen tres maniobras a las tres de la mañana, y salí por la esquina de la iglesia con las luces apagadas hasta la curva y encendidas después, y en la ventana de la cocina no se encendió ninguna luz, y en el retrovisor que yo mismo había apretado en junio vi la farola, las seis franjas, y el paso de peatones sin nada encima, como lo ve ella desde arriba cuando no estoy.