Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 27 · Marga
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27 · Marga

Las noticias en Valdecierzo llegan por la panadería a las once, con el pan del segundo horno, y llegan a la guardia civil las últimas, porque a la guardia civil se le cuentan las cosas cuando ya no se pueden desmentir.

El jueves veintisiete de agosto, a las once y diez, con Butano todavía en la oficina terminando su galleta, bajé a por la barra y la panadera me la envolvió como se envuelve una cosa que va con algo dentro.

—El mecánico se va en octubre. —Con la barra a medio envolver—.

Lo dijo con la cara del cambio. Sin interés y contando bien.

—Con el helicóptero. A la base grande, la de la otra provincia. Lo ha dicho el capataz esta mañana en la base, que la compañía se lo lleva, y él ha dicho que sí. Lo ha oído Samu, que estaba con el Milagro a diez metros. —Me dio la barra—. Ha dicho que sí, Marga. Samu lo ha oído clarísimo.

No pregunté nada. No pregunté a qué hora, ni con qué palabras, ni si Samu había oído también lo que va entre una cosa y la otra, que es lo que en un atestado se llama contexto y en una panadería no existe.

Cogí la barra, pagué, dije gracias, y salí de la panadería con el pan debajo del brazo, y en la calle había la luz que hay a las once y diez de un jueves de agosto, y en la plaza estaba Butano bajando por el camino viejo, y en la ventana del cuartelillo estaba mi madre, con las gafas puestas, mirándome cruzar, y yo crucé por el paso, por las seis franjas, con la barra debajo del brazo y la cara de la multa, que sale sola.

Hay una cosa que se aprende en once casas-cuartel y que no está en la academia: cuando llega el traslado, se recoge primero lo que más cuesta dejar.

No al final. Primero. Se recoge, se guarda, se cierra la caja, y después se hace lo demás con las manos libres, y a la hora de subir al camión ya no queda nada en la casa que mire hacia atrás.

Mi madre lo hacía así. Mi padre lo hacía así.

Yo lo hice a los nueve con una perra en un escalón, y lo he hecho después en cuatro destinos con cosas de menos peso, y lo hago bien, y ese jueves, sin decidirlo, lo hice.

A las once y media escribí el parte. La línea de incidencias: Butano.

Nada más. Butano se fue a las once y cuarenta, y en la puerta se quedó mirando hacia el llano, como el primer martes, y esta vez no lo apunté, porque un perro que mira hacia un sitio no es una incidencia hasta que pasa algo en el sitio.

A las doce, Higinio me miró desde su mesa con cara de haber desayunado en Casa Fina y saber lo mismo que la panadera, y no dijo nada, y yo no dije nada, y los dos escribimos cosas que no hacía falta escribir hasta las dos, cuando él se fue a la siesta y yo a la barra de Fina.

Fina me puso el café con leche en el vaso, a las dos, con el bar en el hueco que hay entre los que comen y los que vienen a la copa, que es cuando Fina tiene tiempo de mirar.

No me cobró. No me cobró nada, ni en dinero ni en lo otro, y se quedó detrás del mostrador con los brazos cruzados, mirándome beber de pie, y a las tres cucharadas dijo, en voz normal, para el bar vacío:

—Lo que oye Samu a diez metros con la cabeza en un motor vale lo que vale.

—Ya. Lo sé.

—Te lo digo por si quieres saber lo que vale.

—Ya lo sé lo que vale, Fina.

Se descruzó los brazos. Cogió el trapo. Y no sacó la libreta del estante de las servilletas, que era lo que yo esperaba, y ese no sacarla fue lo peor que me hizo Fina en todo el verano, porque una página que no se toca es una página que ya está decidida.

En casa, mi madre había hecho la comida y la había puesto en la mesa con la ventana abierta, y comimos, y no habló del mecánico.

Habló del traje, que lo había recogido ayer y que le quedaba bien de hombros.

Habló de la camisa, que iba a comprar en la cabecera por la tarde porque un traje azul marino sin camisa blanca es un suspenso.

Habló de la cena de la peña de esa noche, a la que me había apuntado a mí y lo había apuntado a él sin preguntar a ninguno de los dos, «que en unas fiestas se cena con la peña o no se es del pueblo», y de que había que ir de paisano.

Y en ningún momento de la comida me miró a la cara, y así mira mi madre a alguien cuando ya sabe lo que le pasa y ha decidido no ayudar, porque ayudar sería quitarle a una la redacción de las manos.

Solo al final, con los platos recogidos, dijo desde el fregadero:

—Lo que se dice a diez metros no es lo que se dice a uno.

—Samu lo ha oído. Con estas orejas, ha dicho la panadera.

—Samu oye. Eso no es lo mismo que escuchar. —Cerró el grifo—. Yo he tenido cuarenta Samus por curso.

A las siete y media abrí el primer cajón.

Saqué la máquina, con su cargador enrollado, y la enchufé en la pared de la oficina, y la máquina hizo el ruido corto de cosa que despierta, y la luz verde chica se encendió, y yo esperé de pie a que cargara lo que carga, mirando el segundo cajón, donde estaba el talonario con la copia azul de la agente que se ha encariñado, y no lo abrí.

A las siete y cuarenta bajé con la máquina en la muñeca.

El camión estaba en el paso, con la rueda donde siempre.

Él debajo. La galga saliendo hacia mi bota, y las catorce sillas, que ya eran dieciséis porque en la semana de las fiestas vuelven los hijos, y mi madre en la suya con el abanico, y la Encarna, y la Puri, y todos vieron la máquina antes de verme a mí, como la primera vez, y esta vez nadie dijo «huy».

Salió de debajo cuando oyó mis pasos, que los conoce, y se puso de pie con la llave en la mano, sin dejarla en la bandeja, cosa que no hace.

Me miró la muñeca, la máquina, la correa, y después me miró la cara, y en la suya pasó lo que pasa cuando ha entendido algo y está decidiendo si lo dice, y yo no le di tiempo a decidir.

—Estás encima del paso, Ginés.

—Sí.

—Te voy a denunciar.

Metí la matrícula, que me la sé. Elegí la infracción con el dedo, la cuarta de la lista, y pulsé el botón verde, y la máquina zumbó como un insecto que no debería estar ahí, y dieciséis sillas oyeron el zumbido, y salió el ticket, gris, de una cuarta, con la matrícula y el código y la hora y las casillas, y debajo de la última casilla el corte recto, y lo arranqué por los puntos con los dedos, mal, como se arranca, y se lo di.

Lo cogió con una mano. Lo miró de arriba abajo. Llegó al corte recto. Y no lo dobló.

Se quedó con el ticket en la mano, sin doblarlo, mirándome, con la galga contra mi bota y las sillas mirando y el sol en la fachada de la iglesia, y en la cara le pasó lo que le pasa, y esta vez lo dijo.

No a los treinta segundos. Lo dijo a tiempo, delante de dieciséis sillas, con la voz baja que tiene cuando dice una cosa que ha decidido decir:

—Marga.

Solo eso. El nombre, en la plaza, a las siete y cuarenta y cuatro, con un ticket gris en la mano, y yo lo oí, y lo hice constar en el sitio donde hago constar las cosas que no van en el parte, y no contesté.

—Buenas tardes, Ginés.

Me fui a la esquina con el talonario en el bolsillo y la máquina colgando de la muñeca, golpeándome la pierna a cada paso como golpea una cosa que no es de una.

La galga vino conmigo, cosa que no había hecho el día de la primera máquina, y eso también lo hice constar, y en la esquina de la iglesia no me paré.

No conté. No esperé los treinta segundos, porque los treinta segundos eran suyos y yo no iba a estar allí cuando llegaran, y doblé, y subí los catorce peldaños haciendo crujir el noveno a propósito, y en la cocina apagué la máquina y la dejé encima de la mesa con la correa colgando, y me senté en la silla de las patas marcadas, y desde la ventana, sin asomarme, oí a la Encarna decir «ay» y a mi madre no decir nada, y no oí el motor del camión, porque el camión se quedó en el paso hasta las nueve, como todos los días, y se fue a las nueve, como todos los días, y ese jueves, por primera vez en un año y dos meses, no me asomé a verlo irse.

No hubo paseo. No lo hago constar como una falta: lo hago constar como un hecho.

A las ocho menos cinco la galga se sentó en la puerta de la oficina, del lado de dentro, mirando la puerta, y a las ocho y cuarto seguía allí, y a las ocho y media se tumbó con el hocico contra el marco, y yo bajé, le puse el cuenco con agua, y le dije que hoy no, y la galga no se dio por enterada, porque a los perros lo de hoy no no les consta.

La galga levantó la cabeza del marco cuando oyó el motor del camión bajar al llano, a las nueve, y lo siguió con la oreja caída hasta que dejó de oírse, y después volvió a poner el hocico donde estaba, y yo pensé, desde la cocina, que un animal con dos apellidos no entiende de cajas cerradas, y que eso no era culpa suya.

Mi madre subió a las nueve con la silla y con la camisa blanca en una bolsa de la cabecera, que había bajado a comprarla entre la multa y las sillas, en el coche de línea de las siete, y la colgó de la puerta del salón, en su percha, con el cartón dentro, y me miró a mí, sentada en la cocina de paisano con la cara de la multa, y dijo que a las diez había que estar en la peña y que me pusiera la blusa azul.

—No voy.

—Vas. —Dejó la bolsa de la camisa encima de la mesa, entre las dos, como se deja una prueba—.

—Se quitó las gafas—. He apuntado a dos personas, he dicho que ibais los dos, y en este pueblo lo que dice una madre que ha estado dos meses en las sillas vale más que lo que oye Samu.

Si no vas, es que Samu tiene razón, y yo no le doy la razón a un Samu ni en un examen de recuperación.

Me puse la blusa azul. La falda de la boda.

Los zapatos que no son botas. Me recogí el pelo y me lo volví a soltar, dos veces, delante del espejo del baño, un espejo de casa-cuartel con la luz arriba y no delante, y con el pelo suelto parecía más joven y me molestó, y lo dejé suelto.

Lo hago constar porque lo hice, y porque no sé por qué lo hice, y en un atestado, cuando no se sabe el motivo, se pone el hecho y se deja la línea de abajo en blanco.

Antes de bajar, con mi madre ya en la escalera con la silla y la camisa, abrí el cajón de los trapos de la cocina.

El collar rojo estaba donde lo había dejado mi madre en junio, encima, con la chapa al lado, sin grabar.

Lo miré. No lo toqué. Cerré el cajón, y ese gesto, cerrar un cajón con una cosa dentro sin tocarla, lo he hecho en once casas y me sale solo, y lo hice bien.