Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 26 · Ginés
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26 · Ginés

El capataz vino al hangar el jueves veintisiete a las siete y cinco de la mañana con un papel en la mano, una cosa que no le había visto llevar nunca, porque el capataz lleva la emisora, la carpeta del parte y a veces el pan, y un papel suelto en la mano de ese hombre es un papel que ha decidido llevar así para que se vea.

Venía de la nave. Había hablado por teléfono, se le notaba en la voz, porque después del teléfono le sale un cuarto de tono más baja, y se paró en la puerta grande, con las dos hojas abiertas y el aparato dentro, y no entró.

Me esperó fuera, en el hormigón, junto a la barandilla amarilla, donde se espera en esta base.

Salí con la varilla en la mano. Samu estaba en la explanada, con el Milagro abierto, cambiándole una cosa al ventilador de la cabina que se cambia todos los agostos, a diez metros, con la cabeza dentro del motor y el resto fuera, y el capataz lo miró un segundo y decidió que a diez metros con la cabeza dentro de un motor Samu no oía nada, cosa que el capataz cree desde hace ocho campañas y que no es verdad.

—Requena —dijo, y con eso ya estaba dicho de dónde venía el papel y por qué lo llevaba en la mano y no en la carpeta.

Me dio el papel. Era una hoja de la provincia, con el membrete, impresa, con cuatro párrafos y una tabla, y en la tabla había un puesto, un código, una fecha y un sueldo, y el puesto era mecánico de mantenimiento de la base helitransportada de Valdecierzo , todo el año, de la provincia, no de la compañía, con contrato desde el uno de octubre, y la fecha de abajo era el treinta y uno de agosto, y decía plazo de aceptación , y debajo había una raya para una firma.

—La compañía se lleva el aparato en octubre —dijo el capataz—.

Lo sé desde el lunes, porque Requena lo sabe desde la semana pasada, porque la compañía se lo ha dicho a la provincia antes que a ti, que así hacen las cosas las compañías.

Y la provincia pone un aparato de alquiler, con su piloto, y un mecánico de contrata.

—Señaló el papel con la barbilla—. O pone eso.

Un mecánico propio, de la base, todo el año, para el aparato que sea.

Requena lo ha pedido con nombre. El tuyo.

Miré el papel. Lo leí entero, que leo despacio lo que tiene tabla. Miré el sueldo, que era menos que el de la base grande y más que el de la compañía en Valdecierzo, y la fecha, y la raya.

—Hay que firmarlo antes del treinta y uno, porque la provincia cierra los puestos del año que viene ese día y lo que no está firmado no existe.

—El capataz se apoyó en la barandilla amarilla con las dos manos, que es como se apoya él cuando va a esperar—.

Requena me ha preguntado si tú querías. Yo le he dicho que se lo preguntara a él.

Y él me ha dicho que él ya sabe cómo contesta el mecánico y que prefiere que se lo pregunte yo, que tengo todo el día.

Se quedó ahí. Con las manos en la barandilla, mirándome, sin prisa, con la cara de alguien que ha subido a un aparato con miedo y ha aprendido que las cosas que cuestan se esperan de pie.

—Yo tengo todo el día —dijo.

Y se hizo el hueco. Con el papel en una mano y la varilla en la otra, con la loma detrás del capataz y la torre encendida todavía en el cerro, y con dos verdades que llevaban tres semanas sin encajar, la del jefe de operaciones y la de un archivador gris, y con una madre contando hasta treinta y uno en una recta con chopos, y con una mujer en una cama de hierro diciendo que quería el original.

Y las dos verdades encajaron. No sé cómo.

Encajaron como encaja una cosa cuando alguien la sostiene desde el otro lado con las dos manos, y eso era lo que estaba haciendo el capataz con la barandilla.

—Sí.

A tiempo. Sin el hueco. Con el papel en la mano, mirándolo, en el acto, y el capataz no se movió de la barandilla.

—¿Sí qué?

—Que sí. A la provincia.

—Pues díselo a Requena. —Se soltó de la barandilla—. Y díselo a ella.

Samu levantó la cabeza del motor del Milagro cuando el capataz ya iba hacia la nave, y me miró, y miró el papel, y volvió a meter la cabeza en el motor con la naturalidad de un hombre que no ha oído nada.

Había oído «la compañía se lleva el aparato en octubre».

Había oído «la base grande». Había oído «sí».

Lo que no había oído, porque estaba a diez metros con la cabeza dentro de un motor y porque las palabras de en medio las dice el capataz más bajo, era lo que iba entre una cosa y la otra, y Samu con tres palabras y sin las de en medio ya tiene una noticia, y una noticia de Samu está en la panadería antes de que se enfríe el pan.

No lo pensé entonces. Lo pienso ahora. Entonces me quedé con el papel en la mano, en el hormigón, y volví al hangar, y lo puse en la carpeta de las hojas de mantenimiento, en la bolsa de la puerta del camión, con las otras cosas que tienen mi letra en cuatro sitios y mi nombre en uno, y cerré la bolsa, y me metí debajo del aparato con la varilla, porque un aparato no sabe que su mecánico acaba de decir que sí y hay que revisarlo igual.

Estuve debajo hasta la una. La piloto vino a las nueve, preguntó por el ruido, le dije que fina, y no le dije lo otro, y ella lo notó como lo nota todo, y se subió al patín y se quedó sentada un rato con el café, sin hablar, que es lo que hace cuando quiere que uno hable y no va a obligarlo.

No hablé. Ella terminó el café, comprobó el cierre con el canto de la mano y se fue, y en la puerta del hangar se paró y dijo, sin girarse, que el capataz había llegado a la nave con una cara que ella no le veía desde el año pasado, y que era una cara buena, y que si yo sabía por qué.

Le dije que sí. Ella dijo «vale» y se fue, y a la piloto un «vale» le sirve porque sabe leerlos.

No se lo dije a ella. Lo digo para que conste, porque es el error, y un error hay que contarlo en orden.

No se lo dije a las siete y cuarenta, cuando bajó con el talonario y la galga y escribió la multa del día, técnica, sobre el retrovisor, que se había vuelto a aflojar.

No se lo dije en el paseo. No se lo dije detrás de la iglesia, cuando llegó mi turno de decir algo, porque lo que dije fue buenas tardes, Marga, como siempre, y ella ya había doblado.

No se lo dije porque tenía un papel sin firmar en una bolsa de camión y un jefe de operaciones al que había que decirle que no en persona, y porque una cosa que se dice antes de firmarla es una promesa, y una promesa yo no sé montarla: sé montar hechos.

Quería subir al cuartelillo con el papel firmado y la carta de la compañía contestada, y darle las dos cosas con las dos manos, en el mostrador, para que las archivara, y que constaran, y que no hiciera falta decirlas.

Tenía hasta el treinta y uno. Me parecía tiempo, y el tiempo es la única pieza que no se puede medir con una galga: se sabe si sobra o falta cuando ya está montado.

La madre bajó a las seis con el traje. Había venido en el coche de línea de las cinco desde la cabecera, que para en la báscula si se lo pide uno al conductor, y había subido la loma con la funda en alto para que no arrastrara, y llegó al hangar con la cara de quien ha cargado con un traje ajeno por una cuesta en agosto y no piensa mencionarlo.

Lo traía en una funda del sastre, colgado de un dedo, con el bolso cruzado y las zapatillas, y lo colgó de la puerta del hangar, en el gancho de la lona, como se cuelga una cosa en el sitio donde va a mirarse.

—Pruébatelo. —Con las gafas puestas—.

—Estoy trabajando.

—Ya lo veo. Pruébatelo encima del mono, que el sastre me ha dicho los hombros y yo quiero ver los hombros.

Me lo probé encima del mono, en el hangar, con la galga sentada delante mirándome como se mira una cosa que ha cambiado de color, y la madre dio la vuelta alrededor de mí con las gafas puestas, me tiró de las mangas, me miró la espalda, y dijo que bien, que los hombros estaban donde tenían que estar, y que el jueves era el día del sastre y no de las camisas, y que la camisa la traía ella mañana.

Después se quedó mirando el camión. No a mí: al camión, con la caja abierta, la bolsa de la puerta, y la carpeta de las hojas de mantenimiento asomando.

—¿Has hablado con alguien hoy?

—Con el capataz.

—¿De qué?

—De trabajo.

Se quitó las gafas y las sostuvo en la mano, sin dejarlas colgar, como se sostiene una cosa que se va a volver a poner enseguida. Me miró con la cara de la recta de los chopos, la de después de treinta y uno, y no contó nada, y dijo:

—Tienes hasta la traca. Y la traca es pasado mañana.

Se fue por el camino viejo con la funda vacía doblada bajo el brazo. Yo me quité la chaqueta, la colgué en la funda, y la dejé en el gancho de la lona, en el hangar, donde no se mancha, con la galga debajo, tumbada, custodiándola como custodia las cosas que no entiende y le parecen importantes.

Aquella noche, a las diez, bajé al camión con la linterna y saqué el papel de la provincia de la carpeta.

Lo puse en el banco, con la luz de arriba.

Lo leí entero, otra vez, los cuatro párrafos y la tabla, y saqué el bolígrafo de la carpeta, el negro de las hojas de taller, y me quedé con él encima de la raya.

No firmé. No por los treinta segundos. Porque se firma delante de quien lo va a archivar, y ese papel iba a un despacho de Requena en la capital, y la carta de la compañía iba a otro despacho de otra capital, y las dos cosas había que hacerlas en persona, con las dos manos, y hacerlas antes del treinta y uno, y el treinta y uno era el lunes, y entre el jueves y el lunes había una romería, una traca, una madre que se iba y una cena de la peña a la que la madre me había apuntado sin preguntar.

Guardé el papel. Cerré la carpeta y la metí en la bolsa de la puerta, y apagué la luz de la caja, y me quedé sentado en el banco a oscuras, con el pinar delante y la ermita con una luz, porque la novena había terminado tarde y el cura recogía.

Le dije a la galga, tarde, que el sábado después de la traca iba a bajar a la capital con el camión, a firmar una cosa y a decir que no a otra, y que el domingo volvería con las dos hechas, y que entonces subiría al cuartelillo y lo pondría todo en el mostrador, y que no hacía falta decir nada porque iba a estar todo escrito.

La galga me miró desde el hueco de los pies con la oreja caída, y no le pareció bien.

Se le notaba. Un animal que ha ido de un escalón a un camión y de un camión a una cama de hierro sabe que las cosas se dicen cuando se saben, y no cuando están firmadas, y yo lo sabía también, y no lo hice, y eso es lo que hay que contar en orden.