25 · Marga
La novena de la ermita empieza nueve días antes de la romería, a las nueve de la noche, con el cura de fuera, que sube con la furgoneta y la aparca donde no debe y a quien no multo porque es el cura, y eso también es un criterio, y con las mujeres del pueblo, que suben andando por el camino viejo con las sillas plegables porque en la ermita hay ocho bancos y ochenta rezadoras.
Dura una hora. Después se baja despacio, en grupos, con linternas, y los grupos se paran en Casa Fina, y de Casa Fina se sale a las doce como muy pronto.
Mi madre fue el primer día, el jueves veinte, con la Encarna y la Puri y un abanico cada una, y volvió a las doce y cuarto con la voz de una mujer que ha rezado poco y hablado mucho, y dijo que el cura tenía un suficiente y la Encarna un notable, y que Andrés había subido detrás de ellas, a diez metros, sin que nadie se lo pidiera, y las había bajado hasta la plaza con la linterna, sin decir nada, y se había ido.
El viernes fue otra vez. Y el sábado. Y el domingo, con Andrés a diez metros las tres noches.
Lo hago constar porque desde el jueves veinte hasta la romería mi madre no estaba en el cuartelillo entre las nueve menos cuarto y las doce, y porque un cuartelillo con dos dormitorios, una cocina con ventana a la plaza y un sofá-cama vacío durante tres horas es una cosa que se nota, y la notamos los dos, y ninguno lo dijo.
Desde la ventana de la cocina, la tercera noche, la del sábado, vi bajar las linternas por el camino viejo a las diez y media, en fila, como bajan, y vi la de Andrés al final, a diez metros, y vi que en la plaza, cuando las mujeres entraron en Casa Fina, Andrés se quedó fuera, en el banco de piedra, con la linterna apagada en la mano, y que mi madre salió del bar a los cinco minutos con dos copitas de anís, una en cada mano, y le dejó una en el banco, en la punta de él, sin decir nada, y volvió a entrar con la suya.
Andrés no la tocó en diez minutos. A los diez, la cogió, se la bebió de un trago, dejó la copita en la piedra, y se fue por el camino viejo.
Lo apunté en la lista, donde ya no cabía casi nada, y me pareció que era la cosa más larga que le había visto hacer a ese hombre.
El miércoles veintiséis, tres días antes de las fiestas, subió él.
No lo había hecho. En catorce meses, a la vivienda del cuartelillo no había subido nadie que no fuera mi madre, Higinio con una avería y el de la calefacción, y él había subido a la oficina para pagar y para preguntar por un bolígrafo, y una vez a comer un domingo con el cabo, y aquello era otra cosa: aquello era subir a una casa.
Subió a las nueve y veinte, cuando las linternas ya iban camino de la ermita, por la puerta de la oficina, que no se cierra, y los catorce peldaños sonaron como suenan con un hombre que pesa lo que pesa, y el noveno crujió, porque él no sabía dónde pisar.
Yo estaba en la cocina. De paisano, con el vaquero y la camiseta que no me había elegido nadie, con la ventana abierta y la galga en el suelo, y él se paró en la puerta de la cocina con el mono limpio, que se lo había puesto limpio a las nueve de la noche, cosa que no hace, y miró la cocina como había mirado el hangar el primer día: la ventana, la mesa, la silla con las patas marcadas, la cortina, la de mi madre, la misma que en once casas, y que ella había colgado la primera semana sin preguntar.
—La ventana da al paso —dijo.
—Ya lo sabías.
—Lo sabía desde abajo. —Se acercó a la ventana. Miró la plaza, sin sillas, con la farola y las seis franjas y la esquina saltada—. Desde aquí se ve la esquina saltada.
—Desde aquí se ve todo.
Se quedó en la ventana con las manos en el alféizar, que está caliente hasta las diez, mirando lo que yo miro cada tarde desde ahí, y no sé lo que vio, porque desde donde yo estaba solo se le veía la espalda y el mono limpio.
Yo me quedé en la mesa. La galga se levantó del suelo, fue hasta él, le puso la cabeza en la rodilla, volvió hasta mí, me la puso a mí, y se tumbó otra vez, en medio, con la oreja caída, y ninguno de los dos dijo nada durante un rato que en la cocina de un cuartelillo, con la ventana abierta y las linternas subiendo a lo lejos por el camino viejo, no se mide.
Lo llevé al dormitorio. Lo digo así porque fue así: le cogí la mano, la de la raya, y lo llevé por el pasillo, y la galga no vino, que la galga sabe cuándo una cosa no es suya, y abrí la puerta del dormitorio, una puerta sin llave porque en las casas-cuartel ninguna puerta se cierra con llave, y él entró detrás de mí y se quedó de pie mirando la habitación, que es la que hay: una cama, un armario, una mesilla con la lámpara del puesto, que es la misma lámpara en todos los puestos, una ventana pequeña que da al patio de atrás y no a la plaza, y una silla con el uniforme doblado encima, con el chaleco, con los cinco dedos negros en el hombro, sin lavar, y él los miró, y yo lo vi mirarlos.
—No lo has lavado.
—No.
—La Encarna ya le ha puesto nombre.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho mi madre.
Se rio por la nariz. Corto. Y yo me acerqué y lo besé, en el dormitorio, de pie, con la luz de la mesilla y la ventana al patio, y fue el beso de la era, el que no se da para nadie, pero más lento, porque no había collado ni cuarenta minutos ni una madre en la acera de enfrente: había tres horas, y él lo sabía, y lo hizo todo como se hace una cosa para la que hay tiempo.
Me desnudó él. No como en el camión, botón a botón con prisa de mecánico; como se desnuda a alguien en una habitación con puerta, despacio, la camiseta por arriba, el vaquero por abajo, cada cosa doblada y puesta en la silla encima del uniforme, porque él dobla lo que quita, y yo lo dejé hacer, de pie, con la luz de la mesilla, y cuando terminó se quedó a un paso mirándome como se mira una cosa que se va a tocar entera y todavía no.
—Túmbate —dijo. A tiempo, y en voz baja.
Me tumbé. Él se quitó el mono de pie, con la misma calma, y la camiseta, y se quedó como en la caja del camión pero con luz de mesilla, con las marcas y los hombros y las manos limpias, y se tumbó a mi lado, de costado, y me tocó.
Solo eso durante mucho rato: tocar. Con la mano abierta, la de la raya, de arriba abajo, el cuello, el pecho, el vientre, las caderas, los muslos, el interior de los muslos, con la presión exacta de una mano que lee un motor por la vibración, y yo cerré los ojos y lo dejé leer, y en algún momento entendí lo que estaba haciendo: lo del estetoscopio, buscando dónde sonaba distinto.
Lo encontró. Se quedó allí, con los dedos, y con la boca después, con la paciencia de la tuerca y el clic, y yo me agarré a la almohada de una cama de casa-cuartel, que es una almohada como la de once casas, y no pensé en las once casas, y no pensé en nada, y cuando llegó el clic lo dije en voz alta, con su nombre, y en el patio de atrás no había nadie que lo oyera, y en la plaza tampoco, porque las sillas estaban en la ermita, rezando.
Después se puso encima. Despacio, con el peso repartido en los brazos, y me miró desde arriba con la luz de lado, y me preguntó con los ojos y le contesté con las manos, en su espalda, y entró como se entra en un sitio que ya se conoce y que sigue siendo nuevo, y se quedó quieto un momento, entero, con la frente en la mía, y dijo que yo, en voz baja, sin acabar la frase, y no la acabó, y no hizo falta.
Nos movimos despacio. Todo aquello fue despacio, y lo hago constar porque en un atestado la velocidad importa: con la luz de la mesilla, con la cama de casa-cuartel que no cruje porque son camas de hierro hechas para no crujir en once destinos, con la ventana abierta al patio y el olor a nada del patio, con las manos de él en mi cara, en mi pelo suelto, y las mías en su espalda, contando las vértebras, porque cuento.
Terminé antes que él, con las piernas alrededor y los ojos abiertos, mirándolo, y él terminó mirándome, con mi nombre otra vez, entero, como se dice una cosa que se ha decidido decir a tiempo desde ahora.
Nos quedamos en la cama con la luz de la mesilla y la ventana al patio, y a las diez y media se oyó, muy lejos, por el camino viejo, el ruido de ochenta mujeres bajando de una ermita con linternas, un ruido parecido al de un río cuando hay río, y él giró la cabeza hacia la ventana, y yo le puse la mano en el pecho, encima de donde iba el bolsillo, y no había bolsillo, porque no había mono, y debajo de la mano había un hombre y no un taco, y era la primera vez que ponía la mano ahí sin papel en medio.
—Tienen para dos horas de bar —dije.
—Vale.
—Mi madre se va el domingo. Después de la traca.
—Sí.
No dije lo otro. Lo otro es una palabra de una sílaba y media que en un atestado no consta y que en una cama de casa-cuartel pesa lo que pesa un piso vendido, y no la dije, y él tampoco, y los dos sabíamos que estaba en la habitación, en la silla, encima del uniforme, con los cinco dedos.
Lo dije de otra manera. Como digo las cosas.
—La galga necesita dos nombres en el papel.
Se quedó callado. No los treinta segundos: se quedó callado como se queda un hombre que ha entendido exactamente lo que le han dicho, y la mano que tenía en mi pelo se paró, y después siguió, y a los treinta segundos, o a los cuarenta, con la voz en mi sien, dijo:
—Los tiene.
—Dos apellidos en una cartilla. Con dos copias. Por si nos separamos.
—Sí.
—Yo no quiero la copia, Ginés. Yo quiero el original.
Lo dijo mi boca sin que yo hiciera constar nada antes, y era lo más cerca de la palabra que había estado nunca, y él lo oyó, y no contestó, y yo no esperé que contestara, porque una cosa así no se contesta en una cama a las once menos cuarto con ochenta linternas bajando por un camino: se contesta después, o no se contesta, y yo ya lo había dicho, y eso, según Fina, cuenta.
Se vistió a las once y veinte. Despacio, el mono, la camiseta, doblando las cosas mías que estaban en la silla y volviéndolas a poner encima del uniforme como estaban, sin tocar el chaleco, y yo me quedé en la cama mirándolo vestirse, con la galga que había entrado en algún momento y estaba tumbada en el suelo, a los pies, como si el dormitorio fuera el sitio, y él se agachó a rascarle el cuello, donde el número, y se fue por el pasillo, y bajó los catorce peldaños, y el noveno crujió, y la puerta de la oficina sonó, y la plaza estaba vacía, y me asomé a la ventana de la cocina a verlo cruzar.
Cruzó por el paso. Por las seis franjas, a pie, sin camión, con el mono, hacia la esquina de la iglesia, y en la esquina se cruzó con mi madre, que subía de Casa Fina con la Encarna y la Puri y la linterna de Andrés detrás, a diez metros, y mi madre se paró, y él se paró, y en la plaza vacía, con la farola, le oí decir a mi madre, con la voz de clase:
—El traje te va a quedar bien. El azul marino no lo estropea nadie.
Y él dijo buenas noches, a tiempo, y siguió hacia el camino viejo, y mi madre subió los catorce peldaños con la Encarna despidiéndose desde abajo, y en el noveno se paró, y dijo hacia arriba, sin verme, «tienes la luz de la cocina encendida», y siguió subiendo, y en el sofá-cama se oyó el ruido de animal, y después su respiración, y la galga se quedó en mi dormitorio, a los pies de la cama, con la oreja caída, y no se fue en toda la noche.