Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 24 · Ginés
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24 · Ginés

La madre bajó a la base el lunes diecisiete a las diez de la mañana, a pie, por el camino viejo, con el bolso cruzado, las zapatillas de la cabecera y el cuaderno de espiral asomando, y cruzó la explanada en línea recta hacia el hangar como cruza ella las cosas: sin mirar a los lados, porque los lados ya los ha mirado antes.

Samu la vio desde la puerta de la nave y no dijo nada, lo más raro que ha hecho Samu este verano.

La piloto, en la hache, levantó el vaso de café.

El capataz no estaba. Yo estaba debajo del aparato con la varilla, y salí cuando oí las zapatillas en el hormigón, porque las zapatillas de la cabecera suenan a goma nueva y a una mujer que no ha venido a mirar.

La galga bajó del camión antes de que la madre llegara al hangar y fue a su encuentro, y la madre le dijo «buenos días» como se le dice a una persona, y la galga volvió a mi lado como quien ha ido a recibir a alguien a la puerta.

—Hay que comprarte un traje —dijo—. Para las fiestas. Vamos a la cabecera. Ahora.

—Tengo una camisa. Blanca.

—Ya la he visto. Tres veces. —Miró el camión, que estaba pegado a la pared del hangar del lado de la sombra, con la galga en la cabina—. En tu camión. Yo no me subo al coche patrulla para ir de compras, que luego la gente pregunta.

Le dije que vale. Lo dije en el acto, y ella se quedó mirándome con la cabeza un poco ladeada, con la cara que pone ante un alumno que ha contestado demasiado rápido, y no esperó a lo otro.

Se fue al camión. Abrió la puerta del copiloto ella sola, una puerta que pesa y que está alta, y se subió con el bolso por delante, en dos movimientos, sin ayuda, y la galga se apartó al hueco de los pies como un animal que reconoce a quien manda, sin protestar, y la madre se puso el cinturón, se lo tensó, y se quedó mirando al frente por el parabrisas como se espera en el autobús de las cuatro.

La cabecera tiene un sastre. Uno. Está en la calle de detrás de la farmacia, en un local con un escaparate donde hay un maniquí con un traje gris que lleva puesto desde que yo vine a esta provincia, y dentro está él, un hombre mayor con un metro de tela colgado del cuello y unas gafas que se pone y se quita según a quién mire.

La madre entró la primera. Dijo buenos días, dijo que veníamos a por un traje para el señor, dijo que azul marino, y el sastre me miró a mí, con las gafas puestas, de arriba abajo, con el mono azul de trabajo y las manos que llevo, y se quitó las gafas.

—¿Para una boda?

—Para unas fiestas —dijo la madre—. Y ya veremos.

Me midió. Se mide de pie, con los brazos separados, con el metro en el cuello del sastre y la madre sentada en una silla con el bolso en las rodillas apuntando en el cuaderno de espiral los números que el sastre decía en voz alta, y a mí me pareció bien que hubiera números, porque un traje es una cosa con medidas y a una cosa con medidas uno sabe estarse quieto.

El sastre dijo que tenía algo que podía valer con un arreglo.

Sacó una chaqueta azul marino, de una percha del fondo, y me la puso, y se quedó detrás de mí mirando mis hombros en el espejo con las gafas puestas, y dijo que los hombros estaban bien y que la manga iba larga, y la madre dijo que la manga se arregla y los hombros no, y el sastre la miró como se mira a quien sabe de qué habla, y le preguntó si era del oficio.

—Maestra —dijo la madre—. Pero he vestido a un guardia durante treinta y un años, y a los guardias les miran los hombros.

El sastre marcó la manga con jaboncillo.

Marcó el bajo del pantalón, que iba largo también, y me hizo dar dos pasos y volver, y volvió a marcar.

Después preguntó cuándo hacía falta, y la madre dijo que para el sábado veintinueve, que era la romería, y el sastre dijo que el jueves estaría, y la madre dijo que el jueves lo recogería ella, y yo saqué la cartera del bolsillo del mono, que llevo ahí porque el del pecho está para otra cosa, y pagué.

La madre miró los billetes salir. No dijo nada.

Contó, con la vista, y cuando el sastre me dio el cambio, ella dijo «un notable, este sastre», en voz alta, y el sastre se quitó las gafas y le dio las gracias como se le dan a una inspección.

En la calle, con el ticket del sastre en la mano, la madre me miró de arriba abajo otra vez, con el mono, y dijo que un hombre que se paga su traje es un hombre que piensa ponérselo, y echó a andar hacia el camión.

—Conduzco yo. —Con el bolso ya cruzado—.

Lo dijo en la puerta del conductor, con la mano ya en la manilla, y yo me quedé de pie en la acera con las llaves en la mano.

—Es un camión.

—Yo he llevado el Land Rover del puesto en once destinos, con tu suegro de copiloto diciéndome cómo, y esto es lo mismo con más ruido. —Extendió la mano—. Las llaves.

Dijo «tu suegro». Lo dijo sin mirarme, con la mano extendida, como quien dice una palabra que ya ha decidido usar, y yo le di las llaves, porque un hombre al que le dicen «tu suegro» con la mano extendida da las llaves.

Condujo bien. Lo digo con conocimiento de causa, que es el único que tengo: soltó el embrague como se suelta, sin calar, y cogió la salida de la cabecera en segunda y la carretera en tercera, y llevaba las manos donde hay que llevarlas y la vista donde hay que llevarla, y el camión, que no lo había llevado nadie que no fuera yo salvo una tarde de jueves, se dejó llevar como se deja llevar un animal grande por alguien que no le tiene miedo.

La galga se subió al asiento, en medio, entre los dos, con la cabeza hacia delante, y la madre le dijo «quieta» una vez y la galga se quedó quieta, y yo entendí de dónde había sacado su hija la voz de la multa.

Fue en la recta, con los chopos a un lado y el pantano abajo, con las manos en el volante, sin mirarme, cuando habló.

—Lo supe en la primera cena.

No pregunté qué. Ella no esperaba que preguntara: llevaba la frase montada desde la cabecera, y la soltó como suelta ella las cosas, entera y en orden.

—Un hombre que finge contesta enseguida.

Dice lo que cree que la madre quiere oír, y lo dice rápido, porque lo tiene preparado, y lo tiene preparado porque lo ha hablado con ella antes.

Tú tardabas treinta segundos en decir de dónde eras.

Nadie prepara treinta segundos. —Cambió a cuarta—.

Y ella mentía, que a ella la conozco desde antes de que supiera hablar, y tú no mentías, y con eso ya tenía yo la redacción entera la primera noche.

Miré la carretera. La galga miró la carretera. La madre siguió.

—Y lo otro lo supe en el cine. Con las manos en la perra. Un palmo. —Movió una mano del volante, un palmo en el aire, y la volvió a poner—. No hace falta ser maestra para eso, pero ayuda.

—Sí.

—Sí. —Asintió a la carretera—. Ahora ya no fingís.

Lleváis diez días sin fingir y sois los únicos del pueblo que no lo sabéis, porque estáis muy ocupados poniéndoos derechos en la plaza.

Eso también lo he visto. Y no he dicho nada, porque una cosa así se deja que la digan los que tienen que decirla, y yo no soy ninguno de los dos.

Salió de la recta. Cogió la curva de los chopos con el camión en tercera, bien, y en la bajada que viene después, la que da al valle, con el pueblo delante en su cuesta y la base en el llano, bajó la velocidad sin que hiciera falta, y me hizo la pregunta.

—¿Te vas en octubre?

No dijo de dónde la había sacado. No hacía falta: Fina sabe que los mecánicos de contrata se van en octubre con el aparato, y Fina se lo habrá dicho en San Juan, en Navidad, o en cualquier café con leche de las once, y una mujer que ha vivido once destinos sabe lo que es un contrato con fecha.

Yo miré el valle. El aparato no se veía desde allí.

Se veía la torre, y la loma, y el camino viejo bajando a la báscula, y la plaza con su iglesia, y en la plaza un punto que era el cuartelillo.

Y se me hizo el hueco. El de siempre, el de los treinta segundos, con la pregunta encima de la mesa enfriándose, y ella no la dejó enfriar. Empezó a contar.

—Uno. Dos. Tres.

En voz alta. Con la voz de clase, la de contar hasta diez para que un niño se siente, sin prisa, con los ojos en la carretera y las manos en el volante, un número por segundo, exactos, porque una maestra sabe lo que dura un segundo mejor que un reloj.

—Doce. Trece. Catorce.

La galga me miró. Yo tenía la respuesta a medio montar y las piezas no encajaban, porque había dos: el jefe de operaciones con su ascenso y el treinta y uno, y un cuartelillo con un archivador gris con mi apellido en una carpeta, y las dos eran verdad, y una respuesta con dos verdades no se monta en treinta segundos.

—Veintiocho. Veintinueve. Treinta.

Un silencio de un segundo. La curva de la ermita, que la cogió bien, con el camión en segunda y la galga apoyándose en mi hombro por la inercia.

—Treinta y uno —dijo—. Contesta.

—No lo sé.

Salió entero. A tiempo, si es que treinta y uno es a tiempo, y era verdad, y era la peor respuesta que se le puede dar a una mujer que ha contado hasta treinta y uno para oírla, y ella la recibió como se recibe una redacción que dice la verdad y está mal escrita: sin cambiar la cara, y apuntándolo.

No apuntó nada, que iba conduciendo. Pero se le vio.

—«No lo sé» —repitió—. Vale. Es más de lo que me esperaba y menos de lo que hace falta.

—Entró en el camino de la báscula, despacio, con las ruedas en las rodadas—.

Tienes hasta la traca. El sábado veintinueve, a medianoche, con el pueblo entero en la ermita y mi hija de uniforme en el paso.

Después de la traca me voy, Ginés, y me voy con un piso vendido y una hija en un cuartelillo, y quiero saber qué le dejo.

Un hombre que se va en octubre o un hombre que se queda.

Las dos cosas se pueden dejar. Lo que no se puede dejar es un «no lo sé».

Aparcó en la explanada, con una maniobra, no con tres. Pegado a la pared del hangar, del lado de la sombra, exactamente donde lo aparco yo, con las ruedas rectas, y apagó, y me dio las llaves con la mano abierta, y se bajó por su lado en dos movimientos, con el bolso, y la galga se bajó detrás.

—El jueves recojo el traje —dijo desde la explanada—. Y esto no se lo cuentas a ella. Ni a tiempo ni tarde. Eso lo cuentas cuando lo sepas, y no antes.

Se fue por el camino viejo, con las zapatillas, sin volverse, y la piloto, desde la hache, la miró subir la loma y después me miró a mí, y no preguntó nada, y yo me quedé con las llaves en la mano en la explanada, con el camión bien aparcado por otra persona, que es una cosa que a uno le deja el sitio raro.

Treinta segundos después, con la madre ya detrás de la loma, le dije al camión que no lo sabía, y era la segunda vez en el día que lo decía a tiempo, y no valía más que la primera.