Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 23 · Marga
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23 · Marga

El pantano está a veinte minutos por la carretera de la cabecera y a doce por el camino de la presa, que no es carretera y por el que nadie debería ir con un coche que no sea del puesto.

Tiene una presa chica, una zona de merendero con tres mesas de hormigón, un embarcadero de madera donde no hay barcas, y en agosto tiene gente de la cabecera que sube a bañarse y a hacer lo que no se puede hacer en agosto en un merendero: fuego.

Lo hago constar cada verano en un cartel que el ayuntamiento no repone, y en un atestado, cada dos veranos, cuando el fuego se sale de la parrilla.

El viernes catorce de agosto se salió a las tres y veinte, con el cierzo bajando por la ladera de enfrente, en el carrascal que sube del merendero a la carretera, y la torre no lo vio porque la torre mira al otro lado.

Lo vio Higinio. Estaba en la carretera con el coche patrulla por un tema de ganado, que en agosto el Onésimo deja las cancelas abiertas por el calor y las vacas se van a la carretera a buscar la sombra de los chopos, y llamó a la base antes que a mí, que fue lo correcto, y después a mí, que fue lo que tocaba, con la voz que le sale cuando no delega.

—Marga, el carrascal del pantano. Vente por la presa, que yo cierro la carretera.

Fui por la presa, con la radio en la mano y la portátil en el cinto.

Doce minutos, con el coche patrulla dando saltos en el camino y la galga en el asiento de atrás agarrada a lo que pudo, y cuando llegué al merendero el carrascal era una ladera con una línea naranja de cuarenta metros subiendo, y la cuadrilla ya estaba en ella, porque el Milagro había venido por la presa también, y en el merendero había once personas de la cabecera con las toallas en la mano y una parrilla de hierro volcada en el suelo, y una furgoneta blanca que no era del veterinario.

Y en la orilla, en el embarcadero de madera, con el camión-taller aparcado con las ruedas traseras en el agua, estaba él.

Lo vi antes de ver el fuego. Lo hago constar porque en un atestado el orden en que se ven las cosas también dice algo del que las ve, y yo vi primero un camión con las ruedas en el agua y un hombre de pie en unas tablas, y después la ladera, y después las once toallas, y ese orden no era el correcto y fue el que hubo.

Un helicóptero con helibalde carga en el pantano a diez metros del embarcadero, donde el agua ya tiene fondo, y lo hace bajando hasta que el balde toca, esperando lo que tarda en llenarse, y subiendo con el peso, que se nota en el ruido, y ese viernes lo hizo doce veces, y la piloto tomó agua a diez metros de un hombre que estaba de pie en el embarcadero con la bandeja de herramientas y las botas en el agua.

Lo hacía porque el helibalde había venido con una cosa suelta desde el collado, un cable de los que llevan el balde, y él se la había arreglado en la primera carga, con el aparato colgado encima, en dos minutos, con el agua a la rodilla, y después se había quedado en el embarcadero por si volvía a soltarse, con la lona abierta encima de las tablas y la galga en la orilla, sin pisar la lona, mirándolo.

Yo estaba en la boca del camino de la presa, con el coche patrulla cruzado, a trescientos metros del carrascal y a cuatrocientos del embarcadero, porque el pantano tiene dos entradas y Higinio cerraba la otra.

Parando a nadie, porque por el camino de la presa no venía nadie.

Con la radio en la mano. Y con la vista, durante dos horas, en un embarcadero de madera donde un hombre con un mono azul estaba de pie con el agua a la rodilla y un aparato de tres toneladas bajando encima de él cada nueve minutos a coger agua.

No pasaba nada. Lo hago constar, y lo hago constar dos veces porque la primera no me lo creí: la piloto sabe lo que hace, y él sabe lo que hace, y un helibalde cargando a diez metros de un mecánico que espera es una cosa normal en una base normal, y el capataz lo había autorizado por radio con una palabra. No pasaba nada. Pero yo contaba.

Contaba los minutos entre carga y carga, que eran nueve.

Contaba las veces que el aparato bajaba encima del embarcadero, que fueron doce.

Contaba los segundos que él tardaba en apartarse cuando el balde tocaba el agua, que eran cuatro, y los que tardaba en volver a acercarse cuando el aparato subía, que eran seis, y en algún momento de la séptima carga supe que llevaba dos horas contando a un hombre como se cuenta el aire que le queda a alguien, y que la última vez que había contado así había sido en un escalón de la costa, mirando cómo cargaban un camión, con nueve años.

No era miedo. Un fuego de cuarenta metros en un carrascal con la cuadrilla encima y un helicóptero cargando no es una cosa que dé miedo a una guardia civil que ha estado en un turismo en el pantano y en un parto en la carretera.

Era otra cosa. Era que la cuenta se me había pasado de lado.

Yo cuento sillas, metros, minutos, franjas, y cuento para que conste y para que no se me escape nada, y aquella tarde estaba contando para él, para que no se le escapara nada a él, desde cuatrocientos metros, con una radio en la mano que no servía para eso, y no consta en ningún sitio que una agente cuente por otro.

Me la había llevado. Esa era la cuenta que no me salía: yo me había ido de once casas sin llevarme nada que no cupiera en el camión, y sin encariñarme con lo que se quedaba, y llevaba cuatro años en Valdecierzo, y catorce meses multando a un hombre, y dos meses con su perra, y siete noches en un camión, y mi padre había dicho que no te encariñes con lo que no te puedes llevar, y él no se podía llevar: tenía un aparato que es de una compañía y un camión que es su casa y un pueblo entero sentado en sillas, y yo, en la boca del camino de la presa, ya no tenía nada que hacer con la regla porque la regla se había roto sola, sin que constara, en alguna tarde de las trescientas, y yo no había estado atenta.

El carrascal se apagó a las cinco y cuarenta.

El aparato hizo la última carga, la doceava, y descargó, y se fue a la base, y él recogió la lona del embarcadero, se subió al camión con las botas chorreando, y sacó las ruedas traseras del agua marcha adelante, con la galga ya dentro, y bajó por el camino de la presa hacia donde yo estaba con el coche cruzado.

Paró a mi lado. Bajó la ventanilla.

—Ya está —dijo.

—Ya lo he visto.

—¿Todo?

—Doce cargas. Cuatro segundos para apartarte. Seis para volver.

Me miró. Con la ventanilla bajada y las manos en el volante y la galga asomando por detrás de su hombro, y no dijo nada, y no dijo nada tampoco a los treinta segundos, porque no se fue: se quedó parado con el camión al ralentí, mirándome, y en la cara le pasó la cosa que le pasa cuando ha entendido algo y está decidiendo si lo dice, y no lo dijo.

Metió la primera. Subió la ventanilla hasta la mitad.

—Buenas tardes, Marga.

A tiempo. Y se fue por el camino de la presa hacia la carretera, con el agua goteando del chasis, y yo me quedé con el coche cruzado en la boca de un camino por el que no venía nadie.

Los once de la cabecera se fueron a las seis con un atestado y con la parrilla, que se la llevaron porque era suya y porque yo no tengo dónde guardar una parrilla.

Lo hice con la máquina, en el merendero, con la parrilla volcada de prueba y las once toallas mirándome, y salió un ticket gris con una lista de casillas y sin línea de abajo, y no me hizo falta la línea, porque no tenía nada que observar de once personas de la cabecera que hacen fuego en agosto: se les denuncia, se les explica, se les mira la parrilla, y se les deja ir.

Para eso sirve la máquina, y para eso la uso desde julio.

Higinio tenía razón y el sargento también, y a ninguno de los dos se lo he dicho.

Volví por la presa, con la galga dormida en el asiento de atrás de tanto mirar, y en el camino, en el sitio donde la presa se estrecha y hay que ir a paso de persona, Higinio me llamó por la radio del puesto para decir que la carretera estaba abierta y que el sargento había llamado desde la cabecera preguntando por el conato, y que él le había dicho que sin novedad, y que el sargento había preguntado si se había usado la máquina, y que él le había dicho que sí, once veces, y que el sargento había dicho «bien», y que a él le parecía que un sargento que dice «bien» por once tickets de una parrilla no había estado nunca en un carrascal con cierzo.

Le dije que constara. Dijo que ya constaba, que lo había puesto en el parte con su letra.

En la plaza, a las siete y cuarenta, el camión estaba en el paso, con las ruedas todavía mojadas y una marca oscura en el empedrado donde goteaba, y él debajo, con una llave, y catorce sillas, y mi madre con el abanico, y yo bajé con el talonario y escribí la multa apoyada en el capó, arriba lo de siempre, y en Observaciones una cosa técnica del chasis, que había cogido agua, verdadera, y se la di, y la leyó entera, y la guardó en el bolsillo del pecho, que ahora está casi vacío, con el recibo de julio y las galgas, y abrochó el botón.

Paseamos. La galga tiró de la cuerda cuesta arriba con más fuerza que otros días, que había pasado la tarde en una orilla sin poder bañarse, y en la puerta de Casa Fina bebió el plato entero de Fina de un tirón y Fina le puso otro.

Y a la vuelta, en la plaza, con la galga entre los dos, mi madre dijo desde la silla, con el abanico parado, que la Encarna le había contado que el pantano había ardido, y que ella le había dicho a la Encarna que no, que había ardido el carrascal, que el pantano es agua, y que la Encarna le había dicho que para el caso, y que ella le había puesto un suficiente a la Encarna por precisión y un notable por intención.

A las diez y media, en la oficina, con la puerta sin llave y la galga en la alfombra, y mi madre arriba con la radio de la cocina puesta bajita, que la pone para no oír lo que pasa en la oficina y oírlo igual, abrí el talonario. Saqué el bolígrafo. Y escribí una multa.

La matrícula del coche patrulla, que también me la sé.

La fecha. La hora: las quince y veinte. El lugar: boca del camino de la presa.

La infracción, que no está en ninguna lista y que escribí a mano con las palabras que tiene: estacionamiento de vehículo oficial en vía de acceso con el único fin de observar.

Y en la línea de abajo, con la letra redonda, sin apretar, lo que había:

Observaciones: la agente se ha encariñado. Procede.

Firmé. Arranqué el original y dejé la copia en el talonario, calcada en azul, donde se quedan las copias, y el original lo doblé en cuatro, como el bloc, y lo metí en el bolsillo de la camisa con las cuatro hojas y el bolígrafo, y me quedé un momento con la mano encima, como se comprueba que una cosa sigue ahí.

No se la iba a dar a nadie. Una denuncia contra una misma no se entrega: se archiva, y yo tenía en el bolsillo de la camisa el sitio donde archivo las cosas que no van al archivador.

Pero la copia estaba en el talonario, en azul, con su número de referencia, entre la del chasis mojado y la que escribiría mañana, y si el sargento venía el martes y pasaba las hojas con el dedo, la iba a encontrar, y la iba a leer, y no iba a entender nada, y a mí me pareció, con la galga dormida en la alfombra y la luz de la mesa, que eso era exactamente lo que tenía que pasar con una cosa así: que constara, y que no la entendiera nadie que no fuera de este pueblo.