22 · Ginés
Las multas se pagan en ventanilla, en la oficina del cuartelillo, el primer miércoles de cada mes, entre las doce y la una, la hora en la que Higinio está en la mesa y no en la siesta, y se pagan con el número de referencia, que va arriba del impreso, en la esquina, y que Higinio teclea en un ordenador viejo con dos dedos.
Catorce meses seguidos pagando el primer miércoles.
Catorce veces con el taco en el mostrador, la goma quitada, contando de arriba abajo las del mes, que son las de arriba, y separándolas, y Higinio tecleando, y yo pagando en efectivo, y volviendo a poner la goma, y bajando al llano con el bolsillo igual de lleno y el monedero más vacío.
Es un trámite. Se hace de pie, en la línea del mostrador, con Higinio tecleando y diciendo la cantidad en voz alta como se dice un resultado, y yo poniendo los billetes en el mostrador uno a uno, y él contándolos otra vez, y firmando un recibo con una letra que ocupa dos líneas.
Un trámite en el que nunca ha estado ella, porque ella a esa hora está en la carretera o en el llano o en cualquier sitio donde no esté un hombre pagando lo que ella escribe, y yo creo que eso también estaba en algún reglamento que nadie ha escrito.
El miércoles doce de agosto Higinio no estaba.
Estaba en la cabecera, en una cosa del sargento, y en la mesa de la oficina estaba ella, de uniforme, con el ordenador viejo delante y los dos dedos de Higinio sustituidos por los diez suyos, y me miró entrar con la cara de la multa, y yo me paré en la línea del mostrador como me paro siempre.
—Vengo a pagar.
—Ya lo sé. —Sin levantar la vista de la pantalla—. Es el primer miércoles.
—Es el segundo. —Lo dije a tiempo, porque las fechas no hay que montarlas—.
—El primero era festivo en la cabecera. —Tecleó algo—. Referencias.
Me desabroché el bolsillo. Saqué el taco, le quité la goma con el pulgar, y empecé a contar de arriba abajo las de julio y los primeros días de agosto, que eran muchas, porque julio tiene treinta y un días y solo cuatro domingos, y las fui poniendo en el mostrador, una a una, con la cara de arriba hacia arriba, y leí las referencias en voz alta, y ella las tecleó, y entre las de julio salieron cuatro tickets grises de papel térmico que se habían quedado en medio, y los aparté, porque esos se pagan por otro sitio, y ella los miró y no dijo nada.
Contar multas en voz alta delante de quien las ha escrito es una cosa rara.
Uno lee la referencia, un número, y la que la escribió lo teclea, y entre número y número está la línea de abajo, que ninguno de los dos lee, y que está ahí, en el mostrador, boca arriba, treinta veces.
Cuando terminé de contar, el taco que quedaba en mi mano, el del año entero menos un mes, era del grosor de un ladrillo delgado, y ella dejó de teclear.
Lo miró. No la multa: el taco. Lo miró como miraba yo el aparato el primer día, entero, de patín a rotor, despacio.
Con la goma en mi otra mano y el bolsillo abierto, y las trescientas y pico en un solo bloque sobre mi palma, con los bordes blandos de abajo y los duros de arriba, y la de las reglas en el fondo con su lápiz de carpintero, y la primera de todas, la del cárter, la última de la pila.
—¿Por qué las guardas?
Lo preguntó como se preguntan en ese mostrador las cosas: de frente y para que consten. Y yo, con el taco en la mano y el bolsillo abierto y Higinio en la cabecera, no tenía treinta segundos. Tenía menos, porque ella no se iba a ir, y tenía más, porque aquello no tenía fecha. Y lo conté.
Sonia era de mi pueblo, el de los astilleros que ya no hay.
Nos casamos a los veintiséis y vivimos ocho años en una casa de una sola planta, con un taller detrás donde yo arreglaba lo que traía la gente, y ella trabajaba en el ayuntamiento, en ventanilla, que también tiene su gracia, vista desde donde estoy ahora.
No voy a decir cómo era, porque eso ya no es de nadie.
Diré que hablaba, y que yo no, y que durante siete años eso funcionó como funcionan las cosas que están compensadas: ella ponía las palabras y yo ponía lo demás.
El octavo año dejó de funcionar. No de golpe. Se descompensó como se descompensa un eje, un poco cada vuelta, sin que se note hasta que se nota. Y una noche de febrero, en la cocina, con la cena en la mesa, se quedó de pie con las manos en el respaldo de la silla y me dijo dos palabras.
—Dime algo.
No un reproche. No una pregunta. Dos palabras, en voz normal, con las manos en la silla, mirándome como se mira una cosa de la que se espera que arranque.
Y yo la miré. Y empecé a montar la respuesta, porque la tenía, la tenía entera, todo lo que había que decirle estaba en algún sitio, y fui a por ello, pieza a pieza, como se va a por una cosa que hay que sacar entera para que no se rompa, y no sé cuánto tardé.
No fueron treinta segundos. Fue lo que tarda un hombre en montar lo único que tiene que decir en la vida.
Cuando la tuve, levanté la vista. La cocina estaba vacía.
La silla estaba en su sitio, con el respaldo hacia mí, y la puerta de la calle cerrada, y en la mesa la cena, y ni un ruido, y yo tenía la respuesta montada y buena, y no la había oído nadie.
Salí a la puerta. La calle estaba vacía.
Se había ido mientras yo la montaba, sin un portazo, con la naturalidad de una mujer que lleva ocho años esperando a que un hombre termine una frase y que esa noche ha decidido no esperar la última.
No volvió. Se llevó lo suyo en dos viajes en los que yo no estaba, porque me avisó de la hora, y se dejó las herramientas, porque eran mías, y desde entonces guardo lo que me dan.
No es una decisión. Es lo que hago con las manos cuando alguien me da una cosa: la cojo con las dos y la guardo, porque lo otro ya sé cómo termina.
Y desde entonces reviso cada frase antes de soltarla, como se revisa una pieza antes de montarla, porque la única vez que no lo hice a tiempo se me quedó dentro, entera, y todavía la tengo, y no sirve para nada.
Eso conté. No con esas palabras: con menos.
Con las que caben en un mostrador de cuartelillo a la una menos cuarto de un miércoles, con el taco en la mano y la puerta abierta a la plaza, y con una guardia civil enfrente que no dijo nada mientras lo contaba, ni movió la cara, ni escribió, ni hizo constar, y que cuando terminé se quedó como se queda ella, recta, y me miró el taco, y no a mí.
No me consoló. Lo digo porque es exacto y porque me habría ido si lo hubiera hecho.
Se levantó de la silla de Higinio. Rodeó el mostrador por el lado de la puerta, por donde no se rodea, y se puso a mi lado, de mi lado del mostrador, en la zona donde no está el puesto sino la gente, y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como la había extendido en la plaza el día de la regla seis.
Le di el taco. Con las dos manos. Ella lo cogió con las dos, y sin mirarlo, sin quitar la goma, que ya estaba en mi otra mano, se fue con él a la pared del fondo de la oficina, donde está el archivador, un mueble gris de cuatro cajones con etiquetas escritas a mano, de esos que hay en todas las oficinas del Estado y que suenan igual en todas, y abrió el tercero, y sacó una carpeta de cartón de las de gomas, nueva, de las que tienen en el segundo cajón de su mesa para los atestados, y escribió en la tapa, con el bolígrafo azul, con la letra redonda, ALMAGRO, G.
, y metió el taco dentro, entero, con la de las reglas al fondo y la del cárter al fondo del todo, y le puso las gomas, y la metió en el cajón, de pie, entre otras dos carpetas que tendrían otros apellidos, y cerró el cajón, que hizo el ruido que hacen los cajones de archivador, un ruido de cosa que se queda.
Lo hizo todo de espaldas a mí, con la eficacia con que se hace un trámite que se ha hecho mil veces, y solo al final, con el cajón ya cerrado, apoyó la mano abierta en el frontal del mueble, un segundo, como se apoya en el capó de una cosa que acaba de arrancar.
—Para que consten —dijo.
Se dio la vuelta. Me miró, ya de la mano de allí, con el cajón cerrado detrás y el archivador gris, y por primera vez en catorce meses yo tenía el bolsillo del pecho vacío.
Abierto, con el botón sin nada que abrochar, con la goma en la mano y las galgas sueltas en el fondo, y me pasé la mano por el pecho, y no había nada, y era una cosa que no había sentido desde antes de este pueblo, y que no sabía que pesaba hasta que dejó de pesar.
—Están en el puesto —dijo—. Todas. Con fecha y con copia. Si alguien pregunta por ellas, constan. Y si no pregunta nadie, constan igual. —Volvió a su lado del mostrador, por el lado que se rodea—. Tú no tienes que llevarlas encima para que existan, Ginés. Eso ya lo hace el archivador.
Tecleó una cosa. El ordenador viejo hizo un ruido de impresora, la de verdad, la del puesto, y salió un recibo de las de julio, y me lo dio, y lo miré, y era un recibo con un número y una cantidad, y lo doblé por la mitad, y lo metí en el bolsillo del pecho, solo, y abroché el botón por encima de un papel que no pesaba nada, y el botón se abrochó igual.
—Buenas tardes, Ginés.
—Buenas tardes.
Salí con el recibo en el bolsillo y la goma en la mano, sin saber qué hacer con la goma, y me la metí en el bolsillo del pantalón.
En la puerta me crucé con Butano, que subía a su galleta con la hora cambiada porque en agosto todo el mundo llega tarde a todo, y me olió el bolsillo del pecho al pasar, y se quedó un segundo con el hocico ahí, en el sitio donde ya no había nada, y me miró, y siguió hacia la mesa como quien ha comprobado una cosa.
La plaza a la una de un miércoles de agosto es blanca y no tiene sillas, y tiene la sombra de la iglesia del lado equivocado, y el camión estaba en la puerta de la iglesia con la rueda en el escalón, que ya me lo sé, y la galga en la cabina con la cabeza fuera, y subí, y arranqué, y antes de meter la primera bajé la visera, y allí estaba, detrás de la goma, sola, la única que no había entrado en el archivador porque no estaba en el taco: tuve una perra a los nueve años. Se llamaba Chispa.
La dejé donde estaba. Esa no consta en ningún puesto, y ella lo sabía cuando la escribió, y yo lo supe cuando la metí en la visera, y los dos supimos que la carpeta gris con mi apellido tenía trescientas multas y le faltaba una, y por eso está ahí y no en un cajón gris, y por eso, treinta segundos después de salir de la plaza, con el camión ya en la cuesta, le dije a la galga que aquella noche, la de febrero, la respuesta que yo había montado era buena, y que había tardado ocho años y un archivador en dársela a alguien, y que a alguien le había parecido que constaba.