Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 21 · Marga
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21 · Marga

Hay una cosa que no está en ningún reglamento, y he leído todos los que me tocan, y algunos que no, y que en un pueblo de ochocientos habitantes funciona como una ley, y las leyes de este tipo son las que más se cumplen: si dos personas fingen delante de todo el mundo que están juntas, y después están juntas de verdad, tienen que seguir fingiendo lo mismo, porque lo contrario sería reconocer que antes fingían.

Es lo que decidimos sin decidirlo, el sábado por la mañana, cada uno en su sitio, él en la era con su lápiz y yo en la cocina con mi madre, y porque desde ese día lo que hacíamos a las siete y cuarenta en la plaza era exactamente lo mismo que el día anterior, y por eso se notaba.

El domingo no hay camión, y sin camión la plaza a las siete y cuarenta es una plaza con sillas que miran un paso vacío y hablan entre ellas, que también es una manera de estar.

El domingo nueve de agosto desayuné con mi madre en la cocina, con la ventana abierta y la galga en el suelo con el pienso caro en mi plato hondo, y mi madre untó la tostada con el método de siempre, hasta el borde, y me preguntó, sin levantar la vista de la tostada:

—¿Y cómo va lo vuestro? —Con la tostada en alto—.

Lo vuestro. Con el tono de quien pregunta por el tiempo, con las gafas colgando, con el cuchillo en la mano, y con la galga levantando la cabeza del plato porque hasta la galga sabe cuándo una pregunta va con segundas, y con el chaleco con la mano negra colgado en el respaldo de la silla desde el viernes porque yo no lo había lavado y ella no me lo había pedido.

—Bien. Va bien.

—Bien. —Untó, y me pasó la mantequilla sin que la pidiera—. Ese hombre ha tardado un mes y medio en sonreír y una semana en tocar un vehículo oficial, y tú llevas cuatro días bajando la escalera sin que cruja el noveno. Yo eso lo llamaría de otra manera, pero tú eres la que redacta.

—No cruje si sabes dónde pisar.

—Ya. Yo llevo dieciocho años sabiendo dónde pisar en esa escalera, hija, y esa escalera es igual en todas partes. —Me pasó la tostada—. Come. Y lava el chaleco, que la Encarna ya lo ha visto dos veces y a la tercera le pone nombre.

No preguntó más. No dijo que sabía. Mi madre no dice que sabe: hace que lo sepas tú, y luego se va a la ermita, veinte minutos cuesta arriba a paso de maestra, con las zapatillas de la cabecera y el cuaderno de espiral y se sienta cuarenta minutos en un banco con un hombre sordo de un oído que no le dice nada, y vuelve con la cara de quien vuelve con algo contado.

Aquel domingo volvió a las siete y media, con polvo del camino en las zapatillas y el cuaderno cerrado con la goma.

Dijo que Andrés había dicho una cosa. No dijo cuál.

Dijo que le había puesto un notable, la primera vez que le ponía un notable a una frase de tres palabras.

El lunes a las siete y cuarenta bajé a la plaza con el talonario.

Había catorce sillas, mi madre con el abanico, el camión en el paso con la rueda donde siempre, y él debajo, y la galga saliendo del camión hacia mi bota, y todo eso era lo mismo que el viernes, y lo mismo que hace un mes, y lo mismo que hace un año, y por eso, en cuanto puse el talonario en el capó, la Encarna dijo, hacia la Puri, en un volumen que en la Encarna es un susurro y en cualquier otra persona es una declaración:

—Mira qué derechos.

—Ya veo.

—Cuando dos se ponen así de derechos es que ya se han torcido.

La Puri no contestó. La Puri le dio la razón con el abanico, que también tiene desde el jueves, porque se lo compró mi madre en la cabecera, uno para cada una, y las dos se abanican ahora al ritmo de mi madre, un ritmo de clase.

Escribí la multa con el papel en el capó, que a las siete y cuarenta de agosto todavía quema y una aprende a apoyar solo el borde de la mano.

Arriba lo de siempre: la matrícula, que me la sé, la hora, el paso de peatones, la casilla.

Y en la línea de abajo, con la letra redonda, sin apretar, lo que llevaba desde el jueves de la guardia en el bloc de la oficina, en una hoja que no había arrancado porque no sabía si pasarla al impreso, y que había decidido pasar aquella mañana, a las once, cuando Butano vino a por su galleta y se sentó delante de la mesa a mirarme escribir con la cara de un perro que ya ha visto muchas cosas escribirse: tuve una perra a los nueve años. Se llamaba Chispa.

Se la di. Él la cogió como las coge, con las dos, y la leyó, arriba y abajo, y llegó a la línea de abajo y se quedó.

No dos veces: se quedó, con el papel en las manos y la vista en la línea, el tiempo que se tarda en leer once palabras varias veces sin mover los ojos, y las catorce sillas vieron que se quedaba, y mi madre cerró el abanico.

No la guardó con las otras. Lo vi. Fue al camión, abrió la puerta del conductor, bajó la visera del parabrisas, que tiene una goma cruzada donde lleva los papeles del camión, y la metió ahí, sola, detrás de la goma, doblada de manera que la línea quedara por dentro, y subió la visera, y cerró la puerta.

Y después se desabrochó el bolsillo del pecho, sacó el taco, lo miró como se comprueba que una cosa sigue completa, y lo guardó, y abrochó.

—Buenas tardes, Ginés.

Contestó lo suyo, a tiempo, y detrás de la iglesia, cuando yo ya había doblado, no dijo buenas tardes, Marga. Dijo, a las catorce sillas, en voz baja, una cosa que oí porque me había parado detrás de la iglesia como me paro ahora:

—Chispa.

Solo eso. El nombre, dicho en la plaza por un hombre que no lo había oído nunca en voz alta, con el tono de quien comprueba cómo suena una pieza nueva, y la Encarna preguntó qué había dicho, y la Puri dijo que chispa, y la Encarna dijo que qué chispa, y mi madre, desde su silla, dijo «una perra» con la voz de quien cierra un tema, y las catorce sillas se quedaron con eso, y con el abanico de mi madre cerrándose de golpe, que en ella es un punto y aparte, y el Modesto dobló el periódico, y los quintos, que ya no son los quintos de junio porque en agosto vuelven los que estudian fuera y son más, se miraron entre ellos con la cara de no haber apostado a tiempo.

Paseamos. Antes de echar a andar, él abrió la puerta del copiloto y dejó que la galga oliera la visera, que la galga huele todo lo que se guarda en un sitio nuevo, y la galga olió y bajó, y me pareció que aprobaba.

La cuerda, la galga, la cuesta, con el calor todavía en las paredes y las catorce sillas mirándonos ir derechos, más derechos que nunca, con el metro y medio de la regla cuatro tachada, que seguía siendo un metro y medio en la cuesta porque ninguno de los dos sabía cómo se anda de otra manera con el pueblo delante.

En la puerta de Casa Fina, Fina nos miró subir los últimos veinte metros y le dijo a él, no a mí, que la caldereta de dos seguía reservada y que se le iba a pasar el cordero, y él dijo que vale, y Fina dijo que vale no era una fecha.

En la vuelta, en la plaza, la galga se sentó entre los dos y no eligió, y él me dio el cabo de la cuerda, y yo lo cogí sin rozarle los dedos, porque la Puri había dicho que la cuerda no contaba y yo no iba a darle la razón a la Puri dos días seguidos.

Subí. Mi madre subió con la silla. En la cocina, con la ventana abierta y el camión todavía en el paso, porque eran las ocho y media y él baja a las nueve, mi madre dejó la silla contra la pared y dijo, mirando la plaza:

—¿Qué le has puesto? —Sin girarse—.

—Lo de siempre.

—Marga. —Se giró—. Ese hombre ha metido un papel en la visera del camión en vez de en el bolsillo, delante de catorce personas, y ha dicho un nombre en voz alta a nadie. Yo he corregido treinta y cuatro años de redacciones. Sé cuándo un niño ha leído una cosa que no esperaba.

—Le he puesto lo que le conté a la galga.

Se quedó callada. Fuera, en la plaza, se oía el ruido que hace un hombre debajo de un camión con una llave, que es un ruido que las dos conocemos ya sin mirar.

Se quitó las gafas, las dejó colgando, y se sentó en la silla de la cocina, la que había bajado y subido tantas veces, con las patas ya marcadas del empedrado, y se quedó con las manos quietas en el regazo mirando el paso de peatones con el camión encima.

—Lo de Chispa —dijo.

—Lo de Chispa.

—Tu padre nunca supo que la perra se llamaba así. Nunca preguntó el nombre. —Miró la plaza—. Yo sí.

Bajé a la oficina a las nueve y cinco, cuando el camión ya había bajado al llano con las luces encendidas, y abrí el talonario y miré la copia de la multa, que se queda en el talonario, con su papel de calco azul, y en la copia estaba la línea de abajo, en azul, calcada: tuve una perra a los nueve años.

Se llamaba Chispa. La copia no se toca. Cerré el talonario.

Lo guardé en el segundo cajón, donde está ahora, con el cargador de la máquina enrollado alrededor, y la máquina en el primero, con las galletas de Butano: el orden nuevo, que Higinio no ha comentado.

El martes tocaba guardia. Higinio se fue a las ocho menos veinte con la gorra en la mano y se paró en la puerta de la oficina, su sitio para decir las cosas que no son del parte.

—Anoche pasó una patrulla por el camino viejo a la una —dijo—. Con las luces apagadas hasta la curva. Me lo han dicho los quintos, que estaban en la era con la moto.

—Patrulla nocturna.

—Ya. —Se puso la gorra, se la quitó, la miró por dentro como si tuviera algo escrito y se la volvió a poner—. ¿Desde cuándo patrullamos de noche en este puesto, Marga?

—Desde el viernes.

Higinio se rascó el bigote. Miró la máquina en el cajón primero, con las galletas, y el talonario en el segundo, con el cargador, y no dijo nada del orden, y no dijo nada de los quintos, y me miró como me había mirado el día del sargento, de frente, para una cosa suya.

—Pues que conste —dijo—. Que en el puesto de Valdecierzo se patrulla de noche desde el viernes. Lo pongo en el parte con mi letra, por si pregunta la cabecera.

Lo puso. Lo vi después: Se establece patrulla nocturna por el camino viejo, a criterio de la agente.

Con su letra, en la línea de incidencias, debajo de Butano y encima de nada.

Higinio escribe poco y grande, con letra de hombre que aprendió con pluma y ha terminado con bolígrafo, y aquella línea ocupaba dos, y era la línea más larga que había escrito en el parte en cuatro años, y la firmó con el apellido entero, cosa que tampoco hace.

Y a las doce y media, cuando la radio del puesto dio el parte de la torre, nada con estática, cogí la portátil, me la colgué del cinto, cerré la oficina sin llave, y bajé al coche patrulla, y la galga bajó detrás sin que la llamara, y salí de la plaza con las luces apagadas hasta la esquina, a patrullar el camino viejo, que es lo que consta.