20 · Ginés
La mañana del sábado ocho de agosto empezó en la era, con el aparato debajo de la lona y yo debajo del aparato, a las seis y media, para ver con luz lo que había hecho el viernes con prisa.
Estaba bien. La piloto llegó a las siete a pie por el camino viejo, con el café en vaso, que se lo había traído desde el pueblo sin que se le enfriara, cosa que solo sabe hacer ella, y me preguntó por el ruido, y le dije que fina, y era verdad, y ella me miró el botón del bolsillo del pecho, que tiene una marca negra de un pulgar, y no dijo nada, que la piloto no dice nada de lo que no es suyo, y subió, hizo la lista, dio los dos golpes en el cierre, y se llevó el aparato a la base volando a ras del llano, como le gusta a ella los sábados cuando no hay nadie que le diga que no.
Me quedé en la era con el camión y la galga y el sol subiendo por detrás de la ermita.
Tenía la caja abierta, la lona en el suelo, y encima del banco, en el sitio donde ella se había sentado, nada, porque ella no deja nada: se lleva hasta el pelo de la coleta.
Me senté en el banco. Me desabroché el bolsillo, saqué las multas, aparté la goma y busqué la del martes de junio, la de la rueda, que ya no estaba arriba porque encima tenía dos meses de papel, y la encontré por el tacto, porque es la única que tiene el dorso escrito.
Seis reglas, numeradas, con su letra, y dos firmas, la suya corta y la mía de albarán.
Cogí el lápiz del cuaderno del camión, un lápiz de carpintero, plano, que no escribe fino, y las taché.
Una a una. Uno: hablar lo justo. Habíamos hablado; no mucho, pero lo justo no era.
Dos: hasta que se vaya mi madre. La madre se iba en tres semanas y aquello no se iba a ir con ella; no lo sabía, pero lo taché igual, porque una regla que no se cumple es una regla tachada aunque nadie lo haya escrito.
Tres: el pueblo no puede saberlo. El pueblo lo sabía desde antes que nosotros.
Cuatro: nada de manos. La raya del lápiz salió más gruesa.
Cinco: nada de esto consta. Constaba en una cartilla azul con dos apellidos, y en un chaleco con una mano negra en el hombro que ella se había puesto para ir a cenar con su madre.
Seis: la perra no entra en el trato. La perra era el trato.
Miré el papel. Seis rayas gruesas de lápiz de carpintero encima de una letra redonda, y las dos firmas debajo, intactas, porque las firmas no se tachan.
Le di la vuelta. Por el otro lado seguía siendo una multa: estacionamiento sobre paso de peatones , y en Observaciones, la rueda trasera izquierda va baja , y la rueda ya no iba baja desde el diecisiete de junio.
La puse otra vez en su sitio, en el fondo, debajo de dos meses, con las seis rayas hacia dentro, donde no se ven y donde no hace falta que se vean porque ya están, y le puse la goma al taco, y lo guardé, y abroché el botón por encima de la marca del pulgar.
Subí a Casa Fina a las nueve. No subo por la mañana, y tampoco había desayunado, y la galga tampoco, y las dos cosas juntas hacen que un hombre suba una cuesta.
En catorce meses he subido a Casa Fina a las nueve de la mañana cero veces, porque a las nueve estoy en el hangar y porque a las nueve en Casa Fina están los que no tienen que estar en ningún sitio, y esa hora de bar no me corresponde.
Subí a pie, con la galga, y entré, y en la barra estaba Higinio con el café de pie, que a las nueve todavía no ha empezado a delegar, y en la mesa del rincón estaba la madre con el cuaderno de espiral y un café con leche, escribiendo, y Fina detrás del mostrador con el lápiz en la oreja, y los tres me miraron entrar como se mira entrar a un hombre en un sitio donde no entra nunca a una hora en la que no entra nunca.
—Café —dije.
Fina me lo puso. Solo, en taza, sin preguntar, porque Fina sabe lo que toma cada uno aunque no lo haya tomado nunca en su bar.
Se apoyó en el mostrador con los dos brazos, delante de mí, a la distancia a la que Fina se pone para cobrar en información, y me miró el botón del bolsillo, y me miró la cara, y me preguntó, en voz normal, con la madre a cuatro metros y Higinio a dos:
—¿Quién ha hablado?
No dije «vale». Higinio giró la cabeza hacia el espejo. La madre dejó de escribir sin levantar la vista, con el bolígrafo en el aire, como se para una maestra cuando oye en el pasillo una pregunta que le interesa.
—Nadie —dije.
A tiempo. Y era verdad, y Fina lo sabía, porque Fina sabe cuándo una cosa es verdad por cómo se apoya el que la dice, y yo estaba apoyado en el mostrador con las dos manos como se apoya uno en una cosa que sostiene.
Nadie había hablado. Se habían hecho todas las demás cosas, en una caja abierta al pinar, con una radio en el banco y una galga en la lona, y ninguna de esas cosas era hablar, y la página de Fina preguntaba quién hablaba primero y no quién hacía qué, y Fina no iba a cambiar la pregunta porque la pregunta era buena.
Se mojó el índice. Sacó la libreta del estante de las servilletas, sin agacharse del todo, la abrió por la página, y escribió con el lápiz una sola palabra, corta, y la cerró.
—«Nadie» —dijo—. Con fecha. Para que conste que lo has dicho tú.
Higinio se rio en el espejo. La madre volvió a escribir.
Yo me bebí el café, que estaba bueno, y dejé la moneda en el mostrador, y Fina la empujó de vuelta con un dedo, sin mirarla, y me dijo que el café de la mañana en su bar lo pagaba el que hablara primero, y que el otro lo tomaba gratis hasta entonces, y que se estaba haciendo vieja esperando.
La compañía llamó a las doce y cuarto, al teléfono de la nave, y lo cogió Leti, que no coge nunca el teléfono, y me lo pasó con la cara con la que Leti pasa las cosas que no son de la cuadrilla: sin cara.
Era el jefe de operaciones. El de la compañía, no el de la provincia; el que manda sobre el aparato y sobre mí, y que llama tres veces al año: en abril, para decir que el aparato sale; en octubre, para decir que vuelve; y una tercera, sin fecha, que es la que importa. Aquella era la tercera.
Dijo lo suyo con el orden con que lo dicen ellos.
Que la campaña iba bien. Que la base de Valdecierzo había dado buenos resultados, con lo del collado y lo del año pasado, y que eso se había visto arriba.
Que la compañía tenía un aparato nuevo para la base grande de la otra provincia, la de las tres aeronaves y el hangar de verdad, y que el aparato viejo, el nuestro, el que el pueblo llama con un nombre que él no usa, iba a la base grande en octubre, al cierre de campaña, como aparato de apoyo. Y que el mecánico iba con el aparato.
—Con el aparato —dije.
—Es tu aparato, Almagro. Lo conoces mejor que nadie. Allí tendrás taller, plantilla, un contrato de doce meses y no de siete, y un sueldo de base grande. Y en Valdecierzo la provincia pondrá lo que ponga. Un aparato de alquiler y un mecánico de contrata. Eso ya no es cosa nuestra.
—¿Cuándo?
—Octubre. Al cierre. Necesito que me lo confirmes antes de fin de mes, que tengo que cuadrar la plantilla.
Se hizo el hueco. El de siempre, el de los treinta segundos, y él lo conocía, porque me conoce de catorce años y de tres bases, y nunca le ha molestado porque a un jefe de operaciones un mecánico que tarda en contestar le parece un mecánico que piensa, y esperó, con la paciencia con la que se espera al mecánico que sabe lo que hace, y yo miré por la ventana de la nave la explanada, y la hache, y el aparato en la hache con la piloto debajo comprobando una cosa, y la barandilla amarilla, y la loma por donde baja el camino viejo hasta la báscula, y la torre en el cerro.
—Dame tiempo —dije.
—Tienes hasta el treinta y uno. Y Almagro: es un ascenso. Lo digo por si en ese pueblo no se nota.
Colgó. Yo colgué después, y dejé la mano encima del auricular, un teléfono gris con el cable enroscado y una pegatina con el número de la torre que puso el capataz el año pasado, y el teléfono de la nave hizo su ruido de plástico viejo, y Leti, que estaba en la mesa larga con la motosierra desmontada, no levantó la vista, y Nico, que estaba enfrente con los ojos en Leti, tampoco, y Samu no estaba, que si hubiera estado ya lo sabría la panadería.
No dije nada. No a los treinta segundos, ni después, ni a nadie.
Un hombre que ha hablado con la compañía y tiene hasta el treinta y uno no tiene nada que decir hasta el treinta y uno, y eso lo sabe cualquiera que haya trabajado para una compañía, y lo que no sabe cualquiera es que uno puede quedarse con una cosa así dentro y seguir apretando tuercas como si el bolsillo no pesara más.
Por la tarde bajé a la plaza a la hora de siempre y dejé el camión en su sitio.
Había catorce sillas y una madre con abanico, y ella bajó con el talonario, y la galga fue a su bota, y ella escribió con la cara de la multa, la de siempre, como si la noche anterior no hubiera pasado en una caja de camión, y eso me pareció exacto: en la plaza ella es la guardia civil, y la guardia civil multa.
Arriba lo de siempre. Abajo, una cosa técnica sobre el cierre de la caja, que había quedado mal encajado desde las cuatro de la mañana porque lo había cerrado yo con la cabeza en otra parte.
La leí entera. La guardé. Abroché.
—Buenas tardes, Ginés.
—Buenas tardes.
Paseamos. La galga, la cuerda, la cuesta, la Encarna, la Puri, el gato, Fina en la puerta con el trapo, que me miró a mí y le dijo a ella «ya me lo ha dicho él, que nadie», y ella no preguntó qué, porque lo sabía.
La madre desde la silla, con el abanico.
La vuelta por la iglesia. En la plaza, la galga se sentó entre los dos y no eligió, y ella cogió el cabo de la cuerda de mi mano, que la cuerda ya no hace falta y la llevamos igual, y me rozó los dedos al cogerla, un segundo, delante de catorce sillas, y la Encarna dijo «huy» y la Puri le dijo que eso no contaba, que había sido la cuerda.
—Buenas noches, Ginés.
—Buenas noches.
Se fue con la galga hacia la esquina. Yo me quedé de pie en el paso con las catorce sillas y un teléfono que había sonado a las doce y cuarto, y a los treinta segundos, cuando ya había doblado, no dije nada a nadie, porque lo que tenía que decir tenía fecha, y la fecha era el treinta y uno, y el treinta y uno era, según el calendario de la panadería, el lunes después de la traca de las fiestas, el día después de que se fuera la madre.
Bajé al llano a las nueve, con la galga en la cabina, por el camino viejo con las luces largas, que a esa hora ya hacen falta en la curva de la ermita, y la galga me miró desde su hueco todo el camino, con la oreja caída, como miran los animales a los que uno les está ocultando una cosa y lo saben por el olor.