Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 19 · Marga
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19 · Marga

Cené con mi madre a las diez, en la cocina, con la ventana abierta y el chaleco colgado del respaldo de mi silla, y mi madre miró la marca de la mano en el hombro del chaleco, negra, con los cinco dedos, durante la sopa entera, y no dijo una palabra.

Habló del collado. Habló de que desde la cuesta se había visto el humo cambiar de color, y de que la Encarna había rezado en voz alta con un método que a ella le había parecido de una eficacia dudosa, y de que Fina había cerrado el bar a las seis para subir a mirar, cosa que no hace nunca.

Recogió los platos. Los fregó. Y a las once y veinte, con las manos todavía mojadas, sin darse la vuelta, dijo:

—Si sales, llévate la radio.

No dije que iba a salir. Ella no dijo que lo supiera.

Cogí la radio portátil del puesto, que se lleva al cinto y pesa lo que pesa una cosa que te conecta con Higinio a cualquier hora, y bajé la escalera, y en el noveno peldaño no me paré, y en la puerta de la oficina la galga se levantó del escalón y vino conmigo sin que la llamara, y las dos subimos al coche patrulla, y arranqué ese motor que le cuesta, y salí de la plaza por la iglesia con las luces apagadas hasta la esquina y encendidas después, como se sale de un sitio donde todo el mundo duerme con la ventana abierta.

El camión estaba en la era, en su borde de tierra, con la caja abierta hacia el pinar y una luz dentro.

El aparato estaba a cincuenta metros, en la zona limpia, con la lona puesta encima como se pone una manta sobre un animal grande que va a dormir fuera.

Él estaba en la caja, sentado en el banco, con el mono bajado hasta la cintura y una camiseta que había sido blanca, con las manos entre las rodillas, y la luz de la caja le daba de arriba, y levantó la cabeza cuando oyó el motor que le cuesta, y no se levantó.

Aparqué en el borde, al lado. Apagué. La galga bajó por su lado, dio una vuelta al camión oliendo lo que había que oler, se subió a la caja por el estribo de atrás, le puso la cabeza en la rodilla un segundo, y se bajó otra vez y se fue a la lona, a la esquina de siempre, a tumbarse, y desde allí nos miró como si ya hubiera hecho lo suyo.

Subí a la caja. Se sube por dos escalones de chapa que suenan, y la caja de un camión-taller por dentro es un sitio estrecho con un banco atornillado al suelo, cajoneras hasta el techo, un torno chico, y un olor que no voy a describir porque no es lo mío describir olores; diré que era el suyo, y que llevaba un año conociéndolo a metro y medio.

Me senté en el banco, a su lado, a la distancia de dos personas en un banco, que no es la de la regla cuatro, y me quité el cinto con la radio y lo dejé en el banco, del otro lado, y me quité el chaleco con la mano negra en el hombro y lo colgué de un gancho donde había una llave, y él me miró hacer todo eso sin decir nada, con las manos entre las rodillas.

—Hoy no —dije.

—Ya.

—No lo dije por decir.

—Ya.

Le cogí la mano. La derecha, la de la uña negra, que estaba entre sus rodillas, y me la puse en la mía, abierta, y era una mano que había visto trescientas veces coger un papel con las dos y que no había tenido nunca, y pesaba lo que pesa una herramienta buena.

Se la giré. Le miré la palma, que tiene el mapa que tienen las palmas de los que trabajan con ellas, con una raya vieja que le cruza el pulpejo de un lado a otro, blanca, de hace mucho, y se la seguí con el dedo, y él cerró la mano sobre mi dedo, despacio, como se cierra una cosa que se ha decidido cerrar.

Nos besamos en el banco. No como en la era a las ocho, con el uniforme y las manos en el aire: en el banco, con la luz de arriba y la caja abierta al pinar, despacio, con las manos donde quisieron, la suya en mi nuca, debajo de la coleta, que me deshizo con dos dedos sin preguntar y sin que hiciera falta, y la mía en su pecho, en la camiseta que había sido blanca, encima de donde hacía cuatro horas había estado el bolsillo con el taco.

Se oía el pinar. Se oía a la galga cambiar de postura en la lona.

Se oía la radio, apagada en el banco, no decir nada.

—¿Aquí? —dijo.

Lo dijo a tiempo. Lo dijo con la boca a dos dedos de la mía y la mano en mi nuca, y era una pregunta de las que se hacen para que conste, y yo le contesté como se contestan las cosas que constan: que sí.

Que aquí. Que las puertas abiertas al pinar y la luz de arriba y el banco, y que si quería cerrar las puertas las cerrara y si no, no, y él no las cerró, porque desde el pinar no mira nadie y porque, dijo, tarde, con la boca en mi cuello, un camión-taller se cierra cuando se trabaja y aquello no era trabajo.

Lo hago constar como fue, y fue con ropa primero y sin ropa después, y en el medio hubo un rato en el que fue con la mitad, porque un uniforme tiene botones y un mono de trabajo tiene los suyos y en un banco estrecho las cosas se hacen por orden.

Me desabrochó la camisa él, botón a botón, con las manos negras que ya no estaban negras porque se las había lavado en el bidón, y en cada botón se paraba un segundo, no por los treinta segundos, sino por el botón, como se para uno en cada tuerca, y yo le bajé el mono de las caderas con las dos manos y él se levantó del banco para que pudiera, y se quedó de pie en la caja con la luz de arriba y la camiseta que había sido blanca, y era un hombre de cuarenta años con los hombros anchos y el vientre de quien come en una nave y trabaja con el cuerpo, y con marcas: una en el costado, larga, de metal, y otra en el muslo, redonda, de una quemadura de tubo, y se las miré una a una como se miran los datos de una ficha, y le pregunté de qué eran, y me dijo que de trabajo, tarde, y me pareció bien que no me contara más.

Él me miró a mí de la misma manera. No con prisa: con las manos.

Me quitó la camisa de los hombros, y el sujetador, que es del cuartel, blanco, sin nada, y me miró el pecho con la cara con que mira una cosa que suena bien, y me lo tocó con la mano abierta, la de la raya en la palma, y después con la boca, y yo me apoyé en la cajonera con las dos manos y cerré los ojos, y en un camión-taller con las puertas abiertas al pinar una mujer que hace constar las cosas deja de hacerlo durante un rato, y lo que pasa en ese rato no tiene formato.

Se quedó de rodillas en el suelo de la caja, entre mis piernas, con la cabeza a la altura de mi vientre, y me bajó el pantalón del uniforme, que es un pantalón que no se baja fácil, y lo hizo con la paciencia de quien saca una pieza que se resiste, y me miró desde abajo con las manos en mis muslos, y preguntó otra vez, y le dije que sí otra vez, y bajó la cabeza, y yo me agarré al borde del banco y a una cajonera y al pelo corto entrecano, y el camión se movió.

Se movió. Un camión-taller de tres toneladas con la suspensión de un camión-taller se mueve cuando se mueve algo dentro, y la caja crujió, y el estribo de atrás dio un golpe contra el chasis, y yo pensé, con la única parte de la cabeza que seguía pensando, que desde la ermita se vería un camión moviéndose en la era a la una de la mañana con las puertas abiertas y una luz dentro, y que en la ermita no había nadie, y que si lo hubiera, ya lo sabría el bar.

Después dejé de pensar. Lo hizo bien, despacio, con el mismo método que en las tuercas, sin prisa y hasta que se oyó el clic, y yo lo oí, y lo dije, en voz alta, en la caja, sin que constara.

Después fui yo. Lo hice sentarse en el banco y me senté encima, de frente, con las rodillas a los lados y las manos en sus hombros, y le quité la camiseta por la cabeza, y le miré la marca del costado de cerca, y se la besé, y lo cogí con la mano, entero, caliente, como se coge una cosa que hay que sostener bien, y él dijo mi nombre.

No Roldán. Marga. A tiempo, en el acto, en voz baja, contra mi cuello, y era la primera vez que lo decía sin el «buenas tardes» delante, y no le hizo falta pensarlo, y yo lo guié, despacio, hasta dentro, y me quedé quieta un momento con él dentro y las manos en sus hombros y la luz de arriba, y él tenía los ojos abiertos y los tuve abiertos yo, y no había nada que hacer constar porque estaba todo a la vista.

Nos movimos como se mueve una cosa que va bien: igual, sin sobresaltos, con el camión crujiendo debajo a cada vez y la galga, fuera, en la lona, ladrando una vez a la luna, que estaba encima del pinar, y callándose.

Él me tenía las caderas con las dos manos.

Yo le tenía la nuca. En algún momento se apoyó atrás, contra las cajoneras, y me miró entera, con la luz dándome de arriba, con el pelo suelto y el pecho y la boca abierta, y dijo que fina, en voz baja, sin darse cuenta, como se lo dice a un motor, y yo me reí, con él dentro, y fue la primera vez que me reía sin uniforme desde no sé cuándo, y él se rio también, con la cara, y así, riéndose los dos, con el camión moviéndose, terminé, y lo dije, y él terminó detrás, con mi nombre otra vez, agarrado a mí como se agarra uno a una cosa que no quiere que se vaya.

La radio sonó a las dos y cuatro.

Estaba en el banco, en el cinto, debajo de mi camisa, y sonó con el ruido de estática que hace la radio del puesto antes de que hable alguien, y los dos nos quedamos quietos, yo encima, él debajo, sudados, con la luz de arriba, como se quedan dos personas cuando entra la autoridad.

—Cuartelillo, ¿todo en orden? —dijo Higinio.

Alargué el brazo. Cogí la radio sin bajarme, con el pelo en la cara y la mano de él todavía en mi cadera, y pulsé, y dije con la voz de la multa, que sale sola:

—Todo en orden.

—Recibido. Buenas noches.

Higinio no llama nunca a las dos de la mañana.

Higinio, a las dos de la mañana, duerme en su casa desde hace nueve años con la radio apagada, y aquella noche había llamado con la voz de un hombre que sabe exactamente dónde está su compañera y quiere que conste que lo sabe y que no le importa, y yo dejé la radio en el banco y apoyé la frente en el hombro de él, y él se rio por la nariz, corto, y me pasó la mano por la espalda, arriba y abajo, como se le pasa la mano a un capó para ver si está a temperatura.

—Esto no estaba en la multa —dije.

Contra su hombro. Sin la voz de la multa.

—No —dijo él. A tiempo—. Esto no.

No dijo lo otro. No dijo dónde estaba, si no estaba en la multa, ni yo se lo pregunté, porque hay cosas que a la una y media de la mañana en la caja de un camión no hace falta que consten.

Me bajé de él. Me quedé sentada a su lado, en el banco, desnuda, con la luz de arriba, y él me puso encima de los hombros la camiseta que había sido blanca, y fuera la galga se levantó de la lona, dio la vuelta al camión, se subió a la caja por el estribo de atrás, nos miró a los dos, y se tumbó en el suelo de la caja, entre nuestros pies, con la oreja caída, como si la caja fuera el sitio.

Me quedé hasta las cuatro. Nos quedamos.

Con las puertas abiertas al pinar, sin decir nada que no fuera un nombre de vez en cuando, y a las cuatro entró el fresco por el camino viejo, como entra siempre, hasta la era, y yo me vestí, botón a botón, y me puse el chaleco con la mano negra en el hombro, y bajé de la caja por los dos escalones de chapa que suenan, y él se quedó en el banco, con la galga, mirándome subir al coche patrulla.

—Buenas noches, Ginés.

—Buenas noches, Marga.

A tiempo. Me fui por el camino viejo con las luces apagadas hasta la curva y encendidas después, y en la plaza aparqué recto, a un palmo del bordillo, y subí los catorce peldaños sin que crujiera el noveno, que se puede si una sabe dónde pisar, y en la cocina la ventana estaba abierta y la persiana del salón a media altura, y mi madre respiraba como respira cuando ha decidido quedarse quieta y escuchar.