18 · Ginés
El viernes siete de agosto la torre cantó a las dos y cinco de la tarde, con la comida en la mesa, y dijo el collado.
No dijo un rastrojo ni una balsa: dijo el collado, la Loma del Aire, donde el cierzo pasa y cae en escalón, y en la nave nadie terminó de tragar.
El capataz se levantó con el pan en la mano y lo dejó en la mesa como se deja una cosa que ya no sirve, y la cuadrilla estaba en el Milagro antes de que yo llegara a la puerta grande del hangar, y la piloto estaba en la hache con el casco puesto antes de que las dos hojas estuvieran abiertas.
Arrancó. Subió de régimen. Y a régimen alto, antes de despegar, con el aparato todavía en la hache y la piloto mirándome por el cristal, lo oí.
Lo oí como se oye una cosa que uno lleva semanas esperando sin saberlo: con el cuerpo antes que con la oreja, y con la certeza, en el mismo instante, de que esta vez no iba a poder decir «fina» y subir el pulgar.
No era la tuerca. La tuerca la había apretado yo en dieciséis minutos y una tuerca con par no vuelve.
Era otra cosa, un poco más abajo, un poco más a hueco, del mismo lado, y venía de donde vienen las cosas que no se han roto todavía: de una pieza que lleva dos veranos haciendo su trabajo y ha decidido que se le note, y a esas hay que dejarles que se quejen un poco antes de saber de qué.
La piloto lo oyó también. Lo vi en la mano, que fue a la palanca y se paró, y en la cara, que se giró hacia mí, y yo levanté la mano abierta, que en la explanada quiere decir espera, y que ella conoce desde el primer día porque se lo enseñé sin decírselo, y ella bajó el régimen, y el collado estaba ardiendo a siete kilómetros con el cierzo entrando.
—Cuarenta minutos —dije por el intercomunicador, con la mano ya en la lona.
—No tengo cuarenta minutos.
—Los tengo yo.
Apagó. Se quedó dentro, con el casco puesto y las manos en las rodillas, porque un piloto que se baja tarda más en volver a subir, y yo tiré de la lona y de la bandeja y me metí debajo con el motor caliente, la peor manera de meterse debajo de una cosa, y con la varilla, y con la galga, que había venido corriendo desde el camión y se sentó en el borde de la lona sin pisarla, como sabe.
No voy a contar lo que era. Lo que era se cuenta en una hoja de mantenimiento con cuatro palabras y un número, y aquí no hay hoja.
Diré cómo se busca: con la varilla en la oreja y la otra mano abierta en el metal, y con el motor apagado, porque es entonces cuando las piezas dicen lo que no pueden decir con el motor en marcha, y con el sol dando en la chapa de la hache, que a las dos y media de la tarde pone el carenado a una temperatura a la que no se debe tocar y se toca.
Diré que estaba donde yo creía y que no era lo que yo creía, y que para llegar hubo que sacar una cosa que no se saca en cuarenta minutos, y que la saqué, y que la galga estuvo cuarenta minutos mirándome sacarla con la oreja caída y sin moverse, y que el capataz llamó por radio dos veces y la piloto contestó las dos veces con la misma palabra, «espera», y que la segunda vez el capataz no contestó nada, y que ese nada, en un collado con cierzo, es un hombre que ha decidido confiar en otro sin querer que se le note.
Samu bajó de la nave a los veinte minutos con una botella de agua, la dejó en el borde de la lona sin pisarla y se fue sin decir nada, que es lo más callado que ha estado Samu desde que lo conozco.
A los treinta y ocho minutos salí de debajo.
Le dije a la piloto que arrancara. Arrancó.
Subió de régimen, y lo pasó, y no había nada, y ella no esperó a que yo hiciera el gesto: despegó, con el helibalde colgando, hacia el collado, y yo me quedé en la explanada con las manos negras hasta el codo y la lona en el suelo, oyendo cómo se iba el aparato hasta que no se oyó, y lo que se oía era fino, entero, de una pieza, y después nada, y después la galga, acercándose a ponerme la cabeza en la rodilla.
Volvió cinco veces, y las cinco la oí venir desde antes de verla y las cinco sonaba entera.
Cinco descargas, tres a la balsa y dos al pantano, que está más lejos y tiene más agua, y a las seis menos cuarto el capataz dijo por radio que el collado estaba controlado, con la voz que pone cuando una cosa ha salido bien y no quiere celebrarlo, y a las seis y media el aparato tomó en la era, no en la base, porque desde la era se ve el collado y el capataz quería tenerlo a mano hasta que el cierzo se cansara.
Yo subí con el camión, por el camino viejo, con la galga a mi lado y las manos negras en el volante, que se queda marcado y se limpia después.
Lo aparqué donde lo aparco ahora, en el borde de tierra, fuera de todo, y abrí la caja y extendí la lona y me metí debajo del aparato otra vez con el motor ya frío, para mirar lo que había hecho con calma, que es como se mira lo que se ha hecho con prisa.
Estaba bien. Estaba mejor que bien. La galga se tumbó en su esquina de la lona, con la lengua fuera, que había pasado el día entero sin beber por no moverse de donde estaba, y le puse el cuenco al lado y bebió tumbada, sin levantarse, que es como bebe un animal que ha decidido no perder de vista a alguien.
La piloto se sentó en el patín con el casco en las rodillas y no dijo nada durante mucho rato, y después dijo que treinta y ocho, que lo había contado, y que era mucho, y que era poco, y que las dos cosas.
Ella bajó a la era a las ocho y cuarto, cuando el sol estaba en el pinar y la ermita ya no tenía sombra sino luz de lado.
Con el coche patrulla. Con el talonario.
Con el uniforme y el chaleco, porque había estado en la báscula cuatro horas parando gente, y la báscula está a trescientos veinte metros de la era, y desde allí se ve el hangar y se ve la explanada y se ve, si uno mira, a un hombre debajo de un aparato durante treinta y ocho minutos con un collado ardiendo detrás.
Aparcó en el borde, al lado del camión, recto, aunque en la era no hay bordillo.
Bajó. La piloto se levantó del patín, dijo «buenas tardes, Marga» y se fue hacia el camino viejo a pie, hacia el pueblo, sin que nadie se lo pidiera, con el casco colgando, y la galga se levantó de la lona y fue a la bota, y se sentó, y yo salí de debajo del aparato y me limpié las manos, que no se limpiaban.
Escribió. Apoyada en el capó del camión, que estaba en su sitio nuevo y no en ninguna zona, con la cara de la multa, y yo me quedé de pie a metro y medio, con las manos negras, esperando el papel. Lo arrancó. Lo miró. Y no me lo dio.
Se quedó con la multa en la mano, mirándola, el tiempo que se tarda en decidir una cosa que ya está decidida, con la galga contra la bota y el sol de lado en el uniforme, y después levantó la vista, y la leyó en voz alta. No la de arriba. La de abajo.
—Observaciones —dijo—. Hoy no.
Lo dijo con la voz de la multa, plana, exacta, la que no sube, y era la primera vez en un año y dos meses que una de esas líneas le salía por la boca y no por el bolígrafo.
Las dos palabras se quedaron en la era, entre el capó y yo, en el metro y medio que había, y no cabían en ningún sitio del impreso.
—¿Hoy no qué?
Lo pregunté a tiempo. No tenía nada montado; salió porque no había otra cosa, y ella dobló la multa por la mitad, la de la línea de abajo hacia dentro, y la metió en la camisa, donde el bolígrafo, las hojas del bloc y la cartilla, con todo lo que guarda ahí, y dio un paso.
—Hoy no te la doy. Hoy no vale.
Un paso más. La galga, contra su bota, no se movió, y ella tampoco se apartó de la galga: la galga vino con ella, pegada, y los tres, la guardia civil, la perra y el metro y medio, se quedaron en cuarenta centímetros, que ya los conocíamos, y esta vez no había plaza ni camión de Samu con la puerta abierta ni nadie que bajara por el camino viejo, porque el pueblo entero estaba en la cuesta mirando el humo del collado, que ya era blanco, y el único perro que había en la era estaba de nuestro lado.
Me besó ella. Lo digo porque es exacto y porque a ella le gustaría que lo fuera.
Me puso una mano en el pecho, encima del bolsillo abrochado donde va el taco, con la palma abierta sobre un año de papel, y me besó, y no fue el beso de la puerta del cuartelillo.
Aquel había durado un segundo y había tenido público.
Este no tenía público y no tenía prisa, y yo tenía las manos negras hasta el codo y la espalda todavía caliente del metal, y ella tenía la boca seca de cuatro horas de báscula al sol, y nada de eso importó.
Fue el otro. El que no se da para nadie.
Con los ojos cerrados los dos, y las manos negras mías en el aire porque no se pueden poner las manos negras en un uniforme, y luego en el uniforme igual, en la espalda, porque hay cosas que se limpian, y con la galga sentada entre las cuatro botas mirando hacia arriba, de testigo, para lo que sirve un perro que tiene dos apellidos.
Duró lo que dura una cosa así, que no se cuenta, y cuando un mecánico no cuenta una cosa es porque no tiene número. Cuando se apartó, tenía en el hombro del chaleco la marca de mi mano, negra, entera, con los cinco dedos, y la miró, y no hizo nada por quitarla.
Nos quedamos así un rato, a la distancia a la que se queda la gente después, con la frente de ella contra mi barbilla y la galga entre las botas, y la ermita detrás sin sombra, y el aparato bajo la lona a cincuenta metros como un animal que duerme y no se entera.
Después ella se apartó un paso, se miró el hombro, y habló.
—Tres semanas —dijo—. Hasta las fiestas.
—Sí.
—Después se va mi madre.
—Sí.
No dijo lo que pasaba después de después.
Yo tampoco; para eso tenía treinta segundos, y ella no se fue.
Se quedó. Se sentó en el estribo del camión, en mi sitio, con la galga entre las botas y la marca de la mano en el hombro, mirando el collado, que ya no humeaba, y yo me senté a su lado, en el estribo que es ancho para uno y justo para dos, y la era se fue quedando sin luz con los tres dentro.
A los treinta segundos, o a los treinta minutos, que en la era no se distinguen, le dije que hoy no valía la multa, pero que la quería igual, y ella se la sacó del bolsillo de la camisa sin mirarme y me la puso en la mano, y la guardé encima de todas, con la goma, con la línea de abajo hacia dentro, y abroché el botón con la mano negra, y le dejé al botón una marca que sigue ahí.