17 · Marga
Las noches de guardia se hacen en la oficina, con la radio del puesto encendida a poco volumen, la luz de la mesa y la puerta de la calle sin cerrar con llave, porque un cuartelillo con la puerta cerrada por dentro es una contradicción.
Me tocan dos a la semana, los martes y los jueves, y en cuatro años han pasado en ellas tres cosas: un parto en la carretera, un turismo en el pantano y una vaca del Onésimo en la plaza a las cuatro de la madrugada, que fue lo más difícil de las tres.
El jueves seis de agosto no pasó nada. Lo hago constar porque es la noche en la que más cosas se dijeron en este cuartelillo, y todas se dijeron sin que ninguna constara.
La radio dio, entre las doce y las cuatro, un aviso de la cabecera sobre un camión en la nacional, que no era nuestro tramo, y el parte de la torre, que a esa hora dice que no hay nada, y lo dice cada dos horas con la misma voz, porque el vigía de noche es otro y no saluda con el brazo: saluda con la radio.
Mi madre no dormía. Hacía treinta y un grados a medianoche, la persiana del salón a media altura no bastaba, y a las doce y media oí el sofá-cama soltar su ruido de animal, y a mi madre ir a la cocina, abrir el grifo, cerrarlo, y volver, y a la una oí lo mismo, y a la una y media no oí nada, que en mi madre no significa que duerma: significa que ha decidido quedarse quieta y escuchar.
La galga dormía en el cuartelillo. Desde la noche de la rueda, que fue el domingo, duerme aquí tres noches de cuatro, en el escalón de la puerta si hace calor y en la alfombra de la oficina si refresca, y esa noche hacía calor, así que a la una y cuarenta, cuando salí a la puerta a que me diera el aire, estaba en el escalón, en el mismo sitio donde apareció, con la oreja caída del lado de la plaza y la cabeza sobre las patas.
Se levantó al oírme. Se volvió a tumbar cuando me senté en el escalón, a su lado, con la espalda contra el marco y la radio dentro, bajita, diciendo lo que dice una radio de puesto a las dos de la mañana: nada, con estática.
Se lo conté a ella. A la galga. Se lo conté porque un perro no consta, y porque tenía las orejas puestas, y porque llevaba dieciocho años sin contárselo a nadie, y una cosa que lleva dieciocho años guardada se cuenta primero a quien no la puede repetir.
—Once casas —le dije—. En dieciocho años.
Le rasqué el cuello, en el sitio donde el veterinario le había puesto el número, y ella cerró los ojos, y yo hice la lista, porque las listas son lo mío.
Una en la montaña, la primera, de la que no me acuerdo salvo por una foto en la que estoy en un escalón con nieve.
Dos en la costa, seguidas, de las que sí.
Una en un pueblo del interior con un río que se secaba en agosto.
Otra en la costa. Una en la capital, dos años, que fueron los únicos en que fui a un colegio en el que la maestra no era mi madre, porque mi madre daba clase en la casa-cuartel de al lado y no le dejaban tener a su hija.
Dos en la sierra. Una en la frontera, que era un puente y un edificio.
Otra en el interior. Y la última, la de los dieciocho, en la que ya no vivía con ellos porque me había ido a la academia a hacer lo mismo que mi padre, que es lo que hace una hija de casa-cuartel cuando quiere terminar una discusión que no ha empezado.
Once casas iguales. Lo digo con exactitud porque es la única cosa exacta de una infancia: la casa-cuartel es la misma en todos los sitios, la escalera, los dos dormitorios, la cocina con ventana a la plaza, la puerta de abajo sin llave, y lo que cambia es la plaza.
Yo sabía, a los seis años, en qué peldaño crujía cada escalera antes de subirla, porque las hacía la misma gente con la misma madera, y sabía que en la nueva iba a crujir el mismo, y crujía, y eso era lo más parecido a un sitio conocido que tenía una niña que cambiaba de colegio cada año y medio.
Mi madre ponía la misma cortina en las once.
Mi padre ponía la misma silla en el mismo sitio de la cocina, de espaldas a la pared, mirando la puerta, como se sienta un guardia aunque esté en su casa, y en esa silla, cada noche, después de cenar, leía en voz alta el atestado del día.
A mano. Los escribía a mano, en la oficina, con una letra apretada que yo aprendí a leer antes que la de la cartilla del colegio, y los leía en la cocina, entero, con la hora y el punto kilométrico y las marcas del freno, a una mujer que corregía exámenes en la misma mesa y a una niña que cenaba.
No hablaba de otra cosa. No sabía. Lo que le había pasado en el día lo decía así, por el atestado, con la voz plana, y lo que le pasaba por dentro había que buscarlo en el sitio donde el atestado se detenía un segundo más de la cuenta, en una palabra elegida de otra manera, en el punto kilométrico que decía dos veces. Mi madre lo sabía leer. Yo aprendí.
—Por eso escribo a mano —le dije a la galga, que no se lo había preguntado—. No es por la máquina. Es que lo que se escribe a mano lo escribe alguien.
Se oyó, arriba, el sofá-cama. Un ruido corto, de cuerpo que se incorpora. Después nada.
—Y la regla —le dije.
La regla era de mi padre. La dijo una vez, en el segundo destino de la costa, cuando yo tenía nueve años, y no la volvió a decir porque no hacía falta: las cosas que se dicen una vez en una casa-cuartel se quedan en la casa aunque la casa cambie de plaza.
Había una perra. Se llamaba Chispa, el nombre que le pone a una perra una niña de siete años, y era del puesto, no nuestra, una mestiza pequeña de color de nada que dormía en la puerta del cuartelillo, en el escalón, como esta, y que me esperaba a la salida del colegio y me acompañaba a casa y me esperaba otra vez por la mañana.
Dos años. Dos años son mucho para una niña y para una perra, y en la casa-cuartel de la costa la perra era del puesto y yo era de la perra, y entonces llegó el traslado.
No cabía. Lo dijo mi padre en la cocina, en la silla, de espaldas a la pared, con el mismo tono del atestado: el traslado era a la capital, a un piso, y en la capital no había escalón ni plaza ni puesto donde una perra pudiera ser de nadie, y la perra era del puesto y se quedaba con el puesto.
Yo dije que no. Dije que no como se dice a los nueve años, con todo el cuerpo, y mi padre me miró desde su silla, con las manos encima de la mesa, una sobre otra, que de ahí lo ha sacado mi madre o lo sacó él de ella, y dijo la única frase que me ha dicho en la vida que no fuera un atestado.
—No te encariñes con lo que no te puedes llevar.
Me la llevé, esa frase. A la capital, a la sierra, a la frontera, a la academia, y a las cuatro casas-cuartel que he tenido yo sola, y a esta.
Cabe en cualquier maleta y no ocupa sitio, y es lo primero que se saca al llegar.
Y a Chispa la dejé en el escalón de un cuartelillo de la costa, con nueve años, mirando cómo se cargaba el camión, y no me acompañó al coche porque no la llamé, porque llamarla habría sido encariñarme delante de él, y una hija de guardia sabe desde muy pronto qué se hace delante de quién.
La galga había abierto los ojos. Me miraba desde abajo, con la oreja caída, con la cabeza sobre mis botas, que se las había puesto encima en algún momento del relato sin que yo lo notara, y yo le rasqué el cuello otra vez, donde el número, y le dije que en este puesto ella tenía dos apellidos y una cartilla con dos copias, y que eso lo había decidido una maestra de primaria y no un guardia, y que la maestra tenía más autoridad de la que parecía.
Arriba, la escalera crujió. Catorce peldaños, y el noveno cruje, y crujió.
Mi madre estaba en el descansillo, con el camisón y las gafas colgando, con una mano en la barandilla, y no bajó del todo.
Se quedó en el noveno peldaño, el que cruje, hasta donde se llega desde arriba sin que la persona de abajo tenga que darse la vuelta, y desde allí se oye la puerta de la calle como si estuviera al lado, porque una casa-cuartel está construida para eso, para que desde la vivienda se oiga la oficina, y lo sabíamos las dos.
No me di la vuelta. Seguí con la mano en el cuello de la galga y la vista en la plaza, en el paso de peatones vacío bajo la farola, y esperé, porque a mi madre se la espera.
—Tu padre se equivocó —dijo.
No dijo nada más. No bajó. Se quedó un momento en el peldaño, con la mano en la barandilla, y oí que respiraba como respira ella cuando lleva una cosa dentro desde hace mucho y la ha dejado salir sin que se le mueva la cara, y después subió, despacio, y el sofá-cama hizo su ruido, y la casa se quedó como se quedan las casas-cuartel a las dos y media de la mañana, con la radio bajita y la puerta sin llave.
Me quedé en el escalón hasta las cuatro.
La galga se durmió con la cabeza en mis botas, y en algún momento, por debajo del sueño, movió las patas como mueven las patas los perros que corren dormidos, y pensé que corría hacia algún sitio o desde algún sitio, y que no había manera de saber cuál, y que a mí me habían enseñado a no preguntarlo.
La radio dio el parte de las cuatro: nada.
El vigía de noche no saluda. El fresco entró por el camino viejo, como entra siempre, y en la ventana de la cocina, arriba, la persiana seguía a media altura y no se movió.
A las cuatro entró el fresco por el camino viejo, como entra siempre, y la plaza cambió de color, y yo entré en la oficina, abrí el talonario, y en la copia de la multa de aquella tarde, que estaba encima, con su observación técnica y verdadera sobre un intermitente, no escribí nada, porque la copia no se toca.
Cogí el bloc del teléfono, que había bajado a la oficina hacía una semana sin decidirlo, y debajo de lo sé escribí, con la letra normal, once casas . Y debajo, con la pequeña: se equivocó.
Arranqué la hoja. Cuatro hojas ya, dobladas en cuatro, en la camisa, junto al bolígrafo, y una guardia en la que no había pasado nada.
A las ocho llegó Higinio, leyó el parte, vio la línea de incidencias vacía, me miró como se mira a una compañera que ha pasado la noche sentada en un escalón, y no preguntó.
Puso la cafetera. Le dio a la galga, que ya estaba en la alfombra, una galleta del primer cajón sin que constara, y se sentó en su silla con el café en la mano, de espaldas a la pared, mirando la puerta, que es como se sientan todos, y yo me fui arriba a dormir dos horas con la ropa puesta, y en el salón el sofá-cama estaba hecho y mi madre no estaba, porque a las ocho de un viernes mi madre ya había bajado a Casa Fina con el cuaderno de espiral, y lo que hubiera escrito esa noche en él no lo iba a saber nunca.