16 · Ginés
El domingo dos de agosto Andrés subió a la era a pie.
Lo hace los domingos, después de comer, haga el tiempo que haga: sale de la nave, coge el camino viejo y sube hasta la ermita despacio, con las manos a la espalda, y da la vuelta al edificio por fuera, una vez, sin entrar, y se vuelve.
Nadie le ha preguntado por qué y él no lo ha dicho, y esos dos silencios llevan tantos años juntos que ya son el mismo.
Aquel domingo, al dar la vuelta, se encontró el camión en el borde de tierra de la era, con la caja cerrada y yo sentado en el estribo con la galga, y en vez de seguir se sentó a mi lado, en el mismo estribo, ancho para uno y justo para dos.
No dijo nada durante un rato. Andrés no dice nada durante un rato antes de decir una cosa y durante otro rato después, y en medio pone la frase, corta, como quien deja una herramienta en la lona.
Yo lo conocía de la nave y del Milagro, de la mesa larga donde come con la cabeza ladeada, y de una vez, el año pasado, en que me pidió que le mirara la motosierra de Leti sin que Leti lo supiera, y se la miré, y estaba perfecta, y él dijo «ya lo sabía» y se fue, y nunca supe para qué me la había traído.
Miró el pinar detrás de la ermita, que todavía tiene una mancha negra en el rastrojo del Modesto que se ve desde aquí.
La galga se levantó de mi lado, olió a Andrés en las botas, que huelen a lo que huelen las botas de cuarenta campañas, y se volvió a tumbar entre los dos, con la cabeza en la bota de él y la cola en la mía, repartida, como reparte ella todo.
Miró el llano verde con la vagoneta. Se tocó la oreja izquierda, la sorda, con dos dedos, y la dejó.
—Las cosas que no se dicen se quedan en el monte —dijo—. Y el monte no las devuelve.
Se levantó. Le costó, porque tiene sesenta años y las rodillas de cuarenta campañas, y se apoyó en mi hombro para hacerlo, un segundo, con toda la mano, una mano que ha llevado motosierra desde que yo iba al colegio y que pesa lo que pesa.
No me miró. Le dio a la galga un golpe suave en el lomo con el dorso de los dedos, como se le da a un tronco para ver si está sano, y la galga movió el rabo contra el estribo, y después bajó por el camino viejo con las manos a la espalda, y yo me quedé en el estribo con la galga y una frase que no era mía, pero que él había dejado en la lona para que la cogiera quien la necesitara.
A la madre de la guardia civil la vi a las seis, en el mismo camino, subiendo.
Sube los domingos también, desde hace tres, con los zapatos de la capital cambiados por unas zapatillas que se compró en la cabecera y con el bolso cruzado, y llega a la ermita y se sienta en el banco de piedra de la sombra de la pared norte, con el cuaderno de espiral, y escribe.
No entra tampoco. Aquel domingo, al llegar arriba, se encontró el banco ocupado por Andrés, que no había bajado del todo: se había sentado a mitad de camino y luego había vuelto a subir, cosa que no le he visto hacer nunca, y estaba en el banco con las manos en las rodillas mirando el valle.
La madre se sentó en el otro extremo del banco.
Sacó el cuaderno. Andrés no se movió. Los vi desde el estribo, a cien metros, con la galga dormida y el sol bajando, uno en cada punta de un banco de piedra de dos metros, sin mirarse, ella escribiendo y él mirando el valle, durante los cuarenta minutos que tarda el sol en pasar de la pared norte a la pared oeste, y ninguno de los dos dijo una palabra, y cuando ella cerró el cuaderno y se levantó para bajar, él levantó la mano, la abierta, sin girarse, y ella le dijo «buenas tardes, Andrés», que sabía su nombre, y bajó.
No sé qué escribió. Sé que escribió mucho, porque desde el estribo se veía el codo moverse, y que en un momento paró y se quedó mirando el valle como lo miraba él, con el bolígrafo quieto, y que fue en ese momento cuando Andrés levantó la mano.
Sé que Andrés se quedó en el banco hasta que se fue la luz, y que cuando bajó por delante del camión no me miró, y que yo no le dije nada, porque a ciertos hombres uno no les dice nada aunque ellos se lo digan a uno.
El viernes, en el coche patrulla, en la recta de los chopos, había oído la rueda delantera izquierda.
No lo dije. Un neumático que va bajo hace un ruido a cada vuelta, un roce ancho, sordo, audible por debajo del motor si uno sabe dónde buscarlo, y yo iba en el asiento del copiloto con las manos en las rodillas y las dos cosas en la cabeza: lo que ella estaba diciendo y lo que hacía la rueda.
Contesté a lo primero, tarde, como contesto.
Lo segundo me lo guardé, porque un vehículo oficial no se toca, y porque el viernes no era el día.
El domingo por la noche sí, porque el domingo no hay camión en el paso y el coche patrulla duerme en la puerta del cuartelillo con la plaza vacía.
Subí a las once y media, a pie, con la bolsa de la lona con lo que hace falta para una válvula, y con la galga, que ya sube y baja el camino viejo como si el camino viejo fuera suyo.
La plaza estaba vacía, con el calor del día todavía en las piedras, y la farola de la iglesia daba en el paso de peatones, con sus seis franjas, y el coche patrulla estaba en la puerta del cuartelillo, aparcado como lo aparca ella: recto, con las ruedas paralelas al bordillo, a un palmo justo.
Las ventanas del cuartelillo, apagadas. La de la cocina, con la persiana a media altura, como duerme la madre desde que hace calor, y por debajo de la persiana, nada.
Me agaché a la rueda delantera izquierda.
Iba baja. Dedo y medio, como la mía del martes de junio, y con el mismo problema, porque en un pueblo de ochocientos habitantes el que vende las válvulas es el mismo para todos.
Le puse el compresor de mano, pequeño, de los que hacen en una plaza a las doce de la noche el ruido de una bomba de bicicleta, porque eso son.
Le cambié el obús. Comprobé la presión con el manómetro de bolsillo, a la luz de la farola, y le di dos golpes con el canto de la bota, y estaba bien.
La galga había estado sentada en el escalón del cuartelillo todo el rato, en el sitio donde apareció, mirándome trabajar con la oreja caída, y cuando terminé no vino conmigo.
Se quedó en el escalón. Miró la puerta. Y yo entendí que aquella noche la galga dormía en el cuartelillo y que me lo estaba diciendo de la única manera que tiene, y le dije que vale, y me fui hacia el coche patrulla con el papel en la mano.
Lo había escrito en la base, en el camión, con la luz amarilla y mala, en el dorso de una hoja de mantenimiento de las que llevo en la carpeta, porque no tengo talonario.
Lo había escrito tres veces. La primera decía que la rueda delantera izquierda del vehículo oficial iba dedo y medio baja por la válvula y que se había sustituido el obús y comprobado la presión, y era una hoja de mantenimiento, y la tiré.
La segunda decía ya está , y era una cosa que se dice en voz alta y no se escribe, y la tiré también, y la galga miró las dos bolas de papel caer al suelo de la cabina con el interés que le pone a las cosas que caen.
A la tercera entendí que el formato era lo único que había que respetar, porque el formato era suyo, y que lo que iba dentro tenía que ser tan corto como lo que ella pone, porque ella no gasta más palabras de las que caben en la línea.
Una sola línea, con mi letra de imprenta, la que se usa en las hojas de taller para que se lea: Observaciones: la rueda ya está.
Lo doblé en cuatro, como dobla ella el bloc, y antes de meterlo lo abrí otra vez y lo volví a leer a la luz de la farola, y era corto, y estaba bien, y lo doblé otra vez por las mismas marcas, y lo metí debajo de la escobilla del limpiaparabrisas del lado del conductor, con la esquina asomando lo justo, como se pone una multa.
La plaza a las doce de la noche de un domingo tiene la farola, el ruido de la radio de Fina fregando, que se oye desde cualquier sitio, y el reloj de la iglesia, que da las horas con un cuarto de retraso desde que yo llegué al pueblo, y nadie ha querido arreglarlo porque el pueblo ya cuenta con el retraso.
Dieron las doce cuando yo estaba metiendo la nota.
Las doce de la iglesia, o sea, las doce y cuarto.
Después bajé al llano. No a los treinta segundos: en el acto, porque no había nadie a quien decirle nada tarde, y porque la galga se había quedado en el escalón mirando cómo me iba, y a un animal no se le hace esperar a que uno termine una frase.
El lunes, a la hora de siempre, dejé el camión sobre el paso, y antes de bajarme miré el coche patrulla, que estaba en la puerta del cuartelillo con la escobilla del limpiaparabrisas levantada un dedo, sin papel debajo.
Las sillas eran catorce. Ella bajó a las siete y cuarenta y dos con el talonario, con el bolígrafo, con la galga saliendo del cuartelillo detrás de ella y viniendo a mi bota antes que a la suya, cosa nueva, y con una hoja de mantenimiento doblada en cuatro asomando de la camisa, al lado del bolígrafo, donde ella guarda las cosas que se guardan.
—Encima del paso, Ginés. Y anoche has tocado un vehículo oficial. En la vía pública. Sin autorización. —Escribió—. Eso es otra denuncia.
—Sí. —A tiempo, que «sí» también lo tengo hecho—.
Escribió las dos. Dos multas, del talonario, una detrás de la otra, con la letra redonda, apoyadas en el capó, y me las dio juntas, y las leí enteras, las dos.
La primera era la de siempre, arriba y abajo, con una cosa técnica del camión en Observaciones, verdadera.
La segunda era nueva. Arriba, la infracción, que en la lista de la máquina no existe y que ella había escrito a mano con el nombre que tiene en el reglamento, y me lo sé desde entonces.
Y abajo, en Observaciones, con la letra redonda, sin apretar:
Se hace constar que la rueda ya está. Se hace constar que se ha leído.
Las guardé. Las dos, encima del taco, con la goma, y abroché el botón, que llevaba una semana abrochando otra vez, y dije buenas tardes a tiempo, y ella dijo buenas tardes, Ginés, y se fue hacia la esquina con la galga, y a los treinta segundos le dije a las catorce sillas que la del coche patrulla iba dedo y medio baja, igual que la mía, y que en este pueblo las válvulas las vende el mismo para todos, y la Encarna dijo que no había entendido nada, y la Puri le contestó que ella tampoco, pero que le había parecido bonito.
La madre no dijo nada. Cerró el abanico, y lo abrió, y lo volvió a cerrar, que es una cosa que hace con las manos cuando la cabeza está escribiendo.
Paseamos después, con la cuerda, y en la cuesta la galga se paró en el portal de la Encarna más rato que otros días, y la Encarna le dijo que qué guapa y que qué rueda, y la galga movió el rabo por lo primero, lo único que entiende.