Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 15 · Marga
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15 · Marga

El paso de la ermita mide dos metros y ochenta de ancho en su punto más estrecho, entre el pretil de piedra y la tapia del huerto del Modesto, y lo sé porque lo medí con la cinta del cuartelillo el primer verano, cuando el camión-taller se quedó atravesado en él la primera vez.

Una autobomba de la cabecera mide dos metros y cincuenta.

Le caben quince centímetros por cada lado, lo justo para un conductor que sabe lo que hace, y ninguno si delante hay un camión-taller aparcado con la caja abierta y las herramientas alineadas por tamaño sobre una lona.

Se lo había dicho tres veces. La primera, hace un año, en el paseo del mirador, a la una y cuarenta y cinco de la madrugada, con una linterna.

La segunda, en octubre, con la multa. La tercera, en mayo, por escrito, en Observaciones, y él la había leído dos veces y se había guardado el papel, y al día siguiente el camión había vuelto a estar en la era, donde lo pone cuando hay que hacer una cosa con calma, y desde la multa de la zona de toma lo ponía un poco más abajo, en el paso, fuera de la zona limpia, con el morro hacia la ermita y la caja hacia el pueblo, y ahí cabía, y ahí estaba el martes veintiocho de julio a las cuatro y veinte de la tarde cuando la torre dio una columna gris detrás de la ermita, en el rastrojo del Modesto, con el cierzo entrando.

La autobomba de la cabecera llegó a las cuatro y cincuenta por la carretera de la ermita, la que el alcalde lleva años sin arreglar, con las luces puestas y un conductor que sabía lo que hacía.

Yo estaba en la boca del paso con el coche patrulla cruzado y el chaleco.

La vi entrar, la vi meterse en el estrecho con sus quince centímetros por lado, y la vi parar a treinta metros del rastrojo delante de un camión-taller con la caja abierta y nadie dentro.

Cogí la radio.

—Ginés. Base para Ginés.

Nada. La cuadrilla estaba arriba, en el rastrojo, a pie, con las batefuegos, porque un rastrojo detrás de la ermita con cierzo es una cosa que se corta corriendo o no se corta, y el capataz había subido por el atajo del huerto con los cinco, y la piloto estaba en el aire con el helibalde yendo y viniendo a la balsa, y el hombre que tenía que mover el camión estaba en la era, a doscientos metros del camión, con un componente del aparato encima de la lona y las manos dentro.

—Ginés. El camión. Ahora.

Tardó cuatro minutos. Los conté con el reloj del coche patrulla, y los contó el conductor de la autobomba, que se bajó, miró el camión, me miró a mí y dijo «¿de quién es esto?

» con la voz que usan los que llegan de fuera para decir que en este pueblo se hacen las cosas de una manera que en la cabecera no.

A los cuatro minutos bajó él corriendo por el borde de la era con las manos negras, subió al camión, arrancó, y dio marcha atrás por el paso hasta la boca, treinta metros, con la autobomba pegada al morro, y la autobomba pasó, y subió, y a las cinco y veinte el rastrojo del Modesto era una mancha negra con la cuadrilla remojando y la piloto tomando en la era, y el fuego no había llegado a la ermita porque el capataz y los cinco lo habían cortado a pie en veinte minutos, sudando lo que se suda cuando lo que tenía que llegar no llega.

No pasó nada. Lo hago constar: no pasó nada. Ningún herido, ningún edificio, ninguna hectárea que no fuera rastrojo. Un conato de veinte minutos, como hay cuatro cada verano.

Pero una autobomba había perdido cuatro minutos en un paso que yo le había dicho tres veces que no cabía, y la cuadrilla había cortado un fuego a pie porque el agua no llegaba, y el conductor de la cabecera iba a contarlo en la cabecera con la voz de los que llegan de fuera, y la mujer a la que le tocaba hacer constar todo eso era yo.

Llamé a la grúa a las seis.

Lo hice desde el coche patrulla, con el teléfono de la oficina, con el número que tenemos en la agenda para los coches que se quedan en la carretera, y le dije al de la grúa lo que hay que decir: un vehículo pesado, un camión-taller, en la vía pública, obstaculizando el acceso a un servicio de emergencia, retirada al depósito de la cabecera.

El de la grúa preguntó de quién era. Le dije que del mecánico de la base.

El de la grúa se quedó callado y luego preguntó si estaba segura, y le dije que no me había preguntado eso.

La grúa llegó a las siete, a la plaza, porque a las siete el camión ya estaba en la plaza, encima del paso de peatones, con él debajo, con la llave que tocara, como todas las tardes, porque para él un martes con un conato es un martes.

Había catorce sillas. Se habían enterado, todas, porque el conductor de la autobomba había parado en Casa Fina a por agua antes de volver a la cabecera y había dicho lo suyo en la barra.

Estaba mi madre en la suya, con el abanico cerrado en las rodillas.

Estaba Higinio, de pie contra la pared, sin gorra.

Estaba el capataz, en la puerta de Casa Fina, con la cara todavía negra, con los brazos cruzados, y la piloto a su lado con el vaso de café, y los dos me miraron entrar en la plaza detrás de la grúa amarilla con la misma cara con la que se mira una cosa que ya no se puede parar.

Él salió de debajo del camión cuando oyó la grúa.

Se puso de pie. Miró la grúa, me miró a mí, que llevaba el talonario en la mano y el chaleco todavía puesto, y no dijo nada.

Yo escribí la multa. La escribí apoyada en el capó, delante de catorce sillas y de un capataz y de una grúa amarilla, y en el impreso puse la hora, el lugar, la infracción de la lista, la de obstaculizar, no la del paso de peatones, y en Observaciones puse lo que había, verdadero y nada técnico: el paso de la ermita mide dos metros y ochenta. Se le ha dicho tres veces.

Se la di. La leyó entera. La leyó dos veces, la segunda más despacio, y la metió en el bolsillo del pecho sin abrochar el botón, y se apartó del camión un paso para que el de la grúa pudiera enganchar, porque él sabe cómo se engancha un camión y sabía que estorbaba, y se quedó de pie en el bordillo, con las manos negras colgando, mientras la grúa levantaba el morro de su casa y se la llevaba por la esquina de la iglesia hacia la carretera de la cabecera.

La galga se quedó en el bordillo con él. No fue conmigo. No fue con nadie.

—Buenas tardes, Ginés —dije.

No contestó. Ni entonces ni a los treinta segundos, ni a los sesenta, ni cuando doblé la esquina y me paré, por primera vez en un año, a esperar detrás de la iglesia una cosa que no llegó.

Oí a la Encarna decir «ay, hija». Oí a mi madre no decir nada.

Oí, después de mucho, el ruido de un hombre que echa a andar cuesta abajo por el camino viejo, a pie, con una galga detrás, hacia una base donde esa noche no tenía dónde meterse porque su casa iba camino de un depósito.

El miércoles el paso de peatones amaneció vacío y a las siete y cuarenta seguía vacío, y las catorce sillas se quedaron mirando seis franjas blancas con una esquina saltada como se mira una cama sin nadie.

El jueves, lo mismo. Nadie me dijo nada.

La Encarna me dijo buenas tardes con una voz que no era la suya.

Fina me puso el café con leche en el vaso y no me cobró nada, ni en dinero ni en información, y eso es lo peor que puede hacer Fina.

Higinio, que tenía dinero en la columna de la izquierda, no habló de la columna.

Samu subió el miércoles a la oficina con el pan, que no tocaba, y me dijo, sin sentarse, que la pieza que tenía que cambiar el mecánico el miércoles por la mañana no se había cambiado porque la llave que hacía falta estaba en el camión, y el camión en la cabecera, y que el capataz había dicho una palabra que él no repetía delante de una guardia civil, y que el aparato volaba igual, pero que volaba con una cosa por cambiar, y que eso el capataz lo llevaba como se lleva una piedra en la bota.

Mi madre no dijo una palabra en dos días.

Ni del camión, ni de la grúa, ni del hombre.

Puso la silla en la acera los dos días, se sentó junto a la Encarna, miró el paso vacío y subió a las nueve.

El jueves por la noche, cuando yo estaba en la cocina con el bloc abierto y sin escribir, dijo desde el pasillo, sin entrar:

—¿Cuánto cuesta la grúa?

—Doscientos treinta euros. Más el depósito, por días.

—¿Y quién los paga?

—El titular del vehículo.

—Ya. —Se apoyó en el marco—. Yo no te he preguntado eso.

El viernes a las ocho de la mañana bajé a la base con el coche patrulla, con la galga en el asiento de atrás, que había dormido en el cuartelillo dos noches porque no tenía cabina, y lo encontré en el hangar, con el aparato, con una llave que no era la suya, prestada por Samu, apretando una cosa que ya tenía que estar apretada desde el miércoles.

Me miró. No dijo nada. Dejó la llave en la bandeja, en un hueco que no era el de esa llave, y se limpió las manos.

—Sube al coche —le dije—. Vamos a la cabecera.

Fueron cuarenta minutos de carretera con las dos manos en el volante y él en el asiento del copiloto con las manos en las rodillas, mirando al frente, y la galga detrás con la cabeza entre los dos asientos, y nadie dijo nada hasta la recta de los chopos, donde se duermen los representantes de piensos, y donde yo dije lo que llevaba tres días escrito en un sitio que no era el bloc.

—Era mi trabajo. Y lo volvería a hacer.

Nada.

—Una autobomba perdió cuatro minutos en un paso que yo te había dicho tres veces que no cabía.

Si el fuego llega a la ermita, esos cuatro minutos son míos, porque yo soy la que tenía que haber hecho que no estuvieras ahí y no lo hice, porque llevaba un año multándote por otra cosa.

—Miré la carretera—. No te he mandado la grúa por el camión.

Te la he mandado porque llevo un año escribiéndote cosas en un papel en vez de decírtelas, y la única que no leíste bien fue la que importaba.

Tardó. No treinta segundos: más. Tardó lo que quedaba de recta y una curva, y cuando habló lo hizo mirando al frente, como hablan los hombres que no saben hacerlo de otra manera.

—La leí bien.

En el depósito de la cabecera pagué yo. Doscientos treinta euros de grúa y sesenta de tres días de depósito, en efectivo, del monedero, delante de él y delante del de la ventanilla, que me conocía de uniforme y no preguntó nada.

Él miró los billetes salir del monedero y no hizo ademán de sacar el suyo, porque entendió lo que era aquello, que no era una invitación: era una disculpa, y las disculpas cuestan lo que cuestan y se pagan delante de quien las recibe.

Volvió con el camión detrás de mí por la carretera, y en la curva de la ermita no subió al paso.

Siguió hasta la era, y lo aparcó en el borde de fuera, en la parte de tierra, fuera de la zona limpia y fuera del paso, en un sitio donde no molestaba a nadie y donde nunca lo había puesto, y lo dejó allí con la caja cerrada.

Después bajó a la plaza a pie, a las siete y cuarenta, sin camión.

Se quedó de pie en el paso de peatones, encima de la segunda franja, con la galga sentada al lado, delante de catorce sillas, y esperó a que yo bajara con el talonario.

No le puse multa. No había vehículo. Me quedé delante de él, en la plaza, con el talonario en la mano y sin nada que escribir, y él me miró, y yo dije buenas tardes, Ginés, y me fui a la esquina, y me paré detrás de la iglesia, y conté.

—El de la ermita ya no —dijo su voz en la plaza, a los treinta segundos, para catorce sillas—. Este es nuestro.

Subí. Mi madre subió detrás, con la silla colgada del brazo, y en la cocina la dejó contra la pared, se sentó, y me miró como se mira una redacción que ha terminado bien después de haber empezado mal.

—Así discutía tu padre conmigo —dijo—. Con razón. Y así pedía perdón: pagando.