14 · Ginés
El veterinario de la cabecera pasa por Valdecierzo un jueves al mes, con una furgoneta blanca que aparca en la plaza, en el sitio del camión, porque el camión a las once de la mañana está en la base y él no lo sabe.
Atiende en la trasera, con las puertas abiertas, y el pueblo le trae lo que tiene: el gato de la Encarna, la perra de la Puri con los cachorros que ya no son cachorros, un ternero del Onésimo una vez, en un remolque, que fue lo más parecido a un acontecimiento que hubo aquel invierno.
Cobra en efectivo y apunta en una libreta que no es de hule.
Higinio le firma un papel de la mesa de la oficina para que conste que ha venido, y con eso el pueblo queda al día de vacunas hasta el mes siguiente.
Yo lo conocía de vista y de oído: de verlo aparcar desde el hangar cuando subía con el camión, y de oírle la furgoneta, que tiene un rodamiento de rueda que canta en las curvas y que él no ha arreglado en dos años porque a un veterinario no le suenan las máquinas.
El jueves veintitrés de julio la guardia civil me llamó a la base a las diez y media. No por radio: por el teléfono de la nave, que suena poco y que cogió Samu, y que me pasó con la cara con la que Samu pasa las cosas que van a dar fe de algo.
—El veterinario está en la plaza —dijo ella—. La galga necesita chip y cartilla. Súbela.
—Vale.
—Ginés. —Un hueco—. Súbela tú. Con el camión. Ahora.
Colgó. Ella cuelga como la madre: en cuanto termina la última frase, sin esperar a la del otro, y el teléfono de la nave hace un ruido de plástico viejo al colgarlo que se oye en toda la mesa.
Yo me quedé con el teléfono en la mano y Samu delante, y le dije a Samu, treinta segundos después, que había llamado por el veterinario, y Samu me dijo que ya lo sabía, que lo sabía todo el pueblo, y que la furgoneta blanca estaba aparcada donde aparcaba yo, y que la guardia civil no le había puesto multa, y que eso también lo sabía todo el pueblo.
La cuadrilla estaba en la nave con el parte de la mañana, y Samu, antes de que yo saliera, le dijo a Leti en voz alta que el mecánico subía a la plaza a las once a hacer papeles de una perra con la guardia civil, y Leti le dijo que se callara, y Nico se rio por la nariz, y el capataz, desde la cabecera de la mesa, dijo que el aparato se quedaba sin mecánico dos horas y que no le parecía mal, con la vista en el parte.
Subí con el camión a las once, con la galga en la cabina y las manos lavadas, porque una cartilla es un documento y a un documento se va con las manos lavadas aunque el documento sea de una perra, y aparqué donde pude, que fue delante de la iglesia, en un sitio donde no se aparca, con la rueda encima del escalón de la puerta chica.
Nadie me dijo nada. La plaza a las once de un jueves de julio tiene sombra en el lado de la iglesia y sol en el del cuartelillo, y en la sombra estaba la furgoneta con las puertas abiertas y una cola de cuatro personas con animales, y en la puerta del cuartelillo estaba la guardia civil, de uniforme, con la madre a su lado y el cuaderno de espiral abierto en la mano de la madre.
La galga bajó sola. Cruzó la plaza por el paso, por las franjas, y se sentó en la cola, detrás del gato de la Encarna, como si supiera lo que era una cola, y la Encarna le dijo «anda, hija, pasa tú, que este ya está vacunado de todo» y le dejó el sitio.
Ella cruzó la plaza cuando la galga estaba ya en la trasera, de uniforme, con el paso de la patrulla, y se puso al lado de la furgoneta sin decir nada, a un metro del veterinario y a dos de mí, y la madre se quedó en la puerta del cuartelillo con el cuaderno abierto, porque desde allí se ve todo y no se oye nada, y eso es lo que la madre prefiere para las cosas que van a escribirse.
El veterinario era un hombre de cincuenta años con gafas de leer en la punta de la nariz y las manos más limpias que he visto en alguien que trabaja con animales.
Miró a la galga entera, con las manos, como se mira un aparato que ha venido de fuera: las patas, la boca, la oreja caída, las costillas, que ya no se contaban tanto.
Le pasó por el cuello un lector que pitó una vez, lo que pita cuando no hay nada, y dijo que dos años, que galga, que sin chip, que bien alimentada desde hacía un mes y mal alimentada desde hacía bastante más, y que si la queríamos legal había que ponerle chip, hacerle cartilla y ponerla a nombre de alguien.
—¿A nombre de quién?
Lo preguntó con el bolígrafo encima de la cartilla, un cuaderno azul con una ventana de plástico, y con la vista en la cartilla, porque él no sabía a quién estaba preguntando: preguntaba al que fuera. Y no contestó nadie.
No contesté yo, que estaba de pie junto al camión con las manos en los bolsillos del mono, con la regla seis en el pecho, debajo de la goma, que decía que la perra no entraba en el trato.
No contestó ella, que estaba de pie junto a la furgoneta con el talonario en el bolsillo y la cara de la multa, con el collar rojo, lo sabía yo, en un cajón de su cocina, sin poner.
La galga estaba en la trasera de la furgoneta, sentada, mirándonos a los dos desde arriba con la oreja caída, con toda la plaza detrás.
La Encarna miraba con el gato en brazos.
La Puri, con los cachorros. El veterinario levantó la vista de la cartilla, nos miró a los dos, miró a la galga, y no dijo nada porque un veterinario de cabecera sabe perfectamente lo que es un animal con dos casas.
Pasaron mis treinta segundos. Pasaron los de ella, que no los tiene, y en los que tampoco dijo nada.
Pasó el tiempo que tarda en ponerse incómoda una cola de cuatro personas con animales, y entonces la madre dio un paso adelante, con el cuaderno de espiral cerrado sobre el pecho, y habló con la voz con que se cierra una lista.
—De los dos.
El veterinario la miró.
—Roldán y Almagro —dijo la madre—. Los dos apellidos. Yo he vivido en once casas-cuartel y en todas había un perro que era de dos, y nunca hizo falta discutir de quién. Póngalo así.
El veterinario se subió las gafas y escribió.
Escribió el nombre, que le dijo ella, «Multa, con u», y los dos apellidos, que le deletreó ella, y la fecha, y le puso el chip a la galga entre los hombros con una cosa que pareció que no le hacía nada, porque la galga solo pestañeó, y le pegó en la cartilla una etiqueta con un número largo, y firmó, y arrancó una copia.
—Una para cada uno —dijo—. Por si os separáis.
Nadie se rio, y el veterinario tampoco, porque lo había dicho como se dice una cláusula, y en la cola la Puri le explicó a uno de los cachorros, que ya no lo era, que aquello era lo normal, que los papeles se hacen así.
La madre cogió la cartilla, la miró por dentro, comprobó que estaban los dos apellidos y que estaban bien escritos, que en ella eso es una sola operación, y le dio el original a su hija y la copia a mí.
Se lo dio con la mano, de frente, como se da un examen corregido. Yo la cogí con las dos.
La guardia civil metió la cartilla en la camisa, junto al talonario, sin mirarla.
Yo miré la mía. Un papel de un cuaderno azul con una ventana de plástico, con el nombre de una galga y dos apellidos escritos con la letra de un veterinario, una letra que no se lee, y que decía, a quien supiera leerla, que la única cosa que no entraba en el trato ahora tenía un documento, y que el documento estaba a nombre de los dos.
Me desabroché el bolsillo del pecho. Saqué el taco, quité la goma, y puse la copia encima de todas, encima de la de las reglas y de la de la rueda y de las de un año, y volví a poner la goma, y abroché.
La galga bajó de la furgoneta y se sentó entre los dos.
Exactamente entre los dos, a la misma distancia, con la cabeza alta, mirando a la plaza como se mira desde un sitio que ya es de una.
La Encarna, con el gato en brazos, le dijo a la Puri que ya estaba, y la Puri le dijo que ya, y las dos se fueron cuesta arriba con sus animales como se va de un bautizo, despacio, comentando el vestido.
El veterinario cerró una puerta de la furgoneta, y antes de cerrar la otra me miró, a mí, que seguía de pie junto al camión con la copia en el bolsillo, y me dijo que la galga tenía una oreja que no iba a levantarse nunca, de nacimiento y no de golpe, y que no le hiciera caso a nadie que dijera lo contrario.
Le dije que vale. No tenía intención de hacerle caso a nadie.
No hubo paseo esa tarde porque el veterinario había dicho que la galga tenía que estar quieta hasta el día siguiente, y la galga se lo tomó al pie de la letra: se tumbó en su rincón de la cabina a las once y cuarto y no se movió hasta las siete y cuarenta, cuando el camión entró en la plaza y ella oyó el talonario, que se oye, y sacó la cabeza por la ventanilla.
La multa de aquel día fue del camión. Arriba lo de siempre, y abajo una cosa verdadera y técnica sobre la rueda que había puesto en el escalón de la iglesia por la mañana, que no había hecho bien al neumático.
La leí entera. Ella escribió sin levantar la vista del capó, con el bolsillo de la camisa abultado por la cartilla, y cuando terminó y me dio el papel, se quedó un momento con la mano en el aire, como si esperara el cambio de una cosa que no había pagado.
—Ginés.
—Sí.
—El veterinario ha dicho una copia para cada uno.
—Sí.
—Por si nos separamos.
—Sí.
Se fue con la galga. Antes de irse, la madre, desde su silla, le dijo a la Encarna en voz alta que en su casa el perro de dos se llamaba Sargento, y que se lo puso su marido, y que duró once destinos y dos mudanzas más que él, y la Encarna dijo «ay», y yo lo apunté en un sitio que no es el cuaderno del camión.
En la esquina, a los treinta segundos, le dije que no pensaba separarme de una galga, y las doce sillas oyeron la parte que se oye, y la Encarna dijo «huy» por segunda vez en el mes, y la madre no contó nada porque estaba escribiendo en el cuaderno de espiral, con las gafas puestas, la lista de las cosas que hacen falta para una perra que tiene dos apellidos.
Por la noche, en el camión, aparcado en la base con la ventanilla bajada y la torre encendida en el cerro, saqué la copia de la cartilla y la leí otra vez a la luz del techo.
Un veterinario no escribe para que lo lean.
Escribe para que conste, como ella, y en la ventana de plástico de aquel cuaderno azul había, si uno la miraba con la luz de lado, la marca del bolígrafo de la madre en la tapa, donde había apoyado el cuaderno de espiral para deletrear los apellidos, y se leía al revés, apretado: Roldán y Almagro , con la i griega en medio como una bisagra.
Lo guardé. Abroché. La galga, en el hueco de los pies, con su número entre los hombros, dormía como duermen los animales que ya están en algún sitio.