13 · Marga
Mi día libre es el jueves. Lo tengo desde hace cuatro años y lo uso como se usa un día libre en un pueblo de ochocientos habitantes donde una es la guardia civil: no lo uso.
Me pongo de paisano, bajo a la cabecera a por lo que haga falta, vuelvo, y a las siete y cuarenta estoy en la plaza con el talonario porque el camión no sabe que es jueves.
El jueves dieciséis de julio hizo cuarenta y un grados a las cuatro de la tarde, el termómetro de la farmacia se quedó sin números, y a las cinco mi madre me dijo que me fuera de casa, que ella iba a dormir la siesta con las persianas bajadas y no quería a nadie contando cosas por el pasillo.
Bajé a la base. No lo había hecho nunca un jueves, ni de paisano, ni a pie, ni a las cinco de la tarde con la galga delante, y una serie de cosas que no se han hecho nunca y se hacen el mismo día conforman, en cualquier atestado, una conducta.
La base a las cinco de la tarde de julio es chapa caliente y sombra corta.
La cuadrilla dormía en la nave, con las ventanas abiertas y el ventilador de pie de Samu dando vueltas sin mover nada, y Butano tumbado en la sombra de la puerta con la lengua fuera, que a esa hora es lo único que hace un perro de cuarenta kilos con dos dedos de frente.
El capataz no estaba. La piloto tampoco.
Él estaba donde está, en la sombra del hangar, con el camión con la caja abierta y el motor al aire, y una lata de refresco en la mano en vez de una llave, que fue la primera vez que le vi sostener una cosa que no sirviera para nada.
—Hoy no hay multa —dije desde la explanada.
—Es jueves.
—El camión no sabe que es jueves.
Dejó la lata en el estribo. La galga se le fue a los pies y luego a los míos y luego se tumbó entre los dos, en la sombra, con la lengua fuera, y él miró el camión con el motor al aire y luego a mí, de paisano, con el vaquero y una camiseta que no me había elegido nadie, y me preguntó si sabía conducirlo.
—Tengo el carné.
—No te he preguntado eso.
La galga se levantó, se sacudió, y se fue sola a la puerta del copiloto, que estaba abierta, y se subió, y se sentó en su hueco mirando al frente, y él y yo la miramos hacer eso con la misma cara: la de dos personas a las que un animal acaba de tomar una decisión por ellas.
Un camión-taller no se conduce: se convence.
Eso no me lo dijo él, porque él no dice esas cosas; me lo dijo el camión en la primera media hora, con la caja cerrada otra vez y el capó bajado, en la explanada de la base a las cinco y media de la tarde, con la cuadrilla saliendo de la nave con cara de siesta a mirar desde la sombra lo que se iba a ver, con él sentado en el asiento del copiloto y la galga acurrucada a sus pies, mientras yo calaba el motor tres veces seguidas por soltar el embrague como se suelta el del coche patrulla.
—Más despacio.
—Voy despacio.
—Más.
Lo solté como se suelta una cosa que no quieres que se caiga y el camión se movió.
Se movió como se mueven los animales grandes, con un retraso entre la orden y el cuerpo, y en ese retraso caben todas las cosas que uno hace mal con un camión.
Di dos vueltas a la explanada en primera.
Di una en segunda. Él no dijo nada en las tres, salvo «freno» una vez y «no mires el capó, mira el final» otra, y a la cuarta vuelta, en el camino de la báscula, con la loma delante y la chapa del hangar en el retrovisor que él había apretado en junio, dijo:
—Al pueblo.
—Es jueves.
—Por eso.
Samu, desde la puerta de la nave, levantó las dos manos como quien no se hace responsable, y Leti le bajó una de las dos, y Nico se rio por la nariz hasta que Leti lo miró.
El camino viejo con un camión de ese tamaño es un ejercicio de atestado en tiempo real: la anchura del camino, la anchura del camión, y la diferencia, treinta centímetros por cada lado, que se siente en los hombros.
Lo subí en segunda con las manos donde él me había dicho, a las diez y a las dos, y la galga con la cabeza fuera de la ventanilla de su lado, y él con el codo en la suya y la vista en el final del camino, sin mirarme, que era su manera de dejarme conducir.
En la curva de la ermita tuve que parar, dar marcha atrás medio metro y volver a coger la curva más abierta, y no dijo nada tampoco, y ese nada me valió más que cualquier cosa que hubiera podido decir.
Entré en la plaza a las seis y cuarto por el lado de la iglesia.
A esa hora, un jueves de julio a cuarenta y un grados, la plaza es un sitio sin nadie.
Las sillas están dentro. Las persianas están bajadas.
Solo Fina tiene la puerta abierta, por el ventilador, y solo el gato de la Encarna está en un poyete, porque a un gato el calor no le consta.
Miré el paso de peatones, con sus seis franjas, sin nada encima, y miré el camión, y miré el hueco entre la primera franja y el bordillo de la acera, de cuatro metros y treinta, y lo sé porque lo he medido a pasos ciento y pico veces desde la ventana con la vista.
Aparqué. Lo hice a la primera: el morro donde empieza la primera franja, la rueda delantera derecha pisando la segunda, un golpe de volante para dejar la trasera dentro, y el freno de mano a dos clics, que se lo había oído a él.
El motor apagado con el contacto puesto un segundo más de la cuenta, para el ventilador.
Bajé. Rodeé el camión por el lado de la acera y lo miré desde donde lo miro todas las tardes, desde donde se escribe la multa, y estaba exactamente donde está siempre, centímetro arriba o abajo.
—Así ya sé lo que se siente —dije.
Él se había bajado por su lado. Estaba de pie junto al morro, con la galga sentada entre los dos, mirando el camión como lo había mirado el domingo de la galga: como una máquina que ha hecho algo por su cuenta. Después me miró a mí, y sonrió.
No con la nariz. Con la cara. Fue una sonrisa corta, de las que no están pensadas, que le llegó hasta los ojos y le cambió la cara entera durante dos segundos, y yo la vi de frente, a metro y medio, con el sol de las seis dándole de lado, y en la puerta de Casa Fina, a cuarenta metros cuesta arriba, Fina la vio también, porque Fina estaba en la puerta con el trapo al hombro desde que oyó el motor entrar por la iglesia.
Lo que pasó después va sin adorno, porque no lo hubo.
Él dio un paso hacia el morro para mirar la rueda delantera derecha, si estaba en la segunda franja o en el borde, porque él mira esas cosas, y yo di un paso hacia el morro para mirar lo mismo, porque yo también, y los dos pasos terminaron en el mismo sitio, delante de la matrícula, con la rueda debajo y la galga detrás y un metro y medio que se había quedado en cuarenta centímetros sin que ninguno de los dos hubiera dado el paso a propósito.
Nos miramos. No como se mira a un hombre que ha contestado, ni como se mira a una guardia civil que escribe: como se mira a una persona que está a cuarenta centímetros y no se ha apartado.
Él tenía la mano izquierda apoyada en el capó caliente.
Yo tenía la derecha en el aire, a medio camino de nada.
La regla cuatro decía nada de manos, y no decía nada de cuarenta centímetros, y el papel estaba en su bolsillo abrochado y la plaza vacía, y él bajó la cabeza dos dedos, o la bajé yo, que en un atestado se escribe «se aproximaron» y no se especifica quién.
Se oyó un golpe de puerta en la nave de la base, a dos kilómetros, que no se oye desde la plaza.
Se oyó, en cambio, a Butano. Se oyó antes de verlo, un galope de perro grande por el camino viejo, con las uñas en el empedrado de la entrada de la plaza, y él giró la cabeza hacia el ruido y yo también, y los cuarenta centímetros siguieron siendo cuarenta centímetros durante un segundo más, con las dos cabezas giradas hacia el mismo sitio, que en un atestado se escribe «ambos» y también dice lo suyo.
Llegó por el camino viejo a la velocidad a la que ese animal solo va cuando alguien ha abierto una puerta de un coche sin él, cuarenta kilos color garrafa cruzando la plaza vacía en línea recta, y la galga, que estaba detrás de nosotros, se levantó de un salto y salió a su encuentro, y los dos perros se cruzaron delante del morro del camión, entre él y yo, en el espacio de cuarenta centímetros que había, y lo llenaron.
Butano se sentó encima de mi pie. La galga se metió entre las piernas de él.
Los dos nos miraron hacia arriba, uno con cada cara, con la lengua fuera los dos, y se quedaron ahí, y delante de dos perros así no se puede seguir estando a cuarenta centímetros de nadie.
Nos apartamos. Él se agachó a la galga y yo a Butano, cada uno a su perro, que ya no era ninguno de los dos el nuestro, y desde la puerta de Casa Fina, cuesta arriba, Fina dijo en voz alta, a nadie:
—Esa se ha escapado del camión de Samu con la puerta abierta, y el otro ha bajado por su cuenta. Ya lo apunto yo.
Se metió dentro. Se oyó, desde la plaza, el ruido de la libreta de hule saliendo del estante de las servilletas, un ruido que en este pueblo se conoce, y el del lápiz, y luego Fina volvió a salir a la puerta con el trapo y me miró a mí, de paisano, de pie junto a un camión aparcado encima del paso de peatones que yo había aparcado, con un perro en el pie.
—La cuota baja —dijo—. El mecánico ha sonreído en público. Eso no se lo esperaba nadie tan pronto.
A las siete y cuarenta bajé con el talonario.
Con el uniforme, con el bolígrafo, con la galga, y con doce sillas que se habían enterado, todas, de que a las seis y cuarto de la tarde el camión había entrado en la plaza con la guardia civil al volante, porque Fina lo había dicho una vez en la barra y en Valdecierzo una vez es suficiente.
El camión estaba donde yo lo había dejado.
Él estaba debajo. Escribí la multa apoyada en el capó, con la mano firme, arriba lo de siempre, y en Observaciones lo que había, que era del camión y era verdad: el embrague va alto.
Iba alto. Lo sabía yo porque lo había calado tres veces, y lo sabía él desde hacía un año, y se lo había dejado alto porque un embrague alto avisa antes de patinar y él prefiere las cosas que avisan.
Él lo leyó, dos veces, y se guardó el papel, y abrochó el botón, y no dijo nada, y en esa multa la infractora y la denunciante eran, por una vez, la misma persona, y eso tampoco consta en ningún sitio.
—Buenas tardes, Ginés.
En la esquina, a los treinta segundos, me llegó el «buenas tardes, Marga», y mi madre, desde la silla, con el abanico, dijo «treinta y uno», y la Encarna dijo «huy», y yo doblé la esquina con la galga y no sonreí, porque yo no sonrío de uniforme, y lo hice constar mentalmente, y debajo, con letra pequeña, hice constar que era la primera vez que tenía que hacer constar una cosa así.
Cenamos a las diez, mi madre y yo, con la ventana abierta y el camión todavía en el paso, y mi madre no dijo nada de la sonrisa durante la sopa ni durante el segundo plato, y a los postres, con la cuchara en el aire, dijo que la Encarna le había contado que el mecánico había sonreído con toda la cara en la plaza a las seis y cuarto, y que ella le había preguntado a la Encarna cómo lo sabía si estaba dentro con la persiana bajada, y que la Encarna le había dicho que por Fina, y que Fina lo sabía porque lo había visto, y que en este pueblo una sonrisa a las seis y cuarto de la tarde de un jueves de julio tiene más testigos que un atestado.
—¿Y tú? —dijo—. ¿Le has sonreído tú?
—Yo aparqué el camión.
—No te he preguntado eso.
No contesté. Recogí los platos, que estaban recogidos, y ella no insistió, porque mi madre no insiste: apunta, y lo apuntó, en el cuaderno de espiral, con la cuchara todavía en la otra mano, y yo vi desde el fregadero que era una línea corta.