12 · Ginés
Cuatro tickets. Miércoles, jueves, viernes, sábado, y ninguno pesaba.
Cuatro tardes iguales: el camión en el paso a su hora, la galga contra la bota de ella, la máquina zumbando, las doce sillas oyendo el zumbido, y ella arrancando el papel por la línea de puntos con un tirón seco que no le sale, porque un talonario se arranca con la muñeca y un ticket con los dedos, y ella tiene muñeca.
El miércoles la Encarna dijo «huy». El jueves no dijo nada.
El viernes la madre cerró el abanico antes del zumbido y no lo volvió a abrir hasta que el camión se fue, y el sábado, cuando ella se dio la vuelta hacia la esquina con la galga, la galga no fue.
Papel térmico gris, una cuarta de largo, con la matrícula, un código, la hora y una lista de casillas cerradas, y debajo de la última casilla el corte recto del papel.
Los doblé por la mitad los cuatro, los alisé contra la rodilla los cuatro, y los puse encima del taco los cuatro, con la goma, porque son multas y las multas van ahí, y el taco se quedó más alto y menos duro, porque el papel térmico no pesa nada y no dice nada, y una cosa que no pesa y no dice nada ocupa el mismo sitio que una que sí.
El sábado por la noche, en la cabina, no saqué el taco.
Lo noté por el botón: cuatro días sin abrocharlo.
Se abrocha cuando se guarda una cosa que vale.
Cuando se guarda nada, la mano no encuentra el botón, y el bolsillo se queda abierto, y uno no se da cuenta hasta que se pasa la mano por el pecho buscando una goma que está donde siempre y no hay motivo para tocarla.
La galga dormía en el camión las cuatro noches.
No en el cuartelillo. Se subía sola después del paseo, y la guardia civil tiraba de la cuerda una vez, corto, y la galga no venía, y ella me devolvía el cabo y se iba con su madre, y yo me quedaba con la cuerda en la mano y con un animal que había decidido de qué lado se pone cuando uno de los dos se queda sin línea de abajo.
El domingo no hay camión. Hay comida, y hay reloj, que en una casa-cuartel es una cosa que se anuncia con dos días y se cumple con reloj, y a la que uno va como se va a una revisión: limpio, a la hora, y con todo lo que le puedan pedir a mano.
La madre lo había dicho el viernes desde su silla, a la hora de la vuelta, con el abanico cerrado, y lo había dicho para las doce sillas y para mí: «el domingo comemos en casa, a las dos, con el cabo, que ya va siendo hora de que esto tenga una mesa».
Dijo «en casa». La casa era el cuartelillo. Dije «vale».
Subí a pie por el camino viejo a la una y media, con el sol encima y el camino blanco, con la camisa blanca, la galga suelta delante, y una botella de vino que había comprado el sábado en la cabecera preguntándole al de la tienda cuál se lleva a una comida en casa de una madre, y el de la tienda me dio una sin preguntar quién era la madre, porque en la cabecera ya se sabía.
La plaza a la una y media de un domingo de julio está vacía y blanca.
El paso de peatones, sin camión encima, parecía más grande.
La galga cruzó por él, por las franjas, como si supiera que era el sitio, y se sentó en el escalón del cuartelillo a esperarme.
Abrió la madre. Me miró la camisa, la botella, la galga, y me hizo pasar con un gesto de mano de las que han hecho pasar a cuarenta niños cada mañana durante treinta y cuatro años, y en la oficina estaba el cabo Higinio, de paisano, con una camisa de cuadros abrochada hasta arriba y la cara de un hombre al que han obligado a venir a su propio trabajo un domingo.
Me dio la mano. Miró la botella y dijo «bueno» con el tono con que se dice de una cosa que no está mal.
Arriba, en la cocina, ella estaba de espaldas, con un delantal encima de una blusa clara, cortando algo, y no se dio la vuelta cuando entramos, y por la nuca se le veía que sabía perfectamente quién había entrado.
La cocina tiene una ventana a la plaza. Desde esa ventana se ve el paso de peatones entero, las seis franjas, y se ve la esquina saltada de la segunda, que solo se ve cuando no hay nada encima.
No me hizo falta asomarme: lo sabía desde abajo.
Uno sabe desde dónde lo miran como sabe desde dónde le llega un ruido.
Comimos. Comimos lo que se come en una casa-cuartel un domingo, que fue lo que la madre decidió que se comía: sopa en julio, porque en las casas-cuartel se empezaba por sopa en cualquier mes, y después un guiso de los que se hacen el día anterior, y el vino de la cabecera, que la madre probó, calificó en voz baja con una palabra que no oí, y sirvió a todos, con el cabo hablando de matrículas porque es de lo que sabe hablar, y la madre preguntándole por cada matrícula quién era y desde cuándo, y apuntándolo en el cuaderno de espiral, que estaba encima de la mesa junto al pan.
La galga debajo de la mesa, entre los pies de ella y los míos, sin tocar a ninguno.
Yo contesté a lo que me preguntaron, tarde.
La madre preguntó por el astillero del pueblo donde ya no hay astillero, y le dije que cerró cuando yo tenía doce años y que mi padre se fue a otro y yo me quedé con las herramientas que dejó; preguntó por mi madre, y le dije que estaba bien, que vivía en la misma casa y que hablábamos los domingos; y preguntó si pensaba quedarme en la base, y a esa no llegué a contestar, porque el cabo dijo una matrícula.
La madre esperó cada vez con las manos una sobre otra, y el cabo se acostumbró a la tercera y empezó a rellenar los huecos él con las matrículas, y ella no dijo nada en toda la comida que no fuera pasar un plato.
A los postres la madre se levantó a por el café y desde el fogón, de espaldas, dijo que en esa casa el café lo tomaban los que se quedaban, y que los que se iban se despedían en la puerta como Dios manda, y que ella iba a bajar a por el correo, que un domingo no hay correo, y el cabo dijo que él se quedaba al café, y todo el mundo entendió lo que había que entender, y yo me levanté.
Ella bajó conmigo. La escalera del cuartelillo tiene catorce peldaños, y los bajamos con la galga en medio, que baja las escaleras de lado, y en la puerta de la oficina, con la plaza blanca delante y el sol dando en el escalón, la madre ya estaba en la acera de enfrente, a veinte metros, parada delante del buzón de correos con la cara de quien espera a que le llegue una carta un domingo.
—Está mirando —dijo ella.
—Sí.
—No hay nadie más. Son las cuatro de la tarde de un domingo. Las sillas están dentro. —Miró la plaza entera, como se mira antes de cruzar—. Es solo ella.
No dijo lo que había que hacer. No hacía falta: había una madre en la acera de enfrente, un piso con oferta, una regla cuatro en mi bolsillo abierto, y una despedida en la puerta que había que hacer como Dios manda, y las tres cosas apuntaban al mismo sitio.
Se acercó. Lo hizo como se acerca a un coche en un control, de frente y sin prisa, y me puso una mano en el hombro, corta, y me besó.
En la boca. Un segundo. Fue un beso de esos que se dan para que los vea alguien: torpe, seco, con la nariz mal puesta, con los ojos abiertos los dos, y con la galga entre las piernas de ambos mirando hacia arriba.
Se apartó. Se miró la mano, la que me había puesto en el hombro, y la bajó. Al otro lado de la plaza, la madre abrió el buzón, que estaba vacío, lo cerró, y echó a andar hacia el cuartelillo con las gafas colgando y la cara de una mujer a la que le ha llegado la carta.
—Buenas tardes, Ginés —dijo ella.
Yo dije «vale». Lo dije a tiempo, y no era la palabra, y ella ya subía la escalera, y la galga se quedó conmigo en el escalón, y la madre pasó por delante de los dos, me tocó el brazo al pasar como se toca a un alumno que ha hecho algo bien sin saber qué, y subió también.
Volví al llano por el camino viejo, con el sol de las cuatro en la nuca y la plaza vacía a la espalda, sin haber mirado hacia la ventana de la cocina porque no hacía falta, con la galga delante y las manos en los bolsillos del pantalón, que la camisa blanca no tiene bolsillos, y por eso el taco iba en el pantalón, y por eso noté durante los dos kilómetros que había una cosa que pesaba y era el papel de un año, y otra que no pesaba y eran cuatro días.
A las seis subí otra vez.
No lo había hecho nunca. Un domingo no subo, y una tarde no subo, y al cuartelillo no he subido en catorce meses más que para pagar, en ventanilla, con Higinio, y sin pasar de la línea del mostrador.
Subí a pie, con el mono de trabajo, porque a las seis ya me lo había puesto para hacer una cosa en el camión y no me lo quité.
La galga se quedó en la base. Butano vino conmigo hasta la báscula y se volvió.
La oficina estaba abierta porque el cuartelillo está abierto siempre, y ella estaba en la mesa, de uniforme, con la máquina delante y la luz verde chica encendida, escribiendo en un libro grande con un bolígrafo azul de tapa mordida.
Levantó la vista. No se sorprendió; ella no se sorprende, hace constar.
Dejó el bolígrafo en el libro, abierto, apuntando a la puerta.
—Ginés.
—¿Se ha roto?
Lo dije en el acto. Sin los treinta segundos: la pregunta salió entera, a tiempo, como sale el freno de mano y como salen las buenas noches, porque la llevaba montada desde el miércoles, pieza a pieza, y solo había que soltarla.
Ella miró la máquina. Miró la luz verde. Volvió a mirarme con la cara de quien busca la deficiencia en la lista y no la encuentra.
—¿El qué?
—El bolígrafo.
Se quedó quieta. El bolígrafo estaba encima del libro, azul, con la tapa mordida, entero, y los dos lo miramos, y luego ella me miró a mí, y en la cara de la guardia civil de Valdecierzo pasó una cosa que dura menos que un parpadeo y que yo no había visto pasar nunca y que no sé nombrar, y después la cara volvió a su sitio y cogió el bolígrafo y lo cerró.
—No —dijo—. No se ha roto.
—Vale.
Me fui. Bajé los cuarenta y dos metros, los suyos, hasta la esquina, y por el camino viejo hasta la base, y no dije nada más, ni a tiempo ni tarde, porque lo que tenía que decir ya estaba dicho y había salido a la primera, y esas cosas no se repiten.
El lunes puse el camión en el paso a su hora, y dos minutos después bajó con el talonario, con la galga saliendo del camión a su encuentro como si hubiera sabido desde el domingo lo que iba a traer.
No con la máquina: con el talonario, en el bolsillo de la camisa, y el bolígrafo.
Escribió con el papel en el capó. Me dio la multa, y la leí entera, arriba lo de siempre, y abajo, en Observaciones, con la letra redonda: no se ha roto.
Abroché el botón. Hacía cinco días que no lo abrochaba, y la mano lo encontró a la primera.