Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 11 · Marga
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11 · Marga

Julio en Valdecierzo es un horno con horario, y el horario lo cumple todo el mundo menos el termómetro de la farmacia.

A las siete de la mañana hace fresco en la plaza y a las once ya no se puede tocar el capó del coche patrulla; a las tres la calle está vacía como si hubieran evacuado; a las siete y cuarenta vuelve a haber sillas, y desde hace tres semanas, además de sillas, hay un orden.

Lo hago constar como el orden que es, porque un orden que nadie ha decidido y todo el mundo cumple es lo más parecido a una ley que tiene un pueblo:

A las siete y cuarenta, el camión en el paso.

Dos minutos después, la multa. A las siete y cuarenta y cinco, la galga fuera del camión y sentada contra mi bota mientras escribo.

A las ocho menos cinco, la cuerda, que ya no hace falta y que llevamos igual, cuesta arriba hasta Casa Fina, con mi madre en su silla junto a la Encarna y su abanico.

A las ocho y veinte, la vuelta por la iglesia.

A las ocho y media, la galga decide dónde duerme, que unos días es el cuartelillo y otros la cabina, y ninguno de los dos se lo discute.

A las nueve, el camión al llano. El sábado cuatro de julio se cumplieron los quince días de mi madre y no pasó nada, porque mi madre ya había dicho lo de las fiestas, y el domingo cinco, sin camión y sin multa, la galga durmió en el cuartelillo y mi madre le puso en el suelo de la cocina el pienso caro en un plato hondo mío, y la galga se lo comió entero, y las dos se miraron después con la satisfacción de dos personas que han cerrado un trato.

En el bloc del teléfono, debajo de lo sé , había una línea nueva desde el sábado: se equivoca de persona.

La había escrito el sábado por la mañana, antes de la multa, para ver cómo quedaba, y quedaba como quedan las cosas verdaderas: corta.

Después la pasé al impreso y la firmé, y el hombre la leyó dos veces con doce sillas mirando, y por la noche no vi la luz del camión bajar al llano a las nueve, sino a las nueve y media, y eso también lo apunté.

El sargento viene los martes. No tiene nombre en este libro de incidencias porque no lo necesita: es el sargento, viene de la cabecera en un coche gris, lleva la camisa planchada de otra manera, y se sienta en la silla de Higinio mientras Higinio se queda de pie, que es la única hora de la semana en que Higinio se queda de pie.

Revisa el parte. Revisa el libro. Pregunta cuántos atestados, cuántas denuncias, cuántas actuaciones, y apunta los números en una tablet, porque en la cabecera todo va en una tablet.

El martes siete de julio revisó el parte más despacio que otros martes. Pasó las hojas hacia atrás, una a una, con el dedo en la línea de incidencias, y a la décima hoja levantó la vista.

—¿Qué es «Butano»?

—Un perro.

—Un perro. —Volvió a las hojas—. Aparece en la línea de incidencias veinte días seguidos.

—Viene a las once. Es una incidencia.

Higinio, de pie contra la pared, miró al techo con la cara de quien está en otro sitio.

El sargento cerró el parte y abrió el cajón segundo de mi mesa, que no le había dicho nadie que abriera, y sacó la máquina con el cargador enrollado alrededor, y la dejó encima de la mesa como se deja una prueba.

—Marzo del año pasado —dijo—. Dieciséis meses. Cero denuncias registradas en el sistema desde este puesto. Cero. Y el talonario, en cambio —abrió el otro cajón, el primero, y las galletas de Butano quedaron a la vista y no dijo nada de las galletas—, el talonario va por el tercer bloque del año.

—El talonario tiene copia.

—La copia no cuenta. La copia se queda aquí, en un cajón, y la cabecera no la ve, y lo que la cabecera no ve, no existe.

—Desenrolló el cargador y lo enchufó él mismo en la pared, y la máquina hizo un ruido corto de cosa que despierta—.

Un puesto que no sube datos es un puesto que no hace nada.

Y un puesto que no hace nada, Roldán, en el próximo plan de reorganización, es un puesto que se cierra y dos agentes que se van a la cabecera. Yo no lo decido. Lo decide la tablet.

Lo dijo sin levantar la voz. Lo dijo como se dicen las cosas que son verdad y no son culpa de nadie, mirando la máquina y no a mí, porque a los sargentos de la cabecera les han enseñado que las malas noticias se le dan al objeto, y después me enseñó, con la paciencia de quien lo ha enseñado veinte veces, cómo se mete una matrícula, cómo se elige la infracción de una lista, cómo se pulsa el botón verde y cómo sale el ticket por la ranura de arriba con un zumbido de impresora chica.

Salió un ticket de prueba. Papel térmico, gris, de una cuarta de largo, con la matrícula que había metido él, un código, la fecha y la hora, y una lista de casillas cerradas que empezaba en el vehículo y terminaba en la sanción.

No había línea de abajo. La miré dos veces, como se mira un documento al que le falta algo, y le pregunté dónde iban las observaciones.

—¿Qué observaciones?

—Las observaciones. La línea de abajo del impreso.

—Eso no existe en el sistema. —Se levantó, cogió la tablet—. Si un vehículo tiene una deficiencia, es otra denuncia. Si no la tiene, no hay nada que observar. Empiece hoy. El mes que viene quiero ver este puesto en la estadística.

Se fue en el coche gris. Higinio se sentó en su silla, que estaba caliente, y no se puso la gorra en la cara. Se quedó mirando la máquina un rato, con las manos en la barriga, y después me miró a mí, y era la primera vez en cuatro años que Higinio me miraba de frente para decir una cosa suya.

—Si cierran el puesto me mandan a la cabecera —dijo—. A los cincuenta y ocho años, con veintidós aquí, a un despacho con una tablet. Mi mujer está enterrada en este pueblo, Marga. —Se puso la gorra—. Usa la máquina.

Se la puso en la cara, se echó hacia atrás, y a los cinco minutos roncaba como todos los días, y a las tres la máquina seguía encendida encima de mi mesa con una luz verde chica, mirándome, y yo seguía sabiendo que Higinio era viudo desde hacía nueve años y no sabiendo nada más, porque nunca lo había preguntado.

La piloto subió al cuartelillo a las seis, cosa que no hace, con el vaso de café y una carpeta de la base: el parte del conato del martes de la Vega, que la Guardia Civil firma cuando ha regulado el tráfico, y que Higinio firma siempre sin leer, y que aquella tarde firmé yo porque Higinio dormía.

Lo leí entero, porque yo leo lo que firmo, y en la casilla de observaciones del parte de la base, que también tiene, la piloto había escrito con su letra de cabina: mecánico en la era, dieciséis minutos, sin incidencias.

Levanté la vista. Ella miró la máquina, que estaba encima de la mesa con su luz verde, y después me miró a mí.

—En la base también nos mandaron un programa —dijo—. Para los partes. El año pasado. —Bebió—. Yo sigo con el papel. El programa no tiene dónde poner dieciséis minutos.

Firmé. Le devolví la carpeta. No dijo nada más, porque la piloto no dice nada que no sea suyo, y se fue con el vaso, y en la puerta se cruzó con la galga, que subía del camión, y le dijo «buenas tardes, Multa» como se le dice a una persona, y la galga entró y se sentó delante de mi mesa a mirar la máquina como se mira una cosa que no huele a nada.

A las siete y cuarenta bajé con la máquina en la mano.

No con el talonario: con la máquina, que pesa lo que pesa un teléfono grande y tiene una correa que se cuelga de la muñeca como las de los abanicos de mi madre.

Había pasado la tarde con ella encima de la mesa, aprendiéndome la lista de infracciones con el dedo, como se aprende un formulario nuevo: por orden, sin opinar.

El talonario se quedó en el cajón segundo, donde había estado la máquina, con el cargador de la máquina enrollado alrededor porque no sabía dónde ponerlo, y los dos objetos se cambiaron el sitio con la naturalidad con que se cambian las cosas cuando lo manda alguien de fuera.

Las doce sillas la vieron antes de verme a mí.

Se notó en la Encarna, que se enderezó, y en mi madre, que cerró el abanico, y en el Modesto, que dobló el periódico del sábado por primera vez desde que lo compró, y en los quintos, que dejaron de no estarse quietos.

El camión estaba en el paso, con la galga fuera y ya en camino hacia mi bota, y él debajo, con la llave que tocara. Salió cuando oyó mis pasos, como sale siempre, y se puso de pie, y miró la máquina, y a la máquina no le cambió nada porque es una máquina, y a él tampoco, porque es él.

—Estás encima del paso, Ginés.

—Sí.

—Te voy a denunciar.

No dijo «vale». Se quedó mirando la máquina, y yo metí la matrícula, que me la sé, y elegí la infracción de la lista con el dedo, que es una lista larga en la que lo suyo está en el cuarto sitio, y pulsé el botón verde.

La máquina zumbó. Las doce sillas oyeron el zumbido, que en la plaza a esa hora se oye como se oye un insecto que no debería estar ahí.

Salió el ticket. Lo arranqué por la línea de puntos, que se arranca peor que un talonario, y se lo di.

Lo cogió con una mano. Lo miró de arriba abajo, una vez, y llegó al final, y el final era la sanción y debajo nada, papel gris cortado en recto, y se quedó un momento con la vista en ese nada, el tiempo que se tarda en buscar una cosa donde siempre ha estado y no encontrarla.

Después lo dobló por la mitad, una vez, y se lo metió en el bolsillo del pecho, y no abrochó el botón.

—Buenas tardes, Ginés.

—Buenas tardes.

A tiempo, como siempre, y yo me fui hacia la esquina con la galga, y a los cuarenta y dos metros no oí nada.

Ni «buenas tardes, Marga». Nada. Oí a mi madre abrir el abanico, y oí a la Encarna decir «huy», y oí, por debajo de todo, el ruido que hace un hombre que se agacha para volver a meterse debajo de un camión sin que haya nada que mirar.

Paseamos igual, porque un orden que nadie ha decidido no se rompe porque a una le hayan dado una máquina.

Cuesta arriba, con la cuerda, la galga en cada portal, y esta vez no hablamos porque no hablamos nunca, pero el no hablar de aquella tarde era de otra clase, y lo sabía yo, y lo sabía la cuerda, que iba tensa, y lo sabía Fina, que salió a la puerta con el trapo y no dijo lo de la caldereta.

En la plaza, a la vuelta, la galga no se sentó entre los dos.

Se sentó pegada a su pierna, con la oreja caída del lado de él, y cuando yo tiré un poco de la cuerda para llevármela al cuartelillo, no vino.

Se quedó. Él me devolvió el cabo sin decir nada, y la galga se subió sola al camión.

Mi madre no subió su silla al cuartelillo. La dejó en la acera, junto a la de la Encarna, como se deja una cosa para el día siguiente, y subió detrás de mí con el abanico cerrado.

—Ese papel es de otra clase —dijo en la escalera.

—Es el sistema.

—No te he preguntado lo que es. Te he dicho lo que es.

Desde la ventana de la cocina, a las nueve menos cinco, con las sillas cerrándose, lo vi salir de debajo del camión y sentarse en el estribo, y sacarse del bolsillo del pecho el ticket gris doblado por la mitad, y mirarlo otra vez, solo por un lado, porque el otro lado de un ticket térmico es liso.

Lo miró el tiempo que se tarda en confirmar que una cosa no está.

Después lo desdobló, lo alisó contra la rodilla con la palma, dos veces, con el cuidado que se le pone a una cosa que no lo merece, y lo puso encima del taco, con la goma, con las demás, porque era una multa y las multas van ahí, aunque sea de otra clase y aunque no diga nada.

Arrancó a las nueve y dos. Bajó al llano con las luces encendidas, con la galga en la cabina, y yo me quedé en la ventana con la máquina encima de la mesa de la cocina, apagada, con su correa de abanico, y con el talonario en el bolsillo de la camisa, intacto, con la copia de ayer todavía en la primera hoja: se equivoca de persona.

El sistema no tenía dónde poner eso. El sistema tenía razón: si un vehículo no tiene deficiencia, no hay nada que observar.

Abrí el bloc. No escribí nada. Lo cerré, y fue la primera noche en tres semanas que el bloc se quedó como estaba.