10 · Ginés
El capataz me subió el sábado cuatro de julio a las ocho y media de la mañana, con la piloto a los mandos y el aparato limpio de fuego, en el vuelo corto que hacen los sábados cuando la campaña lo deja: media hora sobre el valle, sin helibalde, para que el aparato se mueva y para que él se mueva.
Me lo pidió como se piden las cosas en esta base, sin pedirlas: llegó al hangar con su casco bajo el brazo, el del nombre torcido, me miró y dijo «hoy subes tú», y se sentó en el asiento de atrás, del lado de la puerta, donde se sienta cuando sube.
Yo he volado más horas que media provincia.
Lo digo sin adorno, porque es un dato: catorce años de mecánico de aparato de extinción son catorce veranos de subir a comprobar lo que se ha tocado, con pilotos de todas clases, en bases de todas clases, y a mí el aire no me hace nada.
Lo que me hace algo es el ruido. Un aparato en vuelo suena distinto que en la hache, porque la carga es otra, y ese ruido, el de verdad, el de trabajo, solo se oye desde dentro.
Por eso subo. Me puse el casco de repuesto, comprobé el cierre de la puerta dos veces con el canto de la mano, como se hace en este aparato aunque no lo haya puesto en ningún manual nadie, y despegamos, con el aparato levantándose de la hache como se levanta una cosa que ya sabe adónde va.
El valle desde arriba, un sábado de julio a las ocho y media, con el sol todavía bajo y las sombras largas de los pinos tumbadas todas hacia el mismo lado, es una cosa verde y ocre con una raya negra en el llano donde estuvo el rastrojo de la Vega, y el pueblo en su cuesta, con la iglesia, y la plaza, con el paso de peatones vacío porque el camión estaba en la base, y la cuesta de Casa Fina sin sillas porque a esa hora las sillas están dentro.
Escuché con los ojos cerrados, que es como se escucha, y con la mano abierta sobre el carenado del lado de dentro.
El rotor sonaba entero, sin la cosa a hueco, y la bomba no sonaba a nada porque no iba, y el resto era lo que tiene que ser el resto.
Fina. Se lo dije a la piloto por el intercomunicador con una palabra y ella levantó el pulgar sin girarse.
El capataz no dijo nada durante veinte minutos.
Miraba por la ventanilla de su lado con la mano derecha cerrada sobre la rodilla, como vuela él, y yo lo dejé, porque un hombre que ha aprendido a subirse a esto no necesita que le hablen mientras lo hace.
Fue a la vuelta, ya sobre el cerro, con la torre debajo y el vigía levantando el brazo, cuando habló.
Sin girarse. Al cristal. Antes había hecho una cosa que no le había visto hacer: soltar la rodilla, abrir la mano, y apoyarla plana en el asiento de al lado, el vacío, como se apoya en una mesa.
—Yo tardé nueve años en cruzar doce metros —dijo—. Tú tardas treinta segundos. Vas ganando.
No contesté. Él no esperaba que contestara: había dicho lo suyo y había vuelto a la ventanilla, y la piloto, que lo había oído todo por el intercomunicador, no dijo nada tampoco, y los tres bajamos al llano así, cada uno con su ruido.
Tomó en la hache con un beso. Se lo dije a la piloto por el intercomunicador, «fina», por segunda vez, y ella contestó que ya lo sabía, que lo había oído bajar, y que en dos años le había cogido el oído al aparato y que ahora entendía lo que yo hacía en el hangar por las noches: escuchar lo mismo con menos ruido alrededor.
El capataz se bajó el primero, cruzó por delante del morro con el casco colgando y se fue a la nave sin volverse, y yo me quedé en el asiento de atrás con el cinturón puesto, con el motor parándose, oyendo cómo se paraba, la parte que más me gusta de un vuelo y la que nadie oye porque todo el mundo ya se ha bajado.
Por la tarde puse el camión en el paso a la hora de siempre.
Los sábados ella baja un minuto más tarde, porque los sábados cierra el parte a las siete y media y lo relee, y las sillas ya eran doce con la madre, que se había traído además un abanico.
Escribió la multa apoyada en el capó, que a esa hora del sábado todavía quema, sin apoyar la palma.
La galga se bajó sola del camión y se sentó a su pie mientras escribía, cosa que hace desde el martes de la era, y ella escribió con la galga contra la bota como si el animal fuera parte del uniforme.
Leí la multa entera cuando me la dio. Arriba, lo de siempre. Abajo, en Observaciones, con su letra, una línea que no era del camión y que leí dos veces con las sillas mirando: mi madre dice que la miras mucho. Se equivoca de persona.
La leí dos veces con las sillas mirando, y las sillas vieron que la leía dos veces, porque una multa se lee una vez y la segunda vez se nota desde lejos, y la Encarna le dijo algo a la Puri y la Puri le contestó con la mano, como se contesta cuando no hace falta decirlo.
La madre no se movió. Tenía el abanico abierto a media altura y se le quedó ahí, y yo doblé el papel por donde se dobla, con la línea de abajo hacia dentro, para que no se viera desde ningún sitio.
Me la guardé. Abroché el botón. Dije «buenas tardes» a tiempo, y ella dijo «buenas tardes, Ginés» y se fue con la galga a la esquina, y yo me quedé con la mano en el botón del bolsillo y las doce sillas, y la madre con el abanico parado a media altura, mirándome como se mira a un alumno al que se le acaba de caer una cosa del pupitre y todavía no se ha agachado.
Paseamos a las ocho, como todos los días, con la cuerda que no hace falta.
La galga se paró en el portal de la Encarna a que la oliera el gato, que no salió, y en el de la Puri a que la Puri le dijera «guapa», y en la puerta de Casa Fina a que Fina le pusiera un plato de agua que ya tenía preparado desde el martes, porque Fina no pone dos veces la misma cosa sin que alguien la haya pedido, y aquella la había pedido la galga con la mirada.
Nadie habló de la multa. No se habla de las multas en la cuesta; se habla del calor, del cura, del hortelano que va a vaciar la balsa un día de estos, y todo eso lo hablan las sillas entre ellas mientras nosotros pasamos.
Al volver, en la plaza, la madre no dijo nada del animal que se malacostumbra ni de las fiestas.
Miró la línea de abajo del bolsillo de mi mono, donde no se ve nada porque el bolsillo está abrochado, y se fueron, y yo bajé al llano a las nueve.
En el camión, con la galga en su hueco y la ventanilla bajada, con la luz del techo de la cabina, amarilla y mala, saqué el taco. Quité la goma. Esta vez no miré la de arriba ni la de abajo. Las miré todas.
No las había mirado todas nunca. Un mecánico no relee las hojas de mantenimiento: las hace, las firma, y las archiva, porque lo que dicen ya está hecho.
Las guardo, las leo el día que llegan, las pongo en su orden, y ahí se quedan, con la goma, contra el pecho, y el bolsillo se va poniendo duro con el año.
Pero aquella noche las puse encima del asiento del copiloto, una a una, en fila, con la cara de las Observaciones hacia arriba, y la fila llegaba hasta la puerta y hubo que hacer una segunda fila, y una tercera, y la galga sacó la cabeza del hueco y las miró conmigo, y con la luz amarilla y mala se leía lo que hay que leer.
Las de junio del año pasado eran del camión, todas.
El camión pierde aceite por la junta del cárter , la primera, con los bordes blandos; la cambié.
La luz de posición trasera derecha parpadea ; la cambié.
El escape va suelto en la segunda abrazadera ; la apreté.
Veinte líneas seguidas de una mujer que miraba un camión como lo miro yo y que lo escribía mejor, y a cada una le seguía, al día siguiente, la pieza arreglada y una multa nueva con otra cosa que también estaba mal, porque un camión viejo siempre tiene otra cosa.
En julio cambió. Hoy no ha venido Butano al cuartelillo.
Si está en la base, que coma. Estaba. Comió.
Y en septiembre: el cuarto de encima del generador tiene una gotera; se ve la mancha desde la plaza cuando llueve.
La arreglé, y no llueve casi nunca, y para ver esa mancha desde la plaza hay que saber dónde mirar, y hay que haber mirado.
En octubre, el último día de campaña: el aparato ha sonado distinto esta mañana.
No sé decir en qué. Había sonado distinto.
Lo apunté yo también, en el cuaderno, con otras palabras, el mismo día.
El invierno cabía en dos líneas. Noviembre: hace frío en el hangar.
Enero, la semana de la calefacción: ya no hace frío en el hangar.
Entre las dos, treinta multas del camión, exactas, y ni una sobre el frío, porque el frío ya estaba dicho y ella no dice dos veces lo mismo.
En febrero: Higinio dice que usted es de un pueblo con astilleros.
Higinio no sabe nada. Higinio no sabía nada; es verdad que soy de un pueblo con astilleros.
En marzo: la perra de la Puri ha tenido cachorros.
Cuatro. No es una pregunta. No lo era. En abril: el camión ha estado bien aparcado el martes.
No sé qué le pasa. Estaba en la cabecera, en la revisión, y yo había bajado a la plaza a pie a las siete y cuarenta y me había ido a las ocho sin que ella saliera, y no lo sabía nadie salvo, por lo visto, ella.
En mayo: Butano se sube al aparato apagado.
Lo he visto desde la ventana. Se baja cuando se lo dicen.
Y en junio, el martes de hace tres semanas: la rueda trasera izquierda va baja.
Trescientas y pico. Cabían en el asiento y no cabían en ningún otro sitio.
La mayoría eran del camión, y todas las del camión eran verdad, y todas las que no eran del camión también.
Un año de líneas escritas debajo de la raya, con la misma letra, redonda, sin apretar, y ni una sola contestada.
Ni una. Lo que se contesta con las manos lo contesté con las manos, al día siguiente, y lo que no se contesta con las manos se quedó ahí, en el asiento, mirándome.
Las recogí en su orden, que me lo sé, una a una, del asiento al taco, y en la tercera fila la galga puso la pata encima de una y tuve que sacársela de debajo con cuidado, y era la de la gotera, y la miré otra vez antes de ponerla en su sitio, y les puse la goma, y guardé el taco, y abroché el botón, y apagué la luz amarilla y mala, y me quedé con la galga y la ventanilla bajada y la torre encendida en el cerro, con las nueve de la noche del sábado cuatro de julio, ocho semanas exactas hasta la traca de las fiestas, cuando se va la madre, y la última línea del taco encima de todas, la de esa tarde, la que decía que se equivocaba de persona.
No se equivocaba de persona. Eso lo sabía yo con la exactitud con que se sabe el par de una tuerca.
Lo que no sabía, y llevaba un año sin saber, y me di cuenta entonces, en la cabina, con trescientas multas contra el pecho, era que ella tampoco se equivocaba nunca en esa línea, en ninguna, y que si había escrito eso es porque también lo había medido.