9 · Marga
El cine de verano de Valdecierzo es una sábana atada a la fachada de la iglesia, un proyector que trae el ayuntamiento de la cabecera con un chaval que sabe enchufarlo, y una película italiana en blanco y negro que ponen todos los años porque es la única que tienen con derechos pagados.
Se ponen sillas, muchas, y se ponen en filas que nadie ha medido y que salen rectas.
Se ponen las de las casas, que para eso ya están en la calle, y las del bar, que las baja Fina, y las del salón parroquial, que las trae el cura de fuera en una furgoneta.
Este año, el viernes tres de julio, se pusieron ciento cuarenta y dos.
Las conté desde la puerta del cuartelillo mientras mi madre me elegía la ropa.
—Ponte la blusa azul. —Desde la puerta del armario, sin mirarme—.
—La blusa azul la llevé a la cena.
—Por eso. Un hombre que ve dos veces la misma blusa entiende que no tienes que impresionarlo. —Me la dio—. Y siéntate a su lado, no a mi lado. Yo ya sé cómo es. Es el pueblo el que tiene que verlo.
Fina había puesto una mesa de tijera en la puerta del bar con pipas, regaliz y cerveza en un barreño con hielo, y cobraba con el lápiz de la oreja apuntando en un papel que no era la libreta, porque la libreta no se saca a la calle.
Higinio estaba de pie contra la pared del bar, con la gorra puesta, porque un cine de verano es un acto público y en los actos públicos el puesto está presente, y presente quería decir Higinio con una cerveza que no consta.
Mi madre, al pasar, le miró la cerveza y le dijo que un cabo de servicio con una cerveza en la mano era, como poco, un suficiente bajo, y Higinio le dijo que sí, señora, y no la soltó.
El pueblo lo vio. A las diez menos cuarto, con la luz todavía en el cielo y el chaval del proyector peleándose con un cable, la fila del medio tenía tres sillas juntas y vacías con el bolso de mi madre encima de la tercera, y el camión-taller ocupaba el paso de peatones como todas las tardes, con la multa de las siete y cuarenta ya escrita, ya leída y ya guardada, y él estaba de pie junto a las tres sillas con la camisa blanca, la única, y una bolsa de pipas de Casa Fina en la mano que no había abierto porque no sabía si las pipas entraban en la regla uno.
Me senté en la silla del medio, con la falda de la boda, porque la blusa azul pedía la falda y mi madre no pedía nada dos veces.
Él se sentó a mi izquierda. Mi madre se sentó a mi derecha y colocó el bolso entre sus pies como se coloca en el cine de una capital, y la galga, que había venido con él en el camión y que ya no llevaba cuerda porque no la necesitaba, se metió debajo de mi silla, por entre las patas, y sacó la cabeza entre mis tobillos y los de él, mirando la sábana como si supiera lo que era una película.
Detrás, delante, a los lados: ciento treinta y nueve personas mirándonos con una película italiana de fondo, y el chaval del proyector, el único que miraba la sábana, porque le pagaban por eso.
La película empezó a las diez y cuarto y nadie la vio.
Lo digo con la precisión que me permite mi oficio: en un radio de seis sillas, ninguna cabeza estaba orientada a la sábana durante más de veinte segundos seguidos, y las que se giraban hacia la sábana lo hacían con el cuello, no con los ojos.
La Encarna, dos filas por delante, se había sentado del revés, con el bastón apoyado en el respaldo, y miraba hacia atrás con la naturalidad de una mujer que tiene un gato y sabe lo que es no disimular.
La Puri le explicaba la película a la Encarna sin mirarla.
Samu, en la fila de atrás, le explicaba la película a su mujer, que la había visto once veces, y Higinio, desde su pared, miraba por el espejo del ventanal de Casa Fina lo que tenía a tres metros a su espalda, con la cerveza ya por la mitad.
La piloto y el capataz estaban en la última fila, en dos sillas del bar, y ellos sí miraban la película, porque el año pasado fueron ellos los que estaban en la fila del medio y saben que la película, mirada de verdad, no está mal.
Él abrió las pipas. Me ofreció la bolsa sin mirarme, con el brazo estirado y la vista en la sábana, y yo cogí un puñado y se lo pasé a mi madre, que cogió otro, y durante cuatro minutos los tres pelamos pipas mirando al frente con la misma cara, y eso fue lo más parecido a una familia que había visto aquella plaza en años, y lo sabía la plaza entera, que se había puesto a pelar pipas también.
—Cógele la mano —dijo mi madre. Bajito, sin mover los labios, a la altura de la sábana.
—Mamá.
—Marga, hay ciento cuarenta personas mirando cómo no le coges la mano. Yo tengo el piso en venta.
La regla cuatro decía nada de manos. Estaba escrita con mi letra en el dorso de una multa, en el bolsillo del pecho de un hombre que en ese momento pelaba una pipa a diez centímetros de mi codo con la vista clavada en una película que no estaba viendo.
Yo redacto atestados. Sé lo que dice un papel y sé lo que no dice, y el papel decía nada de manos y no decía nada de perros.
Bajé la mano derecha, despacio, y la puse sobre el lomo de la galga, que estaba entre nuestros pies, en el sitio exacto donde el pelo cambia de dirección.
La galga levantó la cabeza. Y él, sin mirar, sin mover nada de la cara, sin dejar de pelar la pipa, bajó la mano izquierda y la puso sobre el mismo lomo, un palmo más atrás, donde empiezan las costillas.
Las dos manos en la galga. Ninguna en ninguna. La galga se quedó quieta como un puente.
Mi madre miró hacia abajo. Miró las dos manos, el palmo que las separaba, el animal, y volvió a mirar la sábana, y no dijo nada, y en el no decir nada de mi madre hay grados, como en los incendios, y aquel era de los altos.
Detrás, la Encarna le dijo a la Puri «mira, mira», y la Puri le dijo «ya veo, ya», y Samu le dijo a su mujer «¿lo ves?
», y su mujer le dijo «lo veo, Samu, lo ve todo el mundo», y en la película, en ese momento, un hombre con sombrero le decía a una mujer una cosa en italiano que no entendió nadie y que sonó a lo mismo.
En el descanso, que en el cine de verano de Valdecierzo existe porque la película tiene dos rollos y el chaval tiene que cambiarlos a mano, me levanté a estirar las piernas y a hacer constar, a quien hiciera falta, que la guardia civil estaba presente.
Di la vuelta por el lateral, por detrás de las sillas, y en la fila de los quintos, en el extremo, vi a Nico, el de la cuadrilla, con un papel doblado en cuatro en la mano, y dos sillas más allá a Leti, con las piernas cruzadas y una bolsa de pipas, mirando la sábana apagada.
Nico miraba el papel. Miraba a Leti. Volvía a mirar el papel.
Lo hizo cuatro veces mientras yo pasaba por detrás, con la misma cadencia con que se mira un semáforo que no cambia, y a la cuarta se lo guardó en el bolsillo de atrás del pantalón, y se puso a mirar el suelo con la expresión de alguien que acaba de decidir no hacer una cosa por la que se ha vestido.
Leti no se giró. Leti no se gira; Leti sentencia. Pero al guardarse él el papel, ella descruzó las piernas y las volvió a cruzar del otro lado, un movimiento que en un atestado no consta y en un pueblo cuenta como una declaración.
Lo apunté. No en el bloc: en la lista.
En la última fila, al pasar, la piloto me paró con dos dedos en el brazo.
Estaba sentada en su silla del bar con el vaso de café, porque ella toma café a las once de la noche y a las siete de la mañana con la misma cara, y el capataz a su lado con los brazos cruzados y la vista en la sábana apagada.
—El año pasado esa fila era la nuestra —dijo—. No te lo digo por nada. Te lo digo porque la película, si la miras, no está mal.
—No la estoy mirando.
—Ya. Nosotros tampoco la miramos. —Bebió—. Y este año la hemos visto entera, así que ya ves: al final se mira.
El capataz no dijo nada, y ese hombre no dice nada como lo dice todo el pueblo: mirando al frente y con la mitad de la boca.
Volví a mi silla, y a mi galga, y a las dos manos que seguían donde las habíamos dejado, porque ninguno de los dos la había quitado y ninguno de los dos tenía prisa por ser el primero.
La película terminó a las doce menos cuarto con el final que tiene siempre, feliz y en italiano, y la plaza aplaudió, no a la película.
Recogimos las sillas. La gente se levantó despacio, como se levanta de las cosas que han salido bien, y en el ruido de ciento cuarenta sillas arrastrándose por el empedrado se oyó a la Encarna decirle a la Puri que la película de este año había estado mejor que la del año pasado, siendo la misma.
Él llevó las nuestras a la puerta de Casa Fina, tres, apiladas, porque las del bar vuelven al bar, y Fina las cogió y le dijo «gracias, hijo» con una voz que yo no le había oído usar con nadie que no fuera el capataz, y después me miró a mí por encima de las sillas y no dijo nada, y en el no decir nada de Fina también hay grados.
—Buenas noches, Ginés —dije en la esquina.
Mi madre no contó. Se limitó a subir la escalera delante de mí con los zapatos de la capital, y en la cocina, con la luz apagada y la ventana abierta, esperó a que el camión arrancara, que arrancó a los treinta segundos justos, porque tres maniobras se hacen en treinta segundos si uno se las sabe.
—Me gusta —dijo mi madre. A la ventana.
No contesté.
—Habla poco y te mira mucho. —Se quitó las gafas y las dejó colgar—.
Yo he tenido en clase a cuarenta niños cada año durante treinta y cuatro años, Marga, y sé distinguir al que no habla porque no tiene nada que decir del que no habla porque lo que tiene que decir le pesa.
Ese es del segundo tipo. Y te mira como miran esos: cuando tú miras a otro lado.
Se fue a dormir. Se oyó el sofá-cama recibirla, con su ruido de animal, y después la respiración larga.
Yo me quedé en la cocina con la luz apagada, mirando el paso de peatones vacío bajo la farola, las seis franjas, la esquina saltada de la segunda que solo se ve cuando no hay nada encima, y conté, porque cuento: ciento cuarenta y dos sillas, dos manos, un palmo, una galga, y una película que no había visto nadie y de la que todo el pueblo iba a hablar mañana como si la hubiera visto.
Después encendí la del pasillo, que da menos, cogí el bloc del teléfono, y debajo de 64 escribí, con la letra normal, no con la pequeña: habla poco y me mira mucho. Y debajo, con la letra pequeña: lo sé.
Arranqué la hoja. La doblé en cuatro con las otras, que ya eran dos, y me las guardé en el bolsillo de la blusa azul, que no tiene botón, y me fui a dormir con las tres hojas encima del corazón, que es una frase que no pondría en un atestado y que hago constar aquí porque es donde estaban.