8 · Ginés
El primer conato de la campaña salió el martes treinta a las cuatro y diez de la tarde, en el rastrojo de la Vega, y lo dio la torre antes que nadie, con la voz del vigía diciendo por la emisora una columna blanca al sur de la balsa y un número de referencia que en el pueblo no usa nadie.
El capataz dijo «los Cañamares», el nombre que tiene eso aquí aunque en el mapa se llame de otra manera, y la cuadrilla ya estaba subiendo al Milagro, que arrancó a la segunda porque Samu lo había dejado en la cuesta.
La piloto ya estaba en la hache. Yo ya estaba abriendo la puerta grande del hangar, porque cuando la torre canta, el aparato sale, y para que salga hay que haber hecho antes lo que yo llevaba nueve días sin conseguir.
Arrancó bien. Arrancó como arranca siempre, con ese primer golpe que hace el motor al coger vueltas y que a mí me suena a una cosa que se despierta de buen humor, y subió de régimen limpio, y la piloto levantó el pulgar por el cristal, y yo dije que sí con la cabeza porque no había nada que decir.
Despegó hacia el llano con el helibalde colgando.
La vi ir. Me quedé de pie en la explanada con el estetoscopio en el bolsillo del muslo y las manos vacías.
Así se queda un mecánico cuando el aparato se va: sin nada que hacer y con todo por oír.
Volvió a los doce minutos a por agua a la balsa de los Cañamares, que está a un salto y que el hortelano todavía no había vaciado, porque eso lo hace a mediados de julio y sin avisar, y en la segunda descarga, cuando ya estaba sobre el humo y a régimen alto, lo oí desde tierra.
Fue un parpadeo. Un nada a hueco en el ruido del rotor, tres segundos, quizá cuatro, y después el ruido normal, y la piloto no dijo nada por la radio, y nadie en el llano levantó la cabeza.
Lo oí yo. Y supe, como se saben las cosas del oído, que la tercera descarga iba a ser peor.
Tomó en la era de la ermita. No en la base: en la era, que está a trescientos metros del rastrojo y es donde el capataz manda dejar el aparato cuando el fuego es chico y hay que ir y venir.
Yo llegué en el camión por el camino viejo, con la galga a mis pies en la cabina, y cuando aparqué en el borde de la era la piloto ya había apagado y venía hacia mí con el casco colgando de dos dedos y la cara de quien ha oído algo que no sabe nombrar.
—A régimen alto —dijo—. Un instante. Dos veces.
—Ya.
—¿Lo sabías?
—Desde el domingo pasado.
No me dijo nada. Se limitó a mirar el aparato, luego a mí, luego el rastrojo, donde la cuadrilla estaba a lo suyo con las batefuegos y el humo se iba poniendo del color que tiene cuando ya no le queda mucho, y luego otra vez a mí, y en ese orden estaba todo lo que tenía que decir: que el fuego era chico, que faltaba una descarga o dos, y que ella no volvía a subir hasta que yo dijera que sonaba fina.
—Veinte minutos —le dije. A tiempo, porque los números también los tengo hechos.
Tiré de la lona, la extendí en el suelo de la era, saqué la bandeja, y me metí debajo del aparato con la varilla en la oreja y el motor parado, que no es como se busca un ruido de régimen, pero es como se busca un ruido cuando no hay tiempo.
Palpé la bancada. Palpé los soportes de la bomba, uno a uno, con la mano y con la varilla, buscando no una vibración sino lo que la produce: una cosa que se mueve un pelo cuando no tiene que moverse.
El tercero se movía. Un pelo. Una tuerca de las que llevan freno y a las que el freno se les cansa, con el par justo para no estar floja y no estar apretada, y esa es la peor manera de estar de una tuerca.
Le di el par. No hace falta fuerza para eso; hace falta la llave que dice cuándo parar, y saber que hay que parar cuando lo dice y no una vuelta después, porque esa vuelta es la que se pasa un mecánico con prisa, y el mecánico con prisa es el que vuelve a la semana.
Comprobé los otros tres, que estaban bien, y comprobé el tercero otra vez, con la llave dinamométrica, hasta el clic, y cuando salí de debajo del aparato habían pasado dieciséis minutos y la galga estaba sentada en el borde de la lona, sin pisarla, mirándome trabajar con la oreja caída.
La piloto había estado de pie a tres metros todo el tiempo, con el casco colgando de la mano y sin decir una palabra, su manera de no meterse en el trabajo de otro, y cuando salí se acercó, miró la tuerca, miró la llave, y no preguntó qué era. Preguntó si volvería.
—No esa.
—¿Y otras?
—Siempre hay otras.
—Arranca —le dije, y ella se subió.
Arrancó. Subió de régimen despacio, como le pedí con la mano, hasta el punto donde el ruido vivía, y lo pasó, y no había nada.
Nada a hueco. El rotor sonaba entero, de una pieza, como suena una cosa que está donde tiene que estar, y la piloto me miró por el cristal con las cejas levantadas y yo le hice el gesto de que sí, y despegó, y descargó la tercera y la cuarta, y a las cinco y media el rastrojo de la Vega era una mancha negra con la cuadrilla remojando los bordes, y el Onésimo en el camino con el tractor parado diciendo que él no había sido.
El capataz vino a la era a las seis, a pie, con la cara negra hasta las cejas y la emisora al hombro, y se quedó mirando el aparato ya parado y la lona recogida a medias, y me preguntó cuánto había sido.
Le dije que una tuerca. Me miró como mira él las cosas que le importan, sin prisa, y dijo que una tuerca en una descarga es una descarga menos, y que una descarga menos en un rastrojo es nada y en el collado es otra cosa, y que él prefería enterarse antes.
Le dije que sí. Se fue con la cuadrilla en el Milagro, empujado cuesta abajo por Samu y Nico porque no había arrancado a la primera, y desde el estribo Andrés levantó la mano hacia mí, la abierta, como se despide de una cosa que ha funcionado.
Ella estaba en la báscula. La había visto al llegar, con el coche patrulla cruzado en el camino y el chaleco puesto, parando a los que venían del pueblo a mirar, que eran muchos, porque un conato en la Vega a las cuatro de la tarde de un martes es lo más parecido a un acontecimiento que va a haber hasta las fiestas.
Los paraba con la mano abierta. Les decía «ahí no cabe nadie más» con esa voz suya que no sube, y los que ya la conocían daban la vuelta, y los que no la conocían también, porque esa voz no necesita que la conozcan.
No sé cuánto tiempo estuvo mirándome trabajar.
Sé que cuando salí de debajo del aparato y me limpié las manos en el trapo, el coche patrulla seguía en la báscula, cruzado, y ella estaba de pie al lado, con el chaleco, mirando hacia la era, y no hacia el humo, y que la distancia entre la báscula y la era es de trescientos veinte metros, que los he medido con el camión, y que a esa distancia una persona de uniforme es una raya recta con un chaleco naranja.
La raya se quedó quieta hasta que el aparato despegó.
Después el coche patrulla dio la vuelta y se fue hacia el pueblo, despacio, y yo recogí la lona.
Bajó a la era a las siete menos cuarto, con el fuego muerto y la cuadrilla ya en la base, y el aparato otra vez en el hangar, y yo solo en la era con el camión, recogiendo, porque en el suelo de una era donde se ha trabajado siempre queda algo.
Aparcó el coche patrulla en el borde. Bajó con el talonario.
Miró el camión, que estaba donde lo había dejado, en el borde de la era, con las ruedas en la zona limpia donde toma el aparato, y me miró a mí, y se puso a escribir.
—Ginés.
—Sí.
—Estás en zona de toma. El aparato ha tomado tres veces hoy con tu camión a veinte metros.
—Sí.
—Te voy a multar.
Me reí. No lo vi venir; me salió, un ruido corto por la nariz que en mí es una risa, la primera desde que llegué a este pueblo que alguien haya oído, y ella no cambió la cara.
No la cambió nada. Escribió la multa entera con la cara de la multa, la arrancó, me la dio, y en Observaciones había una cosa del camión, verdadera y técnica, sobre los veinte metros y la zona limpia, y nada de lo otro.
Me la guardé con las otras, y abroché el botón, y ella se quedó donde estaba, el talonario contra el muslo y la galga ya sentada a su pie, que se le había ido sola del hueco de los pies del camión al pie de la guardia civil como se va una cosa a donde pesa.
Entonces hice una cosa que no había hecho nunca con nadie. Fui al camión, saqué el estetoscopio de la bolsa de la puerta, y volví, y se lo di, con la varilla por delante.
—¿Qué es esto?
—Para oír.
Lo cogió con la punta de los dedos, como se coge una cosa de otro que puede ser delicada o puede estar sucia.
Lo miró como se mira un objeto en un atestado, por los dos lados, y se lo llevó a la oreja porque yo me llevé la mano a la mía, y apoyé la varilla, con su mano dentro de la mía porque no había otra manera, en el capó del camión, que estaba al ralentí porque lo había dejado en marcha para cargar la batería del compresor.
Se quedó quieta. Oyó lo que se oye en un capó al ralentí, que para quien no lo ha oído nunca es un montón de cosas a la vez, y para quien las conoce es una sola cosa, larga, redonda, sin esquinas.
—Eso es fina —le dije—. Cuando suena así, está bien.
Movió la varilla ella sola, dos dedos a la izquierda, hacia la tapa del filtro, donde el ruido cambia porque cambia lo que hay debajo, y volvió al sitio, y yo quité la mano de la suya y me quedé con la mano en el aire, con la regla cuatro en el bolsillo del pecho, debajo de la goma.
—¿Y cuando no suena así?
—Suena a hueco.
Me devolvió el estetoscopio. Lo hizo con las dos manos, como cojo yo las multas, y se subió al coche patrulla con la galga detrás, que subió sola al asiento de atrás como si fuera suyo, y arrancó ese motor que le cuesta arrancar. Antes de meter la primera bajó la ventanilla.
—Dieciséis minutos, Ginés. Yo lo he contado. Me ha parecido mucho.
Se fue. La galga me miró desde la luna de atrás hasta que el coche cogió el camino viejo, con la oreja caída pegada al cristal, y yo supe que esa noche dormiría en el cuartelillo y no en el camión, y que al día siguiente estaría otra vez en el hueco de los pies, porque los animales que tienen dos sitios los usan los dos y no le piden perdón a ninguno.
Recogí la lona. Guardé la bandeja. Apagué el camión, que llevaba una hora al ralentí por nada, y en el silencio de la era, con la ermita ya a oscuras y el pinar detrás sonando a lo que suena un pinar cuando el viento entra por arriba, me quedé de pie con el estetoscopio en la mano y la risa todavía en algún sitio del pecho, y cuando ya no se oía el motor le contesté a la era que a mí también me había parecido mucho.