7 · Marga
Mi madre investiga como investigaba mi padre, con la diferencia de que a ella nadie le ha dado permiso y no lo necesita.
El jueves salió del cuartelillo a las nueve y media de la mañana con el bolso cruzado, un cuaderno de espiral que compró en la cabecera y las gafas puestas, y volvió a la una y cuarto con el cuaderno escrito por las dos caras.
No me lo enseñó. Lo dejó en la mesa de la cocina, cerrado, mientras hacía la comida, y yo no lo abrí, porque en mi trabajo se aprende pronto que un cuaderno que alguien deja a la vista es un cuaderno que alguien quiere que abras.
Lo que había hecho me llegó por su orden, que es el orden en que las cosas se cuentan en un pueblo: primero el que las ha visto, después el que se las ha oído contar, y al final el que las ha hecho, si es que llega.
Higinio subió a las once, antes de la siesta, y se apoyó en el marco de mi despacho con la gorra en la mano.
—Tu madre me ha preguntado si eres feliz.
—¿Y qué le has dicho?
—Que tienes buena letra. —Se rascó el bigote—. Es lo que sé, Marga. Veintidós años en el puesto y es lo que sé de ti que se puede decir en voz alta. Lo otro que sé no me lo ha preguntado, y si me lo pregunta le diré que estaba durmiendo, que es lo que estoy siempre que pasa algo en esa plaza.
A las doce vino Butano, cumplió con su galleta, y mi madre, que estaba de vuelta antes de tiempo, le puso en el suelo un plato de pienso de la marca cara.
Butano miró el plato. Me miró a mí. Volvió a mirar el plato, lo olió con el respeto que se le tiene a la comida de otro, y se sentó delante sin tocarlo, con la cabeza alta, hasta que yo le di la segunda galleta del día, cosa que no hago nunca.
Mi madre lo apuntó en el cuaderno. Dijo en voz alta que era un perro con criterio, un notable, y que el pienso lo dejaba para «la otra», y con eso supe que ya sabía de la otra más de lo que yo le había contado, y yo no le había contado nada.
A la una me lo dijo Fina, por su cuenta, cuando fui a por el café de las dos antes de hora.
Mi madre había estado en el bar a las once, sentada en la mesa del rincón con un café con leche que no se había terminado, y había preguntado por la libreta.
No por si existía: por cuánto iba. Fina le había contestado que allí no se jugaba, y mi madre le había dicho que tampoco lo había preguntado, que había preguntado por cuánto iba, y las dos se habían quedado calladas el tiempo de un café frío hasta que Fina había sacado la libreta del estante y se la había enseñado sin soltarla, como se enseña un carné.
—Le he dicho que la página no paga —me dijo Fina, poniéndome el vaso—. Y tu madre me ha dicho que las cosas que no pagan son las que hay que mirar con más cuidado. Esa mujer y yo nos vamos a entender, Marga. No sé si eso te conviene.
Por la tarde me lo dijo la panadera, en la cola, sin que yo preguntara: mi madre había estado en la panadería a las diez, había comprado media barra y se había quedado cuarenta minutos, y en cuarenta minutos se había enterado de quién era la mujer de Samu, de que Samu daba fe de todo, y de que «lo del mecánico y la guardia civil» venía «de la Navidad, o de Reyes, que no se ponen de acuerdo».
La panadera me lo dijo con la cara de quien te devuelve el cambio: sin ningún interés y contando bien.
—Yo le he dicho lo que dice todo el mundo —añadió—. Que os vieron.
—¿Dónde?
—En el mirador. —Envolvió la barra—. O en la era. Depende de quién lo cuente, pero os vieron, Marga, que eso lo sabe hasta el cura, y el cura viene de fuera.
Anoté, en la lista de cosas que no constan y ya pesan más que el parte: el pueblo entero ha decidido haberme visto en sitios donde no he estado, con un hombre al que no he tocado, en fechas en las que estaba de guardia.
Y anoté también que ninguna de esas personas me había pedido nada a cambio, ni me había guiñado un ojo, ni había hecho la menor seña de estar mintiendo.
Mienten como se limpia una calle: entre todos, temprano y sin comentarlo.
Esa noche, a las ocho menos cuarto, mi madre no se quedó diez metros por detrás.
Sacó una silla de la cocina del cuartelillo, la bajó ella misma por la escalera, la puso en la acera al lado de la de la Encarna, y se sentó.
La Encarna le hizo sitio como se le hace sitio a una que llega tarde a misa.
Fueron doce sillas. Desde el paso de peatones, con la multa a medio escribir y él debajo del camión, vi a mi madre cruzar las piernas, apoyar el bolso en el regazo y mirarme de frente, sin la postura trabajada de las otras once, porque mi madre no ha fingido no mirar en su vida y no iba a empezar en un pueblo ajeno.
El viernes por la mañana bajé a la cabecera con el coche patrulla por un atestado en la carretera, un turismo contra un guardarraíl sin heridos, dos horas de papeles.
El conductor era un representante de piensos que se había dormido en la recta de los chopos, y lo hice constar así, con la hora, el punto kilométrico, la marca del freno en el asfalto medida a pasos, y ni una palabra más de las que caben en un atestado.
Los atestados se escriben a máquina, en la oficina de la cabecera, con las copias que tocan.
Es un papel que no admite observaciones porque todo lo que pasa en él ya es una observación, y por eso se escribe rápido y se firma sin releer.
A la vuelta paré en la tienda de animales que hay junto a la farmacia.
No lo tenía previsto. Lo digo porque es verdad y porque la manera de no tener una cosa prevista y hacerla igual dice más de una que la cosa.
Compré un collar rojo, de nailon, con hebilla, de la medida de un cuello que había tenido entre las manos dos noches en la puerta del cuartelillo.
Compré una chapa redonda, plateada, sin grabar, porque para grabar una chapa hay que decir un nombre y yo no iba a decir ese nombre en una tienda de la cabecera delante de una dependienta que me conoce de uniforme.
Pagué en efectivo. La dependienta, que me conoce de uniforme y de los papeles de la perrera de la cabecera, me preguntó de qué raza, y le dije que galga, y me preguntó el nombre para la chapa, con el punzón ya en la mano, y le dije que sin grabar.
Me miró como se mira a una persona que compra un collar para un perro que no tiene nombre, y yo la miré como se mira a una dependienta desde un uniforme, y ganó el uniforme.
Lo guardé en la guantera, y al llegar al cuartelillo lo pasé de la guantera al cajón de los trapos de la cocina, debajo de los trapos, el cajón que no abre nadie.
Mi madre abre todos los cajones. Lo sé desde que tengo memoria y aun así lo metí ahí, como hace la gente que quiere que le encuentren una cosa sin tener que enseñarla.
Lo encontró el sábado. No la vi encontrarlo; vi el cajón.
A la hora de comer fui a por un trapo y el collar estaba encima de los trapos y no debajo, con la chapa colocada al lado, bien puesta, con la cara lisa hacia arriba, como se deja una prueba encima de una mesa para que el otro sepa que se ha visto y que no se va a hablar de ella todavía.
Cerré el cajón. Comimos. Mi madre habló del calor, del cura que viene de fuera, de que la Encarna tenía un gato que dormía encima del bar, y del collar no dijo una palabra, y yo tampoco, y los dos silencios fueron el mismo silencio puesto en dos sillas.
A las siete y cuarenta bajé a la plaza con el talonario.
Estaba el camión, estaba él debajo, estaba la galga en el suelo de la cabina con la cabeza fuera de la ventanilla, y estaban las doce sillas, la de mi madre otra vez pegada a la de la Encarna, mirándola a ella, porque a los perros sí se les puede mirar de frente.
Le puse la multa. En Observaciones puse lo que había, una cosa del tubo de escape, verdadera y técnica, y él la leyó entera, la de arriba y la de abajo, y se la guardó, y cuando me tendió la mano abierta yo no le di nada, porque la regla seis ya estaba escrita y no había nada más que escribir.
Paseamos. Cuesta arriba con la cuerda, la galga parándose en cada portal, mi madre en su silla con el bolso en el regazo viéndonos subir, y esta vez la Puri, en vez de decir buenas tardes, dijo «qué bonita es, ¿cómo se llama?
», y le contesté yo, «Multa», con la voz de la multa, y la Puri dijo «claro» como si fuera lo más normal del mundo que un animal se llamara así, y desde el fondo de la cuesta, desde la silla, oí a mi madre reírse otra vez, la risa corta.
En la vuelta, en la plaza, con la galga sentada entre los dos y la cuerda en la mano de él, mi madre se levantó de la silla, le devolvió a la Encarna una revista que le había prestado, cruzó la plaza con el bolso cruzado y no dijo lo del animal que se malacostumbra.
Dijo otra cosa. Lo dijo mirando a la galga, no a mí ni a él, con las gafas puestas y el cuaderno de espiral asomando del bolso.
—Me quedo hasta las fiestas.
Él no dijo nada, que era lo que tocaba. Yo tampoco, que no era lo que tocaba.
La galga miró a mi madre desde el suelo, con la oreja caída, y mi madre la miró a ella, y entre las dos hubo un acuerdo de esos que se firman sin papel, porque una mujer que ha comprado diez kilos de pienso de la marca cara para un animal que no era suyo ya había decidido a quién iba a dárselo.
—La pareja del piso firma en julio y hasta agosto no me hace falta el dinero. Y en este pueblo hay una perra sin collar. —Se colgó el bolso del otro hombro—. Esas dos cosas no se resuelven en quince días.
Se fue hacia la esquina de la iglesia, despacio, sin mirar atrás, con la silla de la cocina colgada del brazo como un bolso más, y él tardó lo que tarda en decir «vale» a nadie, y yo me quedé mirando la cuerda de tender, que iba de su mano al cuello de una galga que se llamaba Multa porque lo había decidido un bar, y conté mentalmente, como cuento las sillas: del veintisiete de junio al último domingo de agosto van sesenta y cuatro días.
Subí. Mi madre ya estaba en el sofá-cama con la luz apagada, que ella se acuesta a las diez y media desde hace treinta y cuatro años porque un colegio empieza a las nueve, y desde el pasillo se oía su respiración, larga, de persona que ha decidido algo y duerme bien.
Yo me quedé en la cocina. En el bloc del teléfono, debajo de con alguien , escribí hasta las fiestas , y debajo, después de un rato, 64 .
Después fui a la cocina, abrí el cajón de los trapos y miré el collar rojo con la chapa al lado, donde ella lo había dejado.
No lo toqué. Volví a cerrar el cajón como estaba, con la chapa encima, para que ella supiera que yo también lo había visto, y que tampoco iba a hablar de ello todavía.