Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 6 · Ginés
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6 · Ginés

El lunes por la mañana había dos perros en la cabina del camión y ninguno de los dos era mío.

Butano ocupaba el asiento del copiloto entero, con la cabeza contra la ventanilla bajada, y la galga estaba en el hueco de los pies del mismo lado, hecha un ovillo del tamaño de una rueda de repuesto, con la oreja caída tapándole un ojo.

No se habían tocado. Se notaba en cómo estaban repartidos, cada uno en su cuadrante, como se reparten dos piezas en una caja de herramientas cuando la caja es de otro: sin rozarse y sin discutir.

Abrí la puerta del conductor, y Butano bajó por su lado con el aplomo de quien ha dormido en un sitio que ya era suyo, y la galga se quedó, y la dejé quedarse.

Le puse el cuenco de acero fuera, debajo del estribo, y un plato con el pan de ayer mojado en el caldo de la fiambrera de la cuadrilla, que era lo que había.

Comió sin salir del todo, con la mitad delantera fuera y la trasera dentro, como come un animal que ya ha aprendido que la comida y el sitio no van juntos.

Después volvió a su hueco. Butano se sentó en la explanada, a cuatro metros, mirándola comer con la cara de un perro que ha decidido que aquello es un asunto suyo y que va a llevarlo con calma.

Cuando terminó el plato, él se acercó, olió el plato vacío, olió a la galga de lejos, sin tocarla, y se marchó a la nave con el paso de quien ha comprobado una cosa y la ha dado por buena.

A las siete y diez llegó la piloto con el café y me preguntó por el ruido, lo mismo que pregunta cada mañana con otras palabras.

Le dije que fina. No era del todo verdad, y ella lo sabía, porque me miró un segundo más de lo que se mira a un hombre que ha contestado, y no dijo nada.

Lo había oído el domingo por la tarde, con el aparato en la hache y el motor a ralentí alto, un nada, un temblor a hueco que dura lo que dura un parpadeo en un régimen concreto y desaparece por arriba y por abajo.

No estaba el sábado. El domingo, sí. Puse la mano en el carenado y no lo noté con la mano; lo noté con el oído, y un ruido que solo se oye y no se toca es un ruido que va a costar encontrar.

—¿Y la galga? —preguntó ella, ya con el pie en el patín.

—Se queda.

—No te he preguntado eso.

Subió, hizo su lista, dio los dos golpes en el cierre y se fue. Lo que me había preguntado se lo contesté a la lona, cuando la enrollaba: que la galga se quedaba porque se había quedado, y que las cosas que se quedan solas no se les pregunta de quién son.

A mediodía subí el régimen del aparato en la hache con la piloto dentro, para buscar el ruido con luz, y no salió.

No sale cuando uno lo busca; sale cuando uno está en otra cosa, como salen las averías que van a costar.

La piloto bajó, se quitó el casco, y me preguntó si lo había oído, y le dije que no, y ella dijo que ella tampoco, y que eso no la tranquilizaba nada, porque una cosa que suena un domingo y no suena un lunes está esperando a un martes con fuego.

Tenía razón. Apunté en el cuaderno del camión la hora y el régimen y la palabra nada , que también se apunta, porque un mecánico que solo apunta lo que encuentra no tiene con qué comparar lo que no.

A las siete y cuarenta aparqué en el paso, con la galga en el hueco de los pies, y a las siete y cuarenta y dos ya estaba la guardia civil delante del morro, de uniforme, con el talonario en la mano, y su madre dos pasos detrás, con el bolso cruzado y las gafas puestas.

—Ginés.

—Sí.

—Lo de siempre. Y además llevas un animal suelto en la cabina de un vehículo.

—Rodeó el camión por el lado de la acera y abrió la puerta del copiloto sin pedir permiso, como se abre la puerta de un coche parado en un control.

La galga levantó la cabeza. La guardia civil la miró, miró el hueco, miró el cuenco de acero que iba en el suelo sujeto con una brida para que no rodara, y cerró la puerta despacio—. Voy a inspeccionar el vehículo.

Lo inspeccionó. Dio la vuelta entera, miró las ruedas, miró la caja por la puerta de atrás, que estaba abierta porque yo la dejo abierta cuando trabajo, y se quedó un momento mirando el banco, las cajoneras y las llaves colgadas por tamaño, con la misma cara que había puesto en el hangar delante de la lona.

Su madre inspeccionó también. Se asomó a la caja por detrás de su hija, miró las llaves colgadas de menor a mayor y dijo, a nadie, que un hombre que ordena las llaves por tamaño no puede ser del todo malo, y después inspeccionó a las once personas de las sillas, una por una, con la mirada, y las once encontraron algo que hacer con las manos.

—El vehículo está en orden —dijo la guardia civil, escribiendo—. El conductor, no.

Me dio la multa. La leí entera, como se leen, y en Observaciones había una cosa técnica y cierta sobre el retrovisor izquierdo, que estaba flojo, y nada más.

Me la guardé y abroché el botón. Entonces ella tendió la mano, con la palma hacia arriba, y esperó, y tardé en entender lo que esperaba, y cuando lo entendí volví a abrir el bolsillo y le di la de arriba sin sacar las demás, la del martes, la de las cinco reglas.

Le dio la vuelta. Con el papel apoyado en el capó y la espalda a las sillas, escribió una línea más debajo de la quinta, la numeró, y me la devolvió sin leerla en voz alta, porque su madre estaba a dos pasos y su madre lee del revés.

La leí yo. Seis: la perra no entra en el trato.

Volví a guardarla encima de todas, con la goma, y abroché.

—Buenas tardes, Ginés.

—Buenas tardes.

A tiempo, porque eso lo tengo hecho. Se fueron las dos hacia la esquina de la iglesia, la madre medio paso por detrás y mirando hacia atrás una vez, y yo me quedé con la multa del retrovisor en el bolsillo y con una regla nueva que decía que la única cosa que los dos teníamos en común de verdad no contaba.

Ajusté el retrovisor con la llave del doce, media vuelta, y quedó firme. Estaba flojo.

El martes Samu vino a la base a las diez de la mañana sin que le tocara, con el pan debajo del brazo aunque el pan lo había traído a las ocho, y se sentó en el estribo del camión, donde me siento yo, para dejar claro que venía a algo.

—Te lo cuento en orden —dijo—, que si no te pierdes.

La madre ha preguntado. En la panadería, a mi mujer, y en el bar, a Fina, y a la Encarna en la puerta de su casa, y a Higinio en la oficina, que ese no sabe callarse ni cuando duerme.

Ha preguntado cuánto hace, dónde os vieron, si os vieron, y si es serio.

—Vale.

—Y el pueblo ha decidido —siguió, sin esperar— que sí.

Que os vieron. Que es serio. Que hace desde la Navidad, una fecha buena porque no había nadie en la calle y no se puede desmentir.

La Encarna dice que os vio en el mirador en Reyes, la Puri dice que fue en Nochevieja, y les he dicho que se pongan de acuerdo, pero tú ya sabes cómo son.

Y los quintos van a decir que os han visto en la era, lo cual es verdad, porque tú estás siempre en la era y ella pasa con el coche.

—¿Por qué?

Lo pregunté a tiempo, cosa rara, y Samu se quedó un momento parado, como se queda cuando un motor arranca a la primera.

—Porque todos tienen dinero en esa página, Ginés.

Y porque si esa señora se queda a vivir en el cuartelillo, la guardia civil de este pueblo va a estar de un humor que ya lo verás tú en las multas.

—Se levantó del estribo—. Y porque nos caes bien, que también vale.

Tú no digas nada. Tú sigue como hasta ahora, que hasta ahora lo has hecho perfecto.

Se fue a mirar el cielo, que estaba limpio y no le contestó.

Yo me quedé con la brida del cuenco, que se había aflojado, y la cambié por otra, y a la galga le dije que el pueblo entero había decidido mentir por nosotros, y ella me miró desde el hueco de los pies con la oreja caída, y me pareció que lo entendía mejor que yo.

El miércoles fue el primer paseo. No lo llamó así nadie: la guardia civil apareció a las ocho menos cinco, después de la multa, con una cuerda de tender en la mano, le hizo a la galga un lazo corredizo en el cuello con un nudo que no aprieta, de los que se enseñan en los cuartelillos para otras cosas, y dijo «el animal necesita andar», y echó a andar cuesta arriba con la galga, y yo detrás, porque el otro cabo de la cuerda me lo había dado a mí.

Subimos la cuesta entera, de la plaza a Casa Fina, con la galga parándose en cada silla a que la olieran y la madre diez metros por detrás, «para no molestar», mirando escaparates en un pueblo que no tiene ninguno.

Las sillas nos dijeron buenas tardes. Todas.

La Encarna dijo «buenas tardes, pareja», y la guardia civil dijo «buenas tardes, Encarna» con la voz de la multa, y yo no dije nada porque en la regla uno pone lo justo, y lo justo, cuesta arriba, con una cuerda de tender en la mano y una galga que tira de ella hacia cada portal, era nada.

Fina salió a la puerta con el trapo, nos miró subir los últimos veinte metros y nos dijo que la caldereta de dos estaba reservada para cuando quisiéramos, y la guardia civil dijo que gracias, y dimos la vuelta en la iglesia y bajamos.

En la plaza me devolvió la cuerda. Su madre nos alcanzó. Miró a la galga, que se había sentado entre los dos con la lengua fuera, y miró la cuerda, que iba de mi mano al cuello de la galga, y miró la distancia que había entre su hija y yo, que era la de la regla cuatro.

—Mañana a la misma hora —dijo la madre—. Un animal que anda un día y no anda al siguiente se malacostumbra.

—Vale —dije.

Y a los treinta segundos, cuando ya iban por la esquina, le dije a la galga que su madre tenía razón, que era un animal que se malacostumbraba.

Por la noche me metí debajo del aparato con el estetoscopio.

Es un estetoscopio de mecánico, con una varilla en vez de campana, y se apoya en el metal y se oye lo que el metal está pensando.

Me lo regaló el primer jefe de taller que tuve, a los diecisiete, con la única instrucción que me ha dado nadie que valga para todo: «lo que no oigas, no lo toques».

La galga vino conmigo desde el camión, sin cuerda, y se tumbó en la lona, en la esquina donde no estorba, como si alguien le hubiera explicado la lona, y Butano se quedó fuera, en la explanada, de guardia.

Lo apoyé en el carenado, en la bancada, en la salida de la bomba, con el motor a ese régimen exacto, y el temblor estaba, un nada a hueco, y no estaba en ningún sitio: se movía cuando lo buscaba, como se mueven las cosas que todavía no han decidido romperse.

Apagué. Con el motor parado, en el silencio del hangar, la galga levantó la cabeza y me miró, y yo le dije que no lo había encontrado, y ella volvió a bajar la cabeza con la oreja tapándole el ojo, y me pareció, otra vez, que entendía mejor que yo lo que era buscar una cosa que se mueve.

Me quedé debajo con la varilla en la mano y el fluorescente del fondo, y anoté en el cuaderno del camión, que tengo para el camión, la fecha y una línea: vibración a hueco, régimen alto, sin localizar.

Y debajo, en la misma página, con la misma letra, porque el cuaderno estaba abierto y la línea de arriba era corta: miércoles 24, paseo, cuesta entera.

No sé por qué lo apunté ahí. Sé que el cuaderno del camión es donde apunto las cosas que hay que revisar, y que la galga dormía en el hueco de los pies, y que faltaban diez días para que se fuera la madre y yo llevaba, sin que nadie me lo hubiera pedido, catorce meses y dos semanas aparcando en un paso de peatones para que alguien viniera a decirme que estaba mal.