Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 5 · Marga
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5 · Marga

Tengo tres prendas que no llevan placa y mi madre las descartó las tres en cuatro minutos, de pie delante del armario, con el método de quien corrige exámenes: sin leer entero lo que ya sabe que está mal.

El vaquero, porque lo había llevado la noche anterior y en un pueblo eso se sabe.

La camisa gris, porque era gris. El vestido, porque era el del entierro de mi padre y ella lo reconoció por el dobladillo.

Acabé con una falda que había comprado hacía tres años para una boda a la que no fui y una blusa suya, azul, que sacó de la maleta ya planchada, porque mi madre viaja con la ropa planchada de los demás por si acaso.

—Pareces más joven —dijo.

—Ya.

—No lo digo como un elogio. Lo digo para que sepas lo que se va a ver.

Bajamos a las nueve y veinte, ella delante, con el bolso cruzado y los zapatos de la capital, que suenan en la escalera del cuartelillo como suena un tribunal entrando en la sala.

La plaza de un sábado de junio a esa hora es una plaza con las sillas dentro y las puertas abiertas, con luz en todas las ventanas y la de Casa Fina más que ninguna, y con un camión-taller aparcado encima del paso de peatones, sin nadie debajo.

Mi madre se paró a mirarlo con la cabeza ladeada, como se mira un cuadro torcido en casa ajena.

—¿Ha venido en eso?

—No tiene otro coche.

—No te he preguntado eso. —Siguió andando—. Hay muchas maneras de aparcar un camión, Marga. Esa es una carta.

Casa Fina un sábado por la noche son treinta y ocho sitios ocupados y seis personas de pie en la barra que no pensaban cenar y ya no se van.

Fina nos había puesto la mesa del rincón, la de debajo de la foto de las fiestas del ochenta y seis, la mesa que se ve desde todas las demás, y nos había puesto tres sillas y un jarro de vino que nadie había pedido.

Él ya estaba. De pie, junto a la silla que daba la espalda a la pared, con una camisa blanca de manga larga abrochada hasta el cuello y las manos limpias de una manera que no le había visto nunca: limpias de haberlas lavado dos veces, con las uñas cortadas ese mismo día, salvo la negra, que no se corta.

—Buenas noches —dijo. A tiempo.

Mi madre le dio la mano. No dos besos: la mano, con la mirada de arriba abajo y de abajo arriba, camisa, manos, uña, cara, y la sentada que hizo después fue la de una persona que ya ha tomado nota y va a esperar a ver si el examen la confirma.

Yo me senté en el medio. Él se sentó cuando se sentó ella.

Eso lo hacen los hombres de las casas-cuartel y él no podía saberlo, y a mi madre le movió una ceja.

—Ginés —dijo ella—. ¿De dónde eres?

Él la miró. Miró la mesa. Fina llegó con el pan, lo dejó en el centro, miró a los tres como se mira una pieza que uno ha montado con sus manos, y se fue sin decir nada, y en ese hueco cabía la respuesta y no llegó.

Mi madre esperó con las manos una sobre otra.

Yo conté. A los veinte segundos abrí la boca para decir que era de fuera, de un sitio de la costa, como pone en la ficha del vehículo, y mi madre me puso una mano encima de la muñeca, sin mirarme, la mano fría de quien lleva toda la vida parando a niños que contestan por otros.

—De un pueblo con astilleros —dijo él cuando la pregunta ya se había enfriado—. Ya no hay astilleros.

—¿Y tu familia?

Pan. Vino que sirvió Fina, que había vuelto sin que la llamara nadie. Higinio en la barra, de espaldas a nosotros y con el espejo delante, porque las cosas que le interesan Higinio las mira por el espejo. Otro hueco largo.

—Mi madre. En el pueblo.

—¿Y hace mucho que estás en la base?

Esa la sabía yo con el día exacto, catorce meses y una semana, y la mano de mi madre seguía encima de mi muñeca, así que la contó él, con su método: dejar la pregunta en la mesa hasta que se enfría y contestarla cuando ya nadie la mira.

—Desde abril del año pasado. Con el aparato.

Mi madre se sirvió vino ella sola, hasta la mitad justa del vaso, como se lo sirve cuando ha decidido algo.

Fina trajo la caldereta y las tres cucharas, y mientras las ponía le dijo a mi madre, a media voz y con la vista en el plato, «este chico piensa lo que dice, Amparo», y mi madre le contestó, con la vista en la cuchara, «ya lo he visto, Fina, ya lo he visto», y las dos se dijeron todo lo demás con el resto de la cara.

Lo que vino después fue una cena. Mi madre preguntó por el helicóptero, y él tardó lo suyo en decir que sonaba fina, y mi madre entendió eso como una declaración de principios.

Preguntó por el fuego del año pasado, y él tardó lo mismo en decir que el aparato había hecho lo que tenía que hacer, y mi madre entendió eso como modestia.

Preguntó qué le parecía yo, y yo dejé la cuchara en el plato, y él tardó sus treinta segundos con la mesa entera esperando y la barra con el espejo, y dijo «escribe bien», y mi madre se rio por primera vez desde que había bajado del autobús, una risa corta, de las que se le escapan a ella cuando un niño da una respuesta que no está en el libro y es mejor que la del libro.

—Un hombre que piensa lo que dice —me dijo al oído, sin bajar la voz lo suficiente— es un hombre que dice lo que piensa. Anota eso.

Lo anoté. No en el bloc: en la lista de cosas que se saben y no constan, donde ya estaban las llamadas a Fina y el pienso de diez kilos.

A los postres, con las rosquillas y la copita de anís que Fina pone sin que nadie la pida, vi a Fina agacharse detrás del mostrador, sacar la libreta de hule del estante de las servilletas, mojarse el índice, pasar una página y escribir dos líneas con el lápiz que lleva en la oreja.

Lo vi porque estaba sentada donde se ve.

Higinio, en la barra, se inclinó sobre el mostrador a leerlo del revés y dijo en voz baja, para el espejo, «novios de mentira no cuentan, Fina», y Fina dijo, sin levantar el lápiz, «pues por eso lo apunto, Higinio, que si contaran no haría falta».

Cerró la libreta de un golpe, la devolvió al estante y vino a cobrarnos, y no nos cobró: puso la mano en el hombro de mi madre, le dijo que la cena de la primera noche la pagaba la casa, y le dijo a él, sin mirarlo, que la caldereta de mañana la reservaba para dos.

Salimos a las doce menos cuarto. Él fue el primero en levantarse, retiró la silla de mi madre —otra cosa de casa-cuartel—, y en la puerta, con la plaza delante y el camión al fondo, mi madre le tendió otra vez la mano.

—Gracias por la cena, Ginés.

Se dio la vuelta y echó a andar hacia el cuartelillo, y yo detrás, y a los cuarenta y dos metros, en la esquina de la iglesia, con la llave ya en la mano, oí «gracias a usted» desde la puerta del bar, a tiempo para nadie, y mi madre, que también lo oyó, dijo «treinta y uno» en voz baja, y entró.

La galga estaba en el escalón del cuartelillo.

Lo hago constar como lo vi: un animal de color tierra con rayas, del tamaño de un perro y del peso de medio, con las costillas contadas, una oreja caída y las patas delanteras juntas como si estuviera sentada en un sitio donde no le habían dado permiso.

No se movió cuando llegamos. No se movió cuando mi madre dijo «ay», una palabra que no le había oído en mi vida.

Me miró a mí, y solo a mí, con la manera que tienen los perros de saber a quién hay que mirar en una casa antes de que nadie lo diga.

—Sube —le dije a mi madre—. Esto es del puesto.

Subió. Yo abrí la oficina, cogí el cuenco de Butano, lo llené en el grifo del lavabo y lo puse en el escalón, a un palmo de la galga, y me agaché al lado.

Bebió. Bebió como beben los que no saben cuándo va a haber más, con el cuenco entre las patas y sin dejar de mirarme, y cuando terminó se quedó donde estaba, con el hocico mojado, esperando la siguiente cosa.

No había siguiente cosa. La galga no tenía collar, ni chip a la vista, ni ninguna señal de haber sido de nadie salvo la manera de sentarse, que era de haberlo sido.

—No te puedes quedar —le dije.

Lo dije en voz alta, como se dicen las cosas para que consten, y la galga no se dio por enterada porque a los perros no les consta nada.

Volví a llenar el cuenco, porque un cuenco vacío delante de un animal que acaba de beber así es una falta de respeto, y lo dejé pegado a la pared, donde no se vuelca.

Entré. Cerré la puerta. Subí la escalera despacio, y en la cocina mi madre estaba con la ventana abierta y la luz apagada, mirando la plaza, y no me preguntó qué era porque lo había visto, y yo no le dije nada porque lo había visto ella.

Abajo, en el escalón, se oyó el ruido de un animal tumbándose sobre una piedra que todavía guarda el calor del día.

El domingo el camión no baja al pueblo. Lo tengo escrito.

Por eso a las diez de la mañana, cuando mi madre dijo que quería ver la base «porque una madre tiene que ver dónde trabaja el hombre», bajamos andando por el camino viejo, ella con el bolso cruzado y yo de uniforme, porque los domingos no salgo de uniforme pero tampoco pensaba entrar en la base de mi madre con una falda de boda.

La galga no estaba en el escalón cuando salimos.

Estaba en la base, debajo del camión-taller, con el hocico apoyado en las patas y la oreja caída del lado de la sombra, y a su alrededor, en la explanada, había cuatro personas de pie a una distancia que un perro asustado entiende: Samu, con las manos en los bolsillos, que estaba de retén; el capataz, con la emisora al hombro; la piloto, con el café; y Ginés, de pie, con el mono de trabajo y las manos vacías, mirando al camión como se mira una máquina que ha hecho algo por su cuenta.

—Ha venido andando —dijo Samu, para nosotras, para el llano—. Dos kilómetros. Sola. Ginés la ha encontrado ahí a las siete, y a las nueve ya lo sabía Fina, y a las nueve y cuarto ya tenía nombre.

Mi madre miró a la galga. Miró a Ginés. Miró el camión, que era el mismo camión de anoche y de todas las tardes, y preguntó qué nombre.

—Multa —dijo Samu—. Se llama Multa. Lo ha decidido el bar.

—Multa —repitió mi madre, probándolo, como se prueba el nombre de un alumno nuevo en la lista—. Es un nombre con futuro.

Nadie se rio. Así se ríe este pueblo de las cosas que le parecen bien.

El capataz se fue a la nave. La piloto me levantó el vaso de café.

Ginés no dijo nada. No dijo nada en su tiempo ni fuera de él, y en algún momento de ese silencio se agachó, sin prisa, y dejó en el suelo, a un metro de la galga, el cuenco de acero de la bandeja de herramientas, lleno de agua, y volvió a ponerse de pie.

La galga miró el cuenco. Me miró a mí, que estaba a diez metros y de uniforme.

Y salió de debajo del camión arrastrándose sobre las patas delanteras, un palmo, lo justo para beber sin dejar de estar debajo, con la oreja caída rozando el suelo, y bebió con la misma manera de anoche, como si cada agua fuera la última, y entre ella y el cuenco no había ni un dedo de distancia y entre ella y cualquiera de nosotros, un metro exacto que ninguno cruzó.