4 · Ginés
La bomba del helibalde tiene un engrasador que nadie mira porque queda debajo, y yo lo miro los viernes por la noche, cuando la base está vacía y se oye lo que hay que oír.
A las once y media tenía el aparato dentro, con el fluorescente del fondo encendido y los otros apagados, la lona abierta, la pistola de grasa cargada y a Butano sentado en el asiento del copiloto con la puerta abierta, mirando al frente, que es donde mira cuando el aparato está parado y él está dentro.
Se sube en cuanto se abre el hangar y se baja cuando se lo dicen. Nadie se lo había dicho.
Oí el coche antes de verlo. No era el coche patrulla: era un coche pequeño, con un ralentí de tres cilindros y una correa que canta en frío, y aparcó fuera, en la explanada, del lado del hangar donde no da la luz.
Se apagó. Se oyó una puerta, una sola, y unos pasos que no eran de bota, y después nada durante un rato largo, como si quien había bajado estuviera contando algo antes de entrar.
Entró por la puerta chica. De paisano: un pantalón vaquero, una camisa clara con las mangas dobladas, el pelo suelto, sin gorra y sin nada en el cinturón.
Parecía más joven, y no se lo dije, y ella se paró justo dentro de la puerta con la cara de quien acaba de darse cuenta de que le molesta parecerlo.
Miró el hangar como se mira un sitio en el que se ha pensado mucho sin haber estado nunca: el aparato, la lona, la bandeja, el bidón, el fluorescente.
Se le fueron los ojos a la barandilla amarilla de fuera, que se ve por la puerta grande, y después a la mancha de aceite en el hormigón, con su forma de país que no es este, y después a las herramientas, alineadas por tamaño encima de la lona, y ahí se le quedaron un momento más de la cuenta, como se le quedan a la gente que ordena cosas cuando ve cosas ordenadas por otro.
A Butano. Butano la miró a ella, movió el rabo dos veces contra el asiento y no se bajó.
—Buenas noches, Ginés.
—Buenas noches.
Lo dije a tiempo, porque «buenas noches» lo tengo hecho: sale solo, como sale el freno de mano, sin que haya que pensar dónde está la palanca.
Ella asintió, como si eso ya fuera un trámite cumplido, y sacó del bolsillo trasero del pantalón una hoja de bloc plegada en cuatro, y no la desplegó.
La tuvo en la mano. Yo dejé la pistola de grasa en la bandeja, en su hueco, me pasé el trapo por las manos, y esperé, que esperar sí sé.
—Vengo por un asunto —dijo—. No es oficial. Lo digo para que conste.
Asentí. Se acercó dos pasos, hasta el borde de la lona, y no la pisó. Nadie pisa la lona; lo sabe hasta Samu. Habló mirando el aparato, no a mí, con la voz que le he oído usar con el Onésimo cuando se le sale el ganado, una voz de hechos en orden.
—Mi madre ha llegado hoy. Se queda quince días.
Ha puesto su piso a la venta y tiene una oferta que firma en julio, y si cuando se vaya considera que estoy sola, se viene a vivir al cuartelillo.
Eso es un hecho. —Respiró—. Esta noche le he dicho que no estoy sola.
Que tengo a alguien. Y cuando me ha preguntado quién, le he dicho que tú.
Butano bajó del asiento. Lo hizo despacio, como se baja de un sitio del que no te han dicho que te bajes, y se sentó en la lona, en el medio, mirando a la guardia civil con la cabeza un poco ladeada.
Ella lo miró. Fue la única vez en toda la conversación que le cambió la cara, medio segundo, lo que tarda una persona en ver un perro, y después volvió a los hechos.
—Necesito que finjas. Mañana a las nueve y media, en Casa Fina, cenamos los tres.
Mi madre, tú y yo. Y después, hasta que ella se vaya, lo que haga falta para que se lo crea: que te vea, que nos vea.
Nada más. —Me miró por fin—. No te lo pido como guardia.
Te lo pido como persona que está en un aprieto y que sabe que tú a las nueve y media de la noche no tienes otra cosa que hacer, porque llevo un año viéndote no tenerla.
—Vale.
Lo dije en el acto, como digo «vale» a todo. Ella lo tomó como un sí, porque un «vale» a tiempo se parece mucho a un sí, y se le fue algo de los hombros, un par de milímetros, que en ella es lo que en otra sería sentarse.
—No he terminado —dijo.
Desdobló la hoja del bloc. La miró, y por lo que se veía desde donde yo estaba tenía tres cosas escritas, una de ellas muy pequeña, y no leyó ninguna.
Volvió a doblarla y se la guardó, y miró alrededor buscando dónde escribir, como si el hangar tuviera que tener un mostrador.
No lo tiene. Tiene un bidón, una bandeja y un capó de camión que estaba fuera.
Le señalé el bolsillo del pecho, sin decir nada, y me lo desabroché, y saqué el taco, y quité la goma, y le di la de arriba: la del martes, la de la rueda.
Se quedó mirando el taco un momento, el grosor, la goma, y luego la multa, su letra, y le dio la vuelta y apoyó el papel en el asiento del copiloto, donde Butano ya no estaba, y escribió con un bolígrafo azul que sacó del bolsillo de la camisa.
Escribió cinco líneas, numeradas, con la misma letra que las Observaciones. Las leyó en voz alta, una por una, como se leen las cláusulas de una cosa que se va a firmar.
—Uno: hablar lo justo. Tú y yo, delante de ella, lo justo. —Levantó la vista—. Eso a ti no te va a costar.
—No.
—Dos: hasta que se vaya mi madre. Ni un día más.
Tres: el pueblo no puede saberlo. —Hizo una pausa que era ella misma oyéndose—.
Que no puede saber que es mentira. Lo otro lo va a saber a las nueve y treinta y cinco.
Cuatro: nada de manos. Ni en el bar, ni en la calle, ni delante de ella.
Se puede estar al lado de una persona sin tocarla; yo lo hago todo el día.
Butano, que había cruzado la lona sin que ninguno de los dos lo viéramos moverse, le puso la pata delantera en la rodilla, con todo el peso, y la dejó ahí.
Ella lo miró. Miró la pata, miró el papel, y siguió leyendo con la pata puesta, porque un perro no cuenta y porque quitársela habría sido darle la razón.
—Cinco: nada de esto consta. Este papel no existe.
Firmó debajo, con un garabato corto, y me dio el bolígrafo.
Yo firmo poco. Firmo los albaranes de la compañía y las hojas de mantenimiento, que llevan mi letra en cuatro sitios y mi nombre en uno, y firmé aquello con la misma letra, debajo de la suya, con el papel apoyado en el asiento donde ella lo había apoyado.
Ella lo cogió, lo miró por los dos lados —la multa de la rueda por un lado, las cinco reglas por el otro— y me lo devolvió.
—Guárdala con las demás. Así no existe en ningún sitio que no sea tu bolsillo.
La puse encima del taco, con la goma, en su orden, y abroché el botón. Ella se quedó mirando el botón. Después miró a Butano, que seguía en la lona, y se agachó y le rascó la cabeza entre las orejas con las dos manos, un segundo, sin decirle nada, y se levantó con la cara de nuevo puesta.
—Mañana a las nueve y media en Casa Fina. De paisano, si tienes. Mi madre cena a las nueve y media en punto porque en las casas-cuartel se cenaba a esa hora, y a un hombre que llega tarde ya le ha puesto nota antes de que se siente.
—Vale.
—Buenas noches, Ginés.
Se fue por la puerta chica. Oí sus pasos en la explanada, la puerta del coche, el ralentí de tres cilindros y la correa cantando en frío, y las luces barriendo la chapa del hangar de izquierda a derecha, y después el motor bajando hacia la báscula hasta que se lo comió la loma.
Contarlo lleva más que oírlo. Oírlo lleva treinta segundos.
—Y no hace falta que sea mentira —dije.
Lo dije al hangar, al fluorescente del fondo, a la lona.
Lo dije a tiempo para nadie. Butano, que era el único que estaba, se levantó de la lona, se sacudió, salió por la puerta chica y se fue al camión, que estaba pegado a la pared del lado de la sombra con la ventanilla de la cabina bajada, como la dejo en verano.
Lo oí saltar dentro. Lo oí dar las tres vueltas que dan los perros antes de tumbarse en un sitio nuevo, y después el silencio de un animal que ha decidido dónde va a dormir a partir de ahora.
Terminé con el engrasador porque un engrasador a medias es peor que uno sin tocar.
Me llevó veinte minutos más de los que lleva, porque dos veces me quedé con la pistola parada, mirando el asiento del copiloto donde había estado el papel, y el asiento no tenía nada que mirar: es un asiento.
La piloto le pegó en diciembre una cinta blanca con el nombre del perro escrito a rotulador, torcida, y yo se la enderecé una vez en diciembre y ella la volvió a torcer, así que ya no la toco.
Cerré la bandeja, enrollé la lona, apagué el fluorescente y salí a la explanada, donde la noche estaba como están las noches de junio en el llano: caliente por abajo y fresca por arriba, con la torre del cerro encendida y los grillos en la cuneta.
El camión estaba donde lo dejo. Butano estaba dentro, con la cabeza apoyada en el volante, y abrió un ojo cuando me asomé y lo volvió a cerrar.
Me senté en el estribo, con la espalda contra la puerta de la cabina, y por la ventanilla bajada me llegaba el respirar del perro, un ruido parecido al de un motor bien reglado en frío, largo y sin sobresaltos.
Desabroché el botón, saqué las multas, aparté la goma con el pulgar, y no miré la de arriba.
Miré la de abajo, la primera, la de hace un año y una semana, que tiene los bordes blandos de estar debajo de todas: estacionamiento sobre paso de peatones; se hace constar que el vehículo dificulta el cruce.
Y en Observaciones, con la letra de entonces, más apretada que la de ahora: el camión pierde aceite por la junta del cárter.
Lo perdía. La cambié al día siguiente. Nunca supe si lo vio, porque al día siguiente volvió a multarme y en Observaciones puso otra cosa.
Volví a poner la goma y guardé el taco y abroché el botón, y me quedé en el estribo hasta que el generador cambió a su ralentí de madrugada, que es un cuarto de tono más bajo, y con eso supe que eran las dos.
A las dos hay que dormir, aunque sea encima de un generador y aunque a uno le hayan firmado un papel para que finja durante quince días exactamente lo que lleva un año haciendo sin que nadie se lo pida.
De paisano tengo una camisa. Una, blanca, de manga larga, en la bolsa de tela del fondo del armario del cuarto, y sé dónde está porque las cosas que no se usan se guardan mejor que las que sí.
Subí, la saqué, la colgué de la percha de la puerta para que se le fueran las marcas de la bolsa, y me acosté con el generador en su cuarto de tono más bajo y la camisa colgada delante como una cosa que espera turno.
Butano no se movió del camión. Por la mañana tuve que abrir la puerta del copiloto para que bajara a hacer sus cosas, dio su vuelta por la explanada, se paró delante del hangar abierto, miró el aparato donde ha dormido dos veranos, y volvió a subirse al camión sin que nadie le dijera nada. Ahí sigue.