3 · Marga
El autobús de las cuatro llegó a la cabecera a las cuatro y veinte, y mi madre bajó la tercera, después de un señor con una jaula y de una chica con auriculares, con el bolso cruzado por delante y la maleta detrás, una maleta de las que tienen cuatro ruedas y una asa que se saca, del tamaño exacto de una persona que no piensa volver el domingo.
Me vio desde el escalón. Me miró el uniforme, el coche, la manera de estar de pie, y me dio dos besos y una corrección en el mismo movimiento.
—Tienes la gorra torcida.
No la tenía. Me la enderecé igual, porque con ella es más rápido enderezarse que discutir, y cogí la maleta, que pesaba lo que pesa una casa entera metida en una tela.
No cupo en el maletero del coche patrulla.
Cupo en el asiento de atrás, atravesada, con el cinturón puesto porque mi madre no se sube a un coche con una cosa suelta detrás, y ella delante, con las gafas colgando del cordón y el bolso en las rodillas como una alumna en su primer día.
—Antes de ir al pueblo paramos en el supermercado —dijo—. En ese pueblo no hay de nada.
—Hay panadería, carnicería y Casa Fina.
—Eso he dicho.
Fueron una hora y cuarenta minutos, con cuatro paradas más que no estaban previstas. En el supermercado empujó ella el carro y yo fui detrás, como cuando tenía ocho años, y en el pasillo de los animales metió sin mirarme un saco de pienso de los grandes, de diez kilos, de la marca cara.
—No tengo perro.
—Fina dice que te visita uno a las once. Un perro que visita, se alimenta. —Siguió empujando—. Y las galletas que le das, que también me lo ha dicho, son de las que estriñen.
Pagó ella, con un monedero de cremallera del que sacó los billetes contados, y no me dejó coger ni una bolsa hasta que estuvimos en el coche.
Salimos de la cabecera a las seis y media con seis bolsas en el asiento de atrás, sujetas con el segundo cinturón.
Por el camino me preguntó por el incendio del año pasado, que lo había visto en la televisión, y le dije que la ladera estaba verde en mayo.
Me preguntó por la piloto, que también la había visto, y le dije que se había quedado.
Me preguntó si seguía multando al mismo hombre por lo mismo, y aquello no lo había visto en la televisión.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Fina. Por teléfono. Yo llamo a Fina en Navidad y en San Juan, desde hace cuatro años, porque alguien tiene que contarme cómo estás y tú no lo haces.
Lo apunté, mentalmente, en la lista de cosas que constan y no debieran: mi madre y Fina se llaman dos veces al año. Conduje el resto del camino con las dos manos en el volante y las dos en el volante es como conduzco siempre, pero aquella tarde lo hice a propósito.
Llegamos a la plaza a las ocho y veinticinco, entrando por la iglesia, y aparqué en la puerta del cuartelillo.
Había once sillas fuera. Había, encima del paso de peatones, un camión-taller con la rueda delantera derecha en la segunda franja y un par de botas debajo, y no había, en toda la plaza, nadie que estuviera mirando ninguna de las dos cosas de frente.
Mi madre bajó del coche y miró las dos, de frente, durante el tiempo que se tarda en aprenderse una cara.
—Las bolsas —dije.
Entramos las seis bolsas, la maleta y a mi madre, en ese orden, y cerré la puerta del cuartelillo con las sillas todavía fuera y las botas todavía debajo del camión.
Higinio se había ido a las ocho menos veinte, según su costumbre, y me había dejado encima de la mesa el parte del día con la única incidencia de siempre, Butano , escrita con su letra, porque el viernes le toca a él darle la galleta y lo hace con cara de que no lo hace.
Mi madre leyó el parte sin que nadie se lo diera.
Después leyó el cartel de la puerta, uno nuevo que había escrito Higinio a rotulador la semana anterior, PROHIBIDO APARCAR HAY MULTA, sacó un bolígrafo del bolso y le puso el punto que le faltaba entre APARCAR y HAY, y una coma que le sobraba, y volvió a guardarlo.
—Este hombre ha estado veintidós años sin un punto —dijo—. Ya tiene uno.
Subió la escalera delante de mí, como sube ella todas las escaleras, y en la vivienda hizo lo que hace en todas las casas ajenas: las contó.
Contó los dormitorios, que son dos, y las ventanas, que son cuatro, y los cazos, que son tres, y abrió el sofá-cama del salón, que llevaba cuatro años cerrado y sonó como un animal al que despiertan.
Le puse las sábanas que había comprado el jueves en la cabecera, porque las que tenía eran de una cama y no de un sofá, y ella miró la etiqueta antes de dejarme ponerlas.
—¿Y el cabo? —preguntó desde el pasillo, mientras yo estiraba la sábana bajera—. ¿Cómo es?
—Delega.
—Eso no es una cualidad. Eso es una ausencia.
—Lleva veintidós años aquí y se sabe todas las matrículas.
—Un suficiente —dijo—, y porque es junio y a todo el mundo se le nota mejor con luz.
A las nueve menos cinco me asomé a la cocina, que da a la plaza.
Lo hice porque hay que abrir la ventana a esa hora para que entre el fresco, y porque desde esa ventana se ve el paso de peatones, y porque es una cosa que hago todos los días a esa hora y no iba a dejar de hacerla por tener visita.
Las sillas seguían. El camión seguía. Las botas ya no estaban debajo: él estaba sentado en el estribo, con las manos entre las rodillas, y Higinio, que tenía que estar en su casa hacía una hora, estaba de pie delante del morro diciéndole algo con la gorra en la mano.
No oí qué. Higinio se fue cuesta arriba con las manos a la espalda y el camión se quedó.
Mi madre estaba detrás de mí. No la había oído llegar porque mi madre, cuando quiere, no hace ruido. Lo tienen las maestras de primaria y lo tienen las mujeres de los guardias, y ella fue las dos cosas durante treinta y cuatro años.
—¿Y ese del camión? —dijo—. Que está ahí en el paso como un perro atado.
—Es el mecánico de la base.
—Eso ya lo sé. Fina me lo dijo en Navidad. Te pregunto qué hace ahí.
—Aparcar mal.
—A las nueve de la noche, con las sillas cerrándose y la guardia civil en la ventana.
—Se apoyó en el marco, a mi lado, y miró la plaza como se mira un patio de colegio a la hora del recreo, con el ojo puesto en el que está solo—.
Yo he visto a hombres aparcar mal. Ese no está aparcando: ese está esperando a que le digan que aparca mal.
Desde la ventana lo vi levantarse del estribo, agacharse a mirar la rueda de atrás, la izquierda, y darle con el canto de la bota como se le da a una cosa que uno ya sabe que está bien.
Después se quedó de pie junto al morro, con el mono abrochado hasta arriba, mirando la esquina de la iglesia, por donde llego yo cuando llego.
Las sillas se cerraron. La Encarna se levantó con el bastón, dijo lo de siempre, y en dos minutos la calle estaba vacía.
El camión no arrancó. Cerré la ventana de la cocina a las nueve y diez, cosa que tampoco hago nunca, y me puse a guardar las seis bolsas en una cocina que tiene armarios para dos.
Cenamos a las diez, tortilla de la que había traído ella en una fiambrera desde la capital, porque para mi madre la comida de un sitio nuevo no se prueba el primer día, y en la mesa de la cocina, con la ventana cerrada, empezó por donde yo sabía que iba a empezar.
—El piso.
—Ya me lo dijiste.
—Te lo dije por teléfono, donde se dicen las cosas para que no se oigan bien.
Ahora te lo digo aquí. —Puso las dos manos encima de la mesa, una sobre otra, como las pone cuando lo que viene ya está decidido—.
Hay una pareja. Jóvenes, de fuera, con un niño.
Lo vieron el martes y volvieron el jueves con la madre de ella, y la madre de ella abrió todos los grifos, como hacen las madres que saben.
Han hecho una oferta. La inmobiliaria dice que es buena y yo digo que es buena, porque yo sé lo que vale ese piso, que lo pagó tu padre en veintidós años. Firmarían en julio.
—Es tu piso, mamá.
—Es mi piso y es mi vida, y las dos me sobran.
—No lo dijo con pena. Lo dijo como se dicta un problema de matemáticas, con los datos por delante—.
Ochenta y seis metros, tres habitaciones, dos personas durante treinta y un años y una durante seis.
Yo no necesito tres habitaciones. Yo necesito que en la casa haya alguien que cierre una puerta.
Me levanté a recoger los platos, que estaban recogidos, y los puse en el fregadero, que estaba vacío, y abrí el grifo, que no hacía falta abrir.
Ella esperó. Ella ha esperado a niños de seis años que no querían leer en voz alta, con las manos así, encima de la mesa, y los niños de seis años acababan leyendo.
—Yo estoy bien aquí —dije.
—Ya lo veo. Tienes un cabo que delega, un perro que viene a las once, un pueblo entero sentado en la calle y un hombre en el paso de peatones. Y tienes el sofá-cama cerrado desde hace cuatro años, que no me lo ha dicho nadie: lo he oído al abrirlo.
—No estoy sola.
Lo dije de espaldas, al grifo. Ella no contestó, su manera de pedir que sigas, y yo cerré el grifo porque el agua hacía ruido y lo que iba a decir no lo quería decir con ruido.
—Tengo a alguien.
Se oyó el chasquido de las gafas al ponérselas.
No se oyó nada más. Yo he estado en habitaciones con gente detenida y con gente que acaba de recibir una noticia mala, y sé lo que dura un silencio en cada caso, y aquel no era ninguno de los dos: era el silencio de una maestra que te ha pillado copiando y espera a ver si te delatas sola.
—¿Quién?
Había, en el bolsillo de la camisa, una hoja de bloc doblada en cuatro con tres cosas escritas, y la tercera con letra pequeña.
Había, en la plaza, un camión que seguía sin arrancar a las diez y cuarto de la noche, porque al cerrar la ventana no lo había oído irse y yo oigo ese motor desde cualquier sitio del cuartelillo.
Había, en el segundo cajón de la mesa de la oficina, una máquina que imprime multas sin línea de Observaciones.
Y había, delante de mí, una mujer que había abierto todos los grifos de mi vida en cuatro horas y estaba esperando a que yo abriera el último.
—El del camión.
Lo dije y me di la vuelta, porque una cosa así se dice de frente o no se ha dicho.
Mi madre me miró como miraba las redacciones: entera, del principio al final, buscando el sitio exacto donde el niño ha dejado de escribir lo que pasó y ha empezado a escribir lo que quería que pasara.
Tardó lo que tardan las redacciones. Después se quitó las gafas, las dejó colgando del cordón, y se levantó a por la fiambrera vacía para lavarla, porque una fiambrera no se deja sucia de un día para otro ni aunque a una le acaben de mentir.
—Pues mañana cenamos los tres —dijo—. En Casa Fina. A las nueve y media, que ya lo he hablado con ella.
Secó la fiambrera, la guardó en la maleta abierta, que ocupaba medio salón, y sacó de ella un camisón y un neceser con el mismo orden con que se saca el material de un armario de oficina.
Desde la puerta del salón, con el neceser bajo el brazo, me miró el uniforme de arriba abajo, igual que en el escalón del autobús.
—Y mañana ponte algo que no lleve placa. A un hombre se le cena de paisano.
Abajo, en la plaza, el camión arrancó.