2 · Ginés
El generador de la base tiene un ralentí de tres tiempos con un cuarto que no llega, y llevo catorce meses durmiendo encima.
La piloto rechazó ese cuarto el primer día porque la pared vibra, y tenía razón: vibra.
Lo que ella no sabía es que vibra siempre igual, y una cosa que vibra siempre igual es una cosa que va bien.
Yo me despierto cuando cambia. El miércoles cambió a las seis y veinte, un cuarto de segundo de retraso en el tercer tiempo, y bajé antes de que sonara el despertador a mirar el filtro del gasoil.
Estaba sucio, como tenía que estar, y lo cambié con la luz del techo porque todavía no había otra.
El hangar en junio no hace falta calentarlo; lo que hace falta es abrirlo pronto, antes de que el sol dé en la chapa y dentro se ponga como una lata al fuego.
A las siete tenía las dos hojas abiertas y el aparato fuera, en la hache, con la lona extendida al lado y la bandeja de herramientas encima de la lona, cada cosa en su sitio, en el orden en que se cogen.
Un aparato de extinción no se revisa entero cada mañana; se revisa lo que se movió ayer y lo que se va a mover hoy.
Ayer se movió poco. Hoy, según el capataz, tampoco, pero el capataz dice eso todas las mañanas y después el monte opina.
La piloto llegó a las siete y diez con el café en vaso y me preguntó cómo sonaba.
Le dije que fina, y era verdad: el segundo verano de un aparato es el mejor, cuando ya se le conocen los ruidos y todavía no tiene los suyos propios.
Ella asintió, subió, hizo su lista con el dedo por cada cosa y la oí desde fuera a través de la chapa como se oye a alguien rezar en una iglesia vacía.
Después bajó, dio dos golpes con el canto de la mano en el cierre de la puerta, como hace siempre, y se fue a la nave a por el parte.
Me quedé con el camión. Estaba donde lo dejo cuando no está en el pueblo, pegado a la pared del hangar del lado de la sombra.
Es un camión viejo con la caja cerrada, y dentro de la caja va el taller entero: el banco atornillado al suelo, el torno chico, las cajoneras con las llaves por tamaño, el compresor, la lona enrollada en su tubo y, delante, un cabrestante que compré de segunda mano y que ha sacado de la cuneta a medio pueblo.
Duermo en la base, pero vivo ahí. Me agaché a la rueda trasera izquierda.
Iba baja. Un dedo por debajo de donde tiene que ir, quizá dedo y medio, que a simple vista es nada y con el camión cargado es un neumático que calienta y un flanco que se gasta.
Fui al compresor, tiré de la manguera y la subí a su presión, y luego pasé la mano por el flanco para ver si la pérdida era del caucho o de la válvula.
Era de la válvula. Le cambié el obús, que tengo una caja, y apunté la fecha en el cuaderno del camión.
Entonces me desabroché el bolsillo del pecho, saqué el taco, quité la goma y puse la multa de ayer encima de las otras, con el mismo lado hacia arriba que todas.
La goma es la segunda; la primera se rompió en marzo.
Volví a poner la goma, volví a guardar el taco y abroché el botón.
Antes de guardarla la había leído otra vez, la línea de abajo, la de Observaciones, con la misma letra que el resto, redonda, sin apretar el bolígrafo: la rueda trasera izquierda va baja.
Iba baja. Nunca ha puesto una cosa en esa línea que no fuera verdad, y nunca ha puesto una que yo no pudiera arreglar con las manos, salvo alguna, y de esas no se arregla nada con las manos.
El jueves comimos en la nave, que en campaña es lo normal: la cuadrilla en la mesa larga, el capataz de pie porque no se sienta hasta que se sientan todos, y yo en el extremo de la puerta, con la radio de la base a la espalda.
Samu llegó tarde, con el pan, que lo trae él porque su mujer es la panadera, y con una noticia, que también las trae él porque para eso tiene la boca que tiene.
—El viernes viene la madre de la guardia civil.
Lo dijo a la mesa entera, pero mirándome a mí.
Así dice Samu las cosas que van para una sola persona: en voz alta y a todos, con los ojos puestos en uno.
Leti no levantó la vista del plato. Nico sí, porque Nico levanta la vista de todo.
Andrés siguió comiendo con la cabeza un poco ladeada hacia la derecha, como come él, y el capataz me miró un segundo y volvió a lo suyo.
—Vale —dije.
Samu esperó. Samu siempre espera un poco, por si acaso, y luego se cansa, que fue lo que hizo: soltó el pan en la mesa, contó lo demás —que se lo había dicho la panadera, que se lo había dicho Higinio, que la señora viene en el autobús de las cuatro a la cabecera y que la hija la va a buscar con el coche patrulla, «con el coche oficial, como si fuera la ministra»—, y se fue a la puerta a mirar el cielo.
Samu hace eso después de dar una noticia, como si el cielo tuviera que contestarle.
—¿Cuántos días? —pregunté.
Ya estaba en la puerta, de espaldas. Se giró.
—Quince, dice la panadera. —Se lo pensó—. Dice la panadera que dice la señora.
Nico se rio por la nariz. Leti le dio con el codo sin mirarlo y Nico dejó de reírse, y en la mesa se hizo el silencio corto que se hace en las cuadrillas cuando pasa una cosa que todos han entendido y nadie va a decir. El capataz se sentó por fin, en la cabecera, y cortó el pan.
—Mañana hay viento del sur por la tarde —dijo—. Nadie se va lejos.
No se refería a mí. Se refería a la cuadrilla, al retén, al cielo del sur. Pero lo dijo mirando el pan, y hay hombres que solo miran el pan cuando están diciendo dos cosas a la vez.
Por la tarde me llevé el camión a la era de la ermita, donde lo pongo cuando hay que hacer una cosa con calma, y le cambié el aceite, que le tocaba.
No es una faena de una hora, es una faena de tres cuartos, y tardé dos porque me quedé debajo más tiempo del que hacía falta, mirando el cárter limpio.
La era es el sitio más llano de la comarca.
Desde debajo de un camión se ve el borde de la ermita, el pinar detrás, y el llano verde de al lado donde no se puede aparcar porque el suelo cede, y donde hay una vagoneta hundida desde antes de que yo naciera con la mitad fuera, como un barco que se quedó a medio irse.
Se ve mucho desde debajo de un camión. Es una de las razones para estar ahí.
El viernes, a las siete y cuarenta, aparqué encima del paso de peatones.
Lo hago como se hace una faena: el morro a la altura de la primera franja, la delantera derecha pisando la segunda, el freno de mano a dos clics, y el motor apagado con el contacto puesto un segundo más de la cuenta para que el ventilador termine.
Después bajo, saco la bandeja, la pongo en el suelo del lado de la acera y me meto debajo con la llave que toque.
Ese viernes tocaba el latiguillo del freno, que no necesitaba nada, pero un latiguillo siempre se puede mirar.
Había once sillas, lo normal un viernes.
Desde debajo del camión las sillas se ven de las rodillas para abajo, y las rodillas de este pueblo se conocen: la Encarna tiene el bastón entre las dos, la Puri cruza los tobillos, el Modesto estira una pierna y encoge la otra.
Los quintos no se están quietos. A las ocho menos cinco las rodillas de la Encarna se movieron hacia la plaza, como hacen cuando ella viene, y volvieron a su sitio.
A las ocho, lo mismo. A las ocho y cuarto, la Puri dijo algo en voz baja y la Encarna le contestó «que no, mujer, que ha ido a por la madre», y ahí todas las rodillas se pusieron de acuerdo.
Los chavales de la bicicleta pasaron dos veces por delante del morro y a la tercera se pararon, uno con el pie en el bordillo y el otro haciendo equilibrio sin bajarse, que a esa edad se puede.
—Ginés, ¿hoy no hay multa?
—No.
Se quedaron un momento, por si había algo más, y como no lo había se fueron dando pedales hacia la fuente. Cuando ya estaban en la esquina, con el timbre sonando, les dije que hoy no había venido, y no me oyó ninguno de los dos, ni falta que hacía.
A las ocho y veinticinco oí el coche patrulla entrar en la plaza por el lado de la iglesia y pararse en la puerta del cuartelillo, con ese motor que le cuesta arrancar y no le cuesta parar, y las rodillas de la Encarna se movieron todas a la vez hacia allí, y no hacia mí.
Se oyeron dos puertas, una voz que no conocía diciendo algo de unas bolsas, y la puerta del cuartelillo. Después, nada.
Miré el latiguillo del freno un rato más.
Estaba bien. Miré las seis franjas del paso de peatones desde la altura a la que se ven desde debajo de un camión, una altura desde la que no las mira nadie, y con el sol bajo se ve que el segundo tiene una esquina saltada, del camión o de otro, y que el cuarto lo pintaron después que los demás, porque es de otro blanco.
Cuando trabajas con las manos aprendes que las cosas iguales nunca son iguales, y que en eso se conoce a quien las ha hecho.
A las ocho y media salí de debajo y me senté en el estribo, con las manos colgando entre las rodillas.
Es lo que hago cuando ya no queda nada que mirar.
La plaza estaba como está los viernes, con los chavales de la bicicleta dando vueltas a la fuente y la puerta de Casa Fina abierta y la voz de Fina dentro, mandando.
El capataz y la piloto pasaron hacia el bar y él me hizo un gesto con la barbilla, su saludo, y ella levantó el vaso de café, el suyo.
Ninguno dijo nada. El año pasado los dos estuvieron un verano entero con estas mismas sillas mirándolos y saben que uno no se mete en las sillas de otro.
Higinio bajó de la oficina a las nueve menos veinte con la gorra en la mano, que en él significa jornada terminada, y se paró delante del camión como se para uno delante de un escaparate.
—Mañana cenan en casa de Fina —dijo—. La madre y ella. A las nueve y media. —Se puso la gorra—. Por si te interesa el dato, que a mí no me interesa nada.
—Vale.
Se fue cuesta arriba, despacio, con las manos a la espalda. Cuando iba por la puerta de la Encarna le pregunté a qué hora había dicho, y él no se volvió, y yo ya sabía a qué hora había dicho.
Fina salió a la puerta del bar a las nueve menos cuarto con el trapo al hombro y se quedó mirándome desde arriba de la cuesta, sin disimular, que ella no disimula porque no le hace falta.
No me dijo nada. Volvió a entrar, y al rato salió otra vez, y a la tercera se quedó en la puerta con los brazos cruzados hasta que se cerraron las sillas.
Se cierran así, sin aviso: la Encarna se levanta apoyándose en el bastón, dice «pues nada», y en dos minutos la calle está vacía y las sillas dentro.
A las nueve el camión baja al llano. A las nueve y veinte todavía estaba en el paso, con el motor en marcha y las luces apagadas, y no había venido nadie a decirme que estaba encima del paso, ni a decirme que era otra vez, ni a decirme nada.
Puse la primera. Antes de soltar el freno me desabroché el bolsillo, saqué el taco, quité la goma y miré la multa de arriba, la del martes, la última.
La leí entera, como se leen. La rueda trasera izquierda va baja.
Ya no iba baja. Volví a poner la goma, volví a guardar el taco, abroché el botón, y bajé al llano con las luces encendidas cuando ya no quedaba nadie que pudiera verlas.