Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 1 · Marga
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Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2)

Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2)

Por Vera Lombardi

© inepub.com

1 · Marga

A las siete y cuarenta de la tarde del martes dieciséis de junio, el camión-taller de la base estaba aparcado encima del paso de peatones de la plaza de Valdecierzo, con la rueda delantera derecha sobre la segunda franja blanca y la trasera izquierda, a simple vista, baja.

Lo hago constar con esa precisión porque es mi trabajo y porque llevo un año haciéndolo constar: trescientas nueve veces, según el talonario, sin contar los domingos.

Los domingos el camión no baja al pueblo.

Los domingos yo tampoco salgo de uniforme, y una cosa y la otra deben de estar relacionadas, aunque no consta.

Saqué el talonario del bolsillo de la camisa, apoyé el papel en el capó, que guardaba el calor de toda la tarde, y escribí la multa a mano.

En el cuartelillo hay una máquina que las imprime solas desde marzo del año pasado; está en el segundo cajón de mi mesa, con el cargador enrollado alrededor, y que yo sepa nadie la ha encendido.

La letra es mía, redonda y apretada, de escuela, y la tinta es azul porque el bolígrafo es azul.

Al llegar a la línea de Observaciones, la que en el impreso viene para lo que no cabe en las otras, puse lo que había: la rueda trasera izquierda va baja.

Él estaba debajo del camión. Primero se ve una bota, después la otra, y al cabo de un momento el resto de un hombre que sale rodando sobre la espalda con una llave en la mano, como si el suelo lo devolviera.

Ginés Almagro, cuarenta años, mecánico del helicóptero de la brigada, mono azul con el bolsillo del pecho abrochado y la uña del pulgar izquierdo negra desde abril.

Se puso de pie sin sacudirse el polvo y se quedó mirando el papel, no a mí.

—Ginés.

—Sí.

—Estás encima del paso.

—Sí.

—Te voy a multar.

—Vale.

Arranqué la hoja, se la di y él la cogió con las dos manos, como se coge una cosa que puede romperse.

La leyó entera, incluida la línea de abajo, la que más tarda en leerse, y se la guardó en el bolsillo del pecho, con los otros papeles que lleva ahí.

No sé cuántos son. Sé que caben, y sé que el bolsillo cierra con un botón que él abrocha después de guardarla, todas las veces, con la mano que no lleva la llave.

—Buenas tardes, Ginés —dije, y eché a andar hacia el cuartelillo.

Hay cuarenta y dos metros del paso de peatones a la puerta del cuartelillo, contando la esquina de la iglesia.

Los he contado. En ese trayecto, un martes de junio a las ocho menos cuarto, hay entre nueve y catorce personas sentadas en sillas de cocina delante de sus casas, con las piernas estiradas y una postura muy trabajada de no estar mirando nada.

Aquel día eran once. La Puri con el carro a los pies, la Encarna con el bastón cruzado sobre las rodillas, el Modesto con el periódico del sábado, dos quintos con la camiseta de la peña y seis más que daba lo mismo, porque miraban igual.

Por la cuesta bajaban el capataz de la brigada y la piloto, del brazo, hacia el llano, y ninguno de los dos se paró: por esas sillas ya pasaron ellos el año pasado y saben lo que cuesta.

—Aquí no hay nada que ver —les dije a las señoras, a la altura de la Encarna.

—Ya, hija —dijo la Encarna—. Nada.

Detrás de mí, a los treinta segundos justos, oí la voz de él en la plaza: «Buenas tardes, Marga».

Yo ya había doblado la esquina de la iglesia.

Después oí el motor del camión, la marcha atrás, tres maniobras, y el freno de mano.

Siempre son tres maniobras, y siempre termina exactamente donde estaba.

El puesto de la Guardia Civil de Valdecierzo somos dos personas y un edificio de dos plantas en la plaza, con la oficina abajo y la vivienda arriba.

La otra persona es el cabo Higinio, cincuenta y ocho años, bigote y barriga, que llega a las ocho, lee el parte, se toma un café en Casa Fina de pie y vuelve a la oficina a echarse la siesta con la gorra en la cara desde las tres hasta que entra alguien.

Lleva veintidós años en el puesto y conoce a cada vecino por el apellido y por la matrícula.

Delega. Lo digo sin queja: un cabo que delega es un cabo que no molesta, y entre un cuartelillo tranquilo y uno con criterio yo prefiero el tranquilo.

El resto lo hago yo. Atestados de tráfico en la carretera de la cabecera, dos o tres al mes; el ganado del Onésimo cuando se le sale al camino viejo; los papeles de las fiestas; las llaves de la ermita, que las guardamos nosotros porque el cura viene de fuera; y el aparcamiento, que en un pueblo de ochocientos habitantes con una plaza y un solo paso de peatones da más trabajo del que parece.

Hay gente que se pasa el verano aparcando mal. Hay un hombre que se pasa el año.

A las once, todos los días laborables, entra Butano.

Es el perro de la brigada, cuarenta kilos color garrafa, y sube desde la base a esa hora por una razón que él conoce y yo también: en el primer cajón de mi mesa hay una caja de galletas de perro, de las buenas, comprada en la cabecera con mi dinero.

No consta en ningún sitio. Le doy una, se la come sentado, con la cabeza alta y la vista en la pared como si estuviera en un acto oficial, y después apoya el hocico en mi rodilla el tiempo exacto que tarda un perro en dar las gracias.

Luego se va. A Higinio le tiene un respeto de compañero de trabajo y no le pide nada, y Higinio, que lo sabe todo, no ha preguntado nunca de dónde salen las galletas.

Aquel martes Butano entró a las once y cuatro, cumplió, y al irse se quedó un momento en la puerta mirando hacia el llano, con esa manera suya de tomar partido en cosas que todavía no han pasado.

Lo apunté en el parte como lo apunto siempre, en la línea de incidencias, con una sola palabra: Butano.

Higinio lo lee cada mañana y no ha preguntado tampoco.

A las dos como en Casa Fina, en la barra, de pie, porque de uniforme no me siento.

Fina me pone el café con leche en vaso de cristal sin que se lo pida y me cobra en información, su moneda de siempre: quién ha pasado por la carretera, si el Onésimo ha vuelto a dejar la cancela abierta, si el veterinario viene este jueves o el otro.

Debajo del mostrador, en el estante de las servilletas, hay una libreta de hule negro que yo no he visto nunca, oficialmente.

Oficialmente en ese bar no se apuesta, en ese pueblo no se juega y yo no sé que desde octubre hay una página con un título escrito con letra de escuela, dos columnas hechas a regla con el borde de una tarjeta y cuarenta apellidos debajo.

Lo sé porque me lo dijo Higinio, que está en la columna de la izquierda; porque la Puri me lo dijo sin querer; porque a la Encarna se le escapó en la cola del pan; y porque Samu, el de la brigada, me pidió una vez que le firmara «una cosa» que era esa página.

No firmé. Hice constar que en el bar no se apostaba. Fina se mojó el índice, cerró la libreta sin mirarla y me dijo que en ese bar no se apostaba, que allí se sabía.

Un pueblo de ochocientos habitantes es, en la práctica, una sala de espera.

Todo el mundo está sentado, todo el mundo tiene número y todo el mundo mira la puerta.

Lo que yo hago con ese paso de peatones cada tarde lo ha visto cada vecino más veces que la misa, y lo que hago con la línea de Observaciones no lo ha visto nadie, porque una multa se lee de arriba abajo y la gente se cansa antes de llegar al final.

Él no se cansa. Eso es lo único que sé de él que no está en su expediente de vehículo, y lo sé por observación directa, la única forma de saber que admite un atestado.

A las diez y veintiocho de la noche sonó el teléfono de la vivienda, un fijo con cable de los que suenan como los de antes, y contesté al segundo tono porque a esa hora solo llama una persona.

—Llego el viernes —dijo mi madre—. En el autobús de las cuatro a la cabecera. Quince días.

Mi madre se llama Amparo, tiene sesenta y tres años, fue maestra de primaria durante treinta y cuatro y lleva seis viuda de un guardia civil, que fue mi padre.

Cuando dice quince días hay que apuntar quince días y después esperar a ver.

La primera semana que yo estaba en Valdecierzo, hace cuatro años, vino con una maleta de tres días, se quedó nueve, y al irse me dejó corregidos con lápiz dos carteles del cuartelillo y la carta de Casa Fina.

Fina todavía la tiene colgada, con las correcciones, y dice que le da un aire.

—Quince días —repetí, y lo escribí en el bloc de al lado del teléfono.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Y el pueblo?

—Igual.

—¿Y tú sigues sola?

Esa pregunta lleva cuatro años entrando en las conversaciones por la misma puerta y a la misma hora, y yo llevo cuatro años contestándola con la misma palabra.

La contesté. Al otro lado hubo un silencio de los suyos, un silencio de maestra que espera a que el alumno se dé cuenta solo, y yo, que fui alumna suya dos cursos, sé que ese silencio no se gana: se aguanta.

Lo aguanté. Entonces dijo lo otro, con la voz de quien lee un papel que ya tiene delante.

—He puesto el piso a la venta.

Tardé en contestar lo que se tarda en entender una frase que no tiene errores.

—¿Qué piso?

—El mío, Marga. ¿Cuál va a ser? Hablé con la inmobiliaria el jueves. Ochenta y seis metros para una persona es un desperdicio y un piso vacío hace un ruido que tú no conoces. Ya lo tienen en el escaparate.

—¿Y dónde vas a vivir?

—Eso depende. —Se oyó cómo se acomodaba las gafas, ese chasquido del cordón contra el botón de la blusa—.

Ese cuartelillo tiene dos dormitorios: los conté.

Y el pueblo, ya lo dije la primera vez, tiene un notable alto.

Si cuando llegue veo que estás bien, con alguien, con una vida, me vuelvo y retiro el piso del escaparate. Si estás sola, me vengo.

—Mamá.

—Quince días. Con eso me llega para verlo. A mí me llegaba con una semana para saber qué niño copiaba y de quién.

Colgó antes que yo, como cuelga siempre, porque para ella una conversación termina cuando se ha dicho lo que había que decir y lo demás es gastar teléfono.

Me quedé con el auricular en la mano y con el bloc delante.

Debajo de quince días escribí viernes, autobús de las cuatro , y debajo de eso, después de un rato, con alguien , con letra más pequeña, como se escribe lo que uno no piensa leer en voz alta.

La ventana de la cocina da a la plaza. A esa hora la farola de la iglesia deja el paso de peatones perfectamente iluminado, con sus seis franjas blancas y ninguna rueda encima, porque el camión-taller baja al llano a las nueve, cuando se cierran las sillas, y no vuelve hasta las siete y cuarenta del día siguiente.

He comprobado ese horario ciento y pico veces desde esta ventana y consta en un cuaderno que no es de la oficina.

Aquella noche el paso estaba vacío, como corresponde, y la plaza también, y la única luz encendida en toda la cuesta era la de Casa Fina, donde Fina friega a esa hora con la radio puesta.

Arranqué la hoja del bloc, la doblé en cuatro y me la metí en el bolsillo de la camisa, junto al bolígrafo.

Después fui a la oficina, abrí el segundo cajón, miré la máquina con su cargador enrollado y volví a cerrarlo sin tocarla, y solo entonces caí en que había dejado encendida la luz de la cocina, que es la clase de cosa que mi madre ve desde la puerta.