Me llamo Valentina Ortiz y tengo un plan: una campaña perfecta, cero líos y en octubre me voy.
Aterrizo en Valdecierzo —ochocientos habitantes, un bar y una libreta de apuestas— con mi helicóptero, un expediente que no me merezco y ninguna intención de quedarme.
El plan aguanta exactamente lo que tarda un perro de cuarenta kilos en sentarse en mi asiento de copiloto.
Y lo que tarda el capataz de la brigada en mirarme como si yo fuera una avería.
Bosco Ibarra. Grande, gruñón, gracioso sin querer, dieciocho años cuidándole el monte a su pueblo. El mejor capataz de la comarca guarda un secreto que puede costarle el puesto: el jefe de la primera unidad helitransportada del valle no es capaz de subirse a un helicóptero.
Y la única que puede arreglarlo soy yo. De noche. En secreto. Con nueve reglas firmadas en una servilleta de bar y un perro de testigo.









