37 · Valen
Septiembre en una comarca serrana es un mes que baja de revoluciones como bajan los motores buenos: sin ruidos raros y sin que se entere nadie.
Las noches empezaron a refrescar la primera semana.
Se acabaron los treinta y nueve grados del parte de la provincia y empezaron los veintiocho, que aquí se comentan con alivio y una manta.
Volvieron a abrir el colegio. Volvió el hijo de la panadera a la ciudad, y la Puri estuvo tres días con la cara larga.
Onésimo alzó los rastrojos, que es lo que a mí me quita el trabajo, porque un rastrojo alzado ya no arde.
Yo seguía volando, pero volaba lo que se vuela en septiembre: reconocimientos, un conato de nada en la Loma del Aire que apagaron ellos con dos garrafas antes de que yo llegara, y horas y horas de mantenimiento con Ginés dentro del hangar.
La sierra, desde el aire, era una mancha negra con forma de mano abierta.
No voy a escribir aquí lo que se siente pasando por encima de eso todos los días.
Lo escribo de otra manera, que es como se escribe la verdad en mi oficio: el pinar de la umbría eran cuarenta hectáreas de pino de repoblación de los años sesenta y ahora es un pinar de pies negros de pie, y estará así unos cuantos años, y después será otra cosa.
El monte no tiene prisa. La que tiene prisa es la gente.
Y en el pueblo, mientras tanto, pasó lo que tenía que pasar.
El pueblo volvió a apostar.
Se notó un viernes, el doce, en la cena de después del remate del conato de la Loma. Casa Fina estaba llena, había caldereta, y desde la mesa del fondo llegaba una discusión que yo ya conocía.
—Que la pólvora se guarda.
—Que se guarda mal.
—Mi padre guardó una traca dos años.
—Y le reventó el palomar, Onésimo. Eso lo sabe la comarca entera.
Cien metros de traca colgados desde el veinte de agosto en la calle de la iglesia y sin tirar, porque la noche que tocaba tirarlos ardían las Viñas Viejas y el altavoz de la plaza dijo que no se tiraba nada.
Llevaban tres semanas en una caja en el almacén del ayuntamiento y aquel viernes el pueblo se dividió por fin en dos bandos irreconciliables sobre cuándo se tiran.
Y detrás de la barra, con el lápiz detrás de la oreja, Fina abrió la libreta.
Yo la vi hacerlo desde mi sitio. Se mojó el índice, pasó tres páginas con ese ruido seco de papel viejo, cogió el lápiz, trazó las columnas con el canto de una tarjeta y escribió arriba, con su letra redonda de escuela antigua:
LA TRACA. ¿Se tira antes de que acabe el año?
Y el bar entero se puso a discutir cuotas como si no hubiera pasado nada en agosto, y a mí, que llevo doce años entrando y saliendo de sitios donde la gente se olvida de ti en cuarenta y ocho horas, aquello me pareció la cosa más bonita del mundo.
Un pueblo vuelve a la normalidad cuando vuelve a apostar por tonterías.
Pero antes de abrir esa página, Fina cerró cuatro.
Lo hizo de pie, con el paño al hombro y sin ceremonia ninguna, delante de todo el mundo, porque en esa casa la banca paga y cobra a la vista, y el que no esté conforme que hable en el momento.
Página primera: LA PILOTO. ¿Cuánto aguanta en Valdecierzo?
La línea de irse antes de las fiestas ya se había cobrado en agosto.
Quedaba viva la otra — aguanta hasta el final de la campaña, dos a uno —, y Fina la declaró ganada allí mismo, «que la campaña se cierra en nada y esta chica no se va ni a tiros», y pagó de la caja a cuatro personas que se habían jugado dos euros en junio a que la nueva duraba.
La Encarna cobró cuatro euros y se los guardó en el monedero del carrito con la solemnidad de una notaría.
Página segunda: EL CANARIO. ¿Se lleva a la de arriba? Cincuenta a uno, una cuota-insulto que Fina puso en julio para que no se pusiera nadie. Se puso uno.
—Nico —dijo Fina—. Dos euros.
—Fue por si acaso.
—Ya. —Rayó la línea con la regla—. Perdida.
Leti no dijo nada. Leti se limitó a mirar a Nico durante unos tres segundos, que en esa mujer es un discurso, y Nico se puso del color de la caldereta y se estudió el mantel de papel con un interés científico.
Página tercera: LA PRIMERA COMUNIÓN. ¿Quién se marea? Abierta desde junio y sin resolver desde el veintiuno de agosto, porque Nico vomitó, sí, pero vomitó a las once y cuarto, en la nave, con todo firmado y sin nadie mirando, y el pueblo lleva desde entonces litigándolo.
—Nula —sentenció Fina—. La casa devuelve.
Se levantó un rumor de protesta de esos que duran once segundos.
—Nula —repitió, sin subir la voz—. Se apostaba a quién se marea delante del señor de la carpeta. El señor de la carpeta ya se había ido. La casa devuelve y el que quiera seguir discutiéndolo, que lo discuta pagándose el vino.
Y página cuarta.
LO DEL HANGAR. ¿Qué hace la de arriba en la base a las dos de la mañana?
Dos líneas. El aparato: cuatro a uno. Otra cosa: uno a diez.
Aquella página llevaba abierta desde el veinte de junio y a mí, en junio, me pareció una impertinencia. En septiembre era la única página de aquella libreta que sabía más que yo, porque la respuesta —lo supe allí, de pie, con un plato en la mano— era que ganaban las dos.
Lo del hangar era el aparato. Aparato apagado, batería, rotores, estacionario, vuelo corto, con una tablilla y un hombre grande dándose con el marco de la puerta.
Y era otra cosa.
Y de las dos, la que empezó primero fue la del aparato, y eso lo sabe una provincia entera desde el domingo treinta y uno de agosto, porque un hombre lo dijo por una emisora abierta a doscientos metros del suelo y quedó grabado.
—Pagan las dos —dijo Fina.
—¿Cómo van a pagar las dos? —dijo Samu.
—Porque las dos eran verdad, hijo. —Pasó el lápiz por la primera línea—. Cuatro a uno el aparato, y aquí hay tres nombres. Y uno a diez lo otro, y aquí hay uno.
Samu se puso de pie.
—Yo —dijo—. Dos euros. El veinte de junio, el mismo día que se abrió.
—A uno a diez.
—Yo lo puse a uno a tres.
—Y yo lo cerré a uno a diez, y aquí se paga a como cierra, que para eso llevo la libreta yo y no tú.
Hizo la cuenta sin mirar al techo, como hace ella las cuentas.
—Veinte céntimos.
Y le puso encima del mármol una moneda de veinte céntimos.
Aquel hombre cogió la moneda con dos dedos, la levantó a la altura de los ojos, se la enseñó a las cincuenta personas de aquel bar, una por una, girando despacio, y anunció que la iba a enmarcar. Y lo va a hacer. Yo he visto el marco.
—Uno a diez —dijo Bosco desde el final de la mesa, sin levantar la vista del plato— es lo que se le paga a lo que ya no es una apuesta.
—Uno a diez es una cuenta —dijo su madre.
—Madre, hoy pierde la banca por las dos líneas.
—Hoy pierde la banca —dijo Fina, y cerró la caja— y bien a gusto.
A la una de la madrugada quedábamos cinco. Bosco había subido las cajas de cerveza, Samu se había ido con su moneda y Fina estaba apilando platos con el paño al hombro, y yo hice lo que hago desde junio en aquella casa, que es levantarme a recoger.
Llevé la última tanda a la barra.
Y la libreta estaba abierta.
No en la página de la traca. En la primera, la de junio, la de LA PILOTO , con las dos líneas cobradas y rayadas con regla.
Y debajo, con menos letra y con el lápiz medio borrado de un verano entero de pasar hojas, había una tercera línea.
Yo la vi de refilón la primera noche que entré en aquel bar, en junio, cuando esta mujer todavía me llamaba hija como se le llama a una desconocida. La vi medio segundo y no la leí, porque un pulgar corto y colorado, con harina en la uña, aterrizó encima con la puntería de un pájaro.
Esa todavía no está abierta.
¿Y cuándo se abre?
Cuando haya movimiento.
Aquella noche no había ningún pulgar encima.
No se va.
Tres palabras. Sin cuota. En el sitio donde va el precio, un guion. Y en la columna de los nombres, nada: ni uno.
Y a la izquierda, en el margen, una fecha.
Era el lunes de primeros de junio en el que yo aterricé en aquel llano con el depósito justo y un expediente en la mochila, y me aplaudieron unos señores en una valla, y un perro se me subió al asiento de la derecha.
Me quedé de pie con dos platos en la mano.
—Fina.
—Dime.
—Esta línea es del primer día.
—Es del primer día.
—Yo llevaba en este pueblo cuatro horas.
—Cinco —dijo ella, sin dejar de fregar—. Habías comido.
Cogí aire.
—¿Y por qué no la abriste?
Y entonces aquella mujer cerró el grifo, se secó las manos en el delantal —las dos, que es cuando viene lo gordo— y se apoyó en el mármol enfrente de mí.
—Porque una cuota es un precio —dijo—. Y un precio se pone cuando no se sabe. Yo abro una página cuando en este pueblo hay dos personas que creen dos cosas distintas y las dos pueden tener razón. Eso es una apuesta. —Señaló la línea con la barbilla—. Eso no.
—Eso qué es.
—Eso no se apostaba, hija. Eso se sabía.
Yo tengo doce años de oficio contestándole a la gente en el segundo en que hay que contestar, y no contesté.
—¿Y cómo lo sabías tú el primer día?
—Porque te di a elegir cuarto. —Se encogió de hombros—.
Campanario o base. Y por esa puerta llevan pasando cuarenta y un años dos clases de gente: la que viene a un sitio y la que viene de un sitio.
Tú entraste contando las salidas de mi bar, que te vi hacerlo, y luego elegiste el cuarto que da al llano.
—Cogió el paño—. La que se va duerme mirando la carretera, hija.
Se me fue la velocidad. Se me va cuando algo me toca de verdad y aquella noche no había a quién disimulárselo.
—Movimiento hubo el siete de agosto —dije—. Y no abriste.
Fina siguió pasando el paño por el mármol, en círculos, encima de una mancha que ya no estaba.
—Lo que se oye por un tabique no se apunta —dijo.
Y ahí se acabó la conversación, porque cogió el lápiz, escribió al lado de la fecha de junio la fecha de aquel viernes de septiembre —dos fechas, una debajo de otra, con tres meses en medio—, trazó la raya con la regla de lado a lado y cerró la libreta con una mano.
—Ya está abierta y ya está cerrada —dijo—. Ha durado lo mismo que tarda una persona en enterarse de una cosa que ya sabía.
Subí la escalera pisando el tres y el siete por el lado de la pared, por costumbre.
Bosco estaba en mi cuarto, de pie en mitad de la habitación, mirando el colchón que llevaba desde el siete de agosto en el suelo, entre la cama y el armario.
—¿Qué haces? —dije.
—Pensar una cosa.
Y entonces aquel hombre se agachó, cogió el colchón entero con un brazo y lo volvió a subir al somier de mil novecientos sesenta y algo. Lo alineó con el canto de la mano. Dos veces, el muy idiota, igual que la primera noche pero al revés.
El somier cantó su nota larga y aguda con vibrato, y la casa entera hizo de caja de resonancia, y abajo, al otro lado del tabique, no pasó absolutamente nada.
—Se va a oír —dije.
—Se va a oír.
Y abajo, como si aquella mujer tuviera un intercomunicador puesto, la radio de madrugada subió dos rayitas de volumen.
Nos reímos los dos con la boca cerrada, que es la única costumbre de agosto que se nos ha quedado, y después dejamos de reírnos.
Encendí la bombilla de la pantalla de flores antes de empezar, y no por decir nada con ella, que eso ya lo dije en agosto: la encendí porque quería verlo.
Le desabroché la camisa de trabajo de pie, en mitad del cuarto, con la ventana abierta y el pueblo callado, y él me dejó hacerlo sin ayudarme y sin quitarme los ojos de encima.
Después me subió a esa cama y la cama sonó.
Sonó al apoyarme yo, sonó al apoyarse él, sonó con esa nota larga y aguda de mil novecientos sesenta y algo, y sonó todo el rato, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Sonó cuando me sujetó las caderas con las dos manos, que es como me sujeta él. Sonó cuando le dije lo que quería y sonó cuando lo hizo. Y cuando ya no había manera de aguantarse nada, nadie me tapó la boca.
Nadie me tapó la boca y yo me oí. En una casa de un pueblo de ochocientas personas, con la ventana abierta.
Yo llevo doce años haciendo el amor en habitaciones que no eran mías, midiendo el ruido como se mide un viento. Aquella noche no medí nada.
Y esa es la diferencia, y no la sabe una hasta que le pasa: durante dos meses fuimos dos personas muy buenas escondiendo una cosa. Aquello no era esconderse.
Aquello era vivir en un sitio.
Después, con la luz todavía encendida y ese somier haciendo lo que le daba la gana, él se quedó callado mirando el techo, y yo ya le tengo cogido el ritmo a sus silencios.
—Piloto.
—Qué.
—Te voy a pedir una cosa. —Tardó—. Para mí.
Y yo, que llevaba desde junio recibiendo peticiones de aquel hombre —despeje, agua, una senda mojada, que no soltara, que no bajara, que le cantara el suelo—, me di cuenta en ese momento de que ninguna había sido nunca para él.
—Pídela.
—El día que se cierre la campaña quiero decirlo. —Seguía mirando el techo—. Abajo. En la barra de mi madre, delante de mi cuadrilla y del pueblo entero. En voz alta y sin que se me entienda otra cosa.
—Vale.
—¿Ya está?
—Ya está —dije—. Llevas dieciocho años sin tener nada que contar, capataz. Cuéntalo.