Tierra, trágame (La Brigada 1) 36 · Bosco
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36 · Bosco

Un incendio grande no se acaba: se va acabando, que es distinto y mucho más aburrido.

El lunes uno de septiembre, a las once y cuarenta, la central dijo controlado por la frecuencia común y no pasó nada. Nadie gritó. Un hombre del retén preguntó si quedaban bocadillos y otro le contestó que no, y esa fue toda la ceremonia que hubo en aquel monte.

Controlado quiere decir que el fuego ya no va a ninguna parte, no que se haya ido: se queda debajo, en las raíces y en los troncos gordos, y hay que andarlo entero, metro a metro, con la azada y con la garrafa, buscando los sitios donde la tierra está caliente.

Eso es rematar. La palabra más fea del oficio y la única que salva la mitad de los veranos.

Y aquel lunes, cuando bajamos al llano, se deshicieron dos cosas.

La primera la deshice yo, en el despacho de la nave, con el teléfono que no suena y con ella de pie en la puerta.

De todo lo que se acordó aquella madrugada en el pretil de la báscula no se cumplió ni una línea, porque a las seis y cuarenta empezó a arder la sierra. Cuatro días después me tocaba cumplir la mía.

—Personal.

—Ibarra. De Valdecierzo. Llamo para retirar una solicitud de traslado.

Se oyó un teclado y un ventilador.

—¿Registro?

Se lo di. Veintiocho de agosto, nueve horas doce minutos. Me lo sabía de memoria.

—Retirada —dijo—. Te sale el acuse por ahí.

—Gracias.

Y cuando ya iba a colgar:

—Oye, Ibarra. En agosto te pregunté una cosa.

—Ya me acuerdo.

—Pues esta vez no te la pregunto.

La impresora empezó a moverse sola antes de que yo colgara, porque esa máquina, que Samu llama el arcángel, lleva desde junio enterándose de mi vida antes que yo. Un folio con su número y con su hora, diciendo que una cosa que estuvo escrita cuatro días ya no lo está.

Valen lo cogió de la bandeja, lo leyó entero y le dio la vuelta.

—Dame el bolígrafo.

Le di el de los plannings, que es el bolígrafo con el que me he tachado a mí mismo todo lo que me he tachado.

Escribió dos líneas en el dorso, con su letra de rellenar casillas, apretando el papel contra la pared:

En esta pareja no se firma nada solo, y no se hace ninguna cuenta con el otro dentro sin enseñársela.

Firmó. V. Ortiz. Y me pasó el bolígrafo.

—Esta la escribo yo —dijo—, que la última la escribiste tú y me dejaste sin la nueve.

Firmé debajo con mi firma minúscula. Ella dobló el papel en cuatro y se lo llevó al aparato, y lo metió en la visera, encima del asiento de la izquierda, donde vive doblada en cuatro otra cosa nuestra desde el diecinueve de junio.

Dos papeles. En el mismo sitio.

La segunda la deshizo ella media hora después, en la esquina del pretil de la báscula, que es el único metro y medio de la comarca con cobertura.

Pero antes me enseñó la cuenta.

La traía hecha desde el miércoles anterior, a lápiz, en el dorso de una hoja de cierre: dos columnas, si acepto y si no acepto , y ni una palabra bonita en ninguna de las dos.

Me la puso en las manos, se apartó dos pasos y se calló, que en esa mujer es el equivalente de estarse quieta delante de un dentista.

La leí dos veces, porque a las cuentas que me importan las leo como leo una línea: por los lados.

—Falta un número —dije.

—Dímelo.

—En marzo hay una jefatura de base. —Le devolví la hoja—. Y en esta provincia, con esta base y con esta unidad, no va a haber una jefatura para ti en diez años. Ponlo en la columna de aceptar, que es donde va.

Cogió el lápiz y lo escribió, y no discutió: si el número existe, el número se pone, aunque esté en contra tuya. Al lado escribió otro más corto y no me dejó leerlo.

Luego levantó el brazo y llamó.

Yo estaba a dos metros y solo oí la mitad, que es lo que hay que oír.

—Sarabia, soy Ortiz. —Silencio—. No.

Silencio largo.

—No. Que no. —Silencio—. Ya sé lo que vale. Lo he tenido cuatro días encima de una tablilla. —Silencio—. Pues me lo pierdo.

Colgó, se guardó el teléfono en el bolsillo de la pernera y se quedó mirando el llano.

—¿Qué te ha dicho? —pregunté.

—Que en la casa ya no se acuerda nadie de ningún plan de desarrollo. —Se rió con la nariz, sin ninguna gracia—. En agosto era una piloto con un expediente durmiendo en un cajón. Ahora es la piloto del Umbría, y eso lo dice una provincia entera desde el domingo, gratis.

—Bien.

—No es bien, capataz. Es que ahora vendo. —Se giró—. A los intocables no se les abre expediente. Se les manda una postal por Navidad.

Yo no contesté, porque un expediente que se muere solo no se ha muerto: se ha dormido. Y el día que ella dejara de vender iba a seguir sin haber ni una línea escrita a su favor en ninguna parte.

Eso lo arreglamos el miércoles.

El martes subimos a por la herramienta.

Fuimos los seis, con el Milagro, por el camino viejo. La ladera está negra hasta donde alcanza la vista y no la voy a describir: es negro, es blando, cruje, huele a chimenea apagada y a los tres días ya no huele a nada.

La explanada del repetidor estaba igual que la dejamos: la caseta con la chapa ampollada y el candado intacto, el depósito de la torre vacío hasta la última gota, el mástil en pie con sus tres vientos y, en el dado del tercero, el que no se ve desde el aire, una camiseta blanca tiesa de ceniza.

Y en fila, apoyada en la pared de la caseta, con los mangos hacia arriba y un dedo de ceniza encima, la herramienta de la cuadrilla de Valdecierzo.

Leti fue derecha a su máquina, que seguía encima del bloque con el protector puesto. Le quitó la ceniza con la palma y la arrancó allí mismo, en mitad de la explanada, porque una máquina se prueba donde se la deja.

Arrancó a la segunda.

—Vale —dijo Leti.

Y esa fue toda su opinión sobre los tres días más largos de su vida.

En dieciocho años yo no he dejado nunca una herramienta en el monte. Se baja rota, se baja quemada, se baja sin mango, pero se baja; y si no puedes bajarla, se sube otro día a por ella. Una herramienta que se queda arriba es una promesa, y las promesas se cumplen andando.

Cargamos el pick-up. Samu se fue al dado del tercer viento a desatar su camiseta.

—Déjala —dije.

—Es que era buena, Bosco.

—Ahí hay un cable de acero que no se ve desde el aire. Y el año que viene va a subir otro que no lo sabe.

Samu se quedó mirando la camiseta con el nudo ya medio deshecho, y se lo volvió a hacer. Bien hecho, además.

—Pues que conste que era de las buenas —dijo.

—Consta —dijo Andrés desde el pick-up.

El fuego se dio por extinguido el sábado siguiente.

Seiscientas y pico hectáreas: el pinar de la umbría entero, media crestería y una lengua larga por debajo de la torre.

Ni una casa, ni un corral, ni un animal de nadie, ni una persona.

La torre se salvó por veinte metros de matorral que no llegó a arder.

Y la herramienta fue la única cosa de aquellos tres días que se arregló volviendo a por ella.

El miércoles bajamos a la provincia.

Fuimos en mi coche, que limpié por dentro el martes por la noche como un chaval de dieciocho años, y ella no dijo nada, que fue peor.

Hora y cuarto de curvas, un polígono y un edificio de tres plantas con un pasillo de fluorescentes que huele a fotocopiadora. Todo lo que había pasado en mi valle desde junio se decidía allí, entre unas paredes de gotelé y una planta de plástico.

Requena tiene un despacho de dos por tres con una mesa, tres carpetas de gomas y un mapa de la provincia clavado en la pared.

Y en el mapa, escritos a lápiz al lado de los nombres impresos, están los nombres de mi pueblo.

Loma Alta , y al lado Loma del Aire . Barranco Hondo , y al lado las Zorreras .

Me quedé mirando aquella pared más tiempo del que es educado.

—Sentaos —dijo.

Nos sentamos. Lo dije yo, porque llevaba desde agosto queriendo decirlo en algún sitio.

—Coordinador. Venimos a contarte una cosa.

—Ya lo sé.

—Ya lo sabes.

—Decídmelo igual.

Cerró la carpeta que tenía delante y esperó.

Se lo contamos entero: desde cuándo, quién lo sabía y quién no, la hoja del siete de agosto con mi apellido en la casilla de personal embarcado y la fecha en que pensábamos bajar a aquel despacho, que era esa misma semana y que se nos torció por un rayo.

Hablé yo la mitad y ella la otra mitad, y ninguno de los dos adornó nada ni pidió nada.

Requena escuchó sin mover un músculo. Cuando acabamos sacó un papel del fondo de la carpeta y lo puso encima de la mesa, girado hacia nosotros.

Era mi solicitud de traslado, con su número de registro del veintiocho de agosto.

—Esto pasó por mi mesa el viernes a primera hora —dijo—. Y el viernes a primera hora yo iba subiendo a una báscula con la sierra ardiendo, así que lo dejé donde estaba.

Tres días de pie en un pretil de hormigón, repartiendo una provincia entera, sabiéndolo todo, y sin decir ni media palabra.

—¿Y ahora? —dijo Valen.

—Ahora os digo lo que hay, que es lo que hago siempre.

Se levantó y se fue al mapa.

—Ese pinar no ardió en agosto —dijo, con dos dedos encima de la mancha—.

Ardió en marzo, y ardió en un despacho, que es donde arden las cosas de verdad en este oficio.

Ahora voy a pedir una cosa, y no es un helicóptero: es que en este valle haya gente en marzo.

Retén de invierno, base abierta todo el año y convocatoria de plazas para la primavera.

Está pedido desde el jueves, y no lo he pedido por vosotros: lo he pedido porque este verano he tenido que traer a ocho personas de Hontanar desde ochenta kilómetros para un fuego que no tenía que haber existido.

—¿Y lo van a dar? —dije.

—Lo van a dar. Cuando arde una sierra entera, durante seis meses te dan todo lo que pidas. Es el único truco que tiene este trabajo, es un truco asqueroso y llevo veintiún años usándolo sin que se me caiga la cara.

Se sentó otra vez.

—Y ahora lo vuestro. —Se puso las gafas de cerca, que allí no le hacían ninguna falta—.

Yo tengo una manera de decir esto y ya te la dije en tu collado.

No la voy a repetir. Así que escuchad lo otro, que lo llevo pensando desde el domingo y lo he pensado solo.

El domingo repartisteis los dos con el otro dentro.

Tú mandaste a Ortiz a un sitio del tamaño de un pañuelo y le diste todo lo que veías en el segundo en que lo veías.

Y ella abortó una entrada con seis personas arriba y contigo en el borde, y volvió a empezar por el principio sin consultárselo a nadie.

Ninguno de los dos cambió un nombre. Y lo hicisteis delante de una provincia entera y está grabado.

Se quedó callado dos segundos.

—La gente no duda —dijo—. La gente reparte distinto. Y los que repartieron bien el domingo no me van a repartir mal en marzo.

Sacó un folio en blanco del cajón, desenroscó un bolígrafo y escribió cuatro renglones sin pensarlos, con la letra de los que escriben mucho.

Nos lo giró para que lo leyéramos.

En la base de Valdecierzo existe una relación personal entre la piloto al mando y el capataz de la cuadrilla. El coordinador provincial la conoce desde el veintiséis de agosto y decide no proponer el traslado de ninguno de los dos. La decisión es mía y va firmada.

—Esto va en el informe de cierre de la unidad —dijo—. Con su número de registro y con mi nombre debajo. Si algún día alguien lo saca en una mesa, que lo saque contra mí, que soy el que ha firmado, y no contra vosotros, que sois los que trabajáis.

Yo llevo dieciocho años llenando papeles de este oficio, y lo único importante que me había pasado en la vida no constaba en ninguna parte, y eso me lo dije a mí mismo en una báscula un viernes de agosto y me lo callé.

Aquella tarde lo escribió otro. Y lo firmó.

—Dos cosas más y os vais —dijo Requena—.

La primera: la norma se queda. No la derogo y no la voy a explicar otra vez.

La norma no es para vosotros: es para los que no han hecho el examen.

Y el día que yo lea un parte en el que uno de los dos ha repartido distinto, no os llamo: os muevo. Y no me va a temblar.

—Recibido —dijo Valen.

—La segunda es para ti, Ortiz. Lo tuyo con tu casa no lo firmo yo: en enero te pueden mandar donde quieran y ahí yo no pinto nada.

—Se quitó las gafas—. Lo que sí puedo hacer es que a tu casa le salga muy caro no dejarte aquí.

En el pliego de invierno se puede pedir continuidad de tripulación.

Lo he pedido otras veces y me lo han dado.

Ella tardó en contestar, y cuando contestó habló más despacio de lo que habla siempre.

—Gracias.

—No me des las gracias. Esto no es un regalo: es una firma. —Volvió a coger la carpeta—. Y una cosa, Ibarra. Ese impreso que mandaste llevaba un segundo folio grapado.

—Sí.

—Quítale la primera hoja y mándame la segunda. En septiembre, no en marzo. Con las siete fechas puestas.

Salimos al pasillo de los fluorescentes y anduvimos hasta el coche sin decir nada, y en el aparcamiento, con la mano ya en la puerta, ella se paró.

—Lo ha escrito —dijo.

—Lo ha escrito.

Subimos por las curvas con el sol de frente y se durmió a los diez minutos, con la cabeza contra el cristal y sin comprobar nada.

Y a la altura de la curva del mirador, con mi pueblo abriéndose abajo y el toldo verde de mi madre asomando a media cuesta, me acordé de una cosa.

De que en aquella casa hay una libreta de tapas de hule negro que llevaba desde el veintiuno de agosto sin abrirse.