35 · Valen
Un vuelo no se acaba cuando tomas. Se acaba cuando cuentas.
Se cuenta el combustible, se cuentan las horas, se cuentan los ciclos y se cuenta la gente que ha subido y la gente que ha bajado, y hasta que esa última cuenta no cuadra, el vuelo sigue abierto aunque el aparato lleve diez minutos apagado en el hormigón.
Tomé en la base a las ocho y treinta y tres minutos de la mañana del domingo treinta y uno de agosto.
Ginés quería dos minutos con el aparato y yo también los quería, porque aquel bicho acababa de comerse tres hundidas encima de un pinar y a las cosas hay que mirarlas cuando les pasa algo, no cuando ya no se puede. Así que apagué.
El ruido de un aparato al pararse tarda en caerse. Primero se afloja, después se hace lento y feo, y al final se queda un silbido fino, de tetera, que se apaga solo.
Y debajo de ese silbido, aquella mañana, había un llano lleno de gente que no decía nada.
Bosco salió del disco andando, sin correr y sin mirar atrás, con Andrés detrás. Cruzó el hormigón hasta donde estaban los otros cuatro y allí, delante de todo el dispositivo, hizo lo que hace él.
Los contó.
En voz alta y señalando con la barbilla, de uno en uno, como si aquello fuera un rastrojo del Onésimo y hubiera que meter a cinco personas en un pick-up. Nico. Samu. Tomás. Leti. Andrés.
—Cinco. Y el capataz, seis. —Se giró—. Piloto, cabezas.
Yo tenía el casco en la mano y la lista a medio hacer y llevaba dos meses y medio contestando a ese hombre lo mismo.
—Recibido, seis.
Se cuentan siempre, aunque sepas cuántas hay. Lo dijo él en junio, en una nave, delante de una circular clavada con una chincheta roja, y en junio a mí me pareció una manía de hombre mayor.
Aquella mañana me pareció el oficio entero.
Samu se apartó de la fila. Traía la cara gris de tres días y la camiseta puesta del revés, porque la suya se había quedado en un dado de hormigón a cuatrocientos metros de altura, atada a un cable que yo no llegué a ver nunca.
—Capataz.
—Qué.
—Que te lo hemos oído.
Y ya está. No dijo más. Ese hombre da fe de todo lo que no ha visto, lleva desde junio narrando este valle como si fuera una final, y aquella mañana tenía delante la mejor historia de su vida y la resolvió en cinco palabras.
Bosco asintió una vez y no contestó, y a Samu se le puso la boca de una manera rara y se fue a por una garrafa de agua que no necesitaba nadie.
Yo hice mi lista.
La hice entera, con el aparato caliente y las manos empezando a temblarme, que es química y no es miedo y que ya lo he explicado una vez. Comprobé el cierre con el canto de la mano, dos veces, como lo compruebo siempre.
Después me bajé.
Y él estaba en el punto de espera, al lado de la barandilla de tubo pintada de amarillo que Ginés atornilló al hormigón en abril.
A doce metros.
Este valle entero sabe lo de los doce metros.
Se cuenta en el bar como se cuenta que la carretera de la ermita lleva veinte años en el plan del alcalde: que el capataz no se acerca al aparato, que es un tipo raro con sus cosas, que cada uno tiene las suyas.
Doce metros exactos, desde hace nueve años, a un lado y a otro de este país, con lluvia y con sol y con la base vacía.
Yo eché a andar hacia él.
No llegué.
Aquel hombre cruzó sus doce metros delante de un coordinador provincial, de dos autobombas, de ocho personas de Hontanar, de media cuadrilla de la provincia, de un retén entero, de Marga con el chaleco reflectante en la boca del camino, de su madre a doscientos veinte metros cuesta arriba y de ochocientas personas sentadas en los escalones de su pueblo.
Y me abrazó.
No dijo nada. Yo tampoco.
No hay discurso. Lo escribo así porque así fue: no hubo una frase, ni una palabra al oído, ni una de esas cosas que se dicen en las películas y que nadie ha dicho jamás en un helipuerto.
Un hombre que olía a resina quemada y a tres días sin dormir me pasó un brazo por la espalda y me apretó contra un chaleco de trabajo, y yo metí la cara donde pude, que fue en el hueco del hombro, y me estuve allí seis segundos, o siete.
Y en esos seis segundos se acabaron dos meses y medio de callarnos.
Se acabó el punto siete de una servilleta escrita encima del pretil de la báscula el diecinueve de junio.
Se acabó lo de bajar por el callejón del corralillo con la llave donde siempre y lo de subir la cuesta con diez pasos de separación y lo de contestar con la verdad entera para que sirviera de escondite.
Se acabó la palabra después , que es la que más habíamos usado en agosto.
Lo vio todo el mundo.
Y no pasó absolutamente nada.
Eso es lo que a mí me va a durar toda la vida, y no el abrazo. Que un dispositivo entero miró aquello medio segundo y volvió a lo suyo, porque había un incendio en marcha y porque la gente que hace este trabajo sabe perfectamente qué es una cosa importante y qué es una cosa urgente.
Una autobomba arrancó. Alguien pidió una manguera de tres por la frecuencia de tierra. Requena, de pie encima del pretil con el móvil en una mano y la carpeta cerrada debajo del brazo, giró la cabeza, nos vio, y siguió hablando con la provincia por medios que estaban en otro sitio.
Y cuarenta segundos después me llamó por radio.
—Chicharra, coordinador. Cuando esté repostada, la quiero en el pie del collado.
—Recibido, coordinador.
Eso fue todo lo que ese hombre dijo del asunto aquel día. Y a mí, que llevaba desde junio con una norma no escrita metida en el pecho como una piedra en la bota, me pareció la cosa más elegante que me habían hecho nunca.
Lo que rompió el momento no fue él, ni el dispositivo, ni el pueblo.
Fue un perro.
A Butano lo habían subido al bar el viernes por la mañana con la caja de plástico vacía, y llevaba dos días y medio debajo de la mesa de la ventana, con el hocico entre las patas, mirando el llano y sin tocar la comida.
Alguien abrió la puerta de Casa Fina para sacar una bandeja.
Cuarenta kilos de perro color garrafa bajaron doscientos veinte metros de cuesta entre ochocientas personas sentadas, cruzaron la báscula por debajo de la barrera, esquivaron a una guardia civil que le gritó el nombre con muy poca convicción y entraron en el helipuerto de aquella base a una velocidad que yo no le había visto en dos meses y medio.
Llegó tarde.
Por primera vez en su vida, aquel animal llegó tarde. Se metió entre los dos, dio dos vueltas, opinó, se sentó encima de las botas de Bosco y se puso a mirar a la gente con esa cara suya de tener criterio, y ahí se acabó todo, porque delante de un perro así no se puede seguir teniendo un momento.
Fue lo que se rió la cuesta. Ochocientas personas, todas a la vez, en un valle que llevaba tres días sin reírse.
Y de lo otro no se rió nadie.
Repostamos, y a las nueve menos cuarto yo estaba otra vez en el aire.
De la mañana entera no hay mucho que contar, y eso es exactamente lo que hay que contar.
Requena mandó a la cuadrilla de Valdecierzo a la nave, a comer y a dormir dos horas, y Bosco obedeció, que fue el segundo milagro de aquel domingo.
Los de Hontanar y el retén de la provincia subieron por el otro lado, por el pie del cortafuegos, a lo que se podía.
Yo me puse a hacer lo aburrido: carga, tres minutos, descarga, vuelta.
Y a las doce y veinte el fuego llegó a la línea.
Yo lo vi desde arriba, y como lo vi lo cuento, sin ponerle música.
El flanco de la derecha subió la crestería, se comió lo que le quedaba de matorral, se puso a lo ancho y se echó encima del cortafuegos con el cierzo empujándolo por detrás.
Y se paró.
No se paró de golpe. Un fuego no hace nada de golpe.
Llegó a los treinta metros de tierra pelada, se estiró a lo largo del borde buscándose una entrada, mandó pavesas al otro lado durante media hora larga, y las pavesas cayeron encima de un pie de collado que estaba limpio como una era y que un sábado por la tarde, en vez de estar apoyando a nadie en ningún flanco vistoso, se había estado mojando con el poco agua que llegaba del pantano.
Cada pavesa hizo su fuego chico. Y cada fuego chico se quedó donde cayó, sin nada que comer, y se apagó solo.
A la una y media la cabeza del flanco derecho estaba tumbada contra el borde de la línea, sin subir y sin cruzar, con la lengua muerta.
Y en aquella línea no había nadie.
Ni una persona en dos kilómetros. Ni una azada, ni una mochila, ni una garrafa. La herramienta de la cuadrilla de Valdecierzo seguía apoyada en la chapa de una caseta a doscientos metros por encima, en fila y con los mangos hacia arriba, como se deja lo que se va a recoger.
Veinte metros de tierra pelada abiertos hace ocho años por un hombre de veintiocho que acababa de volver a su pueblo, repasados a mano en marzo un año detrás de otro, ensanchados a treinta el viernes por la noche entre catorce personas y una motosierra.
Eso fue lo que paró el fuego en el collado. No fui yo. No fue el agua de arriba, que compra minutos y se los regala a la gente que está abajo con la azada; ni el avión, que se había ido el sábado a las siete menos cuarto con toda la razón del mundo.
Fue una raya en el suelo que se ve desde el aire.
Aquella mañana, en el Cerro Umbría, el aire sacó a la gente y la tierra paró el fuego, y ninguna de las dos cosas habría servido de nada sin la otra, y no hizo falta que lo dijera nadie en ningún sitio, porque estaba escrito en el monte con letra de treinta metros.
A las cinco de la tarde el fuego estaba tumbado en el flanco de la derecha, trabajando todavía por la izquierda, por debajo de la torre, y bajando de intensidad porque el cierzo se estaba cansando, que es lo que hace el cierzo cuando ya no le hace falta a nadie.
No estaba controlado. Iba camino, que en este oficio es una manera de hablar que significa que a lo mejor duermes.
En una de las últimas cargas del día pasé por encima del pueblo.
La cuesta seguía llena. Las mesas de plástico de las fiestas puestas otra vez, las sillas de las casas sacadas a la calle, la gente en los escalones y en el pretil, con las caras hacia arriba.
Y en la puerta de Casa Fina había una mujer de sesenta y tres años de pie, con el delantal de cuadros y un trapo en la mano.
Mi casera no bajó. Mi casera abre a las siete y no cierra por nada, ni por una traca suspendida, ni por una comunión, ni por un incendio que se ha comido tres días de su vida. Lo que hizo fue salir a la puerta y quedarse allí de pie, quieta, mirando pasar un aparato con un balde colgado.
Diez segundos. Y se metió otra vez a dar de comer a media provincia.
Aquella noche, en el valle, no quedaba una sola persona a la que hubiera que contarle nada.
Lo sabía Ginés, que no iba a decirlo. Lo sabía Marga, que iba a preguntar por el aparcamiento.
Lo sabía Samu, que llevaba desde junio guardándolo mejor que un notario de verdad.
Lo sabían los ochocientos de la cuesta, y los ocho de Hontanar, y el chico de la autobomba que se giró medio segundo y volvió a lo suyo.
Y lo sabía un hombre seco de cincuenta y dos años, con las botas de trabajo viejas y una carpeta cerrada debajo del brazo, que a las nueve menos veinte de la mañana lo había visto entero desde un pretil de hormigón y lo único que había hecho era mandarme al pie del collado.
Nos quedaba una conversación pendiente con ese hombre.
Lo que ya no nos quedaba era una cosa que contarle.