Tierra, trágame (La Brigada 1) 34 · Bosco
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34 · Bosco

Esperar es un trabajo. Lo que pasa es que no se le nota a nadie que lo esté haciendo, y por eso no lo paga nadie y por eso lo hacen mal casi todos.

El ruido de aquel aparato se fue por el sur, se metió detrás del hombro del cerro y tardó en irse más que él, que es lo que hacen los ruidos grandes.

Y se quedó el otro.

Un incendio que trabaja a doscientos metros por debajo no crepita.

Eso es de las películas y de los que lo han visto una vez.

Un pinar que corona hace un ruido continuo, gordo, parecido a un río muy grande o a un motor lejano que nadie va a apagar, y lo peor de ese ruido es que se te olvida, y cuando lo vuelves a oír es porque está más cerca.

Nos quedamos dos hombres en veintitrés pasos por veintiocho.

Andrés se fue al depósito y volvió a abrir el grifo. Quedaba poca agua y la echó donde había que echarla, en la chapa de la caseta y en los cuatro metros de alrededor, andando despacio, moviendo el chorro con el dedo como se riega un huerto.

Yo lo dejé. En este oficio, cuando no hay nada que hacer, se hace lo que sí hay.

Y mientras él regaba, yo hice mi cuenta.

Cuatro abajo. Dos arriba. Uno de los dos era yo.

Ramiro se escribía los nombres en la palma de la mano izquierda todas las mañanas con un bolígrafo, y a mediodía, cuando el sudor se los había comido, se los volvía a escribir. Yo no lo he hecho nunca, y aquella mañana, con dos, no hacía falta.

Es la única vez que voy a decir esto y ya no lo digo más.

La herramienta estaba apoyada en la chapa, en fila, con los mangos hacia arriba y la motosierra de Leti encima de un bloque de hormigón.

En dieciocho años yo no he dejado una herramienta en el monte.

Ni una. Se baja rota, se baja quemada, se baja sin mango, pero se baja; y si no puedes bajarla tú, mandas a otro al día siguiente a por ella con el pick-up y una nota.

Una cuadrilla que se deja la herramienta arriba es una cuadrilla a la que le ha pasado algo.

A nosotros nos había pasado algo.

Cuando lo dije — la herramienta se queda, todo el mundo con las manos vacías —, Leti no discutió, que es lo suyo. Cogió su máquina, le puso el protector, la dejó encima del bloque para que no se la comiera la tierra y le pasó la mano por la carcasa una vez.

Una. Y se fue a la fila.

Andrés cerró el grifo, dejó la manguera enrollada como se deja una manguera y se puso a mi lado en el borde sur, mirando el sitio por donde se había ido el aparato.

—Buen aparato —dijo.

Y eso fue toda la conversación de aquellos catorce minutos.

Ese hombre elogia a las cosas y no a las personas. Lleva cuarenta años haciéndolo y no se le ha escapado ni una vez, y todo el valle lo tiene por un defecto suyo, y yo llevo desde los diecinueve años sabiendo que es lo contrario.

El fuego llegó al filo de abajo a las ocho y veintiuno.

Lo vi venir por donde tenía que venir. El flanco de la derecha había dejado de trabajar el pie del collado y se había puesto a subir la crestería, y la crestería, por debajo de la explanada, tiene matorral que no ha tocado nadie en veinte años, que es la misma frase que llevo escribiendo en un impreso todos los marzos desde que cogí la cuadrilla.

No voy a decir la palabra. No se habla de la cuerda en casa del ahorcado, y aquellos tres días no la dijo nadie, ni Requena ni yo.

Miré el borde limpio de Leti, que era lo único que teníamos, y me acordé de que aquella mujer había abierto veinte metros de matorral con una motosierra en un cuarto de hora y de que iba a bajar de allí con las manos vacías.

Y a las ocho y veinticuatro volvió a entrar por el sur.

El humo cruzó dos veces. Yo se lo canté las dos.

—Viene por la vaguada. Diez segundos.

—Recibido.

—Limpio. Tienes hueco. El tercer viento a tu derecha, en la camiseta blanca.

—Recibido.

Uno se pasa la vida hablando por una radio y no se entera nunca de lo que está haciendo.

Yo llevo dieciocho años dando referencias de tierra a gente que va por el aire: el poste solo de la parcela, la linde de los almendros, el ribazo, el tendido que no sale en ningún plano.

Y siempre lo he hecho por el mismo motivo, que es que a mí me daba pánico que alguien se me matara ahí arriba por una cosa que yo veía desde abajo y no había dicho.

Aquella mañana estaba cantándole el suelo a la mujer que me lo enseñó a mí.

Entró limpia. Se posó en aquel pañuelo como se posa una cosa que sabe exactamente cuánto ocupa, con el mástil a un lado y un cable de acero al otro que no ha visto en su vida.

—Andrés. Sube.

Andrés fue por delante del morro, agachado, con las manos vacías, y subió como sube al camión.

Y desde el asiento, ya sentado, me alargó la mano por la puerta.

La misma mano que hace nueve años me cogió del brazo en un camino lleno de gente y me metió en un coche.

No dijo nada. No hacía falta, porque en cuarenta años ese hombre no ha dicho nunca nada que se pudiera hacer con una mano.

Me agarré, puse la bota en el peldaño y el pecho hizo su puño.

Entero. Como el primer día, como en el hangar, como el veintiuno de agosto delante de un señor con una carpeta. Eso no se cura y ya está escrito en otro sitio y no lo voy a escribir dos veces.

Lo que sí voy a escribir es lo otro, porque lo otro es nuevo.

Que subí igual.

Me senté a la derecha. Pasé la correa, la crucé, la metí en la hebilla sin tensarla de un manotazo y comprobé con dos dedos que abría.

Ella alargó el brazo y me enchufó el intercomunicador.

—¿Me oyes?

—Te oigo.

—Arnés.

—Puesto.

—Salimos.

Las mismas tres cosas, en el mismo orden y con el mismo tono con el que se las dijo a Andrés, a Leti, a Samu, a Nico, a Ginés y a mí un jueves de agosto a las nueve y media de la mañana. Ni una palabra más. Ni media.

Y después una cuarta, que no me había dicho nunca en un sitio que no fuera un hangar de noche.

—Cántame el suelo.

El suelo se apartó, y esta vez no se apartó un metro.

Se cayó.

Se cayó todo de golpe por el lado de la puerta, porque para salir de aquel sitio hay que salir por encima del barranco, y debajo de nosotros no había veintitrés pasos de zahorra vieja: había doscientos metros de aire y un pinar echando humo.

La mano derecha se me cerró sola. Eso me pasa. Llevo desde una tarde de agosto sabiendo que uno no aprende a abrir la mano: aprende a trabajar con la mano cerrada.

Y me puse a cantar el suelo en voz alta, que es mi puesto, y que aquella mañana era además la única cosa que me sostenía.

—El borde sur. La piedra. El mástil, atrás y a la izquierda. La camiseta. El barranco. La crestería. El pino grande de la mitad de la ladera, que ya no está.

—Recibido.

—La torre. El collado. Mi línea, entera, de punta a punta.

—Recibido.

—Cabezas —dijo ella.

Y ahí me acordé de una noche de julio, en la hache de mi propia base, con un folio doblado en cuatro en las manos y una mujer diciéndome que el día que llevara gente detrás le cantara las cabezas, porque las cabezas también son suelo.

Me giré. Andrés estaba sentado, con el casco puesto, las manos abiertas encima de las rodillas y la cara de un hombre que va en un autobús.

—Dos —dije—. Andrés y el capataz. Dos.

—Recibido, dos.

El aire de encima de un incendio grande no es aire.

Eso no lo sabe la gente y yo tampoco lo sabía hasta aquella mañana, porque yo esto lo había visto siempre desde abajo, con la azada en la mano, mirando cómo una máquina daba vueltas y pensando que dar vueltas era fácil.

Encima de un pinar que está trabajando, el aire sube. Sube caliente, sube sucio y sube a trozos: una cosa que empuja hacia arriba y a diez metros otra que se cae, y entre las dos no hay una raya pintada.

Salimos por el barranco y aquello nos cogió a los veinte segundos.

El aparato pegó un tirón hacia arriba, se paró como se para un ascensor viejo y después se hundió.

Se hundió de verdad, con el estómago y con todo, y el cristal que tengo debajo de las botas se llenó de humo, y a mi izquierda una mujer de treinta y tres años movió la mano dos centímetros y no dijo absolutamente nada.

Dos o tres veces. No lo conté; ya no estaba para contar.

—El pinar —dije, y me salió la voz de dentro de un pozo—. El pinar, por debajo. La Hoya, negra, a la derecha. El camino viejo, que desde aquí arriba sí se ve. Y el Milagro, ahí abajo, entero.

—Recibido —dijo ella—. Sigue.

Y seguí.

Y a las ocho y veintinueve minutos de la mañana de aquel domingo el aparato salió del humo, se puso derecho, dejó de pelearse y se quedó volando en un aire normal, del que no hace nada, con el valle entero abierto por delante y el llano de mi pueblo al fondo.

Entonces cogí la emisora, porque tenía que dar una información y porque el que la tiene que dar soy yo.

Y porque abajo, en la báscula, había cuatro personas mías de pie mirando hacia arriba que en tres días no me habían visto la cara de miedo ni una vez, y a las que había que decirles algo.

—Aquí el capataz de Valdecierzo, para el coordinador. Voy a bordo. La crestería está vacía: no queda nadie arriba.

—Recibido —dijo la central.

Solté el botón. Y lo volví a apretar.

—Y que conste en la grabación, que estas cosas después se cuentan mal en el bar: tierra, trágame.

Aquella frecuencia se quedó tres segundos sin nadie.

Después, con la misma voz con la que se dan las coordenadas de un camino, contestó un hombre de cincuenta y dos años que llevaba desde el viernes de pie encima de un pretil de hormigón.

—Recibido, Ibarra.

Yo he dicho esa frase toda mi vida. La he dicho tirando una bandeja de herramientas en un hangar, la he dicho para dentro moviendo los labios como un viejo en misa y la he dicho cuarenta veces en la barra de mi madre por tonterías que no valían nada.

Y resulta que era para esto. Uno se pasa la vida diciendo una cosa sin saber para qué la dice, y un domingo de agosto se entera de golpe, a doscientos metros del suelo, con la mano derecha cerrada y un hombre callado detrás.

Que no me tragó.

Que llevo nueve años pidiéndoselo a un valle entero y el valle no me ha hecho nunca ni caso, y aquella mañana yo estaba encima de él, mirándolo por un cristal, y era mío como no lo había sido nunca.

Yo no me curé aquella mañana. Esto lo escribo aquí para que no lo cuente nadie de otra manera, porque en este pueblo, para octubre, la mitad de la comarca va a jurar que el capataz subió al aparato silbando.

El miedo subió conmigo. Se sentó en ese asiento, se puso el arnés, hizo el puño en el sitio de siempre y se estuvo ahí los seis minutos enteros sin quitarse ni un momento.

Lo único que pasó es que iba trabajando.

Nueve años preguntándome si algún día se me quitaría, y la pregunta estaba mal hecha desde el principio. No hacía falta que se me quitara. Hacía falta que me cupieran las dos cosas dentro a la vez.

Bajamos hacia el llano con el sol ya alto y el humo detrás.

Y en el cristal de debajo de mis botas empezó a crecer una nave con el tejado de chapa, una barandilla de tubo pintada de amarillo y cuatro personas de las mías, de pie en el hormigón, mirando hacia arriba.

Empecé a contarlas antes de tocar el suelo.