33 · Valen
Hay tres sitios donde un piloto no toma: donde no ve, donde no cabe y donde no puede salir si algo se le estropea.
La explanada del repetidor era dos de los tres. El tercero dependía del viento, y aquel domingo el viento era exactamente el que nos había metido a todos en aquello.
Lo oí a las siete y veinticinco de la mañana, encima del pinar, con el balde lleno y trabajando un flanco que ya no servía para nada.
—Aquí capataz de Valdecierzo, para el coordinador. Información, no petición.
En dos meses y medio yo le había oído a ese hombre pedir agua, pedir tiempo, pedir dos peones y pedir que le apartaran un camión. Un capataz que empieza una transmisión diciendo que no pide nada es un capataz que ya ha bajado la lista entera y no le queda un renglón.
Lo dijo todo, en orden, sin adjetivos, con la voz de trabajo puesta.
Los dos flancos. El camino cerrado con el humo pegado al suelo.
Cuatro focos entre el camino y ellos. Las opciones tachadas de una en una.
Un sitio de veintitrés pasos por veintiocho con una caseta de chapa, un depósito de mil litros y un mástil arriostrado en mitad del lado largo.
Y tres cables de acero, de los que dos se ven y uno no.
Y seis personas.
Yo solté el agua donde estaba mandada, en el pie del collado, porque lo que se lleva colgado no se sube a una crestería, y le dije a la central que iba a hacer un reconocimiento de la explanada del repetidor.
No dije nada más. Aquella frecuencia no era mía.
Un reconocimiento es una pasada y una pasada dura lo que dura. Yo hice tres, y las tres fueron cortas, porque cuando das más de tres vueltas a un sitio ya no lo estás mirando: lo estás negociando.
Desde arriba aquello no era un claro. Un claro es una cosa que hace el monte. Aquello era el hueco que deja una máquina cuando termina un trabajo y se va: tierra clara y zahorra en el hombro del cerro, con el pinar echando humo por debajo y la torre encima.
Conté lo que había que contar.
La caseta, en la esquina de arriba, cuadrada y brillante.
El depósito a la izquierda, sobre cuatro bloques.
El mástil en mitad del lado largo, clavado en el único sitio donde no tenía que estar.
Dos vientos de acero cogiendo el sol a ratos, tensos, finísimos, visibles medio segundo cada vez que se giraba la luz.
El tercero no estaba. No estaba en ningún sitio, y yo sabía perfectamente dónde tenía que estar.
Y el borde sur abierto a motosierra hasta la piedra, con lo cortado tirado al barranco y no amontonado, que es una diferencia que solo hace quien sabe para qué se abre un sitio.
Habían trabajado bien. Habían trabajado como si tuvieran clientela.
El humo cruzaba el rellano a rachas. Lo cronometré en la segunda pasada, que es lo que se hace, y salieron un minuto veinte, cincuenta segundos y casi dos minutos.
Eso no es un ritmo. Eso es una ruleta.
Y una ruleta se puede jugar de una sola manera: no jugándola tú. Desde arriba yo veía el humo cuando ya lo tenía encima. Desde abajo, un hombre de pie en el borde sur lo veía llegar por la vaguada quince o veinte segundos antes.
—Capataz, aquí Chicharra.
—Adelante.
—Necesito una cosa y la necesito antes de nada. Dime lo que ves.
Hubo medio segundo. Y después el hombre que me había dado un tendido eléctrico a las doce y media de la noche en agosto y un barranco que se me iba a estropear tres horas antes de que se me estropeara hizo lo único que le he visto hacer mal en toda la campaña.
—Piloto, yo esto no lo veo.
—Yo no vuelo con noes —dije—. Un no no es un dato. Dime lo que ves.
Silencio de uno. Dos.
—Veintitrés pasos por veintiocho, contados dos veces —dijo, y ya era otra voz—.
El borde sur está limpio hasta la piedra.
El mástil te queda a la izquierda si entras por ahí.
El tercer viento sale de un dado de hormigón que tienes a mano derecha y sube en diagonal; no se ve nunca, ni desde aquí.
La chapa de la caseta está mojada. El humo te va a cruzar cada minuto o minuto y medio y no es siempre igual.
Y el suelo es zahorra vieja apisonada con máquina; aguanta.
—Recibido.
—Y una cosa más. —Un segundo—. Ese dado de hormigón está desde hace cinco minutos con la camiseta de Samu encima. Es blanca. No vas a ver el cable. Vas a ver dónde empieza.
Llevo media vida oyendo por radio a gente muy buena en su trabajo.
—Recibido, capataz.
Y me fui a hablar con el hombre que me había bajado del aire el día anterior.
—Coordinador, aquí Chicharra.
—Adelante, Ortiz.
—He hecho tres pasadas al sitio del capataz. Le doy lo que tengo.
Y se lo di entero, sin adornarlo por ningún lado, que es la única manera de que una cosa así se pueda decidir: el tamaño, los tres estorbos, el cable que no se ve, la zahorra, el borde sur, el humo cruzando sin ritmo y la única entrada que hay, que es por el sur y por encima del barranco.
—¿Qué ves? —dijo.
La misma pregunta del sábado a las siete y media de la tarde. Palabra por palabra. Este oficio tiene esas cosas.
—Veo el suelo entero cuando el humo se abre y no veo nada cuando se cierra. El sitio no me lo puede cantar nadie desde el aire, porque desde el aire no se ve venir el humo. Me lo tiene que cantar el capataz desde el borde sur.
—¿Y qué no ves?
—El tercer viento. Ni lo voy a ver. Tengo la referencia del anclaje y tengo la palabra de un hombre que lleva media hora midiéndolo a pasos.
—¿Cuántos por viaje?
—Cuatro. Sin herramienta. —Dejé el aire fuera antes de decir lo otro—. Con herramienta no. De ahí no salgo con cuatro personas y cuatro azadas y una motosierra. Lo que no baje en el depósito lo tengo que gastar en gente. Son dos rotaciones.
—Dos rotaciones —repitió.
—Dos.
Y ahí aquel hombre se calló, y yo me quedé volando en círculo sobre un monte ardiendo, esperando.
Un coordinador provincial no manda volar a nadie.
Eso hay que decirlo bien, porque se cuenta mal en todas partes.
Un coordinador te puede prohibir volar, y el sábado a las siete y media me lo prohibió, y yo obedecí en el acto y me fui a la base a dormir tres horas con un monte en marcha debajo de mi ventana.
Lo único que puede hacer un coordinador es quitarte el no de encima.
Después vuelas tú. Y si sale mal, lo has decidido tú y lo has firmado tú, y no hay ninguna otra manera de que este oficio funcione.
—¿Hay otro medio? —preguntó, aunque lo sabía.
—El de refuerzo está a treinta kilómetros, en otro sector, y es más aparato que este. Ahí dentro no cabe.
—Ya.
Y entonces, antes de decir lo que tenía que decir, dijo otra cosa.
—Ortiz. ¿Tú has dudado alguna vez en el aire?
—No.
—Yo tampoco he visto dudar a nadie en treinta años —dijo—. Autorizado. Cuando quieras y como tú lo veas. Yo no te voy a decir cómo se hace ni te voy a preguntar nada mientras lo hagas.
—Recibido, coordinador.
Y hubo una pausa que en aquella frecuencia, aquella mañana, era una eternidad y una fortuna.
—Valentina.
—Diga.
—Nada. Trabaja.
Aquel hombre llama a todo el mundo por el apellido. Se los aprende de una lista y los dice antes de que se los digan. En veintiún años se le conoce una sola excepción, y a mí me la contaron de segunda mano un martes al mediodía, y era el nombre de un chaval que no bajó de un monte.
No se le rompió la voz. Un hombre así no tiene la voz para eso.
Lo que se le rompió fue el apellido.
Bajé a la base con el balde vacío y cuatro minutos de tiempo, que es todo lo que había.
Ginés estaba en el hormigón antes de que yo tocara. Le solté el balde y no me preguntó por qué; lo desenganchó, lo apartó rodando con el pie y volvió con la manguera.
—El justo —le dije—. Lo que me llegue para dos viajes cortos y la vuelta. Ni un litro más.
Levantó una ceja medio milímetro, que en él es un discurso, y me puso el combustible justo.
Un hombre que lleva veinte años debajo de los aparatos sabe perfectamente para qué pide poco combustible una piloto: lo que no llevas en el depósito lo llevas en la gente, y en una crestería a las ocho de la mañana de un domingo de agosto eso no es una manía. Es la diferencia.
Y mientras él trabajaba, yo hice lo otro.
Levanté la mano y saqué de la visera, de encima de mi cabeza, donde vive desde la noche del dieciocho de agosto junto a una servilleta doblada en cuatro con una mancha de aceite en la esquina, una cartulina blanca del tamaño de la palma de la mano, plastificada, con las esquinas comidas y una letra grande y torcida de hombre que escribía poco.
Me la puse en la rodilla, debajo de la goma.
Once puntos.
Yo me los sé de memoria desde los quince años y no la había necesitado nunca. La llevo por lo que llevo, que ya lo he dicho una vez y no lo voy a decir dos. Aquella mañana la bajé porque el once dice lo que dice.
11. Si tienes prisa, empieza otra vez por el uno.
Y yo tenía prisa. Tenía toda la prisa del mundo, tenía seis personas en un pañuelo de tierra y tenía las manos calientes, y ese es exactamente el estado en el que un piloto se salta un paso y se entera un minuto después.
Así que empecé otra vez por el uno.
El uno dice duerme , y ahí no había nada que hacer: tres horas en un catre y veintiséis de campaña en el cuerpo.
Se anota y se sigue. El dos, el tres. El cuatro dice el campo, andando, antes , porque mi padre se bajaba del avión y se recorría las lindes a pie el día anterior, y aquel campo yo no lo iba a andar en mi vida.
Lo estaba andando otro. Lo llevaba andando a pasos desde las siete menos cuarto, dos veces, para que fueran dos cuentas y no una, y me lo había cantado entero por radio.
El punto cuatro estaba hecho. Lo había hecho un capataz con las botas.
Y el siete.
7. Los cables. Los que salen en el plano y los que no.
Lo leí una vez. No hace falta más y no voy a explicar aquí lo que ya está explicado en otro sitio.
Cogí el micro.
—Capataz, aquí Chicharra. El tercer viento me lo cantas cada vez que entre. Cada vez. Aunque yo no te conteste.
—Recibido. Cada vez.
Ginés cerró el tapón, dio dos golpes con la palma en la chapa y se apartó andando de espaldas hasta el tubo amarillo.
Y treinta segundos después, cuando yo ya estaba en el aire y él no tenía a nadie delante:
—Tráelos.
Entré por el sur a las ocho y siete minutos.
—Limpio —dijo la radio—. Tienes hueco. El tercer viento a tu derecha, en la camiseta blanca.
Y a los once segundos, cuando yo ya lo tenía delante y el rellano se me estaba haciendo grande en el cristal:
—Viene. Viene por la vaguada. Cinco segundos.
Me fui.
No hay nada que contar de eso y por eso lo cuento. Un piloto se va, y punto: se sale por donde se ha entrado, se sube limpio, se da la vuelta y no se piensa en lo que uno se ha dejado dentro, porque a la gente que está dentro no la ayuda un aparato metido en un sitio que no ve.
Subí a la vuelta, con el pinar entero blanco por debajo, y me oí decir en voz alta, dentro de mi propio casco, con el intercomunicador conectado a nadie:
—Empieza otra vez por el uno.
Y empecé otra vez por el uno.
La segunda entrada fue la buena.
—Limpio. Y te va a durar.
Un minuto y diez segundos de un sitio que existía. La camiseta blanca a la derecha, el mástil creciendo por la izquierda, la caseta oscura de agua, el borde de piedra por delante y cuatro personas agachadas en fila en el sitio exacto donde yo podía verlas enteras.
Cuando los patines tocaron aquella zahorra vieja apisonada por una máquina en los años noventa, el suelo aguantó, como estaba dicho.
Subieron de uno en uno, por delante del morro, agachados, con las manos vacías.
Nico. Samu. Tomás, el refuerzo de la campaña, veintitrés años, seis semanas en la cuadrilla y todavía sin mote, que en este pueblo es la manera de decir que aún no eres de aquí. Y Leti la última, con las manos vacías también.
Vi la herramienta al pasar sobre el borde: apoyada en la chapa de la caseta, en fila, con los mangos hacia arriba y la motosierra encima de un bloque.
Colocada.
Una cuadrilla no abandona la herramienta. La deja puesta como se deja una cosa a la que se va a volver, y ninguno de los cuatro que subieron aquella mañana a mi aparato miró hacia atrás ni una sola vez.
Lo tuve a metro y medio de la puerta durante ocho segundos.
—Aquí capataz. Te van cuatro: Nico, Samu, Tomás y Leti. Quedamos dos.
—Recibido, capataz. Cuatro.
No lo miré. Él tampoco me miró a mí. Llevábamos tres días sin vernos la cara y aquel día tampoco tocaba, porque los dos estábamos trabajando y porque lo teníamos hablado desde una báscula, en agosto, con un perro sentado en medio.
Salí por el sur, por encima del barranco, con el aparato pesado y la mano izquierda contando lo que tenía.
Y al girar volví a mirar el rellano.
Ya no medía veintitrés por veintiocho.
Medía lo que le dejara el fuego.