32 · Bosco
A este pueblo lo bautizó un viento.
El cierzo baja del norte, se mete por el valle, pasa el collado y cae al otro lado como cae el agua por un escalón.
No sopla más fuerte cuando cae: cambia de sitio.
Eso es lo que no entiende la gente de fuera, que se imagina el viento como una cosa que empuja. El viento no empuja. El viento reparte.
Andrés me lo enseñó cuando yo tenía diecinueve años y él lo lleva diciendo cuarenta, siempre con las mismas doce palabras, y en este valle no hay nada más importante que sepa nadie que trabaje de esto.
El domingo treinta y uno de agosto, a las seis y veintidós de la mañana, el cierzo entró en el Cerro Umbría.
Llevábamos toda la noche en la línea. Habíamos ensanchado el tramo de arriba, habíamos limpiado los bordes por segunda vez y a las cinco menos cuarto habíamos parado a comer lo que quedaba en la última caja de plástico, sentados en la tierra pelada, con el fuego trabajando doscientos metros por debajo y subiendo despacio.
Los de Hontanar habían bajado al camino a las cinco, a relevarse y a dormir dos horas en los camiones, y en el tramo de arriba nos habíamos quedado los seis de siempre.
Aquello era exactamente lo que teníamos previsto. El fuego venía a por la línea y la línea estaba lista.
A las seis y veinte, Andrés dejó el bocadillo encima de la rodilla y levantó la cabeza.
—Ya está aquí.
Yo no lo había notado todavía, y llevo dieciocho años presumiendo de nariz.
Lo primero no fue el aire: fue el humo. El humo de la noche llevaba seis horas tumbado en la vaguada, quieto, gordo, con el olor manso de la resina. Y de golpe se enderezó. Se puso de pie como se levanta un hombre de una silla, se estuvo un momento sin decidirse y se torció al otro lado.
Después llegó lo demás. Frío en la cara, seco. Un aire que a las seis de la mañana de un domingo de agosto no tendría que estar seco.
—Ha rolado —dije por la emisora—. Aquí capataz, para todos los sectores. Me ha entrado el cierzo por el collado y me está cayendo en escalón.
Y en cuanto solté el botón, el fuego cambió de plan delante de nosotros.
Un incendio no tiene voluntad, aunque en este oficio hablemos todos como si la tuviera. Hace lo que le dejan el combustible, la pendiente y el viento, y si le cambias uno de los tres se convierte en otro incendio distinto en cinco minutos.
En cinco minutos se convirtió en dos.
La cabeza, que llevaba toda la noche subiendo derecha hacia nosotros, dejó de subir.
Se tumbó. Se partió por el pino grande de la mitad de la ladera, y una parte se echó a la izquierda y se puso a correr en horizontal por debajo de la torre, comiendo matorral fresco a una velocidad que yo no había visto nunca en este valle; y la otra siguió trabajando el pie del collado, contra mi línea, con más ganas que en toda la noche.
Y las pavesas dejaron de caer donde caían.
Con el aire de la noche, las pavesas se le quedaban al fuego por delante y a la vista, y las apagábamos nosotros. Con el cierzo cruzándonos, empezaron a cruzar por encima de la línea y a caer detrás, por debajo de nosotros, en el matorral que hay entre la línea y el camino viejo.
En un cuarto de hora conté cuatro focos nuevos ahí abajo.
A los veinte minutos ya no los conté.
—Andrés. Leti. Bajáis doscientos metros por la línea, miráis el camino y volvéis. No entráis en el matorral. Diez minutos y quiero la información aunque sea mala.
Yo me quedé arriba.
Eso lo aprendí un uno de agosto y me costó cuatro renglones de mi puño en el parte de otra y un cartel que lee mi cuadrilla todas las mañanas. Un capataz se queda donde puede ver a los seis, y manda a otros a mirar, y se aguanta.
Volvieron en nueve.
—Cuatro sitios largos por debajo de la línea —dijo Leti—. Y el camino no se ve. Ni el camino ni el Milagro ni la curva. Está todo blanco.
—¿Blanco o gris?
—Blanco arriba y gris pegado al suelo.
Andrés no dijo nada. Puso la azada en el suelo y se apoyó, que en él es una frase entera.
Y entonces me puse a hacer lo que hacemos los capataces, que no es lo que se cuenta en el bar.
Un capataz no se pone nervioso. No le da tiempo. Un capataz coge la lista de lo que se puede hacer y la va bajando renglón a renglón, y en cada renglón pone un dato en contra o lo tacha. Es un oficio de administrativo con las manos negras. Lo malo no es la lista.
Lo malo es cuando se te acaban los renglones.
Uno. Bajar por la línea hasta el camino viejo y salir con el pick-up, que es lo que habíamos hecho las dos noches anteriores.
Tachado: hay fuego nuevo en cuatro sitios entre nosotros y el camino, y el camino tiene el humo pegado al suelo.
Un camino estrecho con el humo tumbado no es una salida: es una chimenea.
Ahí no se mete a seis personas ni con dos mangueras.
Dos. Salir por abajo del todo, por el pie del cortafuegos, y llegar a la báscula. Tachado por lo mismo, y con dos kilómetros más de lo mismo.
Tres. Pasar el collado y salir por el otro lado, al monte grande.
Ahí no hay fuego todavía y eso es todo lo bueno que se puede decir.
Tachado: kilómetros de encinar y pino sin una casa, sin un camino, sin un punto de agua y sin una raya de nadie; nadie puede entrar a buscarte, no hay dónde apoyarse y lo que estamos intentando que no pase es justamente que el fuego se vaya para allá.
Un capataz no saca a su gente metiéndola delante del incendio.
Cuatro. Entrar en lo quemado, que es lo que se enseña y lo que se hace y lo que a mí me ha salvado dos veces.
Tachado, y este me dolió: lo quemado está por debajo del flanco que acaba de rolar, o sea que para llegar a lo quemado hay que cruzar el fuego nuevo; y lo quemado del pinar de la umbría no es negro.
Un pinar que corona no se queda en el suelo hecho ceniza: se queda de pie, con la lumbre por dentro, tirando pies cada dos por tres.
Eso no es un refugio. Eso es un sitio donde te cae un pino encima mientras esperas.
Cinco. Quedarnos en la línea.
Y aquí es donde tuve que decirme a mí mismo, en voz baja, en mitad de mi propio cortafuegos, una cosa que no había pensado nunca en dieciocho años.
Los treinta metros de tierra pelada del tramo de arriba son el mejor sitio de esta sierra para no morirse.
Eso es verdad y es mío y lo abrí yo con esta gente.
Pero un fuego que corona y siembra doscientos metros por delante no te pide permiso para saltar treinta, y ahí arriba no hay agua, porque el depósito está en el pick-up y el pick-up está donde está el humo.
Aguantar en la línea con seis personas, sin agua y con las dos cabezas llegando a la vez, son horas. Y las horas ahí no las tenemos.
Y hay otra cosa, y la escribo una sola vez.
Nosotros ya no somos la línea.
La línea es la línea. Está abierta, está limpia, tiene treinta metros en el tramo bueno y la repasamos anoche entre catorce. Si aguanta, va a aguantar sin nosotros encima; y si no aguanta, tampoco íbamos a poder nosotros con una azada.
Seis. Que suba gente a buscarnos por tierra.
Tachado sin pensarlo mucho: para sacar a seis por ese camino habría que meter a ocho o a doce, y eso es cambiar un problema de seis por un problema de dieciocho.
Ningún jefe de extinción decente lo autoriza y yo no lo pediría.
Si lo pidiera y me lo dieran, no me lo perdonaría en la vida.
Y ahí se me acabó la lista.
Miré el papel de la tablilla, que no tenía nada escrito, porque estas listas no se escriben: se hacen de pie y con el viento en la cara.
Andrés se enderezó y dijo lo que dice él, con la voz con la que anuncia que va a llover.
—El aire.
Nadie contestó nada durante tres segundos.
Cuarenta años de monte, y dos manos que en su día metieron a un chaval de veintisiete en un coche y lo bajaron ocho horas sin abrir la boca.
Y fue él, y no yo, el que dijo en voz alta la única palabra que quedaba.
—El aire —repetí—. Vale. Pues vamos a buscarle un sitio donde poner los patines.
Lo teníamos a doscientos metros por la crestería, y no era gran cosa.
Cuando levantaron la torre, en los noventa, subieron una máquina y abrieron un rellano para dejar el material y montar el repetidor.
Eso es lo que hay: una explanada de tierra y zahorra en el hombro del cerro, por debajo del collado y por encima del pinar, que se llama la explanada del repetidor porque en este valle a las cosas se les llama por lo que tienen encima.
La medí a pasos, con Samu detrás midiéndola conmigo para que fueran dos cuentas y no una.
Veintitrés pasos por veintiocho. De ahí hay que quitar la caseta del repetidor, que es un cubo de chapa con un candado, en la esquina de arriba.
Hay que quitar el depósito de agua de la torre, mil litros de chapa galvanizada sobre cuatro bloques, en el lado de la izquierda.
Y hay que quitar el mástil de la antena, que está clavado en mitad del lado largo y que no es un palo: es un mástil arriostrado con tres vientos de acero que bajan al suelo y se anclan en tres dados de hormigón repartidos por la explanada.
Pensé en tumbarlo. Lo pensé dos minutos enteros, que es mucho pensar aquella mañana.
Un mástil arriostrado no se tira con una azada ni con una motosierra, y si se tira mal cae encima del único trozo de esa explanada donde hace falta que no caiga nada.
Y por el lado sur, el borde se lo había comido el matorral en veinte años sin que pasara nadie con una desbrozadora.
Eso sí lo podíamos arreglar nosotros.
—Leti, la motosierra, todo el borde de ahí hasta la piedra. Samu y Nico, lo cortado se saca del rellano y se tira por el barranco, no se amontona. Andrés, el depósito: abre el grifo y me empapas los cuatro metros de alrededor de la caseta, que si se nos enciende la chapa se acabó el sitio.
Se pusieron. En quince segundos aquello era una cuadrilla trabajando y no seis personas en un cerro.
Samu, cargando ramas hacia el barranco:
—Yo he aparcado el Milagro en sitios peores.
—Tú has aparcado el Milagro dentro de un pilón —dijo Leti, sin sacar la motosierra del matorral.
—Y salí.
Y eso fue todo, y nos vino bien a los seis, y lo dijo él porque para eso está.
Nico se me acercó con las manos llenas de rama y la cara que tiene un chaval de veintiún años a las siete y media de la mañana de un domingo.
—Capataz.
—Dime.
—¿Nos van a sacar?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando yo tenga esto hecho —dije—. Sigue.
Y siguió, que es lo que hay que hacer.
Yo me fui al borde, me puse de espaldas a la caseta y miré lo que iba a tener que mirar una piloto: una uña de tierra clara en mitad de una crestería, con un cubo de chapa, un depósito, un mástil y tres cables que desde arriba no existen; con el pinar echando humo por debajo, el humo cruzando el rellano a rachas por culpa del mismo viento que nos había metido en aquello, y sin una sola referencia limpia alrededor.
Del tamaño de un pañuelo. Y sucio.
Después cogí la emisora y la puse en la voz de trabajo, que es la que tiene todo el aire fuera antes de empezar.
—Aquí capataz de Valdecierzo, para el coordinador. Información, no petición.
—Adelante, Ibarra.
—El cierzo ha rolado a las seis y veintidós y me ha partido el fuego en dos flancos.
El de la izquierda ha cruzado por debajo de la línea y ha cerrado el camino viejo con humo pegado al suelo y con cuatro focos entre el camino y nosotros.
El de la derecha sigue trabajando el pie del collado.
Salida por tierra, ninguna. Lo he repasado entero y no hay opción por abajo, ni por el collado, ni por lo quemado, y no quiero a nadie subiendo a buscarnos por ese camino.
—Recibido.
—Tengo un sitio. La explanada del repetidor, doscientos metros por debajo del collado, en la crestería, al pie de la torre.
Veintitrés pasos por veintiocho, y de eso hay que quitar una caseta de chapa en la esquina de arriba, un depósito de mil litros en el lado izquierdo y un mástil arriostrado en mitad del lado largo.
El mástil tiene tres vientos de acero anclados en tres dados de hormigón: dos se ven y el tercero no se ve, y está en el lado por donde entraría cualquiera.
Estoy limpiando el borde sur con la motosierra y mojando la caseta.
En veinte minutos tengo hecho lo que se puede hacer.
—¿Gente?
—Seis.
Y me oí decirlo.
Seis. Ese número, en mi cabeza, llevaba desde julio queriendo decir otra cosa, y me lo había guardado como se guarda una cosa que no figura en ningún parte. Aquella mañana se puso de pie encima de la explanada del repetidor y quería decir lo que quiere decir siempre: la gente que hay.
—Repite.
—Seis. Cinco de la cuadrilla de Valdecierzo y el capataz.
Y después dije en alto, delante de mi gente y de una provincia entera, la frase que no he dicho en dieciocho años de oficio y que llevo dieciocho años trabajando para no tener que decir.
—Aquí no hay salida por tierra. La salida es el aire.
Solté el botón y me quedé con la emisora en la mano, mirando aquel pañuelo de tierra sucia con un mástil en medio.
Seis personas.
Un sitio del tamaño de un pañuelo.
Y un hombre que en nueve años no ha sido capaz de subirse a ese aparato en su propia base, con el hormigón seco, la mañana clara y una barandilla amarilla a doce metros para agarrarse.