Tierra, trágame (La Brigada 1) 31 · Valen
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31 · Valen

Un incendio de tres horas es una carrera. Uno de tres días es una mudanza.

En la carrera no hay que administrar nada: se sale con todo, se llega o no se llega y a las nueve de la noche estás sentada en un ribazo. En la mudanza hay que administrarlo todo, y lo primero que hay que administrar no es el agua ni el combustible ni las horas de máquina.

Es la gente.

El sábado treinta de agosto arranqué a las seis y cincuenta y dos de la mañana, con la primera luz, y para entonces llevaba veinticuatro horas de campaña en el cuerpo, tres de sueño en un catre de la nave y una lista de cierre firmada a la una y media de la madrugada con la letra torcida.

Ginés había dormido menos que yo. Estaba debajo del aparato desde las cinco, sin música, sin teléfono y sin decir absolutamente nada, y cuando le pregunté cómo lo veía me contestó lo que contesta él:

—Bien.

Y treinta segundos después, cuando yo ya estaba subiendo:

—Y el filtro te lo cambio esta noche.

Volar un incendio grande es lo más aburrido y lo más exacto que hace un piloto.

Se hace un circuito y se repite. Carga, tres minutos, descarga, vuelta. Carga, tres minutos, descarga, vuelta. La gente se imagina otra cosa; la gente se imagina maniobras. En un fuego así no hay maniobras: hay un reloj hecho de personas y tú eres una de las manecillas.

Aquella mañana el reloj funcionó.

El canario entraba por el norte y salía por el norte, siempre igual, y avisaba dos minutos antes por radio con la misma frase, palabra por palabra, cada vez.

Yo trabajaba el flanco de la izquierda y el pie del collado.

Él la cabecera, con su carga y su altura, que no es la mía y no nos estorbamos jamás.

Y abajo mandaba una voz.

Una. La misma toda la mañana, aunque en aquella frecuencia hubiera a ratos tres cuadrillas, dos autobombas, un jefe de sector y un coordinador provincial: en el sector del collado se pedía y se contestaba con un capataz, y cuando alguien se metía por medio, él le decía dónde estaba cada cosa y volvía a lo suyo sin levantar el tono.

Eso lo dejó dicho en julio un señor de cincuenta años con la camisa por fuera, en la mesa de una nave, encima de un plano doblado, y a mí me pareció entonces una obviedad de manual.

No lo es. Un incendio no se pierde por el fuego: se pierde por la gente hablando a la vez.

A las nueve y media entró un medio de refuerzo de otra provincia, dio dos vueltas de reconocimiento y preguntó en abierto a quién le hablaba.

—Al capataz de Valdecierzo —dijo Requena, que llevaba dos horas sin abrir la boca.

—¿Y el jefe de sector?

—El jefe de sector le habla a él.

Once segundos costó aquello. Once. En julio, en una mesa de formica, con dos folios de la provincia y un plano doblado, a mí me pareció papeleo de gente que se aburre en invierno.

Yo pedía despeje, él contaba cabezas y contestaba, y yo contaba tres, dos, uno, agua.

Ciento y pico veces en dos días. No hubo ni una sola conversación entre nosotros que no fuera esa, y cuando digo ni una quiero decir ni una: ni un buenos días, ni un cómo llevas la noche, ni una de esas medias palabras que se le escapan a cualquiera a las once de la mañana del segundo día.

Llevábamos veintiocho horas sin vernos la cara.

Yo lo tenía en el casco todo el rato, a un palmo del oído, dándome referencias de un monte que se estaba quemando, y no lo había visto desde el pretil de la báscula del viernes por la mañana.

A las once y veinte me dio el aviso.

—Chicharra, capataz. Una cosa para ti sola. A media tarde se te va a tumbar el humo en el barranco de la Poza. El aire de ahí abajo, a esa hora, baja. Cuéntalo desde ahora, no lo cuentes cuando te pase.

—Recibido.

Y ya está. Ni una palabra más ni una menos.

Un hombre me estaba diciendo, delante de una provincia entera, que iba a perder mi punto de agua tres horas antes de perderlo, para que yo hiciera la cuenta con tiempo. Y lo estaba diciendo con la misma voz con la que reparte a cinco personas por una ladera.

Hay gente que se pasa la vida buscando a alguien que le diga cosas bonitas. A mí que me digan a qué hora se me va a estropear el barranco.

El humo empezó a cerrar el valle a la una y media y no paró en toda la tarde.

Un fuego que corona hace muchísimo humo y el humo no sube: se estanca. Se mete en las vaguadas, se tumba encima de las laderas, se queda flotando a media altura como un techo sucio, y desde arriba el monte deja de ser un monte y se convierte en un mapa de manchas grises que se mueven despacio.

A la una y media perdí el pinar de la umbría. A las tres perdí la torre. A las cuatro y veinte no veía el camino viejo entero: veía trozos.

Y a las cinco menos cuarto bajé a la Poza y la Poza ya no era mía.

Estaba exactamente como me lo había dicho: el humo tumbado dentro del barranco, entre las paredes de piedra, quieto, y el hueco entre los dos chopos —que es justo cuando se ve y no existe cuando no se ve— convertido en una idea que yo tenía en la cabeza y no delante de los ojos.

Di una vuelta. Di dos.

Después me fui al pantano, que es lo que había que hacer.

Un piloto de extinción no entra a coger agua a un sitio que no ve. No hay ninguna discusión posible sobre eso y no la ha habido nunca, ni en la peor tarde de mi vida, y el día que la haya se acabó el oficio y se acabó la piloto.

—Capataz, aquí Chicharra. He perdido la Poza. Me voy al pantano y el ciclo se me pone en tres veces lo que era. Dime dónde quieres el agua que te queda, porque te va a llegar un tercio.

Tres segundos.

—Recibido. Pues me cambia el plan.

Y le cambió el plan, ahí, con la emisora en la mano y su gente repartida en dos kilómetros de ladera: dejó de pedirme apoyo en el flanco y me puso a mojar el pie del collado y los bordes de su línea, que es lo aburrido, lo que no sale en ninguna foto y lo único que iba a servir para algo dos días después.

Mojar donde todavía no arde.

El agua de arriba no apaga nada. El agua de arriba compra minutos y se los regala a la gente que está abajo con la azada. Eso me lo dijo un capataz en un rastrojo el segundo día que nos hablamos, y yo le puse cara de piloto y me acordé de aquella frase todos los días desde entonces.

Volé cuatro ciclos al pantano.

Cuatro ciclos son mucha máquina y muy poca agua, y a cada uno que hacía tenía más ganas de meterme otra vez en el barranco a ver si el humo se había abierto. Eso también forma parte del trabajo: saber que quieres hacer una tontería, verte queriendo hacerla y no hacerla.

El canario se retiró a las siete menos cuarto.

Lo cantó en abierto, para que constara en la frecuencia y en la grabación y en el parte de quien lo quisiera leer, con la misma voz simpática con la que se aprende los nombres de las cuadrillas.

—Aquí el canario. Me retiro. No veo el suelo del último tercio y no voy a soltar a ciegas encima de gente.

—Recibido —dijo Requena.

—Y lo digo entero, que después se cuentan las cosas raras: yo con esto no trabajo, y el que te diga otra cosa te miente.

Se fue por el norte, como había entrado catorce veces aquel día. El ruido tardó en irse más que él.

Y me quedé sola en el aire.

Es una sensación que conozco y que no le gusta a nadie: de repente aquella frecuencia era mía, todo el mundo estaba abajo y todo el mundo estaba esperando lo que yo pudiera dar.

Di dos ciclos más.

Los di bien, y los di apurando la luz por el lado bueno, que es el lado en el que uno todavía puede contarlo, y con el tercero ya subiendo del pantano me pillé haciendo dos cuentas a la vez: la del combustible, que es la que no negocia, y otra que no era una cuenta sino una excusa con números.

Y entonces se abrió la frecuencia.

—Chicharra, aquí el coordinador.

Aquel hombre no había hablado directamente conmigo en dos días. Había hablado con los sectores, con la central, con el jefe de sector y con la gente de las autobombas, y a mí no me había dicho ni buenos días desde el jueves veintiuno de agosto por la mañana.

—Adelante.

—¿Cuánto ves?

Y ahí se me acabó la excusa con números, porque a esa pregunta yo solo sé contestar una cosa.

—El último tercio, no.

—Entonces no se vuela más hoy —dijo Requena—. Te vuelves a la base.

Un segundo.

En ese segundo yo estaba a seiscientos metros por encima de un monte ardiendo, con la mitad de un valle debajo lleno de gente con linternas, y una de esas linternas era la de un hombre que iba a pasar la segunda noche seguida en un cortafuegos.

Y en la misma frecuencia, en el mismo canal, escuchándolo todo, estaba el capataz de aquel sector.

No dijo nada.

Ni una palabra, ni una carraspera, ni un recibido de más que no le tocara dar. Aquel hombre tenía una radio en la mano y no la usó, y yo esperé medio segundo a ver si la usaba, con esa media parte tonta que tenemos todos dentro, y no la usó.

Y esa fue la única cosa buena que me pasó aquel sábado.

—Recibido, coordinador. Me vuelvo a la base.

Tomé a las ocho menos veinte con la luz naranja del humo, que es una luz que engaña y que no sirve para trabajar. Apagué. Hice la lista. Comprobé el cierre con el canto de la mano, dos veces, como lo compruebo siempre y como lo voy a comprobar el día que me muera.

Ginés estaba esperando con el filtro en la mano.

—Mañana a las seis y media la tienes.

Y a los treinta segundos, cuando yo ya iba por la mitad del helipuerto:

—Buenas noches.

En el despacho de la nave, encima de la mesa de formica, tenía la tablilla con la lista de cierre a medio hacer.

Debajo de las horas de vuelo y del combustible y de los ciclos, en la esquina de abajo, con mi letra y con lápiz, había una línea escrita el miércoles por la noche que llevaba dos días sin mirar.

Lunes 1. Contestar.

Le di la vuelta a la hoja y me puse a rellenar el parte, que era lo que había que hacer.

Aquella noche no durmió nadie.

No es una manera de hablar, y por eso lo escribo aquí: no durmió nadie.

No durmió la cuadrilla de Valdecierzo, que estaba en la línea del collado por segunda noche seguida.

No durmieron los de Hontanar, ni las autobombas, ni el retén de la provincia.

No durmió Requena, que estuvo hasta las cuatro en el pretil de la báscula con la carpeta cerrada y el móvil pegado a la oreja, peleándose con una provincia entera por medios que estaban en otro sitio, porque en agosto hay más monte que máquinas y eso no lo arregla ningún coordinador.

No durmió mi casera, que a las dos de la madrugada seguía haciendo bocadillos.

Y no durmió el pueblo, que se quedó en la cuesta con las sillas sacadas mirando lo mismo que miraba yo desde la puerta de la nave.

Porque de noche se veía perfectamente.

El flanco de la izquierda, que por la mañana estaba por debajo de la torre, a las once de la noche estaba por encima.

La línea naranja se movía. No corría: caminaba, como camina un fuego de noche cuando la humedad sube y el aire se calma, sin prisa, tranquilo, seguro, comiéndose una ladera cada dos horas.

Y caminaba hacia el collado.

Yo me senté en el escalón de la nave con el café de Fina frío en la mano y me puse a hacer la cuenta del día, que es lo que hago siempre, y por primera vez en cuatro campañas la cuenta me salió corta por todos lados: poca agua, poca luz, pocos medios y demasiado monte.

Un incendio no lo gana nadie. Eso lo saben hasta los que no somos de aquí.

Lo único que se puede hacer es llegar al sitio antes que él.