30 · Bosco
Un fuego chico se apaga. Uno mediano se negocia.
Uno grande no se apaga ni se negocia: se acompaña.
Se le quita de la mesa lo que se puede quitar, se le pone gente donde se le puede poner gente y se espera a que se canse o a que cambie el tiempo, que son las dos únicas cosas que han parado un incendio desde que hay incendios.
Yo eso lo explico en los cursos desde hace ocho años y lo he dicho veinte veces sin creérmelo del todo, como se dicen las oraciones.
El veintinueve de agosto, a las seis y cuarenta y cinco de la mañana, cogí el teléfono de la nave a la novena llamada y empecé a creérmelo.
—Ibarra.
—Coordinador.
—¿Qué tienes?
—El pinar de la umbría. Cara norte, por debajo de la torre. Lo veo desde el llano.
—¿De viento?
—Nada. El de la mañana, que sube.
Dos segundos de nada.
—Voy para allá. Súbeme a la línea del collado y no me la sueltes.
Y colgó, que es lo que hace ese hombre en vez de despedirse.
Salí de la nave y el llano ya no era mío. La cuadrilla estaba en el pick-up, Ginés tenía la manguera del repostaje en la mano, la Chicharra hacía el ruido que hace cuando todavía se está despertando, y por la cuesta bajaba gente del pueblo con la cara de las seis y cuarenta y cinco de la mañana.
—Nico, Samu: empujad. Leti, la motosierra y las dos garrafas. Andrés, conmigo delante.
El Milagro arrancó a la segunda, que es su manera de decir que él también lo había entendido.
Al camino viejo se sube en veinticinco minutos y a la línea del collado en cuarenta desde el camino, y aquella mañana los hicimos en treinta y uno.
Desde arriba se veía entero.
El pinar de la umbría es una mancha oscura del tamaño del pueblo, colgada de la cara norte, por debajo de la torre.
Pino de repoblación de los sesenta, plantado apretado, sin clarear nunca.
Un pinar así, si se le entra a tiempo, es un jardín.
Si no se le entra, se hace lo que se había hecho aquel: los pies de abajo se mueren de sombra y no se caen, se quedan puestos, secos, y te suben desde el suelo hasta la copa viva como los peldaños de una escalera de mano.
Tres años. Tres años de ramaje muerto puesto de pie, esperando.
Una despensa con la puerta abierta.
No dije nada. En este oficio hay palabras que no se dicen delante de un fuego, igual que no se habla de la cuerda en casa del ahorcado, y aquella semana nadie dijo la palabra desbroce en tres días.
Ni Requena, que la tenía apuntada en dos columnas en una libretita de gomas.
Ni yo, que la llevo escrita siete veces con mi puño y con siete fechas.
El monte lo estaba diciendo solo, y lo decía muy alto.
—Chicharra para capataz —dijo la radio—. Estoy encima. Te lo canto: el fuego tiene toda la cabecera del pinar, sube limpio, y por el flanco de la izquierda va tocando el matorral por debajo de la torre. Todavía no lo veo tumbarse.
—Recibido. ¿Agua?
—La Poza. Poco más de un minuto.
—Ponme lo que tengas en el flanco de la izquierda, que es el que me busca la torre. La cabecera no la toques, que ahí no vas a hacer nada y me gastas el agua.
—Recibido.
Y a eso se dedicó las cinco horas siguientes, sin una palabra de más, con la voz de trabajo puesta y la carga puntual como un tren de esos que ya no existen.
A las nueve y veinte la central sacó al vigía de la torre.
Yo llevo once años saludando a ese hombre con la mano abierta desde ochocientos metros y no le he oído nunca la voz que no fuera por radio.
Pasó por nuestra línea a las diez menos veinte, con los prismáticos colgados, el libro de la torre debajo del brazo y la camisa por fuera, y cuando llegó al cortafuegos se paró y levantó el brazo, igual que lo levanta todos los veranos desde su barandilla.
Se lo devolvimos los seis a la vez sin ponernos de acuerdo.
Después bajó el camino viejo andando, tranquilo, y en la báscula lo esperaba medio pueblo.
No aplaudieron, que aquí no se aplaude: se apartaron para dejarle sitio y alguien le cogió los prismáticos.
Subió al bar con ellos, mi madre le puso un café y una silla a la sombra del toldo, y estuvo hasta la noche contándole a la Puri que se había pasado veinte segundos con los prismáticos discutiendo consigo mismo si aquello era niebla de barranco.
A las once y diez coronó.
De un fuego coronando se han escrito muchas tonterías.
La verdad es más sencilla y es peor: el ruido cambia.
Deja de ser un crepitar de suelo y se convierte en una cosa continua, sin dientes, parecida a un río muy grande o a un motor grande y lejano.
Eso es que el fuego ha subido a las copas por las escaleras que le pusimos y ya no va por donde nosotros pisamos.
Y empiezan las pavesas.
Vinieron a los cuatro minutos, cruzando por encima de nuestras cabezas, naranjas y sin prisa, y se posaron doscientos, trescientos metros por delante de todo, en el matorral, y cada una encendió su propio fuego pequeño, y esos hijos se juntaron con el padre en un cuarto de hora.
Leti bajó la motosierra y se quedó mirando aquello.
—Vale —dijo.
Y esa fue toda la conversación técnica que hizo falta en la línea del collado el veintinueve de agosto por la mañana.
Un fuego que corona y siembra por delante no se ataca de frente ni con cien personas.
Se le abandona la ladera, se le adelanta uno, se busca una raya que ya esté hecha y se le espera ahí.
La raya la teníamos debajo de las botas.
A las doce y media llegó el avión.
Los oyes antes de verlos y siempre te giras al sitio que no es. Pasó bajo por encima del pinar, dejó su carga en la cabecera con la puntería que tiene esa gente y se fue a por más a un sitio que está a veintitantos minutos de aquí.
—Valdecierzo, aquí el canario. Buenos días, capataz. Vaya cosa te ha salido.
—Buenos días.
—Yo entro por el norte y salgo por el norte, siempre igual, y no me cruzo con nadie. Tú me hablas a mí y a la Chicharra, y a mí me hablas tú y no me habla nadie más. Como en julio.
—Como en julio.
Aquel hombre había bajado tres días a una base a medio hacer en julio, con dos folios y un plano, para dejar dicha una cosa que a mí me pareció entonces una manía de piloto: que abajo mande una sola voz, y siempre la misma, aunque ese día tenga razón el otro.
El veintinueve de agosto por la tarde, con el avión, la Chicharra, dos autobombas, dos cuadrillas de fuera y una provincia entera escuchando, aquella manía era lo único que hizo que aquello no fuera un patio de colegio.
Requena llegó a las dos y montó el puesto de mando en la báscula, encima del pretil de hormigón. Yo en ese pretil he firmado este verano dos papeles y he cerrado un trato con la mano, y no dije nada, porque no había nada que decir y porque había un fuego.
Subió a la línea a las tres y cuarto, con las botas viejas, y se estuvo cuarenta minutos mirando. Después repartió el fuego en tres sectores, le dio el del collado al que ya estaba en el collado y bajó.
En ocho horas hizo otra cosa que no le he agradecido nunca en voz alta.
A las siete de la tarde, dando una posición para las autobombas, la central de la provincia dijo el pinar de la umbría .
Y a las siete y cuarto un jefe de sector que no ha estado aquí en su vida dijo el collado , y no dijo Cruceta, ni cota, ni ninguna de las cosas que dicen los que vienen en invierno.
Aquel hombre había repartido mis nombres por una provincia entera en ocho horas y con una libretita de gomas.
A las cuatro entraron los refuerzos por el camino de la báscula, con Marga en la boca del camino apartando coches de gente que había subido a ver, con una paciencia que yo no le conocía y una frase que repitió cuarenta veces: ahí no cabe una autobomba .
Y en el segundo camión, pintado en la puerta, el nombre de un pueblo que está a ochenta kilómetros, al otro lado del puerto.
Hontanar.
Bajaron ocho, con la herramienta y la cara de haber salido a las tres de sus casas, y su capataz me dio la mano y me preguntó dónde me hacían falta, y yo se lo dije, y trabajaron toda la noche en mi flanco derecho, y en ningún momento de aquella tarde le dije a nadie por qué me quedé mirando la puerta de aquel camión dos segundos más de la cuenta.
Samu sí que dijo algo. Estaba a mi lado, mirando bajar a la gente.
—Dieciocho años pidiendo dos peones —dijo—. Y mira tú qué fácil era.
Nadie se rió, y él tampoco. Samu no hace los chistes que le apetecen: hace los que hacen falta, y aquel hacía falta, porque lo dijo él y así no tuve que decirlo yo.
De Butano me enteré a las nueve de la noche.
Se lo subió Nico al bar por la mañana, con la caja vacía, porque una base con cuarenta personas de fuera y tres vehículos maniobrando no es sitio para cuarenta kilos de perro con opinión.
Según mi madre, protestó los doscientos veinte metros de la cuesta, entró en Casa Fina, se sentó debajo de la mesa de la ventana con el hocico entre las patas mirando el llano y no tocó la comida en todo el día.
—Ese animal está de servicio —dijo la Encarna.
—Ese animal está enfadado —dijo mi madre—. Que es distinto y se le pasa.
De noche el fuego se ve y se entiende mejor, y por eso los que trabajamos en esto dormimos peor de noche que de día.
Nos quedamos en la línea. Ocho de Hontanar, cinco míos, yo, y la mitad de una cuadrilla de la provincia repasando por el otro lado.
Ensanchamos los veinte metros a treinta por el tramo de arriba, quitamos de los bordes todo lo que un ojo se cree que no arde, tumbamos cuatro pinos que se habían asomado a la línea en dos años de descuido y dejamos el pie del collado limpio como una era.
Andrés se paró a las once, apoyado en la azada, y miró la raya entera de abajo arriba, que a esa hora se ve negra contra el naranja.
—Buena línea —dijo.
Ese hombre no elogia a las personas. Elogia a las cosas, y hay que estar dieciocho años a su lado para saber que es lo mismo.
A las doce y media subió por el camino viejo la caja de plástico de Casa Fina.
No una: cuatro. Con ochenta y tantos bocadillos envueltos de uno en uno en servilletas del bar, dos garrafas de café y la factura escrita a mano, con el total abajo y la letra redonda de escuela antigua de una mujer de sesenta y tres años que llevaba desde las seis y cuarenta y cinco de la mañana de pie detrás de un mostrador, sin cerrar, dándole de comer a una provincia.
Los de Hontanar no se lo creían.
—¿Y esto quién lo paga? —preguntó uno.
—La provincia —dije—. Y si no lo paga, lo paga igual.
Bajé a la base a las dos de la madrugada a por gasolina para las motosierras y me di la vuelta antes de entrar en la nave, que es una cosa que hago poco.
El pueblo estaba en la cuesta.
No en las ventanas: en la cuesta. De la puerta de Casa Fina a la curva de abajo, sentados en los escalones y en el pretil, con las mesas de plástico de las fiestas sacadas otra vez y sin nadie hablando alto.
Ochocientas personas de un pueblo serrano mirando todas al mismo sitio a las dos de la mañana de un sábado, con las caras naranjas por un lado.
Porque eso es lo que hace un fuego grande de noche: pone naranja media sierra y te la enseña. Se ve el pinar entero trabajando, se ve el flanco de la izquierda subiendo por debajo de la torre y se ven, muy arriba, veinte lucecitas quietas que son las linternas de la gente que está en la línea.
Yo he apagado ciento y pico de fuegos en este valle. He tenido tres malos y uno feo. Y en dieciocho años no había visto a mi pueblo mirar hacia arriba de aquella manera, callado, sin apostar nada, sin ponerle un mote a nada.
Aquello ya no era un conato.
Subí otra vez con las garrafas y la gasolina, y en la última curva me paré a leer el aire, que es lo único que sé hacer que no aparece en ningún parte.
Y el aire no decía nada raro.
Estaba el de la noche, el de siempre, bajando de la sierra manso como un animal doméstico, oliendo a resina quemada.
Eso fue lo que no me dejó dormir aquella noche ni la siguiente: que el fuego llevaba veinte horas comportándose exactamente como tenía que comportarse.
En este oficio, cuando un incendio grande se porta bien mucho rato, no es que se haya portado bien.
Es que está esperando al viento.