29 · Valen
Yo llevo doce años durmiendo sola en cuartos que no son míos y se me da bien. Es una habilidad, como el estacionario: se entrena, se hace mal al principio y luego sale sin pensarla.
La noche del veintiocho de agosto la hice fatal.
Subí los doscientos veinte metros de la cuesta sin contarlos, crucé el bar, que a las nueve y media de un jueves de agosto son cuatro señores y una televisión, y subí la escalera esquivando el tres y el siete por costumbre, aunque aquella noche no había ningún motivo para esquivar nada.
Encima de la almohada había un papel.
Era el dorso de una factura de Casa Fina, con la letra redonda de escuela antigua de esa mujer, tres renglones y ni una palabra de más:
Peñalta.
El lunes.
La incorporación.
Me senté en el colchón con la factura en la mano y estuve un rato entendiendo cosas.
Una: que la compañía tiene el teléfono de este bar como contacto desde junio, porque en la base no hay cobertura y yo misma lo di.
Dos: que una mujer de sesenta y tres años que lleva desde junio negándose a saber nada de mí para no tener que apuntarlo en una libreta había cogido ese recado a las ocho y diez de la mañana, lo había apuntado con su letra y lo había subido a este cuarto.
Y tres: que si ese recado había pasado por sus manos, había pasado por sus manos entero.
Así se enteró él. No por un espía, no por un descuido, no por una de esas casualidades de novela que yo no me creo ni en las novelas. Se enteró porque su madre decidió que aquello había que decirlo.
Apagué a las once y a las doce y cuarenta seguía boca arriba.
Y entonces me pillé haciéndolo.
Una puerta. Una ventana, cuatro metros de caída, un contenedor debajo. Dos salidas, y una de ellas no es una salida, o sea que aquello es una habitación y no un sitio.
Lo conté el primer día de junio, a los once minutos de dejar la bolsa.
Y no lo había vuelto a contar desde entonces hasta aquella noche.
Me levanté, abrí la ventana del descansillo y salí al corralillo por no dar vueltas, y desde el corralillo se ve la sierra entera, negra y sin una luz.
Menos dos.
Dos linternas quietas, muy arriba, en la línea del collado, en veinte metros de tierra pelada que un hombre abrió con su gente y repasó él solo un marzo.
En la cocina había luz a la una y cuarto de la madrugada.
Fina estaba sentada a la mesa de mármol con la radio puesta bajita y una labor delante que no estaba haciendo. No se sorprendió de verme. En esa casa no se sorprende nadie de nada.
—Siéntate.
Me senté en la silla coja.
Sacó la botella de anís del estante y dos copitas, y sirvió las dos.
—¿Esto qué peaje tiene? —dije.
—Hoy ninguno.
Nos bebimos media copita en silencio, con la radio de madrugada hablando de una carretera cortada en una provincia que no es esta.
—Te voy a preguntar una cosa —dijo entonces—. Una. Y después no te pregunto más en la vida, y esto se acaba en esta mesa y no sale de aquí ni con vino.
—Pregunta.
—¿Tú te quieres quedar? —Me miró—. Aquí. No con mi hijo, que eso es asunto vuestro y a mí me da igual lo que hagáis. Aquí.
Yo llevo un mes contestando esa pregunta con cuatro condiciones, un rumor de mecánico y una convocatoria que no existe.
—Sí.
—Pues ya está —dijo Fina, y se bebió lo suyo de un trago—. Porque esa es la única parte de todo el asunto que no la puede firmar nadie más que tú. Lo demás son papeles, y los papeles los hace gente, y la gente se equivoca de arriba abajo todos los días.
Se quedó callada, mirando la puerta del bar.
—Y ahora te digo una cosa yo, y es la única, y no me la vuelvas a sacar.
—Se limpió las dos manos en el delantal aunque no tenía nada en ellas—.
Lo que no se decide, se decide solo. Y cuando se decide solo, lo decide siempre alguien que no os quiere a ninguno de los dos, y lo decide en un despacho, un martes, mientras vosotros estáis pensando qué es lo mejor para el otro.
—¿Eso lo has aprendido en el bar?
—Eso lo aprendí yo un martes por la tarde —dijo—, y no lo pienso explicar otra vez.
Y recogió las dos copitas, aunque la mía estaba por la mitad.
—Vete a dormir. A las seis se levanta la gente que trabaja.
A las cinco menos veinte tronó al norte.
Yo estaba despierta, así que lo oí entero: tres o cuatro descargas al otro lado del puerto, lejos, ese ruido gordo que llega tarde y que no se parece a nada. Me quedé escuchando la ventana.
No llovió.
Un piloto de extinción, cuando truena y no llueve, ya no se duerme. Es así de tonto y es así de simple: no puedes hacer nada, no hay nada que mirar, no vas a llamar a nadie a las cinco de la mañana, y te quedas despierta.
A las seis menos cuarto bajé al llano.
Él estaba en la báscula, en el pretil, con la cara de un hombre que ha pasado la noche a la intemperie y una capa de polvo de monte hasta las rodillas. Butano se sentó entre los dos sin que nadie le dijera nada, como en junio, con esa conciencia tranquila que tiene.
—¿Has estado con Andrés?
—Toda la noche.
—¿Y qué te ha dicho?
Bosco tardó.
—A la hora y media de estar callados —dijo—, me ha dicho: Ramiro también tenía un argumento bueno.
Y no dijo más, ni yo pregunté, porque ese nombre en esta comarca se dice una vez y no se comenta.
Nos quedamos mirando el llano, que a las seis menos cuarto está gris y todavía no huele a nada.
—Yo he hecho la cuenta —dije.
—Y yo.
—Empieza tú, que si empiezo yo lo hago con números.
—Empieza tú con números —dijo él—, que es lo que hay que hacer.
Así que la hice en voz alta, con los dedos, apoyada de espaldas en el mismo pretil de hormigón donde en junio firmamos una servilleta con nueve puntos.
—Uno. Ese hombre nos dijo la verdad entera en tu collado y no nos vendió nada: si se lo contamos, mueve a uno de los dos.
Eso no lo arregla nadie. Lo único que cambia es quién elige.
—Bajé el pulgar—. Dos. Tú metiste un impreso en una máquina para elegir tú solo.
Yo me metí en una cabina con un lápiz para elegir yo sola.
Los dos hemos intentado quitarle al otro lo único que nos queda, y los dos con un argumento bueno, y eso es exactamente la enfermedad que ese hombre lleva veintiún años intentando que no haya en sus bases.
—Sí.
—Tres. El lunes yo voy a decir que no a Peñalta.
—Levanté la mano antes de que abriera la boca—.
Y no te lo digo como un regalo, que eso sería otra vez lo mismo con el papel del revés.
Te lo digo porque esta tarde nos sentamos con la hoja delante y te enseño la cuenta entera, con los números, y si tú ves ahí un número que yo no he visto, me lo dices y la vuelvo a hacer.
Eso es lo que se hace con una cuenta que tiene a dos personas dentro.
—Y a las nueve llamo a personal y retiro el impreso —dijo él—. Delante de ti, con el teléfono de la nave, y si te quieres quedar en la puerta te quedas.
—Me voy a quedar en la puerta.
—Ya lo suponía.
Y ahí llegó lo otro, que es lo que habíamos ido a decir los dos y por lo que ninguno de los dos había dormido.
—Y hoy se lo contamos —dije.
—Hoy se lo contamos.
—Los dos. En el mismo despacho, a la misma hora, sin llamarlo por teléfono primero para ablandarlo, sin cartas y sin que ninguno vaya un día antes por su cuenta a hacerse el héroe.
—Lo miré—. Y cuando ese hombre diga que tiene que mover a uno, no le contestamos ese día.
Le pedimos la tarde, hacemos la cuenta juntos y volvemos a entrar los dos con un solo nombre. El que salga.
—El que salga.
—Puede salir el tuyo.
—Puede salir el tuyo —dijo él—. Y sea el que sea, lo hemos elegido nosotros. Que es lo único que hay, y resulta que es bastante.
Nos dimos la mano.
Ni un beso, ni un abrazo, ni nada de lo que se pone en las películas: la mano, en un pretil de hormigón, a las seis y veinte de la mañana, como se cierra un trato entre dos profesionales insoportables que llevan toda la vida viviendo de cláusulas.
Y le puse la última.
—Norma de la casa. En esta pareja no se firma nada solo, y no se hace ninguna cuenta con el otro dentro sin enseñársela.
—Aceptada.
—Esta la escribimos, ¿eh?
—Esta la escribimos —dijo, y por primera vez en veinticuatro horas se le movió algo en la cara—. Yo la escribo. Que la última la escribiste tú y me dejaste sin la nueve.
Miré el reloj de la báscula.
Del veintinueve de agosto al cierre de esta campaña quedaban cinco semanas. Cinco semanas de fuegos, de partes firmados, de bocadillos en una caja de plástico y de un hombre con una carpeta leyéndolo todo a setenta kilómetros.
Cinco semanas para saber cuál de los dos se iba de este valle.
—A las ocho llamo yo —dijo Bosco—. En cuanto abran, le pido diez minutos para hoy.
—A las ocho.
A las seis y cuarenta miré al norte porque me giré a coger el casco.
Nada más. Eso es lo que tiene mi oficio: te pasas la vida mirando el cielo por trabajo y el día que importa lo miras porque te has girado a coger una cosa.
Y ahí estaba.
Por encima de la línea negra del monte, a la izquierda del collado, en la ladera que baja de la torre de vigilancia, subía una columna. Blanca todavía, delgada, muy derecha, de las que a las seis y cuarenta de la mañana no las mira nadie porque parecen niebla de barranco.
Se dobló un poco a los diez segundos.
La niebla de barranco no se dobla.
—Bosco.
Se giró, miró, y no dijo nada durante dos segundos largos, y en esos dos segundos yo vi cómo a aquel hombre se le caía de encima todo lo que nos había pasado en veinticuatro horas.
—El pinar de la umbría —dijo.
La emisora de Bosco se abrió con esa carraspera que hacen siempre antes de hablar.
— Torre de Umbría a central. Tengo humo por debajo de la torre, en el pinar, cara norte. Repito: humo en el pinar de la umbría.
Había tronado al otro lado del puerto y no había llovido, y en algún sitio de aquella ladera un rayo se había metido en la raíz de un pino y había estado hora y media haciendo lo que hacen los rescoldos, que es esperar.
Arriba, en el pueblo, sonó la sirena del ayuntamiento.
Tres toques. La misma sirena con la que en esta comarca se llama a la cuadrilla desde antes de que hubiera teléfonos en las casas, y que yo no había oído sonar en dos meses y medio.
A los cuarenta segundos empezó a bajar gente por la cuesta.
Y a las seis y cuarenta y cinco sonó el teléfono de la nave, que según ese hombre es la cuarta puerta por la que llegan aquí las malas noticias, y sonó nueve veces seguidas mientras Bosco cruzaba el llano corriendo con las botas a medio atar.
Yo me fui al aparato.
Le di la vuelta entera, como se le da siempre, aunque el mundo se esté acabando: patines, palas, cuerpo, cola. Butano se metió en la nave él solo antes de que se lo dijera nadie, que eso también lo sabe hacer.
Y mientras metía la llave miré otra vez arriba, porque hay que mirar.
La columna ya no era blanca.
Por encima de ese pinar está la torre de vigilancia. Por encima de la torre está el collado y los veinte metros de tierra pelada de un hombre que lleva siete marzos pidiendo por escrito que le desbrocen esa ladera.
Y al otro lado del collado empieza el monte grande: kilómetros de encinar y de pino sin una casa, sin un camino y sin una raya de nadie.
A las ocho de aquella mañana un capataz iba a llamar a un coordinador provincial para pedirle diez minutos.
No llamó nadie.