Tierra, trágame (La Brigada 1) 28 · Bosco
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28 · Bosco

Mi oficio consiste en repartir.

No en apagar. Apagar lo hacen cinco personas con la herramienta en la mano y la cara negra; yo miro una ladera, miro una lista y digo nombres.

Y como llevo dieciocho años haciéndolo, tengo una avería que no se me cura: cuando hay un problema encima de la mesa, yo no me pregunto qué hago. Me pregunto a quién pongo.

El miércoles veintisiete de agosto, a las cinco de la tarde, me hice esa pregunta con dos datos delante.

El primero: un hombre me había dicho en mi collado que o se lo contábamos nosotros o lo escribía él, y que si se lo contábamos tenía que mover a uno de los dos, y que lo único que cambiaba era quién elegía.

El segundo: a la piloto de esta base la había llamado su compañía tres veces en una mañana, y la piloto de esta base me había pedido hasta el domingo.

Yo no sabía qué le habían ofrecido. Sabía lo otro, que es peor: que una mujer que remata todas sus frases me había pedido cuatro días para hacer una cuenta.

Y una cuenta que hay que hacer en cuatro días es una cuenta con alguien dentro.

Llamé a la provincia a las cinco y diez, y no llamé al coordinador.

Llamé a personal, que es una oficina con dos mujeres y un ventilador donde me conocen de dieciocho años de partes de horas. Pregunté por el impreso de traslado voluntario.

—¿Para quién? —dijo la de siempre.

—Para mí.

Hubo el silencio de una mujer que lleva veinte años leyendo bajas y traslados y que los distingue por el ruido.

—Ibarra, ¿tú estás bien?

—Estupendamente. ¿Me lo mandas?

—Te lo mando.

A las ocho y cuarenta de la mañana siguiente, la impresora de la nave se puso en marcha ella sola, como se pone siempre, que es lo único de esta base que funciona sin empujarlo cuesta abajo.

Nico levantó la cabeza del banco.

—¿Eso qué es?

—Papel.

—¿Malo?

—Todavía no lo sé.

Y Samu, desde el fondo, sin mirar:

—Media Ración, en dieciocho años esa máquina no ha escupido nunca una cosa buena. Esa máquina es el arcángel.

Me llevé el impreso al despacho y cerré la puerta, que es una cosa que yo no hago.

Es un folio con una cuadrícula y con un número de registro arriba a la derecha.

Solicitud de traslado voluntario de personal de cuadrilla.

Casilla de destino: escribí cuadrilla terrestre de Hontanar , que es la de los ochenta kilómetros, al otro lado del puerto, donde no hay hangar, ni hache, ni chicharra, ni nada que haga ruido por encima de la cabeza de nadie.

Casilla de efectos: al cierre de la campaña , porque un hombre no se va de un valle en agosto y porque lo que estaba haciendo no era irme: era decir a qué hora me iba.

Casilla de motivo.

Ahí estuve parado un rato largo con el bolígrafo de los plannings en la mano.

Ese bolígrafo tiene una historia corta y toda es mía: con él se firman cuarenta partes por semana, con él se escribió una servilleta en el pretil de la báscula el diecinueve de junio y con él, en junio, taché mi propio nombre de un tablón para que no lo tachara otro.

Escribí: A petición propia.

Y debajo, porque no me salió no escribirlo, una línea más:

No consta incompatibilidad ni conflicto con ningún miembro del personal de esta base.

Grapé detrás un informe de capataz saliente de tres puntos, que me llevó más tiempo que lo otro: que la unidad helitransportada de Valdecierzo no se disuelva; que la plaza salga a cubrir con gente de la comarca, que la comarca sabe dónde arde; y el desbroce del pinar de la umbría, con las fechas de las siete veces que lo he pedido y de las siete que me lo han aprobado.

Firmé con mi firma minúscula.

Lo metí en la máquina y le di al botón verde a las nueve y ocho minutos de la mañana del veintiocho de agosto, y me quedé mirando cómo se lo tragaba, y pensé que aquello era lo más limpio que había hecho en nueve años.

Un hombre que se aparta antes de que le aparten. Sin cuento, sin drama y sin que nadie tenga que escribir nada de nadie.

La cuenta me salió a la primera.

Y las cuentas que salen a la primera son exactamente las que hay que hacer dos veces.

A la una y media subí a comer al bar, porque los jueves subo.

Mi madre me puso el plato sin preguntarme y se quedó de pie enfrente, secándose las manos en el delantal, que en esa mujer es la señal de que se ha acabado la masa.

Y entonces me di cuenta de lo que faltaba en el mostrador.

Al lado de la caja, medio tapada por el tarro de las propinas, lleva cuarenta y un años una libreta de hule negro con el lomo reventado y una cinta de embalar.

No estaba.

—¿Y la libreta?

—Hoy no está.

—¿Por qué?

—Porque hoy no me hace gracia —dijo mi madre—. Come.

Comí cuatro cucharadas.

—Esta mañana, a las ocho y diez, ha sonado mi teléfono —dijo ella entonces, mirando la puerta del bar y no a mí—.

Una señorita muy educada de una compañía preguntando por la señorita Ortiz.

Y como la señorita Ortiz estaba en el llano, me ha dejado un recado.

Lo he apuntado en el dorso de una factura y se lo he subido al cuarto.

Dejé la cuchara.

—Tres palabras me ha dicho, Bosco. Peñalta. El lunes. Y la incorporación.

En este valle hay silencios de muchas clases. El de aquella cocina lo conozco: es el que hay entre que oyes el trueno y cuentas los segundos.

—Yo no quiero saber nada —siguió mi madre—. Eso lo tengo dicho y lo mantengo. Pero esto no es saber. Esto es un recado, y un recado se da, y llevo desde las ocho y diez de la mañana con él dentro como una piedra en la bota.

—Vale.

—No he acabado. —Y ahí sí me miró—. Lo que te voy a decir es lo único que te voy a decir de esto en toda mi vida, y después no me vuelvas a sacar el tema ni en mi entierro.

Esa chica no se va a ir. Esa chica se va a quedar sin nada por no irse, que es otra cosa y es peor.

Y si en esta casa alguien tiene que decirle algo a alguien, que se lo diga a la cara antes de que se lo diga un papel.

Se dio la vuelta y se puso a fregar.

Yo bajé al llano a las dos menos cuarto con una cosa sencilla decidida: se lo cuento esta noche, mañana llamo a personal y lo retiro, y la cuenta la hacemos los dos en una mesa, con lápiz, como se hacen las cuentas de dos.

Iba a tardar seis horas.

Y en seis horas, en esta base, la provincia contesta.

A las ocho y diez de la tarde entré en el despacho a por el planning del viernes.

La piloto estaba de pie delante de la mesa de formica, con la ropa de vuelo puesta y el pelo todavía marcado por el casco, y en la mano tenía un folio.

La impresora tenía la luz verde.

No me hizo falta preguntar nada, y eso es lo primero que quiero dejar escrito de aquella noche: en esa habitación no hubo un malentendido ni un segundo de duda sobre lo que era aquello.

— Acuse de recibo —leyó ella, con la voz de trabajo, la que tiene todo el aire fuera antes de empezar—.

Registro de entrada, veintiocho de agosto, nueve horas doce minutos.

Solicitud de traslado voluntario. Ibarra, B.

—Levantó la vista—. A las nueve y doce yo estaba haciendo la lista de cierre a doce metros de esta puerta.

—Es mío. Lo he firmado yo.

—Ya sé que lo has firmado tú. Lo he leído entero, y el de detrás también. —Le dio la vuelta al folio y volvió a dejarlo en la mesa, alineado con el canto—. Lo que quiero saber es a qué hora pensabas contármelo.

—Esta noche.

—¿Antes o después de que estuviera registrado?

—Después.

—O sea, cuando ya no se pudiera discutir. —Asintió una vez, despacio—. Eso no es contármelo, capataz. Eso es avisarme.

Y ahí empezó, y no hubo gritos. En mi vida he oído a nadie hacer más daño hablando bajo.

—Tengo un argumento —dije.

—Ya sé que tienes un argumento. Es lo que me está reventando. Si no tuvieras un argumento, esto sería una tontería y se arreglaba en diez minutos.

—Si el día que ese hombre cierra el informe yo ya tengo pedido el traslado por mi mano, no hay nada que contarle.

A partir de octubre no hay pareja en esta base, no hay que mover a nadie, no hay informe con sorpresas y tu hoja sale de aquí como entró.

Y la unidad se queda. Y el fácil de mover soy yo, eso lo dijiste tú en una báscula contando con los dedos, y prefiero moverme yo de pie a que me muevan a mí sentado.

—Todo eso es verdad —dijo ella—. Y lo has decidido tú solo.

—Sí.

—Con un argumento bueno.

—Sí.

—Y sin que se enterara nadie. —Se apoyó de espaldas en la mesa y cruzó los brazos—.

Un nombre, con un argumento bueno, y no se entera nadie, ni él.

Eso me lo trajiste tú del collado el martes al mediodía y me lo contaste tú, y estuvimos los dos de acuerdo en que era lo más serio que habíamos oído en la vida.

Yo tengo un cortafuegos abierto en una ladera y me sé de memoria lo que se siente cuando el fuego te salta la línea por un sitio que tú mismo abriste.

—El nombre que he cambiado es el mío —dije.

—El tuyo ya no es solo tuyo. No desde el siete de agosto. —Y bajó la velocidad, que es lo que le pasa cuando algo la toca de verdad, y no lo disimuló—. Y hay otra cosa, y esta es peor, porque esta es de las nuestras. La cláusula nueve.

—La nueve dice que si esto te estropea la campaña, se acaba ese mismo día.

—La nueve la escribiste tú solo, sin consultarme, tapándola con la mano mientras la escribías. Y yo te la dejé pasar. Y te dije: déjame meterme yo en tu papel una vez . Una. —Levantó un dedo—. La gastaste en junio, Bosco. Esta es la segunda.

No tenía nada que contestar a eso porque no había nada que contestar.

—Y tú tienes una oferta con fecha desde el martes —dije.

—Sí.

—Y me pediste hasta el domingo.

—Sí.

—Y yo te dije vale.

—Me dijiste vale, y yo te lo agradecí, y me dormí agradeciéndotelo. —Se le puso una cosa en la cara que no le había visto nunca—. Y a las nueve y doce de la mañana siguiente tú estabas metiendo un impreso en una máquina.

—Pues ya estamos los dos.

—Ya estamos los dos —dijo—. Eso es exactamente lo que hay. Los dos hemos hecho lo mismo, el mismo día, y los dos con un argumento bueno. La única diferencia es que lo tuyo está registrado y lo mío todavía no ha pasado. Y eso no es una diferencia de clase: es una diferencia de horario.

Se quedó callada. En la nave se oía el ventilador.

—Peñalta —dije.

—Peñalta. Dos aparatos, contrato de doce meses, incorporación el quince de septiembre y contestar el lunes. Y me lo iba a contar entero el domingo, con los números hechos, para que lo miraras tú. —Cogió el folio del acuse y lo levantó—. Que es exactamente lo que tú no has hecho.

—Yo no quería que pagaras tú.

—Y yo no quería que pagaras tú, y por eso llevo dos días haciendo una cuenta en un dorso de hoja con un lápiz. —Y ahí, por primera vez, levantó medio tono—. No decidas por mí. Ni con papeles, ni con argumentos buenos, ni por mi bien, ni a las nueve y doce de la mañana.

—Tú tampoco.

—Yo tampoco. Lo acepto entero. —Dejó el folio—. ¿Y sabes qué es lo peor, capataz? Que tú esto no lo has hecho por mí. Esto lo has hecho porque es lo único que sabes hacer: repartir. Y cuando no tienes a quién repartir, te repartes a ti.

—Y tú llevas doce años sabiendo hacer una maleta —dije—. Y lo primero que has hecho con una fecha en la mano ha sido meterte sola en una cabina con un lápiz. No me has echado de menos en esa cuenta, piloto. Me has puesto en una columna.

—Sí.

—Pues eso.

—Pues eso.

Estuvimos casi una hora. No se rompió nada, y quiero que conste así, porque yo he visto romperse cosas y esto no lo fue: no hubo una sola palabra que hubiera que retirar al día siguiente, ni un portazo, ni nadie diciendo lo que no piensa para hacer daño con lo que tiene más a mano.

Lo dijimos todo. Todo entero, con los nombres, las horas y los números.

Y dolía igual.

—Retíralo —dijo ella al final.

—Lo voy a retirar. —Me pasé la mano por la cara—. Pero no esta noche.

—¿Por qué no?

—Porque esta noche lo retiraría contra ti. Y tú tampoco vas a llamar a esa gente esta noche, por lo mismo. Las cosas que se hacen a las nueve y media de la noche para ganar una conversación se firman igual que las otras y luego duran veinte años.

Ella se quedó mirando el ventilador, que hace más ruido que aire.

—Vale —dijo.

Y después, ya en la puerta, con el casco colgado del brazo:

—Yo no me voy de esta conversación, Bosco. Que quede claro. Esto no se ha acabado esta noche.

—Ya lo sé.

—Es que quiero oírtelo decir.

—No se ha acabado —dije.

Subió la cuesta sola.

Yo me quedé en el punto de espera, con la mano encima del tubo amarillo, mirando cómo se le apagaba la luz de la ventana del cuarto de arriba a los seis minutos, que es lo que se tarda en subir doscientos veinte metros cuando no hay ninguna prisa por llegar.

Silbé a Butano y no vino. Estaba sentado a la mitad de la cuesta, en el sitio donde se separan las dos cosas, con las orejas puestas y sin decidirse, y allí se quedó.

Después conté cabezas, que es lo que hago cuando no sé qué hacer con las manos.

Andrés. Leti. Samu. Nico. Ginés.

Cinco.

Y desde julio, sin permiso de nadie y sin que figurara en ningún parte, aquella cuenta me daba seis.

Aquella noche me dio cinco.