Tierra, trágame (La Brigada 1) 27 · Valen
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27 · Valen

Yo llevo doce años trabajando para la misma compañía y en doce años he aprendido a leerle el teléfono como se le lee el aceite a un motor.

Esa casa llama poco. Llama en enero, para el contrato. Llama a primeros de junio, para decirte a qué base vas y con qué aparato. Y llama fuera de sitio cuando se ha roto algo, y entonces llama una vez, a media tarde, con la voz cansada de un hombre que ya tenía el coche abierto.

Tres llamadas en una mañana de agosto no es ninguna de esas tres cosas.

Tres llamadas en una mañana es una casa que quiere algo. Y las casas que quieren algo llaman hasta que lo coges.

Bosco bajó del collado a las once menos cinco, andando despacio, con la camisa pegada y la cara de un hombre que trae una cosa grande y no sabe por dónde empezar a repartirla. Y me la dejó en el punto de espera en cuatro frases, que es como se dan aquí las cosas grandes.

—Lo sabe —dijo—. No ha preguntado. Y no va a preguntar, y me lo ha dicho así, para no obligarme a mentirle.

—¿Y qué quiere?

—Que se lo contemos nosotros. O lo escribe él.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Cuando acabe la campaña.

Yo me quedé mirando la manga de viento, que estaba caída como está siempre, y noté la cosa más rara que he notado en dos meses: alivio. Aquel hombre había tenido delante la ocasión perfecta de callarse y no se había callado.

—Bien —dije.

—¿Bien?

—Bien. —Levanté el teléfono, que lo tenía en la otra mano desde hacía media hora—. Ahora la mía.

En la base no hay cobertura. O hay la que hay, que es peor: entran los avisos de llamada perdida cuando les da la gana y no entra nunca una llamada.

En el pretil de la báscula sí, si te pones en el metro y medio de la esquina, mirando al llano, con el brazo un poco levantado como quien sostiene un santo.

Devolví la llamada a las dos y diez, con la cuadrilla comiendo dentro y el hormigón echando fuego por debajo de las botas.

—Sarabia.

—Ortiz. —Y ahí ya lo supe, porque ese hombre a mí me llama Valentina cuando quiere algo administrativo y Ortiz cuando quiere algo mío—. ¿Cómo va ese charco?

—Va bien. Llevamos cinco fuegos y cinco fuegos parados.

—Eso me han dicho.

Y me lo dijo con la naturalidad del que no sabe que acaba de darte un dato. En doce años, a esa oficina no le ha llegado nunca lo que hago yo en agosto. Lo que llega en octubre son papeles. Lo que llega en agosto son llamadas de gente.

—¿Y la unidad nueva? —siguió—. Esa que os han montado ahí, la helitransportada.

—Certificada el veintiuno. Nominalmente y en una mañana.

—¿Delante del coordinador provincial?

—Delante del coordinador provincial.

Hubo dos segundos de nada. Yo esos dos segundos me los sé: son los que tarda un hombre en decidir por dónde entra.

—Oye, y ese hombre, ¿ha bajado mucho por allí?

Yo tengo una regla para hablar con mi propia compañía y es la misma que tengo para volar: no adelantar nada que no me hayan pedido.

—Ha bajado lo que baja un coordinador a una unidad de nueva dotación.

—Ya. —Papeles al otro lado—. Es que aquí ha llegado el runrún de que va a hacer informe largo de esa unidad. Largo, no malo, ¿eh? Que conste. Largo.

—Los informes largos no son ni buenos ni malos, Sarabia. Son largos.

—Eso es exactamente lo que yo he dicho aquí arriba —dijo, y se rió, y no era falso; ese hombre no es falso, ese hombre es de la casa, que es otra cosa—.

Lo que pasa es que a esta casa los informes largos no le gustan.

A esta casa lo que le gusta es abrir un sobre en octubre y encontrarse cuatro folios que dicen lo que ya sabíamos. Las sorpresas cuestan dinero.

—Yo no doy sorpresas.

—Tú no. —Otro silencio—. Mañana te llamo. Que tengo una cosa que a lo mejor te gusta y no te la quiero contar con el coche puesto.

Colgué, me quedé con el teléfono en la mano y con el sol partiéndome la nuca, y me hice la única pregunta que había que hacerse.

Un jefe de flota no llama tres veces en una mañana para contarte un runrún.

Un jefe de flota llama tres veces en una mañana cuando ya tiene la solución hecha y le hace falta el problema para poder dártela.

Llamó el miércoles a la una menos cuarto y yo cogí el teléfono en el mismo metro y medio de pretil.

—Peñalta —dijo.

—Peñalta.

—Dos aparatos. Taller propio, con dos mecánicos. Tres pilotos y un jefe de base. Helipuerto de verdad, no ese hormigón vuestro recién fraguado. Y actividad de invierno, Ortiz: allí no se cierra en octubre.

—Sé lo que es Peñalta.

—Pues entonces sabes que el jefe de base se jubila en marzo.

Yo me apoyé de espaldas en el pretil y me puse a mirar la chapa del hangar, que a la una menos cuarto de un miércoles de agosto vibra sola de calor.

—Sarabia.

—Dime.

—Dilo entero.

—Contrato de los de doce meses —dijo—. Se acaba lo de campaña. Segunda de a bordo desde el quince de septiembre, con la vista puesta en marzo. Y no te lo estoy prometiendo, que yo no prometo, pero si en marzo estás allí dentro y has hecho el invierno, en esta casa no hay nadie más para eso.

Yo llevo doce años haciendo campañas de cuatro meses. Once mudanzas. Una bolsa, dos cascos, una caja de libros que no abro. Todo lo que un contratista de este oficio quiere en la vida acababa de caber en catorce palabras de un hombre al que le sobraba media hora antes de comer.

—¿Y qué tengo que hacer? —dije.

—Decir que sí antes del lunes.

—¿Por qué antes del lunes?

—Porque la incorporación es el quince de septiembre, y para eso hay que mover papel, y el papel lo mueve gente que en septiembre se coge días.

—El quince de septiembre yo estoy en campaña.

—Ya —dijo.

Y ahí lo dijo todo.

Ese ya llevaba dentro la campaña de Valdecierzo entera: los cinco fuegos, la cuadrilla, la unidad nueva y las cinco personas que se quedan solas en un monte con linternas cuando yo me voy porque se me acaba la luz.

Todo eso, en dos letras, como un renglón que se pasa al mes siguiente para que cuadre el trimestre.

—Sarabia, esto de quién ha salido.

—De aquí.

—De quién de aquí.

—De la casa, Ortiz. Las casas piensan.

—Las casas no piensan en agosto. Las casas en agosto están de vacaciones y firman lo que hay encima de la mesa. Y a mí nadie me asciende la última semana de agosto por lo bien que vuelo.

Se lo pensó. Yo creo que fue el único momento honrado de las tres llamadas, y por eso se lo agradezco.

—Te lo voy a decir de la única manera que se puede decir por teléfono —dijo, y bajó media marcha—.

Si tú te mueves ahora, tu hoja queda limpia.

El plan de desarrollo se cierra con un ascenso, y un plan de desarrollo cerrado con un ascenso en un expediente queda muy bien; queda tan bien que dentro de dos años no se acuerda nadie de por qué se abrió.

Y lo que se escriba en octubre sobre esa unidad se escribirá sobre esa unidad.

—Y no sobre mí.

—Sobre el que esté —dijo—. Ortiz, yo llevo veintidós años en esto. Nadie te va a poner una mano encima. Lo que pasa es que las casas no perdonan que las sorprendan, y tú vienes de una sorpresa. Esto es una puerta y está abierta hasta el lunes. Después la cierra otro y ya no la abre nadie.

—Vale.

—¿Vale sí o vale te lo pienso?

—Vale te contesto el lunes.

Colgué a la una y cinco, subí a la cabina, cerré la puerta con el calor de dentro y me quedé un rato con las dos manos en las rodillas.

Porque lo peor de aquella llamada no fue nada de lo que dijo aquel hombre.

Lo peor fue lo bien hecha que estaba.

Cuando bajé, Samu estaba apoyado en el capó del Milagro con el bocadillo en la mano y la cara del que lleva un rato mirando.

—Piloto.

—Samu.

—Que llevas dos días hablando por teléfono en el pretil con el brazo levantado —dijo—. Y en este pueblo, una persona con el brazo levantado en la báscula es o cobertura o una promesa a un santo.

—Cobertura.

—Ya. —Le dio un mordisco al bocadillo—. Es que si fuera lo otro, habría que abrir página.

Y se fue a por su casco tan tranquilo, sin saber que acababa de decir la única frase exacta de aquel miércoles.

Yo, cuando tengo un problema, no lo pienso. Lo escribo. Dos columnas, con el lápiz, en el dorso de la hoja de cierre, y sin ponerle adjetivos a ninguna de las dos.

Si acepto. Vuelo. Contrato de doce meses.

La hoja limpia, el expediente cerrado por arriba y el jefe de operaciones que sigue firmando revisiones que no se hacen a doscientos kilómetros de mí, sin que le tiemble el pulso, para siempre.

Y el quince de septiembre esta base se queda el último tramo de campaña con el piloto que manden, que será bueno, porque en esta compañía son todos buenos, y que no sabe que la Hoya arde, ni que los Cañamares están vacíos desde julio, ni que hay dos metros y medio de agua en un azud entre dos chopos, ni que el capataz de esa cuadrilla necesita que le enchufen un intercomunicador y le digan tres cosas en el mismo orden.

Si no acepto. Sigo aquí. Y en octubre un hombre con una carpeta cierra un informe sobre esta unidad, y ese hombre ya sabe lo que sabe, y me ha dado él mismo la única salida digna que hay, que es contárselo nosotros y que mueva a uno de los dos.

Y si el informe sale con una línea que se pueda leer torcida, a mí no me cambian de base.

Se acabó. Eso lo escribí una vez en junio en otra hoja y no lo voy a escribir dos veces.

De las cuatro cosas que hacían falta para que yo me quedara en Valdecierzo, aquella oferta me daba tres. La convocatoria, la plaza y el papel firmado por alguien que no soy yo.

La cuarta era el sitio.

Y había una tercera columna, y no la escribí, porque a las cosas que no se escriben no se les puede poner encima el canto de la mano y decir que ya están.

Si yo digo que no y nos vamos los dos al despacho de Requena en octubre, ese hombre mueve a uno de los dos.

Y el fácil de mover no soy yo. El fácil de mover es un capataz que lleva dieciocho años en un valle, que abrió una raya de tierra pelada con su gente y la repasó él solo un marzo, y que se iría a ochenta kilómetros al otro lado de un puerto sin protestar y contando cabezas hasta el último día.

O sea que mi columna de si no acepto no la pagaba yo.

Y eso, en mi oficio, tiene un nombre: es una cuenta hecha con el combustible de otro.

Aquella noche subió al cuarto a las diez y media.

No hablamos de nada. Se quitó las botas y las dejó rectas al pie de la escalera con la puntera hacia la puerta, y yo apagué la luz de la pantalla de flores a los diez minutos porque al día siguiente se volaba temprano y porque aquella luz y aquella cuenta no cabían en el mismo cuarto.

A la una menos cuarto, en el suelo, boca arriba, con la radio de su madre puesta al otro lado del tabique, preguntó.

—¿Qué querían?

Y ahí estuvo. Ahí, exactamente ahí, en un colchón en el suelo de un cuarto alquilado, a la una menos cuarto de la madrugada del veintiocho de agosto.

—Me han ofrecido una cosa —dije—. Y tiene fecha.

—Vale.

—Y te la voy a contar entera. Con los números, con el sitio y con la fecha. —Me oí a mí misma bajar la velocidad, que es lo que me pasa, y no lo disimulé—. Cuando la tenga hecha. Dame hasta el domingo.

Él tardó lo que tarda él.

—Vale.

Nada más. Ni una pregunta. Ni qué cosa , ni qué fecha , ni quién , ni y si .

Y yo, que llevo dos meses aprendiendo a leer a ese hombre, me di la vuelta hacia la pared con la conciencia razonablemente tranquila, porque me dije que aquello era el punto cinco de una servilleta que firmamos en junio y que dice que no se pregunta.

Yo tenía un acuerdo. Ese acuerdo dice que no se miente en un papel, que no se le miente a Requena y que si a alguno de los dos le preguntan a la cara, se contesta la verdad en el sitio y ese día.

No dice nada de nosotros dos.

No hacía falta escribirlo. A la gente que se lo cuenta todo no se le pone una cláusula para eso.

Me dormí la última, después de comprobar la puerta, la ventana y la respiración del hombre que tenía al lado.

Llevaba desde el siete de agosto sin hacerlo.

En la tablilla, antes de acostarme, había escrito una sola línea, con la letra de trabajo, que es la que uso para las cosas que van a pasar:

Lunes 1. Contestar.