Tierra, trágame (La Brigada 1) 26 · Bosco
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26 · Bosco

Yo tengo escrito en algún sitio de la cabeza que en este oficio las malas noticias llegan por tres puertas: por la nariz, por la emisora y por la impresora.

Aquella semana aprendí que hay una cuarta, y es el teléfono de la nave.

Ese teléfono no suena. Está en la pared del despacho, encima de una mesa de formica, con un cable enrollado y amarillo de nicotina de gente que ya no trabaja aquí, y en dieciocho años lo habré cogido cinco veces, siempre para que alguien me pregunte por un albarán.

El martes veintiséis de agosto, a las ocho y diez de la mañana, sonó.

—Ibarra.

—Coordinador.

—¿A qué hora estás en el monte?

No preguntó si podía verme. No preguntó si tenía un rato. Preguntó a qué hora estoy en el monte, que es una manera de preguntar que solo se le ocurre a quien ha estado.

—A las nueve subo a la línea del collado.

—Pues a las nueve.

Y colgó.

Llegó a las nueve menos cinco con el coche gris y con las mismas botas, que ya me había fijado el jueves y que no son botas de coche: son botas de trabajo viejas, con la puntera comida y la caña reblandecida por el sitio por donde se dobla un pie que anda.

Dejó la carpeta encima del asiento.

Eso fue lo primero que me contó de aquella mañana, y me lo contó sin decir nada: aquel hombre no venía a apuntar.

—Enséñame la línea esa que dicen —dijo.

Al cortafuegos se sube en cuarenta minutos por el camino viejo y en veinticinco si vas con prisa por dentro. Yo salí a mi paso, que es un paso de castigo y lo sé, y a los diez minutos me di cuenta de que iba a tener que reconocerle una cosa a aquel hombre.

Subía sin resoplar. Pisaba donde hay que pisar, por dentro de la curva, buscando la piedra plana con el pie sin mirarla. Y no hablaba, que es lo que hace la gente que sabe que hablando cuesta arriba se paga después.

—¿Cuántos años estuviste en cuadrilla? —le pregunté a mitad.

—Nueve. Y tres de retén de invierno, que entonces no se llamaban así.

Nueve años.

Yo llevaba desde junio poniéndole a ese hombre una cara de oficina y una vida de fotocopias, y resulta que se había abierto líneas con la azada antes de que yo tuviera edad de coger una.

Arriba, en el collado, se paró y miró.

Un cortafuegos, desde su propio principio, no es gran cosa. Son veinte metros de tierra pelada que suben derechos hasta donde estás tú. Lo que hay que ver de esa línea no está en la línea: está a los lados, y está sobre todo en lo que la línea deja detrás.

—Ahí abajo, ¿qué es? —dijo, señalando con la barbilla.

—El pinar de la umbría.

—En el plano no se llama así.

—En el plano no se llama así nada de esto —dije—. Eso de ahí es la Loma del Aire, y en el mapa pone Loma Alta. Aquello es las Zorreras, y en el mapa es Barranco Hondo. Y la Solana del Cura, en el mapa, es la Umbría de San Roque, lo cual dice bastante del que hizo el mapa.

—Vino en invierno.

—Vino en invierno.

Y entonces aquel hombre se sacó del bolsillo del chaleco una libretita de gomas —no la carpeta: una libreta de las de bolsillo— y me lo hizo repetir todo despacio y lo escribió, nombre a nombre, en dos columnas.

—Ese pinar lo pido por escrito todos los marzos —dije, porque uno aprovecha—. Y me lo aprueban todos los marzos.

—Y el dinero se va a otro sitio.

—Se va a otro sitio.

—Ya lo sé. —Guardó la libreta—. Ese dinero también me lo quitan a mí, Ibarra. Yo no soy el que reparte el dinero. Yo soy el que firma lo que se hace con lo que queda.

Nos sentamos en una piedra del collado, mirando al otro lado.

Al otro lado de la Cruceta empieza el monte grande, y desde ahí arriba es lo que es: kilómetros de encinar y de pino subiendo y bajando lomas sin una casa, sin un camino y sin una raya de nadie.

Requena estuvo mirándolo un rato largo.

—Cuando la provincia decidió meter una unidad helitransportada en este valle —dijo—, el nombre del capataz lo puse yo.

—Ya me lo imaginaba.

—No te lo imaginabas. La gente cree que estas cosas salen de una máquina. —Se limpió las manos una contra otra—. Y ahora te voy a contar una cosa que no le he contado a nadie del dispositivo en veintiún años, y te la voy a contar una vez.

Y yo, que llevo un verano entero oyéndole a la gente decir esa frase y diciéndola yo mismo en un hangar, me callé y esperé.

—Yo tenía treinta y uno y llevaba un retén en otra provincia.

No en esta. —Hablaba igual que el jueves: bajo, sin prisa, sin ponerle música a nada—.

Y en aquel retén había una persona conmigo.

Conmigo quiere decir lo que quiere decir.

No lo sabía nadie, o eso creíamos nosotros, que es lo que cree todo el mundo.

Yo no dije nada. En esa piedra, aquella mañana, yo era la última persona del mundo con derecho a decir algo.

—Un día de agosto se puso feo un fuego y hubo que repartir gente en dos flancos. Uno de los dos flancos era el malo. Eso pasa todos los veranos y se resuelve en dos segundos, porque un jefe de retén no tiene dos minutos para pensar: mira la lista, mira las caras y dice nombres.

—Y ella estaba en el flanco malo.

—Ella estaba en el flanco malo. —Requena asintió una vez—. Y yo cambié un nombre. Uno.

El aire de arriba movía el matorral del ribazo y no se oía nada más.

—Y aquí viene lo que quiero que entiendas, Ibarra, porque si te lo cuento mal te vas a llevar la idea de que fui un cobarde y no es eso.

—Se giró y me miró de frente por primera vez—.

Yo tenía un argumento. Y era bueno. Ella venía de doblar turno de noche y estaba más cansada que el otro, y eso era verdad, y lo dije en voz alta, y no me discutió nadie porque no había nada que discutir.

Cualquier jefe de retén de esta provincia habría firmado ese cambio y habría dormido tranquilo.

—Y el otro subió al flanco malo.

—El otro subió al flanco malo.

Se quedó callado un rato.

—Aquella tarde el viento hizo lo que hace el viento —dijo—. Y no lo sacamos.

Nada más. Ni cómo, ni dónde, ni cuánto tardaron, ni una sola de las cosas que cuenta la gente que necesita que se lo crean. Un hombre que ha estado en un sitio así no lo describe nunca.

—Se llamaba Emilio.

Y ahí se le rompió una cosa muy pequeña, y no fue la voz.

Aquel hombre llevaba dos mañanas llamando a todo el mundo por el apellido. A mí, a la piloto, a Ginés, a la gente de su provincia. Es su manera y es su distancia.

A aquel chaval lo llamó por el nombre.

—Hubo lo que hay en estas cosas —siguió—.

Papeles, preguntas, gente de traje. Y no pasó nada.

Nadie escribió una línea contra mí, porque no había una línea que escribir.

El reparto era correcto. Los dos nombres valían.

El argumento estaba dicho delante de testigos y era verdad.

—Se miró las botas—. Yo firmé aquel parte y en aquel parte no hay una sola mentira.

Y yo, sentado en una piedra de mi collado, sentí exactamente lo que se siente cuando el suelo que llevas pisando tres semanas resulta que estaba hueco.

No hay mentira en ningún papel. Eso lo dijo una mujer en una báscula, contando con los dedos, un viernes por la mañana, y era la parte de la que estábamos orgullosos.

—No supe que había hecho una cosa mal hasta tres meses después —dijo Requena—. Y no lo supe pensando. Lo supe una noche, de golpe, como se sabe la hora.

—¿Y ella?

—A ella no la voy a nombrar, que no ha hecho nada.

—Y por primera vez en toda la mañana levantó medio tono—.

Lo aguantó dos años más que yo, que ya es aguantar.

Después se fue del dispositivo y no nos hemos vuelto a ver.

Y esa es la otra parte que nadie cuenta de esto: que no me quedé ni con lo uno ni con lo otro.

Bajamos veinte metros y nos paramos donde la línea coge la curva, porque desde ahí se ve la base: la chapa del hangar, la hache, un bicho amarillo quieto encima y una mujer dando la vuelta al aparato con la tablilla debajo del brazo.

—Por ahí dicen que yo digo que no vuela tranquilo quien quiere a alguien dentro del fuego —dijo—. Yo eso no lo he dicho nunca.

—Se lo sabe medio dispositivo.

—Se lo sabe medio dispositivo y está mal dicho. —Se puso las gafas de cerca, que no le hacían ninguna falta allí arriba, y se las volvió a quitar—. La gente entiende que uno duda, que se queda parado, que se pone nervioso. Eso no pasa nunca. Yo no he visto a nadie dudar en un fuego en treinta años.

—¿Entonces?

—Entonces es esto, y es peor: el que quiere a alguien reparte distinto . Un nombre. Con un argumento bueno. Y no se entera nadie, ni él.

Y ahí dejó de hablar de él y empezó a hablar de mí, sin cambiar de tono y sin volverse.

—El jueves vi una unidad de nueva dotación trabajar como una unidad de cinco años. Eso es lo mejor que he visto este verano y así lo he escrito.

—Bien.

—Y vi otra cosa. —Se metió las manos en los bolsillos—. Vi que cuando la piloto bajó del aparato, tú no la miraste. En dos horas, ni una vez. A Ortiz la miró todo el mundo, hasta el mecánico. Tú no.

No dije nada.

—Yo llevo veintiún años mirando a gente que no se mira —dijo—. Y no te voy a preguntar, Ibarra.

—¿Por qué no?

—Porque si te pregunto, tú me contestas. —Me miró—. Y yo hoy no he subido aquí para que me contestes. He subido para que sepas lo que sé y para decirte una cosa.

—Dila.

—O me lo contáis vosotros, o lo escribo yo.

Lo dijo igual que había dicho todo lo demás. Sin levantar la voz, sin apuntarme con nada, con las manos en los bolsillos y mirando la base de abajo.

—Y no te voy a engañar en la parte que te importa —siguió—. Si me lo contáis, yo tengo que mover a uno de los dos. Eso no lo puedo arreglar y no os lo voy a vender de otra manera. Lo único que cambia es quién elige.

—¿Y si te enteras tú?

—Si me entero yo, no elige nadie. Elijo yo, y elijo con lo que tenga escrito encima de la mesa aquel día, que va a ser lo peor de los dos. —Se encogió de hombros—. Yo el informe de esta unidad lo cierro cuando se cierre la campaña.

Y entonces me tocó a mí.

Yo tengo un pacto, y el pacto tiene una línea que no se cruza: no se miente. Ni en un papel, ni en una emisora, ni a un hombre que te acaba de contar en tu propio collado la única cosa que no le ha contado a nadie en veintiún años.

Podía callarme. Un hombre puede callarse siempre.

—Cuando acabe la campaña —dije.

Requena me miró un segundo largo.

—Vale.

Y sacó la libreta, y yo pensé que la sacaba para eso.

—Repíteme lo del barranco —dijo—. Que se me ha quedado a medias.

Bajamos la línea sin hablar, él delante, poniendo los pies donde hay que ponerlos.

Yo he tenido enemigos. Uno se lleva bien con un enemigo: se le mira, se le mide, se le gana o se le pierde y se acabó.

En este valle he peleado con dos alcaldes, con una compañía eléctrica y con el señor que reparte el dinero de los desbroces, y de todas esas peleas he salido durmiendo como un tronco.

Lo que no se puede hacer es ganarle a un hombre que tiene razón y que además te ha tratado bien.

Ese es el problema entero y lo escribo aquí una sola vez: Requena no es el malo de esto.

Requena es un hombre que perdió a un chaval de veintitantos por un cambio de nombre que cualquiera habría firmado, que se pasó veintiún años convirtiendo aquello en una regla para que no le pasara a nadie más, que ha subido a mi collado a contármelo en vez de mandarme un papel, y que me acaba de dar la única salida digna que hay.

Y por eso da tanto miedo.

Se metió en el coche a las once menos cuarto, dijo hasta octubre y se fue por la báscula, y yo bajé al llano andando, despacio, buscando la manera de contárselo a una mujer que iba a hacer con aquello lo que hace ella con todo, que es una cuenta.

Estaba en el punto de espera, con la mano encima del tubo amarillo y el teléfono en la otra.

Y tenía la cara que se le pone cuando suma.

—Me ha llamado la compañía —dijo—. Tres veces.