25 · Valen
Un pueblo el sábado después de sus fiestas es una casa el día después de una boda.
El veintitrés de agosto, a las diez de la mañana, tres hombres subidos a dos escaleras descolgaban los banderines de la calle de la iglesia y los iban enrollando en un carrete de madera como se enrolla una manguera, uno cada quince metros, discutiendo el orden.
Las mesas de plástico volvían al almacén.
La lona del ayuntamiento la bajaron entre seis y se les cayó una punta.
Y en la puerta de Casa Fina había cuatro señores decidiendo qué se hacía con cien metros de traca sin tirar.
—La pólvora se guarda —decía Onésimo—. Mi padre guardó una dos años y salió mejor.
—Tu padre guardó una y le reventó el palomar.
—Eso fue después.
Yo me tomé el café en la puerta oyendo aquello y me di cuenta de que llevaba dos meses en esta comarca y de que ya distingo cuándo una discusión de este pueblo es una discusión y cuándo es una manera de estar juntos sin decirlo.
El jueves habíamos certificado a todo el mundo. Requena firmó nombre por nombre, cerró la carpeta, dijo enhorabuena una vez para todos y se fue a las once menos veinte, y yo me pasé la tarde entera esperando a sentir algo y no sentí nada, que es lo que pasa cuando una cosa sale bien.
El viernes se durmió la comarca. Nosotros también: la cuadrilla remató lo de las Viñas Viejas hasta las dos y se fue a su casa, y yo estuve tres horas repasando el aparato con Ginés porque después de un fuego con ceniza fina hay que mirarlo todo dos veces y porque no tenía otra cosa que hacer con las manos.
Y el sábado por la mañana, cuando bajé al llano, me encontré a Ginés midiendo el hangar.
Con la cinta metálica, de esquina a esquina, apuntando en el dorso de un albarán.
—¿Se ha movido? —dije.
—No.
Anoté mentalmente que aquello no era una respuesta y me fui hacia el aparato. A los treinta segundos, cuando yo ya estaba dando la vuelta por el lado del patín, me llegó su voz desde el fondo de la nave, sin levantarla, como llegan todas las suyas:
—Presupuesto.
Volví.
—¿De qué?
—De calefacción.
Y ahí, señores, se me paró el día.
Yo llevo doce años en este oficio y en doce años nadie ha calentado nunca un hangar de campaña.
Una campaña son cuatro meses de junio a octubre; en campaña lo que sobra es calor.
Un hangar se calienta cuando dentro hay una máquina en enero, y hay una máquina en enero cuando alguien de una oficina ha decidido que en ese sitio va a haber gente todo el año.
—Ginés.
—Dime.
—¿Quién te ha pedido eso?
—La provincia. —Enrolló la cinta con el dedo—. Por teléfono. El martes.
—¿Y te han dicho por qué?
Se lo pensó. Ginés se piensa hasta los buenos días.
—Me han preguntado si el agua aguanta una helada. —Guardó el albarán en el bolsillo del pecho, donde guarda las multas de Marga y las galgas—. Y me han dicho retén de invierno.
Retén de invierno.
Yo no soy de creerme lo que se dice. Un rumor de bar no vale nada; un rumor de mecánico es otra cosa, porque a los mecánicos se les pide presupuesto antes de que exista la decisión, y los presupuestos son lo primero que se mueve y lo último que miente.
Retén de invierno quiere decir base abierta todo el año. Base abierta todo el año quiere decir plaza. Y plaza quiere decir una palabra que yo no he usado nunca para mí en doce años, porque yo no tengo plaza: yo tengo campaña.
Me subí a la cabina, cerré la puerta, abrí la lista de cierre y no leí ni un renglón.
Aquella noche subió a mi cuarto a las nueve y media y nos dormimos los dos a las diez menos veinte.
Sin más. Sin una palabra, sin quitarnos la ropa entera, encima del colchón, con la ventana abierta y el pueblo callado por primera vez en diez días. Un hombre de noventa kilos y una mujer de cincuenta y cinco, boca arriba, dormidos como dos herramientas dejadas en el banco.
Yo me desperté a la una y diez.
Y esa vez la comprobación me salió bien: sabía dónde estaba, sabía quién había en la casa y sabía qué hora era. Lo único que no supe fue por qué me había despertado, hasta que lo oí.
Abajo, al otro lado del tabique, la radio de Fina.
Puesta bajita, con una emisora de esas de madrugada donde la gente llama para contar cosas.
Esa mujer se duerme con la radio puesta desde el ocho de agosto.
Yo lo he comprobado once noches y no se lo he dicho a nadie, y ella no lo ha comentado nunca, ni conmigo ni con su hijo, ni lo va a comentar.
En esta familia el amor se hace de logística.
Le puse la mano en el pecho a Bosco y noté que llevaba despierto un rato.
—Tu madre —dije.
—Ya.
—¿Desde cuándo duerme con la radio?
—No preguntes cosas que ya sabes. —Se pasó la mano por la cara—. ¿Qué hora es?
—La una.
—Entonces hemos dormido tres horas.
—Tres y media.
Y me incorporé, y alargué el brazo, y encendí la bombilla.
Esa bombilla tiene una pantalla de flores de las de una tía soltera y lleva colgada de ese techo desde antes de que yo naciera, y yo llevaba dos meses viviendo en ese cuarto sin encenderla ni una vez.
No es dejadez. Es que yo he vivido en veinte habitaciones que no eran mías y en todas hago lo mismo: entro, dejo la bolsa, no toco nada y me alumbro con lo que entre por la ventana.
Una luz encendida es de la gente que vive en un sitio.
Bosco levantó la cabeza y se tapó los ojos con el antebrazo.
—¿Qué haces?
—Encender la luz.
—Se ve desde la calle.
—A la una de la madrugada, en este pueblo, no hay nadie en la calle, y si lo hay ya sabe lo que hay. —Le aparté el brazo de la cara—. Y llevo dos semanas tocándote a oscuras.
Se quedó quieto.
Y ahí es donde empieza lo que no se puede contar con la ropa puesta.
Aquello no fue lo del siete de agosto. Lo del siete de agosto fue hambre y fue prisa y fue medio miedo, y salió bien porque las cosas con hambre salen bien y no porque nadie supiera lo que estaba haciendo.
Aquella noche no había prisa: teníamos un pueblo dormido, la radio de su madre haciendo de manta y una hora que no era de nadie.
La diferencia entre la primera vez y la segunda es la diferencia entre un reconocimiento y un plano.
Yo ya sabía dónde estaban las cosas. Sabía que si le pasaba la mano abierta por las costillas se le iba el aire y sabía por qué lado.
Sabía que la cicatriz del hombro no siente y que dos dedos por debajo sí.
Sabía que le gusta que le hablen y sabía qué palabras, y las dije, y no eran ninguna de las que se ponen en los libros: eran las mías, las de dar instrucciones, dichas despacio, que a él le hacen más efecto que cualquier otra cosa.
Y él sabía lo mío. Y lo hizo entero, sin saltarse nada y sin ninguna prisa por llegar a ningún sitio, con esas manos de dieciocho años de azada que saben ir lentas, y con la boca, y sin preguntar ni una sola vez si aquello estaba bien, porque a esas alturas ya sabía leerme la respiración igual que se lee el aire de una ladera.
Yo tardé mucho. Muchísimo. Y no me importó, y esa es exactamente la cosa que a mí no me había pasado nunca con nadie: no llevaba la cuenta.
Cuando lo tuve dentro nos quedamos parados un rato largo, mirándonos con aquella luz de tía soltera encima, y me acordé de que en el suelo de aquel mismo cuarto, dos semanas antes, aquel hombre me había dicho una sola frase que no era una broma ni una orden.
Aquella noche no dijo ninguna. Me sostuvo la cara con una mano, con el pulgar en el pómulo, y se movió despacio, mirándome, y yo entendí que la luz era el asunto y que llevaba yo encendiéndola desde antes de saberlo.
Después hubo lo que hubo, y hubo dos veces, y no lo voy a poner en un parte.
Lo que sí voy a poner es lo otro, porque es lo importante y porque es lo que no se ve vestido.
Ese hombre lleva dieciocho años riéndose de sí mismo antes de que se ría el pueblo.
Es lo primero que hace: se adelanta, se pone el chiste encima como quien se pone un chaleco, y así nadie le puede tocar.
Se lo he visto hacer en un rastrojo, en una barra, con su madre, en un hangar a las dos de la mañana y en el peldaño de mi aparato.
Aquella noche, con la luz encendida y una hora por delante, no hizo ni un solo chiste.
Ni uno.
Apagué a las tres menos cuarto. Se apaga porque hay que dormir, no porque haya nada que esconder, y aquella noche esa diferencia era todo lo que teníamos.
Nos quedamos boca arriba, hombro con hombro, en el suelo de un cuarto alquilado, mirando el techo, que tiene una grieta que sale de la lámpara y se va hacia la ventana como se va un camino en un plano.
Y ahí tumbada me di cuenta de una cosa tonta.
Yo, cuando entro en un sitio, cuento la gente y cuento las salidas. Lo hago sin pensarlo desde que tengo edad de firmar papeles: bares, hangares, cocinas, habitaciones de hotel de tres provincias. Dos salidas es un sitio. Una salida es una habitación.
Aquel cuarto tiene una puerta y una ventana con cuatro metros de caída y un contenedor debajo. Lo conté el primer día, a los once minutos de dejar la bolsa en el suelo.
Y llevaba desde junio sin volver a contarlo ni una sola vez.
—Ginés está midiendo el hangar —dije.
—Ya lo he visto.
—Le han pedido presupuesto de calefacción. —Esperé—. Y le han dicho retén de invierno.
Bosco no dijo nada durante un rato largo. En este hombre el silencio ya no es una señal de nada malo; eso lo aprendí en agosto, a cuatro minutos del suelo.
—Eso es una base permanente —dijo al final.
—Eso es una base permanente.
—Eso son plazas.
—Eso son plazas.
Y ahí, en aquel techo, delante de una grieta que se va hacia la ventana, me oí decir a mí misma una cosa que no había decidido decir.
—¿Y si me quedo?
Lo dije al techo. No lo dije mirándolo, no lo dije con la voz de trabajo y no lo rematé, y yo remato todas mis frases. Se me fue la velocidad, que es lo que me pasa cuando una cosa me toca de verdad, y no lo disimulé, porque a las tres de la mañana no hay a quién disimulárselo.
Él tardó lo que tarda él.
—No lo digas otra vez esta noche.
—¿Por qué?
—Porque a la primera me hago el fuerte. —Se giró un poco, lo justo para que le diera la luz de la farola—. A la segunda me lo creo.
Nos quedamos callados. Abajo, la radio de su madre pasó de una llamada a otra.
—¿Qué hace falta? —dijo.
Y ahí estaba otra vez, el idioma de ese hombre: preguntar qué hace falta. Yo he conocido a gente que dice te quiero de doce maneras distintas y no había conocido a nadie que lo dijera pidiendo la lista de material.
—Hace falta que la provincia lo apruebe de verdad y no de boquilla —dije—.
Hace falta que salga una convocatoria y que la convocatoria salga con esta base dentro.
Hace falta que yo deje de ser contratista, que eso no es un salto, es una escalera.
Y hace falta que en octubre, cuando la compañía lea los informes de esta campaña, no haya en ninguno de ellos ni una sola línea torcida sobre mí.
—Eso son cuatro cosas.
—Eso son cuatro cosas y ninguna la firmo yo.
Lo dije y me oí decirlo, y me quedé mirando la grieta del techo con las dos manos encima del pecho.
Y no decidimos nada. Que conste así, porque es la verdad: no hubo promesa, no hubo plan y no hubo fecha. Hubo dos personas boca arriba en el suelo de un cuarto alquilado diciendo en voz baja una cosa que no habían dicho nunca, y después nos callamos.
Porque eso es lo que descubrí aquella madrugada y es lo que me tuvo despierta hasta las cuatro, y no era la palabra bonita.
Yo he cambiado de base once veces en doce años. Sé hacer maletas, sé despedirme y sé llegar a un sitio nuevo un martes y estar volando el miércoles. Irse es fácil: irse lo decide una. Para irse de un sitio no hace falta el permiso de nadie.
Quedarse, no. Quedarse en un sitio no lo decide una: lo tiene que escribir alguien. Alguien con una carpeta, en un despacho, en una hoja con número de registro, y una cosa que no está escrita no ha pasado.
Y el hombre que escribe lo que se lee sobre mí en esta provincia había estado el jueves a doce metros de mi aparato, con el chaleco planchado y un vaso de café frío en la mano, mirando la base dos segundos más de los que hacían falta.