Tierra, trágame (La Brigada 1) 24 · Bosco
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24 · Bosco

Un hombre que no ha dormido no está cansado. Cansado se está cuando se ha trabajado. Sin dormir se está lejos: las cosas te llegan medio segundo tarde, como el trueno.

A las cinco menos veinte de la madrugada bajamos del camino de la ermita con la cara negra y las botas requemadas, y en la calle de la iglesia estaban colgados los cien metros de traca sin tirar, que es la cosa más rara que le he visto a mi pueblo en treinta y seis años.

Me acosté a las cinco y veinte y a las seis menos cuarto me levanté, porque hay una manera de estar tumbado que es peor que estar de pie.

A las siete estaba afeitado, con la camisa limpia y con las botas de ayer, porque otras no tengo.

La base a las ocho de la mañana del veintiuno de agosto parecía la sacristía de una boda pobre.

Ginés había sacado la Chicharra a la hache a las seis y la había dejado lavada, con la chapa mojada todavía y el hormigón oscuro alrededor. Trabaja de noche cuando hay algo importante al día siguiente y no lo dice.

La cuadrilla estaba en la nave, sentada, con la ropa limpia por encima de una capa de ceniza que no se va con agua. A Samu se le había abierto la brecha de la mano otra vez y se la había cerrado con esparadrapo de la caja del pick-up. Nico tenía el color de una vela.

Andrés estaba afilando. A las ocho de la mañana de un jueves, sin nada que cortar en todo el día, afilando.

—Media Ración —dijo Samu, con la voz a media asta—. Hay dinero encima de tu estómago. Uno a dos. Eres el favorito desde junio.

—Que no voy a vomitar.

—Es que si no vomitas, se lo lleva la casa. Y a mí me duele más que se lo lleve la casa que perder yo.

—A ti te duele todo lo que no cobras —dijo Leti, sin levantar la cabeza.

Mi madre no bajó. Mi madre abre a las siete y no cierra por nada, ni por una traca suspendida ni por una comunión.

Lo que hizo fue mandar la caja de plástico con Nico a las ocho y cuarto, con los cafés hechos en el bar y una factura escrita a mano, y en la factura, debajo del total, con su letra redonda: el de la piloto, en vaso .

A Butano lo encerré en la nave a las ocho y media con un hueso, porque ese perro lleva desde junio esperando a que alguien se deje una puerta abierta con el aparato en marcha.

En la báscula había ocho o nueve personas del pueblo mirando desde la valla, con la cara de una resaca de siete días. Onésimo con el tractor parado. La Puri con el carro. Ninguno decía nada. En este valle, cuando hay que ver una cosa, se ve callado.

Y a las nueve menos ocho, que en el idioma de esa gente es llegar puntual, entró por el camino de la báscula un coche gris con el polvo de setenta kilómetros encima.

Requena es más bajo de lo que yo me lo había puesto en la cabeza en nueve años.

Seco, cincuenta y dos, con el chaleco del dispositivo planchado y metido por dentro, unas gafas de cerca colgando del cuello y una carpeta de gomas debajo del brazo.

Traía un vaso de café de máquina de la gasolinera del cruce, medio bebido y frío, y se lo terminó entero durante la mañana, a tragos, sin hacer una sola mueca.

Salió del coche, cerró la puerta con la cadera y fue dando la mano por la fila diciendo cada apellido antes de que se lo dijera nadie.

Se los había aprendido de una lista.

Habla bajo. No bajo de secreto: bajo de hombre que sabe que se le va a callar todo el mundo para oírlo.

—Ibarra.

En este valle a mí no me llama Ibarra nadie. Aquí soy Bosco, o el capataz, o el hijo de la Fina según quién y según a qué hora.

Ibarra me han llamado dos hombres en mi vida.

—Coordinador.

—La piloto lo tiene planificado en cuatro rotaciones. —Abrió la carpeta con el pulgar—. Está bien planificado. Es lo que yo habría pedido.

—Pero.

—Pero hoy no vamos a hacer rotaciones. —Levantó la vista—.

La certificación es nominal. Si suben de cinco en cinco, yo firmo cinco nombres y lo que he visto es un grupo.

Hoy quiero ver nombres. De uno en uno, con el aparato en marcha, cada uno con su herramienta.

Y al final, si hay tiempo, me enseñáis una rotación como la haríais en un fuego.

—Vale.

—¿La lista la has hecho tú?

—Yo.

—Y te has puesto el último.

—El capataz cuenta cabezas y sube el último. Se cuentan siempre, aunque sepas cuántas hay.

—Ya —dijo.

Y escribió.

Yo llevo dieciocho años viendo a gente escribir delante de mí y nunca me había molestado tanto un bolígrafo.

La piloto arrancó a las nueve y dos minutos y a partir de ahí la mañana fue de ella.

Cuando aquel aparato está en marcha en mitad de mi base, en esta comarca no manda ni el coordinador provincial ni el señor obispo. Manda una mujer de treinta y tres años sentada a la izquierda con la mano en una palanca y la voz de trabajo puesta, esa que tiene todo el aire fuera antes de hablar.

El procedimiento era el de siempre y por eso se ve todo: desde el tubo amarillo, doce metros por delante del morro para que ella te vea entero, agachado, con la herramienta en la mano de fuera.

Subir. Arnés. Un salto corto, que es el aparato levantándose lo que se levanta, dando un paso en el aire hasta la raya del hormigón y volviendo.

Soltar. Bajar. Salir del disco sin correr y sin mirar atrás.

Andrés fue el primero. Andrés subió como sube al camión, se sentó, le pidió el intercomunicador con dos dedos y estuvo hablando todo el rato.

Después me contó ella que le cantó el llano entero en cuarenta segundos, con los nombres de verdad, sin que nadie se lo pidiera.

Bajó, se limpió las manos en el pantalón y no dijo absolutamente nada en dos horas.

Leti hizo el suyo como hace todo: sin que se notara que lo estaba haciendo.

—¿La motosierra es tuya? —preguntó Requena.

—Es de la brigada —dijo ella—. La llevo yo.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace cuatro campañas.

Requena escribió algo más largo que un nombre, y Leti volvió al punto de espera con la cara de siempre y con la barbilla medio dedo más arriba, y Samu abrió la boca para narrarlo y no le salió, porque ella no lo miró.

Samu se enredó con la correa. Aposta, como llevaba anunciando desde junio, porque tenía público.

Y ahí conocí yo la manera que tiene ese hombre de no ser gracioso. No se rió. No se enfadó. No dijo venga , ni vamos , ni déjate de tonterías . Esperó. De pie, con la carpeta bajo el brazo y el vaso de café en la mano, con toda la calma del mundo y sin apartar la vista.

Hay una manera de esperar que deja a un hombre más desnudo que una bronca.

Samu lo hizo por segunda vez, perfecto y en silencio, y volvió gris.

—¿Qué te ha dicho? —le pregunté.

—Nada.

—¿Nada?

—Me ha vuelto a dar los buenos días.

Nico subió el cuarto. Se puso del color del papel de fumar en el punto de espera, tragó dos veces y fue andando aquellos doce metros como se va a una cosa que uno ya ha decidido.

Subió. Se ató. Salto, vuelta, suelo. Bajó y se quedó de pie derecho hasta que Requena firmó, y solo entonces se sentó en el hormigón con las manos en las rodillas.

No vomitó.

—El mecánico —dijo Requena, mirando la lista—. ¿Embarca?

—Alguna vez.

—Pues hoy también.

Ginés se limpió las manos, subió, hizo el ejercicio como si llevara toda la vida haciéndolo, que es lo que pasaba, y bajó sin decir ni media palabra.

Requena ya se había girado hacia la lista cuando le llegó la voz desde el fondo del helipuerto:

—Yo he volado más horas que media provincia.

Silencio.

—Buenos días.

Requena no se volvió. Escribió. Y por la manera en que le tembló la esquina de la boca, aquel hombre tiene sentido del humor y lo administra como el café.

—Ibarra.

Me dio tiempo a andar los doce metros y a pensar dos cosas idiotas.

La primera es que llevo nueve años administrando esto con un bolígrafo, y que un bolígrafo, contra un jueves de agosto a las nueve y media de la mañana, no vale nada.

La segunda es que aquella mujer, ahí dentro, llevaba desde el diecinueve de junio bajando a un hangar de noche por esto. Sin cobrar, sin que constara en ninguna parte y con un expediente durmiendo en un cajón a doscientos kilómetros.

El ruido en las costillas. El polvo amarillo levantándose por los lados. El olor a queroseno y a chapa caliente, que en otra vida me gustaba.

Puse la bota en el primer peldaño y el pecho hizo su puño.

Entero. Como el primer día, como en el hangar, como en la primavera de hace nueve años en la que a mí no me consultó nadie. No se acaba: eso ya lo he escrito y no lo voy a escribir dos veces.

—Tierra, trágame —dije, para dentro, moviendo los labios como un viejo en misa.

Y no me tragó.

Subí. Me senté. Pasé la correa, la crucé, la metí en la hebilla sin tensarla de un manotazo, y comprobé con dos dedos que abría.

Ella me enchufó el intercomunicador igual que se lo había enchufado a los otros cinco y me dijo exactamente las mismas tres cosas que les había dicho a los otros cinco, con el mismo tono y en el mismo orden.

—¿Me oyes?

—Te oigo.

—Arnés.

—Puesto.

—Salimos.

Y ya está. Eso fue todo lo que hubo, y con eso hubo de sobra.

Yo me puse a cantar el suelo por dentro, sin abrir la boca, porque no había nada que transmitirle a nadie y porque aquella no era una clase, y aquel no era mi puesto, y allí abajo había un señor con una carpeta viendo a un capataz hacer un ejercicio que hace todo el mundo.

El poste de la esquina de la nave. La manga de viento, caída.

El camino de la báscula. Los dos pinos de la curva.

El tubo amarillo, a doce metros. La cuesta, y los doscientos veinte metros que hay de la báscula a la puerta del bar de mi madre, que yo no había contado en mi vida y que me sé porque los contó otra.

El suelo se apartó un paso, se quedó quieto, y volvió.

Solté. Bajé. Salí del disco andando y sin mirar atrás, y me di con el marco, que aquello ya lo tenía arreglado desde el siete de agosto y aquella mañana se me volvió a estropear, y no me importó lo más mínimo.

Requena escribió mi apellido y firmó al lado.

Papeles en regla.

Yo esperaba otra cosa. Uno se pasa nueve años poniéndole a una fecha una música, y luego llega la fecha y no hay música: hay un hormigón mojado, un hombre con un vaso de café frío y un bolígrafo haciendo un ruido que no se oye.

La rotación de verdad la hicimos a las diez y cuarto, los cinco con herramienta, como se hace en un fuego.

Y ahí ya no había que fingir nada, porque eso lo sabemos hacer.

Leti y Andrés entraron por delante en fila sin que nadie lo mandara. Nico se puso donde tenía que ponerse a la primera. Samu cargó el depósito por el lado bueno. Yo conté cinco en voz alta, dije cinco por la emisora, ella contestó recibido, cinco , y subí el último.

Cuarenta segundos. Ni una palabra de más.

Cuando bajamos, Requena estaba en el punto de espera con la carpeta cerrada y la goma puesta.

—Esto no lo habéis hecho hoy por primera vez —dijo.

Y ahí, delante de mi cuadrilla, con el ruido cayéndose todavía, un hombre que tiene un pacto de no mentir nunca contestó lo único que podía contestar, que era la verdad entera.

—Llevamos desde junio trabajando juntos en fuegos. Están todos los partes firmados en la carpeta de esa nave, por si los quieres leer.

—Los he leído. —Se guardó el bolígrafo en el bolsillo del chaleco—. Todos.

Nos dio la mano por orden otra vez, dijo enhorabuena una sola vez y para todos, y no se fue.

Se quedó de pie en mitad de mi helipuerto con el vaso vacío en la mano, mirando.

La piloto estaba haciendo la lista de cierre con la puerta abierta y una pierna fuera.

Ginés recogía la manguera. Andrés se había llevado la herramienta al banco sin que se lo dijera nadie y Leti iba detrás con la suya.

Nico seguía sentado en el hormigón. Nadie mandaba nada y todo el mundo estaba haciendo lo que había que hacer.

Dos segundos. Tres.

Un hombre puede quedarse mirando un helipuerto por muchos motivos y casi todos son buenos.

Después se subió al coche, dio la vuelta en la báscula y se fue por donde había venido, y la Puri, la Encarna y Onésimo se apartaron para dejarlo pasar y le dijeron adiós con la mano, porque en este pueblo se saluda hasta al que viene a examinarte.

A las once menos veinte estábamos todos certificados, nominalmente, con firma y con fecha.

Samu se fue al bar a discutir si lo de Nico contaba, porque Nico vomitó a las once y cuarto, en la nave, cuando ya estaba todo firmado y ya no había nadie mirando, y mi madre lleva desde entonces una página abierta que no piensa cerrar mientras haya gente pagando por opinar.

Y yo me quedé en el punto de espera haciendo la única cuenta que sé hacer.

El reloj chico se acabó a las diez y cinco de aquella mañana. Nueve años con fecha y de golpe sin ella.

Queda el grande. De hoy al cierre de campaña hay seis semanas. Seis semanas para que ella firme el último parte, y ese día bajamos los dos al despacho de ese hombre y se lo contamos, que es lo que decidimos en una báscula un viernes de agosto sin escribirlo en ningún sitio.

Seis semanas.

Lo que pasa es que aquel hombre se había ido con la carpeta debajo del brazo y con todos los partes de esta campaña leídos, y a un coordinador provincial no le hace falta saber una cosa para empezar a mirarla.