23 · Valen
El fuego no sabe que hay fiestas. Eso lo sabe cualquiera. Lo que no sabía yo es lo que pasa en una plaza cuando la gente se entera a la vez.
El miércoles veinte de agosto, a las cinco y media de la tarde, Valdecierzo estaba entero en la calle.
Último día. Pasacalles de la charanga, los críos con la camiseta de la peña, las mesas de plástico ya puestas para la cena y, a las doce de la noche, la traca de despedida, que en este pueblo es una cuerda de pólvora de cien metros colgada de la calle de la iglesia y que se lleva discutiendo desde marzo.
Yo estaba en la puerta de Casa Fina con un café solo, doble, en vaso, y la emisora en el bolsillo, porque en fiestas la piloto de esta base no bebe y no se aleja.
A las cinco y treinta y cinco la vi.
Estaba a mi espalda, por encima del pueblo, y tuve que girarme para verla porque nadie mira hacia arriba en un pasacalles: una columna delgada, blanca todavía, saliendo de la ladera de las Viñas Viejas.
Las Viñas Viejas son lo que su nombre dice y ya no son.
En el mapa vienen como Paraje de la Viña; en el pueblo son ocho bancales de piedra con almendros viejos, matorral y las cepas muertas hace cuarenta años, colgados de la ladera sur, justo debajo del camino de la ermita.
Arriba de todo está la era. Abajo, a trescientos metros escasos, los corrales de las primeras casas.
Y los bancales son escalones. Eso es lo importante y es lo que aprendí aquella tarde. Se suben bien. Se bajan fatal.
Puse la mano en el hombro de Samu, que pasaba con la charanga.
—Arriba.
Samu miró, dejó de sonreír y se le puso la cara de trabajo en medio segundo, que es una cosa que la gente de fuera no le supone a un bocazas.
Lo que pasó después dura menos de lo que se tarda en contarlo.
La charanga siguió tocando ocho o diez compases porque los músicos van mirando la partitura y no el monte.
La gente empezó a girarse por la mitad de la calle, en oleada, como se gira el trigo.
Y cuando la charanga se calló, en el hueco que dejó, se oyó el motor del Milagro arrancando abajo, en el llano.
Nadie gritó. Eso es lo que me llevé de aquella calle y lo voy a decir una vez: ochocientas personas de fiesta se apartaron a los lados sin que nadie les dijera nada, y a un chaval de la peña que se puso a hacer fotos le quitaron el teléfono su propia madre.
Yo bajé la cuesta de la báscula corriendo.
Doscientos veinte metros. Los tengo contados desde junio y los hago en tres minutos andando.
Aquella tarde no los conté.
A las seis menos cuarto estaba en el aire y a las seis tenía la primera descarga puesta.
Trabajamos casi tres horas y las dos primeras fueron limpias.
Bosco dividió la ladera por el bancal del olivo: Leti y Andrés al flanco de arriba, cortando en la piedra para que aquello no llegara al camino de la ermita ni asomara la cabeza al otro lado; Samu y Nico abajo, cosiendo el borde por el lado de los corrales, que es donde el pueblo tenía el corazón.
Yo cargaba en la Poza del Molino, entre los dos chopos, con el muerto a la izquierda. Poco más de un minuto por el aire. En junio yo no sabía que existía ese sitio.
Cada descarga con su despeje. Yo pido, él cuenta cabezas, contesta, y yo cuento tres, dos, uno, agua. Ni una palabra de más en la frecuencia en tres horas. En un fuego, esta pareja habla como si nos hubieran presentado esta mañana, y así es como tiene que ser.
A las ocho y media aquello estaba casi cogido y yo tenía un problema que no era el fuego.
Se me acababa la luz.
Un piloto de extinción no vuela de noche encima de una ladera.
Se puede discutir mucho de este oficio y de eso no se discute.
Cuando el sol se va por detrás de la loma, yo tengo veinte minutos de regalo y después soy un ruido caro dando vueltas.
Y cuando yo me voy, cinco personas se quedan solas en un monte con linternas.
—Capataz, aquí Chicharra. Me quedan tres ciclos de luz y después no hay más. Dime dónde los quieres.
—Recibido. Guárdame dos y…
Y se cortó a mitad de la frase.
No se cortó la radio. Se cortó él.
—Chicharra. Me ha entrado el cierzo. Se me tumba.
Las ocho y cuarenta.
Desde donde yo estaba se veía perfectamente, que es la maldición de mi puesto: el humo, que llevaba tres horas subiendo derecho por la ladera como sube el humo de un cigarro, se dobló entero hacia el sur y se echó al suelo.
Y el fuego, que subía hacia la piedra donde estaba Leti, dejó de subir, se dio la vuelta y empezó a bajar por debajo de ellos, por los bancales, hacia el hueco del camino por donde la cuadrilla tenía que salir.
Un fuego que baja va despacio. Todo el mundo lo dice y es verdad. Lo que nadie te cuenta es que una persona bajando ocho bancales de piedra de metro y medio, con la herramienta y con las botas, también va despacio.
—Cuadrilla, aquí capataz. Todo el mundo arriba y a mi voz.
—Y sin cambiar de tono, en la misma frase, para mí—: Chicharra, salimos por el bancal de la balsa hasta la senda del mirador, en horizontal, trescientos metros.
Necesito la senda mojada y la necesito ya.
Y ojo con el tendido de la ermita, que lo tienes a la izquierda y no lo vas a ver.
—Recibido —dije—. Lo tengo.
Y lo tenía.
Un hombre me escribió en junio, en la letra pequeña de un folio, que en esa finca hay un tendido nuevo de los años noventa que no sale en ningún plano.
Me lo volvió a decir en agosto, en una mesa de formica, marcando la ermita con el bolígrafo de los plannings.
Y me lo cantó aquella tarde en el segundo exacto en que hacía falta, con el cierzo encima y su gente en un bancal.
De eso no hay nada más que decir. Ese es el trabajo. Así se hace.
Bajé sobre la senda del mirador con el balde lleno y le puse el agua donde no había una sola llama.
Trescientos metros de tierra pisada, la misma tierra por la que yo había paseado cuatro noches antes mirando las luces de la verbena, y se la dejé empapada de punta a punta, con el borde mordiendo el matorral del ribazo.
Mojar donde todavía no arde. Es la orden más difícil de obedecer que existe en mi oficio y me la enseñó él en un rastrojo, en junio, el segundo día que hablamos.
—Puesta —dije.
—Recibido. Salimos.
Y salieron.
Los vi desde arriba, en la última luz, con el humo tumbado cruzándoles por delante y por debajo: cinco figuras amarillas en fila por el borde de un bancal, corriendo.
Corriendo de verdad. No trotando, no andando deprisa: corriendo, con la herramienta en la mano y sin soltarla, que es lo que se enseña y lo que casi nadie hace.
Y el último era el más grande.
Iba detrás. No delante, no en medio: detrás, empujando a Nico por el hombro en el hueco entre dos piedras, girando la cabeza cada cuatro pasos hacia lo que venía.
Y entonces el humo se los comió.
Veintitrés segundos. Los conté porque lo cuento todo y porque no tenía otra cosa que hacer con las manos ocupadas y ochocientos kilos de aparato sostenidos encima de un sitio donde no se veía nada.
Veintitrés segundos mirando una mancha gris.
—Aquí capataz. Tengo cinco. Estamos en la senda.
Y ahí, dentro de mi casco, a mí me pasó una cosa que no me había pasado en cuatro campañas y que no pienso volver a permitirme: se me fue el aire de golpe, entero, como se va cuando te sueltan un peso que no sabías que estabas sujetando.
Duró lo que duró. Después metí el segundo ciclo donde él me lo pidió, y el tercero, y a las nueve y diez le dije que se me había acabado la luz y me volví a la base, que es lo que hay que hacer y lo que hice.
Aterricé. Apagué. Hice la lista. Cerré el aparato y comprobé el cierre con el canto de la mano, dos veces, como lo compruebo siempre.
Y en el punto de espera, con la mano en el tubo amarillo, me temblaron las manos hasta las once y media.
Eso es química, no es miedo, y llevo años sin contárselo a nadie. Aquella noche duró el doble.
El fuego se dio por controlado a las once y cuarenta y la rematada duró hasta las cuatro y media de la madrugada.
Se perdieron siete hectáreas de matorral, ocho almendros viejos y la mitad de un bancal de piedra que se vino abajo con el calor y que llevaba en pie desde antes que la iglesia.
Ni una casa, ni un corral, ni un animal.
Cinco personas enteras, con las botas requemadas y una brecha en la mano de Samu que se hizo con la piedra y no con el fuego.
El ayuntamiento suspendió la traca.
Lo anunciaron por el altavoz de la plaza a las diez de la noche y no protestó nadie, que en un pueblo que lleva discutiendo esa traca desde marzo es la cosa más seria que he visto hacer a una comunidad de vecinos.
A la una de la madrugada subió al camino de la ermita la caja de plástico de Casa Fina con veintidós bocadillos envueltos de uno en uno en servilletas del bar y una factura escrita a mano que nadie ha tenido nunca el valor de rechazar. La subió Nico. Faltaba medio.
Yo subí andando, porque en tierra soy una persona más y porque no pensaba quedarme en la base contando el techo.
Los encontré a las dos, sentados en el ribazo del camino, con las linternas apuntando a cualquier sitio y esa manera de estar callados que tiene la gente después. Andrés afilando. Leti con el antebrazo negro. Samu, por una vez, sin narrar nada.
Bosco estaba de pie, mirando la ladera con las manos en las caderas.
—El origen está en la era de arriba —dijo, sin volverse—. La hoguera de los quintos del martes.
—¿Y no la apagasteis?
—La apagamos nosotros, con el depósito, a la una de la mañana, y la removimos, y yo la pisé.
—Se agachó, cogió un puñado de tierra del ribazo y lo dejó caer—.
Y en la raíz de un almendro viejo, debajo, se quedó un rescoldo dieciséis horas.
Eso no lo ve nadie y no lo apaga nadie. El fuego de hoy no ha sido de ningún chaval, piloto. Ha sido de una raíz.
Y no dijo nada más, y a la mañana siguiente no hubo escarmiento público, ni bronca en la plaza, ni el cuarto que yo no he sido de la historia de este pueblo.
Yo me senté en el ribazo a un metro y medio de él, que es la distancia a la que se sientan dos compañeros de trabajo, y estuvimos así hasta las cuatro, sin tocarnos, hablando de la línea de mañana con Andrés en medio.
Y me puse a hacer la cuenta del día, que es lo que hago siempre.
Requena tiene una norma que no ha escrito nunca y que todo el dispositivo se sabe de memoria. Yo llevo desde junio oyéndola contar de refilón, con la frase con la que se cuenta: no vuela tranquilo quien quiere a alguien dentro del fuego.
Y yo, desde junio, la despachaba con lo que se despachan las cosas que no te tocan: con un encogimiento de hombros, con dos datos y con la idea, bastante cómoda, de que un hombre de cincuenta y dos años había convertido un duelo en una manía y que en mi cabina mando yo.
A las ocho y cuarenta y cuatro minutos de un miércoles de agosto conocí el otro miedo.
No es el miedo de este oficio. El de este oficio lo tengo domado desde hace años y es un miedo útil, que aprieta y ordena y te hace mirar dos veces el reloj de combustible.
Este es otro. Este consiste en tener ochocientos kilos de aparato en las manos, una descarga por poner y veintitrés segundos de humo gris debajo, y saber que ahí abajo, entre cinco personas que son todas igual de importantes, hay una que no es igual.
Ese hombre tiene razón. Esa es la parte que me tuvo despierta en el ribazo hasta las cuatro y media de la madrugada. Requena tiene toda la razón del mundo, y la tiene por escrito en ninguna parte, y la tiene porque un día lo aprendió de la peor manera.
Lo que pasa es que se equivoca en la hora.
Porque en el aire no dudé. Ni medio segundo, ni media palabra: cuando aquel hombre me pidió trescientos metros de senda mojada con un tendido a mi izquierda que no sale en ningún plano, yo se los puse, y cuando me pidió dos ciclos más se los di, y él me dio lo que veía en el segundo en que lo vio y me metió donde tenía que meterme sin dudar tampoco.
Lo comprobé dos veces, como se comprueba un cierre.
Nadie dudó. Ni él ni yo.
Se paga después. Se paga a las once y media de la noche en un punto de espera con las manos temblando, y a las dos de la madrugada sentada en un ribazo a un metro y medio de una persona a la que no puedes tocar delante de tu cuadrilla, y a las cuatro y media bajando un camino en fila con cinco linternas y contándolas dos veces sin que te lo haya pedido nadie.
Yo he odiado normas idiotas toda mi vida profesional, y odiarlas es fácil y es gratis.
Aquella noche entendí una desde dentro, la encontré razonable, exacta y bien construida, y la odié como no he odiado nada.
Bajamos al llano a las cinco menos veinte. El pueblo estaba apagado, con los banderines colgando encima de una calle vacía y las mesas de plástico todavía puestas de una cena que no se llegó a cenar.
Bosco iba delante, con la azada al hombro y la cara negra, contando cabezas por costumbre.
Dentro de cuatro horas, aquel hombre tenía que subirse a mi aparato delante de un señor con una carpeta.