22 · Bosco
En fiestas, este valle se queda sin nadie.
Del catorce al veinte no hay un alma entre la báscula y la Cruceta. No hay tractor, no hay cazador, no hay señora recogiendo espliego. Está el vigía de la torre, que trabaja en fiestas como trabaja en enero, y está el monte, tumbado al sol, esperando.
Es la semana más segura del año y la que peor duermo. Si arde algo entre el catorce y el veinte, arde para un pueblo con ochocientas personas ocupadas.
Por eso el dispositivo de fiestas se escribe en agosto con un ventilador delante, y por eso el lunes dieciocho, a las once y media de la noche, yo estaba en la plaza de mi pueblo con la emisora al hombro, oyendo a una orquesta de cinco personas hacer el ruido de doce.
El lunes es la noche de los mayores. Es la que menos gente trae y la que mejor está: la orquesta toca lo de antes, salen a la pista los que bailan de verdad, y a las doce menos cuarto se hace el pasodoble.
Ese lo bailo yo con mi madre.
Lo bailo desde que se murió mi padre, que era el que lo bailaba antes, y llevo diecisiete años sin fallar uno, incluidos dos en los que no estaba en el pueblo y bajé igual. Mi madre baila el pasodoble como friega: sin mirar, sin cansarse y llevando ella.
—Estás flojo hoy —me dijo, a mitad.
—Peso noventa kilos, madre. Estoy flojo siempre.
—Estás flojo de la cabeza, que es de lo que te hablo.
Y no dijo nada más.
Eso es lo que hay que entender de esa mujer: tenía delante a un hijo al que ella misma le había apartado las cajas de cerveza del callejón para que saliera de su casa sin que lo vieran, y bailó dos minutos y cuarenta segundos de pasodoble sin preguntarme absolutamente nada.
Nueve años sin preguntar.
Y ahí, dando vueltas en una plaza con la lona del ayuntamiento encima y los banderines colgando, se me terminó de caer una cosa que llevaba desde el tres de agosto medio caída.
Cuando se acabó la pieza, dejé a mi madre en la barra con la Encarna y crucé la plaza hasta donde estaba la piloto, que llevaba media hora aguantando de pie una conversación de la Puri sobre lo que canta el canario cuando le entra el vino.
Me puse a su lado, mirando a la orquesta, con las manos en los bolsillos.
—Baja al hangar —dije.
Ella tardó lo justo.
—¿Ahora?
—Ahora.
En el hangar, de noche, si dejas caer una llave de doce la oyes tres veces.
Aquella noche no se oía nada de eso: el ruido de la plaza baja al llano por la cuesta y entra por debajo de la puerta como entra el agua. La orquesta lejos, con el bombo llegando antes que todo lo demás. El generador. Nada más.
Ginés se había ido a las once dejando el fluorescente del fondo encendido y las herramientas alineadas por tamaños. La Chicharra estaba dentro, con las palas atadas, y en el suelo la mancha de aceite con forma de Portugal.
La piloto llegó a los cinco minutos, se sentó en el bidón sin preguntar nada y esperó.
Ese es su sistema. Yo llevo desde junio viéndoselo hacer y me sigue impresionando: esa mujer sabe estar callada sin que parezca que te está esperando.
Me apoyé en el patín, que está frío hasta en agosto, con la mano entera y no con dos dedos, y ahí me di cuenta de que llevaba dos meses tocando aquel aparato sin acordarme de que era un aparato.
—Hace nueve años —dije.
—Vale.
—No, escucha, que si me paras al principio no arranco. —Me pasé la mano por la cara—. Lo voy a contar entero y lo voy a contar una vez, porque no soy capaz de dos.
—Una está bien.
Empecé por lo tonto, que es por donde empiezo yo todo.
Yo me fui de este pueblo a los veintiséis años.
Eso lo sabe la comarca entera y lo cuenta cada uno como le conviene: que si me harté, que si hubo una mujer, que si me peleé con el alcalde de entonces, que ya me habría gustado.
La verdad es más sosa. Me fui porque a los veintiséis yo ya me sabía este valle de memoria y me sobraba cuerda.
Quería una brigada de las grandes, con número y con relevos y con monte de verdad, y me fui a buscarla a cuatro horas de aquí.
Y la encontré. Se llamaba Robledal.
—Robledal —repitió ella.
—Robledal. Es un sitio de encinar y de pino, con laderas que aquí no las tenemos, y con una comarca detrás que si se le pone tonta el mes de agosto no la para nadie.
—Me senté en el peldaño del aparato, con los dos pies en el suelo de mi valle, que es donde me sé sentar—.
Y era helitransportada. Fue la primera. Yo, hasta los veintiséis, no me había subido a un helicóptero en mi vida.
Y aquí viene la parte que no le he dicho nunca a nadie de este pueblo, y que si se la dijera a Samu no me creería.
A mí me gustaba.
Me gustaba una barbaridad. El olor a queroseno y a chapa tibia, el ruido en las costillas, la puerta abierta con el valle debajo.
Yo era el primero en la lista y el que se peleaba por el sitio de la puerta.
Subía de dos en dos los peldaños. Había un chaval de allí que se mareaba y yo le hacía la broma que se le hace a los que se marean, que es la broma más idiota del mundo, y me la reía yo solo.
Estuve dos campañas. Y en las dos, mi capataz fue Ramiro.
—Ramiro —dijo ella, y no preguntó nada más.
Ramiro tenía cincuenta y un años, dos hijas y una manera de afeitarse en el retén sin espejo, a tientas, con una cuchilla de las de antes, que a mí me parecía el colmo de la elegancia. Hablaba poco y mal. Nunca supe de dónde era.
Y todas las mañanas, antes de repartir, se escribía los nombres de la cuadrilla en la palma de la mano izquierda con un bolígrafo.
Todos. Con el sudor se le iban borrando y él los volvía a escribir a mediodía.
Yo un día le pregunté por qué hacía eso, con la chulería de los veintisiete años, y me contestó lo único que le he repetido a otra gente desde entonces:
—Un capataz no apaga fuegos. Un capataz reparte gente. Lo demás lo hacen ellos.
Todo lo que soy yo en esta base sale de esa frase.
El planning del corcho. Las cuatro chinchetas.
Los dieciocho años decidiendo quién va a cada sitio, que es lo único que sé hacer y lo que llevo nueve años usando también para lo mío, con el bolígrafo, tachando mi propio nombre de una lista para no tener que decir en voz alta que no puedo.
El día fue el segundo día de un fuego grande, en agosto.
Se estaba moviendo gente y material a una cabecera donde por tierra no se llegaba hasta la noche. Faltaba subir una máquina que pesa lo que pesa, y con la máquina dentro sobraba una persona.
Sobraba una. Y la lista la tenía Ramiro en la mano, escrita en la palma.
Miró la lista, hizo la cuenta, levantó la cabeza y dijo:
—Ibarra, tú te quedas.
Y yo protesté.
Eso es lo que hay que entender y por eso lo cuento así.
Yo no me quedé callado, ni me quedé aliviado, ni tuve ningún presentimiento de esos que la gente se inventa después.
Yo protesté como protesta un chaval de veintisiete años al que le quitan el sitio de la puerta: le dije que me tocaba a mí, le dije dos cosas más y me quedé de morros cargando material en un camino.
Esa fue la última conversación que tuve con aquel hombre. Una queja por un sitio.
Y estaba de espaldas.
Eso tampoco se lo cree nadie: yo no vi nada. Estaba de espaldas al valle, cargando, con las manos ocupadas y a media hora de camino.
Un aparato trabajando hace un ruido que se te mete en las costillas y que dejas de oír a los diez minutos, como el frigorífico de una cocina. Aquella tarde, en aquel camino, todos los que estábamos allí levantamos la cabeza a la vez.
Y no fue por un ruido.
—Vale —dijo ella, muy bajo.
—Cayó en maniobra de descarga. Eso es lo que pone y eso es lo que sé. Después hubo lo que hay en estas cosas: papeles, gente preguntando, un informe que yo no he leído nunca. Yo de eso no hablo, porque no lo sé, y el que no sabe una cosa se calla.
Murió Ramiro. Nadie más.
Y Andrés estaba allí.
Aquel fuego se comió medio dispositivo de dos provincias y movilizaron a la cuadrilla de Valdecierzo, que estaba en tierra, en el flanco de abajo, con la azada.
Un hombre de cincuenta años al que yo conocía desde que tenía uso de razón apareció aquella noche en un camino de una comarca que no era la suya, me buscó entre trescientas personas, me cogió del brazo y me sacó de allí.
Me trajo a casa en un coche. Ocho horas. No dijo una palabra en ocho horas y no me preguntó nada, y a mí, aquella noche, me pareció lo más parecido a que alguien te tape con una manta.
Al entierro fuimos los dos.
Andrés no ha vuelto a ir a ninguno. Lo dice él, en el bar, cuando le da por decirlo: que se quiere jubilar sin ir a ningún entierro más. Todo el mundo se ríe. Es un chiste buenísimo si no sabes de dónde sale.
Y en nueve años, aquel hombre y yo no hemos hablado de esto ni una sola vez.
Volví al pueblo en septiembre. Aquí se había apostado a que no volvía y mi madre ganó ochenta euros, que estuvo cobrando en billetes de cinco durante un año. Cogí la cuadrilla al verano siguiente y abrí el cortafuegos.
Y lo mío no empezó aquel día. Eso es lo raro. Aquel día yo no tenía nada, ni al mes. Lo tuve la primavera siguiente, la primera vez que volví a tener un aparato delante con las palas en marcha, en un simulacro de nada, con seis personas mirando.
Puse la bota en el peldaño y el cuerpo dijo que no.
Yo eso no lo decidí, piloto. A mí no me consultó nadie.
Ella seguía en el bidón, con los codos en las rodillas, sin haberse movido en veinte minutos.
—Y luego está la cuenta —dije.
—¿Qué cuenta?
—La que hace todo el mundo con esto y la que hago yo a las cuatro de la mañana. Que uno se baja de un sitio y en su sitio sube otro. —Miré la mancha del suelo con forma de Portugal—. Y aquí no puedo ni eso. En mi sitio no subió nadie. En mi sitio subió una máquina.
Ahí se me acabó la voz. No de golpe: como se acaba el agua de un depósito, que primero escupe.
—Y lo peor no es eso. Lo peor es que estaba todo bien hecho. Ramiro contó. Ramiro contaba siempre, y aquel día contó bien, y la cuenta estaba bien, y aun así.
No me dijo que no fue culpa mía.
No me puso la mano en el hombro. No se levantó del bidón. No bajó la voz ni un tono para hablarme como se le habla a un enfermo, que es exactamente la cara que yo llevaba nueve años calculando y por la que llevaba nueve años callado.
Dijo una palabra.
—Ramiro.
Y asintió una vez, despacio, como quien se guarda un nombre en el sitio donde guarda los nombres.
Lo mismo que hice yo en una noche de retén, en una mesa de formica, con un campo que se llamaba el Salobral. Ella no lo comentó y yo tampoco. Hay cosas que se devuelven y no se dicen.
Después se sacó del bolsillo de la pernera la cartulina plastificada de las esquinas comidas y me la puso en la mano. En la mano, cerrándome los dedos por encima.
—Toma.
—No.
—Que la cojas.
—Valen, eso es de tu padre.
—Eso es una lista. —Y ahí habló más despacio, que es lo suyo, y no lo disimuló—.
Es la lista de un hombre que lo hizo todo bien y se murió igual.
La escribió él, punto por punto, porque la impresa la había escrito alguien que no había volado nunca su campo.
Once puntos. No hay ni una sola frase de consuelo en toda la cartulina, y por eso te sirve a ti y no te sirve una palmada.
—¿Y tú?
—Yo me la sé de memoria desde los quince. —Se encogió de hombros—. Y el jueves, a las nueve de la mañana, tú te tienes que subir a mi aparato delante de un señor con una carpeta. Uno de los dos la necesita en la rodilla y no soy yo.
La leí de pie, con el fluorescente del fondo y aquella letra grande y torcida de hombre que escribe poco.
—El uno dice duerme .
—El uno dice duerme.
—Ese lo llevo fatal.
—Ese lo llevamos todos fatal —dijo—. Por eso lo puso el primero.
Subí y la metí en la visera, encima del asiento de la izquierda, que es donde ella guarda lo que necesita a mano y no quiere a la vista. Ahí dentro había ya un papel doblado en cuatro con una mancha de aceite de bocadillo en la esquina.
Dos papeles. En el mismo sitio. Encima de la cabeza de la piloto.
Subí la cuesta a las dos y media con la orquesta todavía puesta.
Y en la curva de abajo, sentado en el pretil con las manos entre las rodillas, viendo bailar a su pueblo desde cincuenta metros, como ve él todas las cosas, estaba Andrés.
Me paré.
Nueve años de un pacto que no se firmó, de una frase suya cada mucho tiempo dejada en el suelo como se le deja el agua a un perro, y de un golpecito en la oreja izquierda cada vez que alguien preguntaba.
—Andrés.
—Capataz.
—Se lo he contado.
No dijo qué ni a quién ni el qué . No hizo la broma. No se dio en la oreja.
Se quedó mirando la plaza un rato, con la barbilla un poco levantada, y después se levantó del pretil, se limpió la mano en el pantalón y me la dio.
Me la dio como la da él: como quien firma algo.
—Ya era hora —dijo.
Y se fue cuesta arriba a acostarse, que al día siguiente había trabajo.