Tierra, trágame (La Brigada 1) 21 · Valen
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21 · Valen

En Valdecierzo viven ochocientas personas. El viernes quince de agosto, a la una de la tarde, conté mil doscientas en la plaza y dejé de contar porque se me puso delante un gigante de cartón con la cara de un rey godo y ya no vi la puerta de la iglesia.

Cuento gente y cuento salidas. Es lo primero que hago al entrar en un sitio y llevo doce años haciéndolo sin pensar. Lo que no había hecho nunca es entrar en un sitio donde todo el mundo me estaba contando a mí.

Las fiestas de este pueblo empiezan el catorce con un cohete y se acaban el veinte con una traca, y en medio hay procesión, charanga, comida popular, orquesta hasta las cinco de la mañana y una cantidad de banderines que no se justifica con ningún presupuesto municipal conocido.

Yo llegué a la comarca en junio pensando que las fiestas iban a ser una semana de ruido molesto.

Son otra cosa. Son la única semana del año en la que este valle deja de mirar al monte.

Nosotros no. Nosotros somos el dispositivo.

Existe una hoja, con su firma y su sello, que se llama dispositivo de fiestas y que Bosco pasó a limpio en una noche de retén, en agosto, con un ventilador que hace más ruido que aire.

Dice cuántas personas de la cuadrilla están localizables cada noche, dónde se aparca el pick-up con el depósito, quién va detrás de los fuegos artificiales y a qué hora se hace la ronda por los ribazos donde caen los palos de los cohetes.

Es un papel aburridísimo. Es también el motivo por el que un pueblo entero puede tirar pólvora en agosto encima de un monte seco y desayunar tranquilo.

Y a mí me deja en tierra, con la emisora encendida, seis noches seguidas.

—¿Y no vuelas? —me preguntó la Puri en la comida popular, con el plato de caldereta en equilibrio sobre las rodillas.

—De noche, no. Y de día, si arde.

—Pues que no arda, hija.

—Ese es el plan.

Estábamos en tres filas de mesas de plástico bajo la lona del ayuntamiento. Yo tenía a la Puri a la izquierda, a la Encarna enfrente y, a mi derecha, una silla vacía que la Encarna había defendido durante veinte minutos de tres personas distintas con la firmeza de un portero de discoteca.

Bosco llegó a la una y media, con camisa limpia, y se sentó en la silla vacía porque no había otra en cuarenta metros.

Y entonces empezó el espectáculo.

Primero se levantó la Encarna, que se acordó de golpe de que tenía el gato sin comer.

Después la Puri, que se había dejado la lavadora puesta.

Después Onésimo, que dijo una cosa sobre el turno de riego que a la una y media de la tarde de un quince de agosto no tenía ningún sentido.

Y después la mujer de Samu, la panadera, que se llevó su plato entero y sin empezar a la mesa de al lado.

Cuatro personas. Cuatro excusas. Once segundos.

Nos quedamos los dos solos en una punta de mesa, en mitad de una comida de cuatrocientos comensales, con la charanga tocando el pasodoble de todos los años a doce metros.

—Tu pueblo es muy sutil —dije.

—Mi pueblo lleva ochocientos años haciendo esto. —Se sirvió vino de la jarra con una calma insultante—. Lo que pasa es que ha perdido práctica desde que hay televisión.

La comedia de aquella semana no fue lo que yo esperaba. Yo esperaba tener que esquivar preguntas.

No hubo ni una.

En un pueblo donde se apostó por si la carretera de la ermita se arreglaba antes de que muriera una señora de noventa y uno, donde hay una libreta de hule negro junto a la caja registradora, donde el turno de riego de las dos de la mañana funciona como agencia de noticias, en seis días no me preguntó nadie absolutamente nada.

Y no era discreción. Era otra cosa, mucho más trabajada.

Era la Encarna guardando una silla. Era el camión del reparto, cuyo conductor es primo de Samu, aparcando desde el lunes veinte metros más arriba, justo tapando la boca del callejón de Casa Fina.

Era la charanga, que a las tres de la madrugada del sábado se paró en seco a mitad de la cuesta y se puso a tocar delante de la casa del alcalde, que no vive en la cuesta.

Y era Samu.

El sábado por la noche, en la barra, un señor de Pinilla que había venido a la orquesta y que llevaba dos horas mirándonos con la franqueza de la gente de fuera, dijo en voz alta:

—Oye, ¿y el capataz y la piloto qué…?

Samu se le puso delante como se le pone un guardia a un coche.

—¿Tú sabes lo de la carretera de la ermita?

—¿Qué carretera?

—La carretera de la ermita. Siéntate.

Seis minutos. Seis minutos de plan municipal, de partidas presupuestarias, de un ingeniero que vino en el noventa y ocho y de la sospecha razonable de que hay un tramo que en realidad es una acequia.

El de Pinilla salió de allí con más información sobre obra pública de la que va a necesitar en su vida y sin la más remota idea de por qué.

Yo estaba a dos metros con una cerveza y lo vi entero.

—Notario —dije, cuando se quedó libre.

—Piloto.

—Tú das fe de todo lo que no has visto.

—Yo doy fe de lo que se cuenta. —Le dio un trago a la caña, mirando al frente—. Y esto no se cuenta.

Y ahí, en una barra, con la orquesta afinando fuera y un pueblo entero pisándose los pies, entendí en qué lío me había metido de verdad.

No estábamos escondiendo nada. Llevábamos ocho días representando delante de ochocientos testigos una obra de teatro que los ochocientos se sabían de memoria, y los ochocientos habían decidido, sin reunirse, sin votarlo y sin decírnoslo, hacer de figurantes.

Fina cerró la página de la libreta esa misma noche.

La sacó de al lado de la caja a las doce y media, se mojó el índice, pasó hoja y trazó una raya con el canto de una tarjeta sobre la primera línea de la primera apuesta que existió sobre mí.

LA PILOTO. ¿Cuánto aguanta en Valdecierzo?

Se va antes de las fiestas — 2 a 1.

—Estamos en fiestas y tú estás aquí —dijo—. Página perdida. A cobrar.

Y cobró. Delante de todo el bar, de uno en uno, con el lápiz detrás de la oreja y la mano abierta. Samu pagó el primero, que para eso había apostado el primero: dos euros, un martes de junio, con el hormigón sin fraguar.

—Que conste que aposté por la estadística —dijo—. Aquí no aguanta nadie.

—Consta —dijo Andrés desde la esquina.

Debajo, en la línea que quedaba viva, Fina tachó una cifra y escribió otra encima con su letra redonda de escuela antigua.

Aguanta hasta el final de la campaña — 2 a 1.

—Has vuelto a bajar de precio, hija.

—Ya me voy acostumbrando.

—Pues no te acostumbres. —Sopló la viruta del lápiz—. Que lo bueno de ser barata es que un día das un disgusto.

La ronda de los cohetes se hace a la una y media de la madrugada, cuando ya han tirado los fuegos y la gente sigue bailando, y consiste en subir por la carretera de la ermita hasta el ensanche del mirador, aparcar y mirar el ribazo con una linterna durante veinte minutos por si algún palo ha caído caliente donde no debía.

Es trabajo. Está en la hoja. Y la hoja la firmó él.

El mirador de la ermita son cuatro metros de tierra pisada en una curva, con un pretil de piedra que puso alguien hace cien años, y desde ahí se ve el valle entero de noche: el pueblo con las luces de colores y el ruido subiendo como sube el humo, la lona del ayuntamiento iluminada, el llano negro con la chapa del hangar reflejando la luna, la sierra cerrada al fondo y, muy arriba, la lucecita de la torre del Umbría.

Terminamos el ribazo en quince minutos. No había nada. Nunca hay nada; se mira igual.

Y después nos quedamos apoyados en el pretil, uno al lado del otro, sin tocarnos, mirando el pueblo.

—Desde aquí se oye la orquesta y no se entiende la letra —dije—. Es la mejor manera de escuchar a esa orquesta.

—Llevo desde los quince subiendo aquí a no oír esa orquesta.

Le pasé la linterna y me pasó la emisora, y en el cambio nos chocamos los nudillos, medio segundo, y ninguno de los dos apartó la mano deprisa.

Eso es todo lo que hubo. Llevábamos ocho días sin más contacto que ese en público y en privado, porque en fiestas este pueblo no duerme y porque los dos habíamos decidido en una báscula, sin escribirlo, que hasta octubre íbamos a comportarnos como dos personas que trabajan juntas.

Y resulta que se puede querer a alguien con una linterna y una emisora. Nadie me lo había contado.

—El jueves —dijo él, mirando el llano.

—El jueves.

—No lo digas más.

—No lo he dicho yo. Lo has dicho tú.

—Ya. —Media sonrisa, la de su madre—. Es que se me va la cabeza sola, como a los caballos viejos.

Y en ese momento nos dio en la cara la luz de una linterna que no era la nuestra.

—Buenas noches.

Guardia Civil. Marga, con el pelo tirante, el chaleco puesto y esa cara de haber discutido esto mismo demasiadas veces.

Yo he tenido dos inspecciones sorpresa de la autoridad aeronáutica en mi vida y ninguna me subió las pulsaciones como aquella linterna en una curva a las dos menos cuarto de la mañana.

—Marga —dijo Bosco, con una naturalidad admirable.

—Bosco. —Nos alumbró a los dos, uno y otro, sin prisa, y bajó la linterna—. Ronda de fuegos.

—Ronda de fuegos. Está en la hoja.

—Está en la hoja, la he leído. —Se guardó la linterna en el cinturón—. Lo que no está en la hoja es esa camioneta.

Los tres nos giramos a mirar el Milagro, que estaba donde lo habíamos dejado: en mitad del ensanche, morro para fuera, ocupando el sitio de tres coches y la mitad del paso.

—Ahí no cabe una ambulancia —dijo Marga—. Y en fiestas esta curva sube con dos coches a la vez y baja con tres, y todos con el conductor contento. Si tenéis que subir a hacer una ronda, la hacéis. Pero el vehículo se aparca pegado al pretil y de culo, que así se sale sin maniobrar.

—Vale —dijo Bosco.

—Que no te lo estoy diciendo por decir.

—Ya lo sé.

—Pues aparca bien, hombre.

Y ya está.

Eso fue todo. Aquella mujer nos había encontrado a la una y cuarenta y cinco de la madrugada, solos, en un mirador, a un kilómetro y medio de un pueblo entero de fiesta, con una linterna apagada entre los dos, y lo único que le preocupaba en este mundo era la posición del pick-up.

Butano salió de la cuneta en ese momento —había subido detrás del Milagro, porque ese perro sube detrás de todo— y se le sentó delante con la lengua fuera.

Y Marga, sin dejar de hablar de la anchura del paso, sin bajar la vista, sin cambiar de tono, le puso la mano en la cabeza y le rascó detrás de las orejas durante un minuto largo.

Lo apunté donde apunto lo importante.

—Y otra cosa —dijo, ya de camino al coche—. Decidle al mecánico que el camión-taller no cabe en el paso de la ermita. Se lo he dicho tres veces.

—¿Y qué contesta? —pregunté.

Marga se paró medio segundo.

—Que vale. —Abrió la puerta—. Y buenas noches, Marga.

Se fue cuesta abajo con las luces largas y sin sirena, y a mí se me quedó en la cabeza aquel medio segundo con la misma interrogación grande que le puse a una multa en junio.

Bosco bajó a mover la camioneta. La aparcó pegada al pretil y de culo, y luego se quedó mirándola con las manos en las caderas, comprobando el hueco que quedaba.

—Va a subir a mirarlo —dije.

—Va a subir a mirarlo.

Volvimos al pretil. Abajo, la orquesta atacó otra vez el mismo pasodoble, que era el cuarto de la noche, y en la plaza se puso a bailar gente que llevaba nueve horas de pie.

Y yo hice la cuenta del día, que es lo que hago siempre.

Un pueblo de ochocientas personas sabe lo nuestro.

Lo sabe desde antes que nosotros: lo tenía a uno a diez en una libreta de hule cuando todavía éramos dos profesionales insoportables discutiendo una cláusula encima de una servilleta.

Lo sabe la barra, lo sabe la panadería, lo sabe el turno de riego de las dos de la madrugada y lo sabe la Guardia Civil, que nos ha alumbrado la cara con una linterna y nos ha hablado de aparcar.

Nosotros no hemos mentido a nadie. No hemos tenido que hacerlo. No nos han dado ocasión.

Eso es lo que descubrí aquella noche en el mirador y es lo que me quitó el sueño: que no somos nosotros los que estamos guardando esto.

Que el secreto peor guardado de la comarca lo está guardando la comarca entera, en bloque, sin cobrar y sin que se lo hayamos pedido, con la eficacia de una gente que lleva generaciones sabiendo qué se cuenta y qué no.

Y que un pueblo puede callarse durante ocho días de fiestas y no fallar ni una vez.

Lo que no puede es callarse delante de un hombre que llega el jueves con una carpeta y que no ha estado en su vida en esta plaza.