20 · Bosco
Salir de Casa Fina a las siete de la mañana de un viernes de agosto sin que te vea el pueblo es un problema que no tiene solución, y yo lo sé porque me pasé veinte minutos buscándosela tumbado en un colchón que estaba en el suelo.
Me desperté solo. Eso primero. El sitio de al lado estaba vacío y frío, la ropa de vuelo ya no estaba en la silla y la ventana del descansillo estaba otra vez abierta, porque esa mujer se levanta, comprueba, resuelve y baja, y todo eso lo hace sin despertar a nadie.
Yo me quedé mirando el techo, haciendo lo que hago cuando tengo un problema de logística: repartir.
A las siete menos cuarto la Puri baja a por el pan.
A las siete la Encarna barre el portal, y lo barre despacio, mirando la calle, porque el portal lo tiene barrido desde hace cuarenta años.
A las siete y cinco pasa el camión del reparto y se para en la esquina con el motor puesto, y el del reparto es primo de Samu.
A las siete y cuarto baja Onésimo con el tractor a la Vega.
Y la cuesta de este pueblo es una calle. Una. No hay dos.
Repasé el corralillo de atrás, que da a un callejón, que da a la calle de la iglesia, que da otra vez a la cuesta cincuenta metros más arriba, o sea a la puerta de la Encarna.
Y entonces me acordé de que tenía un perro encerrado en la nave desde las nueve de la noche anterior.
Bendito sea. Un hombre que baja al llano a las siete de la mañana porque su perro lleva diez horas encerrado no es un hombre que baja del cuarto de la piloto: es un hombre con una coartada con patas.
Bajé la escalera pisando el tres y el siete por el lado de la pared, con las botas en la mano, como un ladrón de once años.
Y en la cocina había luz.
Mi madre estaba fregando de espaldas, con el delantal puesto y el moño hecho, a la hora a la que friega siempre.
En la mesa de mármol, puesto para dos, estaba el desayuno.
Pan de ayer cortado a rebanadas, aceite, un plato con cuatro rosquillas de anís, una cafetera. Y dos cosas para beber. Una taza, la mía, la de siempre, la del asa pegada desde hace tres años.
Y un vaso.
Sentada delante del vaso, con las dos manos alrededor y el pelo mojado, estaba la piloto de esta base. Se había duchado, se había vestido de trabajo y llevaba media rosquilla comida, y cuando entré levantó la cabeza y no puso ninguna cara, que fue lo único que se podía hacer.
Mi madre no se giró.
Yo me quedé de pie en la puerta de aquella cocina —que es un pasillo con fuegos donde caben ella y otra persona, y la otra persona estorba siempre— con las botas todavía en la mano y el nivel intelectual de un chaval de dieciséis años.
Me senté. La silla coja hizo lo que hace la silla coja.
Y desayunamos los tres. Sin hablar. Mi madre fregando, nosotros comiendo, la radio del bar puesta bajita al otro lado del tabique con el parte de la provincia, que aquel día daba treinta y nueve grados y viento del norte flojo.
Encima de la mesa, a la derecha del plato de las rosquillas, estaba la libreta.
Abierta. Y no por casualidad, porque en esa casa no hay nada encendido ni abierto por casualidad.
LA MERIENDA. ¿Sube la de arriba a merendar a esta cocina antes de las fiestas?
Sí — 2 a 1.
No — 2 a 1.
Y debajo del único nombre de la lista — Fina. Veinte euros, al sí. — había una raya de lápiz de lado a lado, hecha con regla, y encima de la raya, con su letra redonda de escuela antigua, una palabra:
CObrADO.
Yo no dije nada. Ella no dijo nada. La piloto masticaba.
—Esto era una merienda —conseguí decir al final—. Merienda es por la tarde.
Mi madre cerró el grifo.
—La hora la puse yo —dijo, sin volverse—, y la banca la quita cuando le da la gana. Que para eso lleva la libreta.
Y siguió fregando.
Cuando terminamos, la piloto se levantó, llevó su vaso y mi taza al fregadero, le dio las gracias y salió por el bar como sale todos los días a las siete, con el casco colgado del brazo, a la vista de la Encarna, del camión del reparto y de la comarca entera, que es exactamente lo que lleva haciendo desde junio y por lo tanto no es nada.
Yo me quedé el último, que es lo mío.
Y cuando fui a irme por el corralillo, me encontré la puerta del callejón abierta de par en par y las cajas de cerveza apartadas contra la pared, dejando un hueco por el que cabe un hombre grande.
Esa puerta lleva cerrada con pestillo desde el mes de junio.
—Mamá.
—Bosco.
Me quedé ahí, con la mano en la jamba, buscando una manera de decir una cosa que no sabía decir.
—No me lo cuentes —dijo ella, sin volverse, con las dos manos dentro de la pila—. Yo tengo una libreta ahí fuera. Lo que no sé no lo puedo apuntar.
—Vale.
Salí al callejón. Y cuando ya estaba fuera, desde dentro de la cocina, sin levantar la voz:
—Bosco.
—Qué.
—En vaso.
Y volvió a fregar.
A Butano lo saqué de la nave a las siete y veinte y opinó durante seis minutos seguidos, con razón, y se desquitó meándose en la rueda del Milagro mirándome a los ojos.
Y a las siete y media estábamos los dos en la báscula.
No hizo falta quedar. Los dos sabíamos que aquello no se podía dejar para después de las fiestas, y los dos sabíamos dónde se hablan aquí las cosas que hay que hablar: en el pretil de hormigón donde se firmó una servilleta el diecinueve de junio.
Butano se sentó entre los dos, como en junio, con la conciencia tranquila de un obispo.
—El testigo —dije.
—El testigo. —Ella se apoyó de espaldas al llano—. Empieza tú, que si empiezo yo lo hago con números.
—Yo lo quiero decir.
Lo solté así, sin envolverlo, porque lo llevaba pensando desde las cinco de la mañana y porque un hombre tiene derecho a decir en voz alta lo primero que le sale antes de que le expliquen por qué no puede.
—Yo lo quiero decir —repetí—. Aquí. En mi pueblo. En la barra de mi madre y delante de mi cuadrilla. Llevo dieciocho años sin tener nada que contar y ahora tengo una cosa y resulta que es la única que no puedo.
Ella tardó en contestar. Cuando lo hizo, habló más despacio de lo que habla normalmente, y yo eso ya se lo tengo catalogado.
—Ya lo sé —dijo—. Y yo te lo voy a quitar. Y lo peor es que tú vas a estar de acuerdo conmigo en cuatro minutos, y eso es lo que me fastidia.
—Pues empieza.
—Uno. La norma. —Levantó el pulgar—. Pareja dentro de la misma base, uno de los dos se va trasladado.
No está escrita, no hace falta que lo esté y no la ha discutido nadie nunca.
Si esto se sabe, alguien coge un papel y traslada a uno de los dos, y no lo va a decidir el amor: lo va a decidir quién es más fácil de mover.
—Y el más fácil de mover soy yo.
—El más fácil de mover eres tú, y a ochenta kilómetros, al otro lado de un puerto, que es donde está la cuadrilla terrestre más cercana.
—Bajó el pulgar y levantó el índice—. Y ahí se acaba la unidad helitransportada de Valdecierzo, se acaba el capataz de esta cuadrilla y se queda el pinar de la umbría con tres años de ramaje y un tío nuevo que no sabe que la Hoya arde.
—Sigue.
—Dos. Yo. —Ni pestañeó al decirlo—. Yo soy contratista.
En octubre la compañía lee lo que escriba Requena.
Si en su informe aparece una sola línea que se pueda leer torcida, no me cambian de base: se acabó.
Y esa línea, este verano, no hace falta que la escriba con mala idea.
Basta con que le llegue el runrún de que la piloto de una unidad nueva estaba en otra cosa.
Un capataz que duda en el aire y una piloto en otra cosa: eso es exactamente lo que ese hombre lleva toda su carrera intentando que no haya en sus bases.
—Tres —dije yo, porque me tocaba y porque el tres era el mío—. El veintiuno.
—El veintiuno.
—Ese día hay un señor con una carpeta en mitad de mi helipuerto viendo embarcar a mi gente de uno en uno.
Si alguien le llega con un cuento antes de esa mañana, no me está mirando a mí subir: me está mirando a mí subir con eso encima .
—Miré el hangar cerrado—. Y yo el veintiuno lo tengo justo, piloto. Lo tengo muy justo.
—Lo tienes justo.
Butano bostezó con su chirrido de bisagra y se tumbó, porque a él estas cosas le parecen largas.
—Entonces, hasta octubre —dije.
—Hasta octubre. Hasta que yo firme el último parte de esta campaña. —Y ahí se giró y me miró de frente—. Y ahora la parte importante, que es la que no voy a dejar que se nos ponga torcida. Esto no es mentir.
—Es no contarlo.
—Es no declararlo, que no es lo mismo. —Fue contando con los dedos, que es como se le habla a la gente de esta comarca y ella ya lo ha aprendido—.
No hay mentira en un papel. No hay mentira a Requena: si ese hombre me pregunta a la cara si hay algo entre nosotros, se lo digo.
En el sitio, ese día, y con las consecuencias puestas.
Y a ti no te va a preguntar nadie una cosa a la que tú tengas que contestar que no.
—¿Y si preguntan de otra manera?
—Entonces contestamos la verdad de otra manera. Pero mentir, no. —Se encogió de hombros—. No por decencia, capataz. Por técnica. La gente que miente para taparse una cosa acaba teniendo que tapar la mentira, y eso son dos cosas, y a la tercera se te cae.
Yo llevo dieciocho años administrando cuadrillas y no lo habría dicho mejor.
—Falta una —dije.
—Falta la de trabajo.
—Falta la de trabajo. —Me puse de pie—. En un fuego no cambia nada. Ni un segundo, ni media palabra, ni una descarga. Yo te sigo dando lo que veo en el segundo en que lo veo, y si un día te tengo que meter en un sitio malo, te meto.
—Y yo te suelto el agua a ochenta metros de tu gente cuando haya que soltarla, y a ti también.
—Y el día que uno de los dos note que el otro ha dudado por esto…
—Ese día se acaba —dijo ella—. Y no se discute. Es el punto cuatro: el que dice corta, corta.
Nos quedamos callados un rato con el llano poniéndose amarillo.
—Primero el veintiuno —dije—. Y después, lo otro.
—Lo otro es trabajar contigo delante de este pueblo entero como si fueras un compañero, y hacerlo bien, y hacerlo todos los días. —Cogió el casco—. Yo eso lo sé hacer, ¿eh? Lo he hecho toda mi vida. Lo que no sabía es que fuera a costarme.
Y ahí, en aquella báscula, a las ocho menos veinte de la mañana, dos profesionales insoportables que viven de condiciones y de cláusulas numeradas nos pusimos de acuerdo en todo, punto por punto, sin levantar la voz y sin regatear ni una coma.
Y no lo escribimos.
Eso es lo que me llevé. Lo demás lo tenía asumido desde las cinco de la mañana, pero eso no.
Yo tengo en la visera de un helicóptero una servilleta con nueve líneas y dos firmas.
Tengo un cartel clavado en un corcho con una chincheta roja que dice quién coge el mando cuando el capataz lo suelta.
Tengo dieciocho años de partes firmados con mi letra minúscula y un cortafuegos que es una raya en el suelo que se ve desde el aire.
Todo lo que he hecho en mi vida está escrito en algún sitio, y lo poco que no está escrito lo tacho yo mismo con mi propio bolígrafo.
Y la única cosa importante que me ha pasado desde hace nueve años era la primera que no iba a constar en ninguna parte.
Bajamos juntos hasta el punto de espera y allí nos separamos, ella al aparato y yo al corcho de la entrada, que son doce metros, y los anduve mirándome las botas.
Butano no vino conmigo. Se fue detrás de ella, al trote, con esa lealtad suya de cuatro años que a estas alturas ya no engaña a nadie.
En la nave estaba Samu haciéndole cosquillas al café de la máquina.
—Anoche voló la de arriba —dijo—. La oyó mi mujer. Casi las diez.
Y ahí, con la taza en la mano y sin que se me moviera un músculo de la cara, un hombre de treinta y seis años descubrió una herramienta nueva.
—Reconocimiento de zonas de toma nocturna para el dispositivo de fiestas —dije—. Está firmado y está en la carpeta, por si lo quieres leer.
—Ah.
Y se fue a por su casco tan contento, porque era verdad. Toda entera. Yo no había dicho ni media palabra que no fuera verdad.
Y me fui a repasar el planning con una cosa nueva en el pecho, en el sitio donde no está la otra.
Porque yo llevo nueve años guardando un secreto, y un secreto guardado por un hombre solo es una gotera: se administra, se vigila y se pudre.
Este es el primero que no me estoy guardando yo.