19 · Valen
La cuesta de Valdecierzo tiene doscientos veinte metros desde la báscula hasta la puerta de Casa Fina. Los he contado. Los cuento todas las noches desde junio y siempre me duran lo mismo.
Aquella noche duraron cuatro días.
No hablamos. Íbamos uno al lado del otro, a paso de dos personas que se han puesto de acuerdo sin decirlo en no llegar demasiado deprisa, y el pueblo estaba tan vacío que se oían nuestras botas.
La verbena de Pinilla sonaba al otro lado de la loma, deformada, como se oye la radio de un coche que pasa.
Yo iba haciendo mi cuenta, que es lo que hago siempre, y la cuenta me salía fatal.
En la columna de la izquierda tenía una norma que Requena no ha escrito nunca, un expediente durmiendo en un cajón a doscientos kilómetros, un señor con una carpeta que llega el veintiuno y una hoja de vuelo firmada por mí aquella misma tarde con el apellido de este hombre en la casilla de personal embarcado.
En la columna de la derecha no tenía nada. Ni una línea. Ni un argumento que se pudiera decir en voz alta delante de un tribunal.
Y sin embargo, en cuatro campañas y doce años de oficio, era la primera vez que yo miraba una cuenta que me salía mal y seguía andando.
Casa Fina estaba a oscuras y la puerta del corralillo, que es por donde entro cuando vuelvo tarde, con la llave donde siempre. Abrí. Entramos. Cerré.
Y ahí, en el pasillo, con la luz apagada y el bar entero oliendo a fregado y a cerrado, aquel hombre me cogió por la muñeca — igual que en la piedra del azud, sin ceremonia, como se coge una herramienta— y me paró.
—Espera.
—Espero.
—Mi madre duerme al otro lado de esa pared.
—Ya lo sé.
—Y esa escalera la subí yo a los once años para robarle una botella de anís y mi padre me pilló desde la cama.
—Hablaba en un volumen que no era un susurro: era la voz de dar órdenes con el aire justo—.
Crujen el tres y el siete. Se sube pisando por el lado de la pared.
Y no toques la barandilla, que lleva suelta desde antes de que yo tuviera edad de agarrarme.
Yo llevo doce años preparando vuelos y he oído briefings peores.
—Recibido —dije.
Nos quitamos las botas al pie de la escalera, apoyados en la pared, con el equilibrio de dos personas que llevaban catorce horas de pie. Él dejó las suyas rectas, juntas, con la puntera hacia la puerta, porque ese hombre no sabe dejar nada torcido ni cuando le va la vida.
Subimos el tres y el siete por el lado de la pared.
Y en el descansillo, delante de la puerta de mi cuarto, con la ventana del gato abierta y la mano en el picaporte, me giré y le pregunté lo que hay que preguntar.
—¿Esto lo estamos decidiendo o nos está pasando?
Él se quedó callado el rato que se queda callado él, que es el rato en el que otros contestan tres veces.
—Lo estamos decidiendo —dijo—. Yo lo he decidido en el helipuerto. Lo que pasa es que tardo en enterarme.
—Pues entérate ahora, capataz, porque yo no firmo hojas a medias.
—Le solté el picaporte y le puse la mano abierta en el pecho, que era la primera vez que yo lo tocaba a él y no al revés—.
Mañana no va a haber ninguna versión de esto en la que yo diga que me pilló por sorpresa.
Ni delante de ti, ni delante de Requena, ni delante de mí.
—Ni yo.
—Dilo entero.
—Que quiero subir a ese cuarto —dijo—. Y que sé perfectamente lo que cuesta.
Abrí la puerta.
Mi cuarto de Casa Fina tiene una cama de somier metálico, un armario de tres cuerpos con espejo, una silla donde dejo la ropa de vuelo y una bombilla con pantalla de flores que no he encendido en dos meses.
La ventana da al llano. Fina me dio a elegir el primer día entre el campanario y la base, y elegí la base, y esa elección la tiene ella apuntada en algún sitio.
No encendimos la bombilla. Entraba luz de la farola de la esquina, esa luz naranja de pueblo que lo pone todo del color de una fotografía vieja, y con eso sobraba.
Y a los tres segundos descubrimos el problema.
El somier de aquella cama es de muelles y de mil novecientos sesenta y algo, y canta. No cruje: canta. Toca una nota larga, aguda, con vibrato, cada vez que alguien se apoya en el borde, y la casa entera es una caja de resonancia con una mujer de sesenta y tres años durmiendo debajo.
Nos quedamos los dos mirando la cama como se mira una avería.
—No —dije.
—No —confirmó él.
Y entonces aquel hombre hizo lo que hace un capataz cuando la herramienta no vale: cambió la herramienta.
Levantó el colchón entero con un brazo, lo sacó del somier sin que sonara ni un muelle, lo bajó al suelo entre la cama y el armario, lo alineó con la pared —lo alineó, el muy idiota, con el canto de la mano, dos veces— y luego se quedó de pie mirándolo con la satisfacción del que ha resuelto un problema logístico.
Yo me tuve que sentar en la silla, taparme la boca con las dos manos y esperar a que se me pasara.
—¿Qué? —dijo.
—Nada. Que es lo más romántico que me han hecho en la vida y no puedo ni reírme.
—Pues aguántate, que es lo que hay.
Lo besé yo, esa vez, y esa vez sin pedir despeje.
Se me da bien esto de mirar las cosas y decir lo que veo; llevo doce años cobrando por eso. Y lo que vi, con la ropa de trabajo cayendo por el suelo de baldosa y la farola naranja entrando por la ventana, lo puedo enumerar en orden, que es como enumero yo.
Uno. Que es enorme y no lo parece hasta que lo tienes encima.
Los antebrazos ya me los sabía; el resto no.
Hombros de dieciocho años de azada, una espalda ancha y desordenada, y en los brazos y en los costados el mapa entero de la comarca: arañazos de zarza viejos, blancos, cruzados unos encima de otros como los caminos de un plano, y la cicatriz del hombro, y la de la ceja izquierda que me sé desde el primer día.
Dos. Que las manos, que yo tenía catalogadas como lo más castigado que he visto fuera de un taller, saben una cosa que no me esperaba, y es ir despacio.
Tres. Que no preguntó.
A la quemadura de la pantorrilla le pregunta todo el mundo.
Es una ley física, como la de los cuerpos que caen.
Aquel hombre me la encontró con la palma en el sitio en el que se encuentran esas cosas, se paró medio segundo —lo noté, porque yo lo noto todo— y siguió, y no dijo nada, y no dejó de tocarla, que es lo contrario de esquivarla.
Punto cinco. No se pregunta por qué. Ninguno de los dos.
Yo esa línea la había leído en un papel, la había firmado en una báscula y la había reconocido en una piedra, mojada, en julio. Aquella noche descubrí lo que era de verdad, y no era una cláusula: era una manera de que te toquen. Sin cuestionario. Como quien se aprende un terreno andándolo.
Yo hice lo mismo con lo suyo, porque es lo justo y porque me apetecía. Le seguí las zarzas de un antebrazo con el dedo, de arriba abajo, y no le pregunté por ninguna.
—¿Qué haces? —dijo, con la boca en mi cuello.
—Reconocimiento.
—No me digas.
—Reconocimiento del terreno. —Le puse la mano abierta en las costillas, y noté perfectamente lo que le hacía el aire ahí dentro—. Combustible disponible. Puntos de agua. Zonas donde no se puede tomar.
—¿Y hay muchas?
—De momento ninguna. Voy a tener que ampliar el estudio.
—Piloto.
—Capataz.
—Cállate un rato —dijo, y se ocupó personalmente de que me callara.
Y ahí se me acabó el idioma técnico.
Yo tengo una cosa, y es que en mi trabajo mando yo.
Lo digo sin presumir: en una cabina alguien tiene que mandar y esa soy yo, y llevo doce años acostumbrando al cuerpo a no soltar el mando nunca, ni en el aire, ni en el bar, ni en una cama.
Y aquella noche, en el suelo de un cuarto de fonda, con la boca de aquel hombre bajando por donde bajaba y sus manos en las caderas sujetándome como se sujeta algo que se puede mover, yo solté el mando entero.
No fue rendirme. Fue lo otro. Fue lo que descubrí en el camino del molino, en julio, subiendo detrás de él por un camino de burros: que hay un sitio en el mundo donde no mando yo y me gusta.
Cuando lo tuve encima, cuando por fin estuvo dentro y los dos nos quedamos quietos medio segundo, con su frente contra la mía, me dijo la única frase de toda la noche que no era una broma ni una orden:
—Dime.
Y yo, que remato todas mis frases, no rematé aquella. Le dije que sí con la cadera y le clavé los dedos en la espalda, y a él se le escapó un ruido contra mi hombro que en cualquier otra casa del mundo no habría sido nada y que en aquella era una alarma.
Nos quedamos congelados los dos.
Abajo: nada. La nevera del bar. El grillo.
—Como se despierte mi madre —dijo, muy bajito, con la voz destrozada—, yo me tiro por esa ventana.
—Cuatro metros y hay un contenedor.
—Sé perfectamente lo que hay. Llevo treinta años calculándolo.
Y nos reímos. Los dos, con la cara metida en el cuello del otro, temblando de aguantarnos la risa mientras seguíamos exactamente donde estábamos, y aquello, que en teoría lo estropea todo, no estropeó absolutamente nada.
Lo que pasó después lo cuento sin adornos, porque los adornos son para lo que uno no ha sentido: pasó despacio, y pasó callado, y pasó con los dos midiendo cada ruido como se mide un viento.
Y yo he tenido noches buenas en mi vida adulta, pero nunca había tenido una en la que la mitad del trabajo consistiera en no hacer ruido y la otra mitad en mirarle la cara a alguien a la luz naranja de una farola para saber si le estaba pasando lo mismo que a mí.
Le estaba pasando.
Y cuando ya no había manera de aguantar nada, me tapó la boca con la mano. Con la palma, entera, y con un cuidado que no le he visto poner en ninguna otra cosa.
Le mordí, claro. Poco.
El gato de la Encarna eligió aquel momento exacto.
Entró por la ventana del descansillo, empujó mi puerta, que no habíamos cerrado del todo porque no estábamos para puertas, y se plantó a metro y medio de nosotros, sentado, con la cola alrededor de las patas y esa cara que tienen los gatos de los pueblos, que es la de un inspector de la provincia que ha venido sin avisar.
No sé cuánto tiempo llevaba allí. Prefiero no saberlo.
Bosco levantó la cabeza. Miró al gato. El gato lo miró a él.
—Fuera —dijo.
El gato bostezó.
Y aquel hombre de uno noventa se levantó del suelo de mi cuarto, se envolvió en su propia camisa de trabajo con la dignidad de un senador romano, cogió al gato de la Encarna con las dos manos, lo sacó al descansillo y cerró la ventana.
—Esa ventana la tengo que dejar abierta —dije desde el suelo—. Está en el contrato. Es cláusula de tu madre.
—Pues mañana la abres.
—Me vas a costar cincuenta euros al mes.
—Los valgo —dijo, y volvió al colchón.
Me desperté a las cuatro y diez.
Y lo primero que hice, antes que ninguna otra cosa, antes incluso de saber dónde estaba, fue una comprobación, porque a mí el cuerpo me despierta comprobando.
Y la comprobación me salió mal.
Él estaba despierto. Boca arriba, con un brazo debajo de mi hombro y la otra mano en mi espalda, quieto, mirando el techo con esa cara suya de estar contando cabezas.
Llevaba despierto un rato. Lo supe porque tenía la respiración de la gente que no ha dormido, y porque cuando me moví no se sobresaltó: solo me abrió un poco más la mano en la espalda, como quien recoloca una cosa que se ha movido.
Yo no me duermo la primera.
Nunca. No es una manía: es un procedimiento.
Yo me duermo cuando ya está todo comprobado, cuando ya sé quién hay en la casa y por dónde se sale y qué hora es y quién queda despierto, y llevo doce años durmiéndome la última en habitaciones de base, en literas de bomberos, en hoteles de tres provincias y en la casa de dos hombres a los que quise razonablemente bien.
La última. Siempre. Es lo mío, como contar salidas al entrar en un bar.
Aquella noche me había dormido yo primero.
Sin comprobar nada. Sin contar nada. En el suelo de un cuarto que no es mío, en un pueblo de ochocientas personas, con la ventana cerrada y el gato fuera y un hombre al lado al que le queda por delante un señor con una carpeta.
Me había dormido primero porque había alguien despierto.
Y ahí bajé la velocidad, que es lo que me pasa cuando algo me toca de verdad, y no lo disimulé, porque a las cuatro y diez de la mañana no hay nadie a quien disimulárselo.
—¿No duermes? —dije.
—Ahora sí.
Y se durmió a los dos minutos, con la mano donde la tenía.
Yo me quedé despierta un rato mirando la raya de luz naranja del techo, sabiendo con toda claridad dos cosas.
La primera es que el veintiuno hay un simulacro, y detrás del simulacro hay una norma, y detrás de la norma hay una campaña que yo tengo que hacer perfecta o se acabó.
Y la segunda es que ninguna de esas dos cosas cambia lo que había pasado en aquel suelo.
Yo he pasado la vida clasificando: esto es un dato, esto es un síntoma, esto es una avería. Un casi es un dato. Dos casis son una avería.
Esto ya no era ninguna de las tres.
Esto era lo único que me ha ocurrido en la vida adulta que no se puede desdecir.